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Vittorini cumple cien años, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Posted in Cultura, Literatura by reggio on 26 Julio, 2008

SABATINAS INTEMPESTIVAS

El miércoles pasado, 23 de julio, fue su aniversario. Había nacido en 1908 dentro de una familia pobre y abundante. En las biografías aparece siempre que el suceso ocurrió en la siciliana Siracusa, pero habría que precisar que fue en Ortigia, esa arrebatadora península unida a la urbe siracusana por un puente. Yo vi la sencilla lápida que recuerda su memoria en una fachada a punto de derribo en una casa humilde y abandonada. Y en verdad que fue grande Elio Vittorini, como escritor y como hombre, y que su influencia en la cultura italiana fue tan notable como ausente estuvo de la nuestra. Su biografía abarca un periodo trágico de Italia, el que va de la dictadura de Mussolini, pasa por las singularidades que tuvo la Segunda Guerra Mundial en Italia -donde se superpuso una guerra civil y otra de liberación nacional-, hasta llegar a la ocupación norteamericana, la caída de la monarquía y la peculiar república que la siguió, asentada en dos pilares hoy barridos por la historia: la Democracia Cristiana y el Partido Comunista. Cuando murió Vittorini en 1966, sin haber llegado a cumplir los 58 años, el mundo parecía consolidado en dos bloques y pocos como él habían tenido la fuerza y el talento de marcar sus distancias, señalando el terreno de juego autónomo de la literatura, del arte y del pensamiento crítico.

No creo que entre nosotros haya muchos recordatorios de Elio Vittorini, para mí una de las figuras más interesantes y fecundas de la literatura italiana del siglo XX. Por varias razones. La primera y fundamental, porque su obra suponía una ruptura inasimilable en nuestra España franquista, donde sólo se llegó a traducir, y con los pies, por no decir partes peores, su Conversación en Sicilia, que ni siquiera se tituló así hasta que apareció, sesenta y dos años después de su publicación italiana, la primera edición castellana digna de ser leída (Gadir, 2004). Otra razón está en una curiosa anomalía, y es que mientras el cine italiano iba a ejercer sobre el español una fecunda influencia después de la llegada a España de Marco Ferreri (El pisito, 1959), auténtico introductor, promotor y adaptador del popular cine italiano en castellano, la literatura italiana de posguerra no tuvo la misma suerte. De la vieja literatura del fascismo al posfascismo, la que representaban figuras tan contrapuestas como Giovanni Papini y Curzio Malaparte -auténticos éxitos de público y crítica en el encogido mercado español de la época-, se pasó a un goteo de autores que no creo influyeran mucho en la nueva generación de escritores que surge en los primeros años sesenta y cuyas figuras más representativas serán Martín Santos y Juan Benet. Incluso en la pintura, la influencia italiana se notará en algunos pintores españoles de ese periodo, pero en la literatura apenas si se percibe, fuera de Carmen Martín Gaite. No digo que no hubiera imitaciones de autores como Vasco Patrolini y sus pobres amantes, o incluso de Alberto Moravia y su romana, pero sería una crueldad citarlos por sus nombres y sus obras porque son prosa muerta.

Lo que hace de Vittorini una figura excepcional para nosotros es tanto su aspecto de creador literario como el de promotor cultural. Por más que me esfuerzo en buscar a alguien similar en nuestro mundo intelectual, no encuentro a ninguno que haya desempeñado un papel de organizador de debates, de creador de revistas emblemáticas de la cultura de posguerra como fueron Il Politecnico (1945-1947) y Il Menabò (el facsímil, 1959-1966), esta última más literaria que la primera y de la que saldrían sólo diez números, el último dedicado al propio Vittorini, recién fallecido, por su codirector y amigo Italo Calvino. Las obvias peculiaridades del régimen de Franco durante cuarenta años, que se dice pronto, no consentían algo similar a una revista literaria independiente y crítica, menos aún de debate. Lo más parecido serían aquellos semanarios todo a cien, como Triunfo o Destino, y los mensuales Cuadernos para el Diálogo o Índice; modestas charcas en el erial.

En la personalidad de Vittorini hay más. Está su capacidad de zahorí de la literatura, capaz de detectar en la modestia de un manuscrito a escritores que luego devendrían inmensos, como es el caso de Italo Calvino, traducido y con gran éxito en España, y el menos conocido pero magnífico Beppe Fenoglio, al que animo a leer como si se tratara de un clásico; su relato Un asunto privado, que publicó en España una modesta editorial (Barataria), es el libro que cualquier escritor hubiera querido firmar. Rechazó sin embargo a Lampedusa y su Gatopardo, un error sin duda que cabría achacar a lo que significaba para la memoria de un siciliano pobre ese relato melancólico, en prosa no exenta de retórica y con reminiscencias del siglo XVIII. Curiosa paradoja, porque hoy sabemos que ambos consideraban a Stendhal su maestro; único bagaje compartido. Lampedusa no había trabajado en su vida, ni había amado a mujer ni perro, superviviente de una clase agostada que alcanzó la magnificencia en una novela de inolvidable belleza. Vittorini nació de un padre guardagujas y una madre analfabeta, había empezado a estudiar a trompazos con la vida, y se había escapado de esa Sicilia muerta de los Lampedusa gracias a la única ventaja de ser hijo de ferroviario -los viajes en tren gratuitos-. Tenía eso que hizo grandes a los grandes narradores norteamericanos que admiraba: conocer la vida y saber contarla. Aprendió inglés a partir del primer libro que había leído en su vida, Robinson Crusoe, y acabó siendo un notable traductor que se carteaba con Hemingway, el escritor por el que sintió mayor estima humana y literaria, hasta que descubrió su decadencia al leer Al otro lado del río y entre los árboles (1950). Entonces le quedó Faulkner, su otro dios literario tutelar en su lucha contra lo que él denominaba el provincianismo de la literatura italiana.

De su obra, además de la Conversación en Sicilia se puede degustar en castellano una preciosa edición de su primerísima obra literaria y periodística, una brillante crónica de viaje, Cerdeña como una infancia (Minúscula). Pero sus grandes libros no están. En librerías de viejo aún se pueden conseguir las voluntariosas versiones que editó Losada en Argentina; Hombres o no ser hombres o no serlo en una inquietante pregunta ¿Hombres o no? Y sobre todo el magnífico relato El Simplón guiña el ojo al Frejus (Buenos Aires, 1953), que bien merecería ser al fin editado en España, porque las razones que lo hicieron imposible, la dictadura, se acabaron hace ya mucho tiempo sin que nadie se haya acordado de tan larga ausencia. Una ausencia que en parte será colmada pronto con la publicación de uno de los libros más incitadores de debate y reflexión, su Diario en público, que lleva por subtítulo Autobiografía de un militante de la cultura. Casi cuatrocientas páginas que publicará la temeraria editorial Gadir y que constituyen eso tan admirable e insólito de un acontecimiento cultural, independientemente del ninguneo a que lo sometan como es costumbre los variados suplementos del ramo. Un libro denso que se inicia con un texto tan vivo que aun escrito en octubre de 1929 sigue ahí: En busca de maestros. Y que se cierra con unas reflexiones sobre la condición del intelectual entre el compromiso y la independencia, cuya audacia y rigor lo pusieron a los pies de los caballos de la crítica militante.

Unas páginas que palpitan, escritas en 1951, donde un hombre es capaz de explicar, desde la izquierda, que las llamadas libertades formales no son mentiras sino una conquista que se traduce en el derecho a cambiar de residencia, o de oficio, o a hablar alto y claro sin arriesgar la vida ante el Estado. ¡Cuántas estupideces hemos dicho y cuántas hemos oído sobre las llamadas libertades formales, antes de que descubriéramos que éramos muy cándidos y bastante ignorantes! Por eso produce placer el poder anunciar que Elio Vittorini ha cumplido cien años y que sigue siendo una fuente de salud intelectual y literaria.

La próxima sabatina aparecerá el primer sábado de septiembre.

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