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Un Gobierno al borde del ataque de nervios, de Federico Quevedo en El Confidencial

Publicado en Medios, Política by reggio en Junio 28th, 2008

Ustedes, lectores y lectoras de este periódico, no sabrán –salvo alguna honrosa excepción que confirme la regla- quien es Julián Lacalle. Pues bien, Lacalle es un periodista que actualmente trabaja a la vera del presidente del Gobierno como su jefe de prensa. Yo le conozco desde hace bastante tiempo, porque hicimos juntos alguna campaña electoral del entonces presidente Aznar subidos a la caravana de periodistas. Jugamos muchas partidas de mus en aquellos largos viajes en autobús por las carreteras de este país. Entonces Lacalle era un tipo normal, con el que se podía mantener una conversación largo y tendido, y discrepar de sus opiniones sin que a cambio te dedicara una sonora bofetada lingüística. Luego, cuando Aznar ganó las elecciones, él siguió siendo corresponsal de su periódico en el Congreso, conoció a Rodríguez y compartió con él muchas partidas, lo que ayudó a labrar una amistad que confluyó en su actual trabajo en Moncloa. A partir de ese momento, aquel periodista amigo de compartir charlas y mus, se volvió un sectario, como le suele ocurrir a toda la izquierda: ya solo habla con quien le interesa, y para él existen periodistas buenos -los suyos- y malos -los críticos con el Gobierno-.

Es verdad que mientras al Gobierno las cosas le han ido relativamente bien, Lacalle iba repartiendo sonrisas por los pasillos del Congreso a todo el que se dejara querer. Pero en las últimas semanas, su actitud ofrece una medida bastante aproximada del estado de nervios en que se ha instalado el Gobierno de Rodríguez. No es para menos. De entrada, la vicepresidenta primera, María Teresa Fernández de la Vega, acude todas las semanas a la Sesión de Control a recibir una sobredosis de su propia medicina gracias al buen hacer de la portavoz del PP, Soraya Sáenz de Santamaría. Ya he escrito sobre esto, y tiempo habrá de volver, pero lo cierto es que De la Vega ha perdido, no ya el norte, sino la brújula entera y yo creo que, a tenor de las deplorables respuestas a la portavoz popular, debe sufrir pesadillas la noche anterior. Este es un asunto que trae de cabeza a su equipo, entre ellos a Lacalle, que ahora invierten su tiempo en los pasillos intentado convencer a los periodistas de que Sáenz de Santamaría es un bluf, hasta el punto de que ahora el propio Lacalle ha descubierto la insuperable calidad parlamentaria de Zaplana y Acebes, después de haberse pasado cuatro años poniéndolos a caer de un burro. Ya sabía yo que les iban a echar más de menos en la bancada socialista que en la ‘pòpular’.

Lacalle ha cambiado el tono. Se ha vuelto agresivo, faltón, y acercarse a él, aunque sea para hacerle una broma, es un peligro, porque en lugar de aceptarla de buen humor te responde con un exabrupto pasado de frenada. Mejor marcar la distancia, que quieren que les diga. Y es que lo de De la Vega es un mal menor. Lo cierto es que este Gobierno está demostrando un nivel de incapacidad y de inoperancia excesivo a fuer de negar la realidad y de mentir a los españoles. A Rodríguez se le ha visto el plumero hasta un punto exagerado. Ya nadie duda en este país -salvo esos incondicionales que no piensan- de que nos ha engañado, y mentido. La crisis se le ha venido encima con una despiadada crudeza, pero él sigue negándola atrincherado en su particular España va bien o, mejor, España está en la champios league de la economía, mientras todos los indicadores económicos están ya en una situació considerablemente peor que la que heredó en 2004 del Gobierno de Aznar. ¡Qué cruz! Pero, fíjense, eso no es lo peor que le está pasando: lo peor es que, encima, por primera vez en cuatro años, el PP está consiguiendo robarle las banderas, y los apoyos.

Nadie hubiera imaginado, hace tan solo unos meses, que todos los grupos parlamentarios, salvo el PSOE, votarían mociones, resoluciones e iniciativas del Partido Popular derrotando al Gobierno –si me lo dicen hace seis meses, me parto de la risa-. Por primera vez en todo este tiempo, la Junta de Portavoces ha recuperado su naturaleza democrática, y ha pasado algo que parecía imposible: el presidente va a comparecer a petición de la oposición. ¡Ese es el verdadero valor de la democracia! Y en esa magnitud hay que entender lo que está pasando. Este Gobierno ya no puede imponer sus decisiones por mayoría, ya no puede ejercer el poder con el autoritarismo propio de una dictadura parlamentaria en la que el que tiene más votos toma todas las decisiones, sino que ahora está obligado, de verdad, a pactar pero, sobre todo, a cumplir lo que le exige el Parlamento que es donde reside la soberanía nacional. Si a eso se une que ya no puede decir que el PP es machista, ni racista, ni ninguna de esas delicadezas que le ha venido dedicando hasta ahora, porque resulta que Rajoy se ha rodeado de mujeres y Rodríguez ha tenido que aceptar la política de la UE respecto de la inmigración, apaga y vámonos.

Su único reducto para seguir creyendo que puede convencer a los españoles de que lo importante son sus tonterías, se llama Bibiana Aído, con sus teléfonos, sus bibliotecas y sus crímenes contra la lengua castellana. En lo demás ya no es creíble, y encima llega Rajoy y gana el Congreso, y de cara a la opinión pública entierra el aznarismo, y eso en el PSOE ha tenido que caer como una bomba: ¿de qué les van a acusar ahora? Ya no vale decir que es Aznar el que manda en el PP, porque ha quedado claro, muy claro, que no es así. Cuando parecía que la crisis del PP se llevaba por delante las expectativas del principal partido de la oposición, Rajoy ha conseguido enederezar el rumbo de su nave y ahora navega con viento a favor. Y en las próximas entregas del CIS vamos a ir viendo como todo esto se plasma en un recorte muy importante de la distancia que separó a ambos partidos en las elecciones del 9-M. Eso, si en Moncloa no tienen ya esos datos, y como no saben de que manera reaccionar, lo hacen con nerviosismo, faltando a los periodistas, y buscando de nuevo que el PP caiga en la trampa de la crispación. Pero esta vez, querido Lacalle, os vais a quedar con las ganas.

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