Del cay al puerto, y por si acaso a la oración, de Francisco Prendes Quirós en La Nueva España
El coro gijonés de Suplicantes, formado por el ministro, conde de Toreno, logró la promesa de un nuevo puerto, comercial y de refugio, nacido en Santa Catalina, cuyo dique, según el proyecto del ingeniero García Arenal, haría la forma de un «apagador»; de ahí, y no de apagar ideas ni otras cosas, el nombre de «apagadoristas» que llevaron sus partidarios… fueran comerciantes, indianos, sastres, ceristas, camiseros, banqueros, presbíteros, boticarios, industriales, republicanos y navieros; frente a éstos, se formó la liga «muselista», partidarios de construir en el lugar de El Musel, bajo Torres, el gran puerto de refugio y comercial, y en este bando militaba también, comerciantes, indianos, sastres, ceristas, camiseros, banqueros, presbíteros, boticarios, industriales, republicanos y navieros. Así apareció ante el mundo entero, nuestro Gijón, partido en dos facciones, que durante largo tiempo, fueron irreconciliables.
Los muselistas, gijoneses antiguos y nuevos, cantaban las loas de El Musel como gran puerto comercial y de refugio, capaz de albergar en su amplio seno los grandes buques a vapor de los nuevos tiempos; los catalinos o apagadoristas, gijoneses antiguos y nuevos, temían que en el lugar de El Musel, al pie mismo de Torres, donde los cilúrnigos habían comenzado a batir el cobre, creciera una villa nueva competidora de la antigua, hasta dejar arruinada la propiedad inmobiliaria de la villa vieja, y vacíos, tanto los miserables patios obreros como los confortables pisos de Corrida y el ensanche y los chaletes de Uría…
El primer Musel, causó temor al Gijón emergente. El tiempo venció los temores; El Musel siguió donde estaba, sin fagotizar la villa. Vencido el temor de la ruina inmobiliaria, y superados los rencores personales entre las dos «facciones», Gijón, con el auxilio de los ricos mineros de la cuenca de Langreo, se dispuso a poner en marcha, ante los constantes fallos de los contratistas concesionarios de la obra del puerto, los trabajos de El Musel, y como la nación carecía de fondos, el poderoso Orfeón gijonés formado en torno al Crédito Industrial, más los ricos mineros, constituyeron el «Sindicato Asturiano del Puerto del Musel», que a su cuenta y riesgo, y con las bendiciones oficiales, comenzó las obras del esperado puerto comercial y de refugio, mientras que en las dársenas locales se realizaban inversiones de mantenimiento y mejora.
Cada autoridad, cada ministro, cada banquero, cada especulador, cada príncipe o cada princesa, como cada «conquistador» particular que llegaba a la villa, bien en el tranvía, o bien en el vaporcito, a El Musel iba. A la vista del puerto naciente, el viajero no sabía si admirar más las gigantescas proporciones del empeño, o «pasmar», ante la fuerza hercúlea de «Titán», la grúa todopoderosa… que con admirable delicadeza depositaba, en el seno de la mar, enormes bloques de cementopiedra… La infanta Isabel, prefería, entre todos, el espectáculo de la Titán con champagne, hasta que el 13 de enero de 1.911 un enorme temporal arrastró media muelle de ribera a la mar… y con el muelle, a la «Titán».
En «El Suizo», «El Oriental», «El Colón», o «La Marina», tanto como en el Casino, o en el «foyer» del teatro Jovellanos, no se hablaba de otra cosa que de «La Obra», sus planes, su financiación, sus progresos; admirando todos, el saber de los ingenieros, el valor de los barrenistas, las fuerzas de los obreros… Más que nunca, fue la obra de El Musel, el «Neñu del alma queridu» de todos los gijoneses, «Tan risueñu y tan hermosu como la flor de San Xuan». El Musel, al fin, orgullo del Gijón tesonero y esforzado, que en la ambiciosa construcción exponía sus capitales…
Una crisis tremenda, mucho peor que la de hoy, desencadenó la catástrofe del Crédito Industrial, y a partir de 1.910-12, muchos propietarios gijoneses pagaron con sus inmuebles al Banco de España, su fe en el Comercio, en el Crédito Industrial, y en El Musel…
Hoy, todo es distinto. El Gijón actual, no se ve artífice, ni siquiera parte mínima, en la enorme ampliación de El Musel. El nuevo «gigante» que nace, no es el «neñu del alma queridu», sino una grave amenaza… Asistimos al nacimiento sobre la mar, no de un puerto, -que con el que hay, basta y sobra de sobra, para las trescientas mil (más o menos) toneladas semanales de carbón, las doscientas mil de mineral, las seis o siete mil de fuelóleos y gasóleos, las seis mil de cemento y las tres mil (más o menos) toneladas semanales de mercaderías movidas en contenedores-, sino de una de una plataforma energética, tan enorme como amenazante, contaminante… y ¡explosiva!.
Y ante esta realidad negativa, en la que ni siquiera se intenta ubicar el necesario astillero, no cabe entusiasmo alguno, sólo inquietud y más que justificado temor… No hay hogaño «Orfeón» que canta al «neñu», sino eco de rezos musitados, por ahora, en voz baja…
Hoy, sólo creen en la utilidad de la «plataforma», la fanfarria del cemento y el violón del constructor… Desde la playa de Poniente, el espaldón de Liquerique; desde el Cervigón o desde Santa Catalina, el «Musel», aún inacabado, parece como un descomunal y gigantesco «dedo» invasor… Ogro terrible, que puede sacrificar Gijón y a los gijoneses en el altar del progreso errado… Son los gases, energías, tan inciertas, políticamente, por su procedencia, como contaminantes en su producción; terribles, en el impacto visual. «Regas», ya hoy, tan caro como el petróleo, y cuya ampliación por decisión ministerial, anunciada ya, antes de iniciarse la primera obra, que «aumenta de dos a cuatro, sus gigantescos tanques (¡cuatro plazas de toros, con una altura como de más diez pisos) de almacenamiento; y de 800 mil al millón la generación de metros cúbicos de gas/hora», con lo que supone ello de multiplicación de peligrosas manipulaciones, transformaciones y descargas. ¿Alguien habrá calculado seriamente los riesgos de todo ello?…
Gracias a la innecesaria ampliación, pesa sobre Gijón una «nunca pensada amenaza bíblica»; a mayor desgracia, amenaza bien próxima a los globos butaneros del alto Torres y a los mil tanques de almacenamiento de fuelóleos y petróleos, que se aprietan en la zona baja, desde El Muselín, al pie del Hospital de Jove… ¡Qué fuegos artificiales si algo pasara!, ¡Qué explosiones!, ¡Qué calores y qué colores!.
Un fallo, sólo uno, (por no hablar de un ataque), podría causar el segundo y definitivo arrasamiento de la villa. Si los riesgos del ciclo combinado y la «regasificadora» y su entorno, se han calculado con la misma ligereza con que se afirmó que los «molinos de viento» iban a producir energía para «alumbrar» la cuarta parte de Gijón con el producto de sus «aspas», que, medidas las corrientes, dieron el resultado de «sin viento», que San Lorenzo y Begoña… perdonen nuestros pecados y nos acoja S. Pedro nuestro Patrón, en el más allá… Que de Gijón al cielo podremos llegar en segundos…, sin pasar por el riguroso fielato semiprivado del señor Fano.
Ahora que ya se ha colocado el último de los bloques del nuevo dique Norte del «super-super-puerto», por si acaso el presupuesto no da para más, bueno sería pensar en colocar como mascarón o adorno, bien un faro a la alejandrina, o un Manennken Pis, autóctono, que mande sidra certificada sobre la mar océana, o bien una hermosa y pensativa sirenita nórdica…; más que nada, para atracción del turismo cultural…
¿Tuviste en Xixón? Preguntará el carbayón bilingüe. Tuve. Y ¿Viste al Tinitinton pis?. Vílu. ¿Y dónde lu viste?. Vilu, n’El Muselón, echando sidra como un porrón… ¡Ay, de Gijón!, Pom, pom, pom…