Malentendido centrista, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia
Que la sociedad española necesita un poco de talante en la derecha es algo que admite poca discusión, al menos para bajar la crispación, atraer a los indecisos y modernizar un poco la agenda política, que se parezca más a la de Merkel y Sarkozy y menos a la de los que sienten nostalgia por las santas cruzadas. Dicho esto, no sé qué cosa es lo que ahora llaman marianismo ni si tiene mucha sustancia. En el XVI congreso del Partido Popular, más que una gran revolución ideológica, lo que ha hecho Rajoy es romper con la tutela de Aznar, montar un equipo a su medida y anunciar que primará la estrategia de seducción y esconderá los procedimientos de la confrontación, que se revelaron inútiles para alcanzar la Moncloa en las últimas elecciones generales. Viniendo de donde se venía, la etiqueta de centrista es fácil de colocar.
En Catalunya es donde más alegría produce la buena nueva de los populares y no por la única razón que yo destacaría: que los socialistas deban responder, algún día, de sus falsas promesas aquí en lugar de ganar los comicios a Cortes porque “viene el lobo”. La felicidad que invade a muchos catalanes no tiene nada que ver con esto, nace de un mecanismo psicológico muy arraigado. Tenemos muy interiorizado el síndrome de la mujer maltratada. Escuchamos que Rajoy no se cerrará a hablar con los “periféricos” y ya vemos abrirse los cielos, ay. Pero no es muy exacto considerar que la reubicación de un partido hacia posiciones de centro ideológico y mayor moderación táctica implique, mecánicamente, una mayor apertura en un terreno esencial de la lucha política en España: la visión territorial del Estado y la concepción más o menos plural del mismo. Se puede ser centrista y centralista. De hecho, es lo habitual.
La UCD de la transición (mucho más centrista que el PP de hoy) ya nos demostró que podía impulsar la ley de divorcio y, a la vez, intentar recortar el techo competencial de Catalunya y el País Vasco mediante la ley orgánica de Armonización del Proceso Autonómico (Loapa), que contó con el apoyo del PSOE y de los socialistas catalanes. Al final, el Tribunal Constitucional se cargó la Loapa, pero las inercias centralistas no desaparecieron, como bien sabemos. Hoy, Rajoy echa cuentas y sabe que debe dejar abierta la puerta a lo que podría ser un eventual segundo pacto del Majestic: la reedición de los acuerdos con CiU y con el PNV que, en 1996, permitieron que José María Aznar fuera presidente. No cerrarse al diálogo con los nacionalistas no es más que esto y un gesto: borrar de la dura ponencia política los párrafos que criminalizan a estas opciones, sobre todo al PNV. Poca cosa, si tenemos en cuenta que los recursos contra el nuevo Estatut no se retiran y que algunas figuras ascendentes, como González Pons, no son precisamente favorables a una España plural. El centrismo que ahora nos venden significa, por ejemplo, que la derecha española aceptará los matrimonios gais, pero nunca entenderá que el catalán se use no sólo en la intimidad.