Ciclo económico, crédito y morosidad, de Luis de Guindos en Mercados de El Mundo
APUNTES ECONOMICOS
Una de las mayores preocupaciones de la situación económica actual deriva de la interrelación entre la crisis de crédito que vivimos desde hace ya casi un año y la desaceleración económica que, cada vez de forma más clara, se está extendiendo al conjunto de la economía mundial. Hace sólo un año, señalaba el Fondo Monetario Internacional, tras un lustro de brillante comportamiento de la economía global, que las perspectivas eran de suave desaceleración.Y aunque se reconocía la existencia de importantes desequilibrios macro, no esperaba al igual que la mayoría de los analistas privados un estallido financiero tan intenso como al que estamos asistiendo, ni una desaceleración económica tan profunda como la que está teniendo lugar.
Sin duda, el exceso de liquidez con que nos regalaron los bancos centrales puso las bases de la crisis financiera actual en términos de acumulación de deuda -el famoso apalancamiento financiero- de errores de valoración de activos y de asunción exagerada de riesgo por parte de los inversores institucionales. Y como siempre suele ocurrir en estas crisis, los ojos, ante los errores y excesos cometidos, se nos abren de golpe. En este caso, el verano pasado.Entramos así en la fase inicial de estallido de la crisis financiera que, de modo incorrecto, podríamos denominar como etapa del subprime.Esta primera fase viene caracterizada por el surgimiento de enormes pérdidas en activos de crédito estructurado que utilizan las hipotecas como materia prima y por el proceso de reducción forzosa del apalancamiento de los balances bancarios.
Hasta el momento, los bancos internacionales han aflorado cerca de 400.000 millones de dólares en provisiones para cobertura de este tipo de activos frente a unas pérdidas potenciales totales, según el FMI, en los bancos de 550.000 millones. Por tanto, si nos creemos las cifras del Fondo, los bancos internacionales habrían aflorado algo más de dos tercios de sus pérdidas totales.Si a esto añadimos que los bancos han levantado casi 300.000 millones de dólares en nuevo capital y que en algunos segmentos de crédito como el de préstamos de compras de empresas apalancadas -lo que los ingleses llaman leverage finance- se están empezando a registrar operaciones de nuevo, no resulta extraño que algunos se hayan atrevido a decir que lo peor de la crisis ha pasado ya. Otra señal positiva la tenemos en que por primera vez desde el surgimiento de la crisis se ha iniciado la reestructuración de un vehículo fuera de balance cuyo activo se compone fundamentalmente de crédito con garantía hipotecaria.
Sin embargo, tal vez sería más adecuado y prudente afirmar que ha pasado lo peor de una fase o etapa de la crisis y que nos adentramos en una nueva que se puede solapar con el final de la anterior. Y es que incluso en esta primera fase todavía quedan riesgos pendientes en segmentos opacos y muy poco regulados como es el de los derivados de crédito o CDS, cuyo volumen es ingente y que podrían llegar a producir situaciones de crisis sistémica si se diera alguna situación de impago por parte de un jugador importante. Por otro lado, los problemas pendientes seguirán demandando un fortalecimiento de los recursos propios de las instituciones bancarias, que Goldman Sachs ha estimado en 65.000 millones de dólares, vía nuevas inyecciones de capital sólo para la banca norteamericana.
Ahora bien, mucho más relevante que cuánto hemos recorrido de esta primera fase de la crisis, y si lo peor ha quedado atrás o no, lo constituye el análisis de cuál va a ser en el futuro próximo el impacto que la desaceleración económica tendrá sobre las instituciones bancarias y los mercados financieros. Ello abre, en mi opinión, una segunda fase de la crisis de crédito cualitativamente distinta que la primera, en el sentido de que no se centrará tanto en la generación de pérdidas en activos irrealmente valorados y en la reducción del apalancamiento de los balances bancarios como en la evolución de los ingresos y costes recurrentes de las entidades bancarias. Este segundo período va a estar, por decirlo de otro modo, mucho más ligado a la fase bajista del ciclo económico, con su impacto en las finanzas de las familias y de las empresas a través del desempleo y de menores beneficios empresariales.
Ello, sin duda, se va a ir reflejando gradualmente en las cuentas de resultados de las instituciones financieras como consecuencia de la caída en la concesión de crédito y del aumento que se va a dar en la morosidad del ya otorgado. En este sentido, tiene lógica mirar lo que ha ocurrido en el pasado en fases recesivas previas. Y la evidencia al respecto es bastante clarificadora; existe una elevadísima correlación entre el ciclo económico y la evolución de la morosidad y los porcentajes de recuperación de los préstamos en mora. Así, si nos fijamos por ejemplo en el segmento de los bonos high yield en EEUU, cuyo tamaño excede del billón de dólares, y que son aquéllos de calidad crediticia reducida al carecer de grado de inversión según las agencias de rating, la ligazón entre los impagos y el ciclo es muy estrecha.Las mayores tasas de impagos coinciden siempre con las recesiones en las últimas décadas y con niveles de morosidad que superan el 10%.
A finales del año 2007, dicha tasa no excedía del 0,5%, que es un nivel muy reducido, aunque en lo que llevamos de 2008 dicho porcentaje prácticamente se ha triplicado hasta algo más del 1,3%. Y es que una de las pautas más notables de la morosidad es la velocidad con la que se incrementa en los períodos de desaceleración.En concreto, en las fases bajistas del ciclo, a partir de niveles muy reducidos, la morosidad se dobla cada año hasta alcanzar el máximo dos o tres trimestres una vez pasado el mínimo cíclico.La otra variable relevante es la tasa de recuperación de la deuda impagada, que también se ajusta como un guante al ciclo económico, cayendo en las fases de desaceleración y recuperándose en las de auge. Este comportamiento de la morosidad y de la recuperación se extiende de forma muy similar al resto de las modalidades de crédito.
A partir de aquí, se extraen dos lecciones fundamentales para las instituciones bancarias; la primera es que lo más importante es superar y sobrevivir a las fases bajistas del ciclo económico, ya que si lo consigues la recuperación económica te saca normalmente de los problemas. La segunda es que, habitualmente, los créditos que ponen en dificultades reales a una institución financiera no son los que se incluyen en las tasas de morosidad oficiales, sino aquéllos que por su tamaño los bancos nunca pueden dejar que aparezcan como impagados hasta que ocurre lo inevitable.Y es que aunque normalmente las crisis financieras vienen inducidas por crisis de la economía real, lo que se suele llevar a una institución por delante es normalmente una concentración excesiva y errónea de crédito.
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