Atrapados, de Ángel Laborda en La Vanguardia
TRIBUNA
Acosada y atrapada, así se encuentra la economía española en estos momentos y, por supuesto, en crisis. Hasta el Gobierno empieza a utilizar esta palabra maldita. Todavía no se admite la de recesión, que, preveo, va a dar lugar a otro de estos curiosos debates semánticos de los últimos meses sobre cómo se debe llamar una situación, fenómeno o actuación. En sentido amplio, la fase recesiva es la fase descendente del ciclo, y en un sentido más estricto, se está en recesión cuando se produce una “importante declinación de la actividad económica” (NBER), en la que se observan caídas significativas durante varios meses en los indicadores de producción, demanda y empleo. Qué duda cabe que de estamos en la fase recesiva del ciclo y empezamos a acumular meses de caídas en muchos indicadores de producción, demanda y empleo. No malgastemos energías en discusiones semánticas.
Para mí, lo más significativo y preocupante de la situación actual es que empieza a parecerse a eso que parecía perdido en la historia que se denominó estanflación, es decir, se da al mismo tiempo estancamiento del PIB e inflación. Es una situación poco común, ya que la inflación tiende a reducirse cuando la demanda se debilita. El problema ahora es que, al contrario de lo que ha ocurrido estos años de atrás, las tensiones inflacionistas no tienen su origen en un exceso de demanda interna, sino en una crisis (shock, en la jerga de los economistas) de oferta externa a la economía española, concretamente de las materias primas, incluido el petróleo.
La situación es compleja, peligrosa y difícil de gestionar por la política económica. Por un lado, la inflación produce pérdidas de poder adquisitivo. Si el precio del petróleo se mantuviese en lo que queda de año en su nivel actual, el impacto sobre el IPC medio anual sería de 1,7 puntos porcentuales, lo que supondría una pérdida de poder adquisitivo de más de 11.000 millones de euros, el doble de la devolución fiscal de los 400 euros. Es como si nos hubieran reducido nuestros salarios y otras rentas un 1,7%. Lógicamente, el consumo, que ya se está debilitando a ojos vista, lo hará aún más, y con él, la producción y el empleo. Pero no acaban aquí los problemas, pues para contener las expectativas inflacionistas el BCE ha anunciado que estudia subir los tipos de interés. De hecho, sólo con este anuncio, los tipos del mercado ya han subido, lo que también va a deprimir más el gasto en consumo e inversión.
Otro problema. Si preguntan a los economistas qué hacer en esta situación, se encontrarán con una radical división de opiniones: unos dirán que hay que echar mano de la política fiscal y otros aborrecerán de esto y aconsejarán hacer políticas de oferta (flexibilizar la economía, sobre todo el mercado laboral). De todo esto es de lo que deberíamos estar discutiendo y no de si estamos o no en recesión.
Ángel Laborda. Director de coyuntura de la Fundación de las Cajas de Ahorros.
Los obispos deciden por gran mayoría que la Cope cambie de rumbo, de Enric Juliana en La Vanguardia
LA CRÓNICA
Discusión sobre la emisora católica española
Rouco en minoría y Losantos sin ningún apoyo, tras un largo e intenso debate
Una amplísima mayoría por el cambio. Casi todos los 23 miembros de la comisión permanente de la Conferencia Episcopal Española (CEE) están a favor de una nueva etapa en la emisora Cope. Un cambio que aleje del sectarismo al principal medio de comunicación que la Iglesia católica posee en España. La deliberación, larga, intensa y controvertida, se inició el martes por la mañana y concluyó anoche, con el presidente de la conferencia, cardenal Antonio María Rouco Varela, en una inédita e incómoda posición de minoría..
“La reunión ha servido para verificar un estado de opinión, un estado de opinión creciente, y se han sentado las bases de una solución”. Así resumían el debate fuentes conocedoras del mismo. “Final de ciclo”, esa es la expresión que mejor define una deliberación que ahora se traslada a la junta general de la Cadena de Ondas Populares Españolas (Cope). La citada junta tiene previsto reunirse en Madrid el próximo día 27 para decidir sobre la continuidad de Alfonso Coronel de Palma como presidente consejero delegado de la sociedad. Tras la celebración de esta junta general, se abordará formalmente el futuro del locutor Federico Jiménez Losantos en la emisora.
Además de los miembros del comité ejecutivo que abogan desde hace semanas por un rápido cambio de rumbo en la Cope (el cardenal primado de Toledo, Antonio Cañizares, el cardenal arzobispo de Barcelona, Lluís Martínez Sistach, el arzobispo de Oviedo, Carlos Osoro, y el obispo de Bilbao, Ricardo Blázquez), también se pronunciaron severamente en ese sentido, entre otros, el obispo de Jerez de la Frontera, Juan del Río; el obispo de Sigüenza-Guadalajara, José Sánchez; el arzobispo de Tarragona, Jaume Pujol, y el obispo de Terrassa, Josep Ángel Saiz Meneses.
La opinión de Del Río es muy significativa puesto que preside la comisión episcopal de Medios de Comunicación. También es de destacar la toma de posición del arzobispo de Tarragona, ya que Jaume Pujol Balcells es miembro del Opus Dei. El obispo Saiz Meneses, antaño muy vinculado al ex arzobispo de Barcelona Ricard Maria Carles, también abogó por el cambio. Las intervenciones de los prelados catalanes fueron “claras y precisas”, según fuentes conocedoras del debate.
Más notoría aún fue la intervención del arzobispo ovetense Osoro, hombre de carácter muy templado y con fuerte ascendente en los demás prelados. Osoro se manifestó tajantemente por el cambio y defendió con especial hincapié al cardenal Martínez Sistach, escarnecido reiteradamente por Jiménez Losantos desde los micrófonos de la Cope.
Ningún obispo se pronunció abiertamente por la continuidad del actual estado de cosas y ninguno tampoco expreso solidaridad alguna con Jiménez Losantos, condenado por injurias graves al alcalde de Madrid. El propio cardenal Rouco evitó defender a Losantos. Todos los miembros de la permanente intervinieron en la discusión. La votación fue evitada en el último momento para que no se convirtiese en una grave moción de censura al presidente de la conferencia.
No pasó desapercibida, sin embargo, la posición del cardenal arzobispo de Sevilla, Carlos Amigo. El martes por la noche, en un momento álgido del debate, Amigo, religioso de la orden franciscana, propuso, que al asunto Cope volviese a manos del comité ejecutivo, momento que Rouco Varela aprovechó para suspender la sesión hasta la mañana siguiente. En la última reunión del ejecutivo, Amigo, antaño crítico con la emisora, se alineó con la opción continuista del cardenal Rouco Varela.
El presidente favoreció un debate abierto y mantuvo una actitud cauta en el mismo, tras haberse entrevistado la semana pasada en Roma con el secretario de Estado de la Santa Sede, cardenal Tarcisio Bertone. La conferencia podría emitir hoy una nota.
Para el próximo 28 de junio ha sido convocada en Madrid una concentración de apoyo a Jiménez Losantos. Entre los convocantes, la red Peones Negros, entusiasta defensora de la teoría de la conspiración sobre los atentados del 11-M.
Europa no gobernará el siglo XXI de Robert Kagan en El Mundo
TRIBUNA LIBRE
Hace apenas dos años, el pensador y autor británico Mark Leonard publicó un libro titulado Why Europe will run the 21st century [Por qué Europa llevará la voz cantante en el siglo XXI]. A día de hoy, cabe preguntarse en qué grado siquiera va a tener Europa alguna participación en el siglo XXI.
No se trata ya sólo del golpe mortal que el jueves de la semana pasada le ha propinado el rechazo de Irlanda al Tratado de Lisboa que reorganizaba la Unión Europea. He pasado seis de los últimos ocho años en la capital de la Unión Europea y, a lo largo de este período, he podido apreciar una pérdida constante de confianza de Europa en sí misma, un repliegue sobre sí misma y un pesimismo creciente respecto del futuro.
Por mucho que toda la atención se centre en los males de la economía estadounidense, pocos europeos creen que estén a punto de heredar el mundo. A la economía alemana le está yendo muy bien en estos momentos, pero eso es excepcional, e incluso los propios alemanes se temen que se trata de algo pasajero.
La complacencia que los europeos experimentan ante la debilidad del dólar y la fortaleza del euro no pasa de ser una bendita oportunidad con la que distraerse de la preocupación, profundamente arraigada, de que los gigantes asiáticos les están dejando atrás y están sacando a Europa de la competitividad en la economía internacional.
El gran vecino de Europa también les causa angustia. No hay día en que algún representante europeo no clame por una política energética común para hacer frente a los monopolios depredadores rusos, pero no hay día en que los rusos no cierren un nuevo acuerdo que favorece unos intereses europeos concretos a expensas de otros.
Los europeos están mucho más preocupados por la inmigración y la identidad cultural de lo que lo estaban cuando llegué aquí. En estos días, en la mayoría de las elecciones que se celebran en Europa las cuestiones de la inmigración y la asimilación de los inmigrantes aparecen como telón de fondo, y la inmensa mayoría de las personas con las que hablo dudan de que Europa vaya a ser capaz de integrar a los nuevos inmigrantes.
Hasta los partidarios del laicismo se sienten inquietos, por que lo que ellos llaman la Europa cristiana, está siendo corroída por el flujo imparable de musulmanes y de cultura musulmana; de ahí las protestas que se suscitaron este año ante la modesta proposición del arzobispo de Canterbury de que se encontrara acomodo en Gran Bretaña a los preceptos legales de la sharia.
Más sorprendente es, quizá, el desafío continuo a la unidad europea. La UE sigue siendo una organización milagrosa y nadie debería apostar por que no vaya a seguir avanzando. Sin embargo, las grandes potencias europeas siguen manteniendo celosamente sus prerrogativas en materia de política exterior, especialmente, algo comprensible cuando se trata de evitar el más mínimo peligro para sus soldados.
Para agravar el problema, el sentimiento generalizado aquí es que Europa está falta de un liderazgo potente. A Gordon Brown se le considera poco sólido. Angela Merkel está atada de pies y manos en su gran coalición. A muchos estadounidenses y a muchos italianos les cae bien Silvio Berlusconi, pero no a la mayoría de los europeos de fuera de Italia.
Cuando apunto, como típico estadounidense que soy, al refrescante liderazgo de Nicolas Sarkozy, fuera de Francia no me responden más que con silencio o con el ceño fruncido. En Gran Bretaña y en Alemania, Sarkozy está considerado una estrella fugaz y, como mucho, para Francia, no para Europa. Por todas partes se ve que el interés propio se impone al interés común.
Se suponía que el Tratado de Lisboa iba a resolver algunos de estos problemas. Iba a crear dos figuras con liderazgo para representar a Europa en la escena mundial, un presidente y un ministro de Asuntos Exteriores. Los nombres que se manejaban para estos dos puestos, desde Tony Blair hasta el sueco Carl Bildt, hacían posible pensar que Europa asumiría un papel más preponderante en el mundo, aún a pesar de todas las dudas. Para los euroentusiastas de un extremo al otro del continente, la nueva Constitución era la respuesta al malestar de Europa y el paso siguiente hacia el liderazgo mundial. ¿Qué va a pasar ahora, sin embargo, una vez que el Tratado está herido de muerte?
Todo esto es malo para Estados Unidos. En un mundo en el que están naciendo grandes potencias, de las que dos resultan ser autocracias, Estados Unidos necesita que los regímenes democráticos como el suyo sean tan fuertes como sea posible. Una Europa unificada, independiente, con capacidad, conviene a los intereses estadounidenses, aun en el caso de que en ocasiones podamos estar en desacuerdo. Yo preferiría mucho antes ver a Europa llevando la voz cantante en el siglo XXI que a la Rusia de Vladimir Putin o a la China de Hu Jintao.
El riesgo de esta última bofetada a la confianza europea es que nuestros aliados, incluida Gran Bretaña, puedan ir cayendo poco a poco en una suerte de intrascendencia a escala mundial. Ya surgen voces en Londres a las que no les parece mal. En The Financial Times, Gideon Rachman cree que, en su inmensa mayoría, los europeos, si no sus dirigentes, prefieren pasar desapercibidos y tienen razón al preferir esa opción. Es mejor que tener que ser como Estados Unidos, con responsabilidades en todo el mundo. A fin de cuentas, «ser una superpotencia puede constituir una empresa sangrienta y demasiado onerosa -escribe-. La debilidad de Europa es una especie de nirvana».
No cabe duda de que Rachman está en lo cierto cuando afirma que muchos europeos prefieren que sea así. Europa ha empezado a encontrarse a gusto en un papel parecido al del coro en una tragedia griega, permanentemente dedicado a comentar y a expresar su opinión sobre lo que hacen los protagonistas («¡Oh, Edipo, por tu imprudente arrogancia destrozado!»), pero prácticamente sin ningún efecto, o muy escaso, en el desarrollo del drama.
Quizá Europa, esa Europa falta de liderazgo, esa Europa falta de un nuevo tratado, es como es porque eso es lo que realmente quieren ser los europeos. En ese caso, el siglo XXI, que desde luego no será gobernado por Europa, será una época verdaderamente difícil para Estados Unidos.
Robert Kagan es miembro no numerario del Carnegie Endowment for International Peace, socio trasatlántico del German Marshall Fund y asesor no oficial del senador John McCain. Su libro más reciente es The Return of History and the End of Dreams [El regreso de la historia y el fin de los sueños].
© Mundinteractivos, S.A.
Rajoy está crecido, de Lucía Méndez en El Mundo
ASUNTOS INTERNOS
Pues sí. Estamos en condiciones de comunicar a los españoles que Mariano Rajoy está crecido. Dejadme sólo. Cautivo y desarmado el ejército crítico, por fin ha conseguido lo que todo el mundo persigue en la vida y no logra nunca: hacer lo que le da la real gana. A lo mejor es un chollo transitorio y sólo le dura un año o dos. Pero que le quiten lo bailao. El líder débil está haciendo lo que ni se le hubiera pasado por la cabeza hacer al Aznar más fuerte.
Cuando el ex presidente cambió a Cascos por Arenas, lo anunció mucho antes. Rajoy ha decidido mantener el suspense. Y es inevitable pensar que en su actitud hay mucho de desquite porque se siente personal y políticamente maltratado. Nadie, salvo él, sabe quien será el secretario general del PP. Cuando Angel Acebes se despida en el congreso de Valencia, no se sabrá quién le sucederá. Aunque, tranquilo todo el mundo. Rajoy dijo ayer en Radio Nacional que cuando los compromisarios vayan a votar ya sabrán quién forma parte del equipo. Es todo un detalle de su parte. En realidad, ni siquiera estaría obligado a ello. Los estatutos del PP dictan que es el presidente quien elige al secretario general. Mira por dónde, el PP saldrá de este congreso mucho más presidencialista de lo que entró.
En estos meses de pesares, al calor y el humo de sus puros, ha leído a Churchill y a otros clásicos de la alta política. Una frase le ha gustado especialmente: «Un fanático es alguien que no puede cambiar de mentalidad y no sabe cambiar de tema».
El combate con el enemigo le ha permitido soltarse el pelo -por cierto, asesores, choca bastante la diferencia entre el color de su cabello y el de la barba- y ha empezado cortando la melena de Aznar de forma simbólica. El ex presidente no le volverá a arrebatar el papel estelar. El cambio que está a punto de producirse este fin de semana es de altura. Por primera vez en casi 20 años, Aznar no podrá hacer un discurso de alto voltaje político en un congreso del PP. Mejor dicho, poder sí que podría. Pero sería un escándalo.
«Ahora deja claro que quiere gobernar con su equipo después de aceptar la herencia pura y simple», ha dicho Luis de Grandes para aclarar lo que pretende Rajoy. Eso parece claro. Lo que no tiene explicación es por qué no lo hizo en 2004, por qué aceptó la herencia, por qué se dejó nombrar a su equipo, por qué ha dirigido el PP con la herencia recibida y por qué si era el centro lo que quería, hizo una oposición tan áspera y concurrió a las elecciones con formas y contenidos tan poco centristas.
El nuevo Rajoy ha demostrado ser un político que sabe cómo funciona el aparato de un partido y cómo se utiliza con eficacia en momentos estratégicos. Ha llegado a la conclusión de que la única forma de ser presidente del Gobierno es resistir en el liderazgo de un partido. Tarde o temprano, el PP volverá al poder, piensa él, y si me voy a lo mejor no me toca. A su lado, Esperanza Aguirre, con todo lo que aparenta, ha demostrado ser un poco pipiola.
© Mundinteractivos, S.A.
Elogio de la ciudad y de la bicicleta, de Joan Subirats en El País de Cataluña
El fenómeno de la bicicleta en la ciudad exige planteamientos más estructurales en momentos como los actuales. Hace unos años, Barcelona mostraba una pequeña porción de la población que persistía en el uso diario de la bicicleta, desde posiciones que parecían testimoniales o residuales, ante las exigencias de una movilidad urbana cada vez más decisiva en la batalla diaria por la supervivencia. En estos momentos, y tras la afortunada implantación del bicing, Barcelona ha pasado a ser una de las capitales europeas con una mayor presencia de las bicicletas en su quehacer cotidiano. El éxito ha desbordado las previsiones y está complicando la gestión diaria del proyecto, pero propicia asimismo que ahora puedan plantearse alternativas más ambiciosas desde una perspectiva de estrategia de futuro. Hace unos días, el presidente de la Generalitat, en plena semana de la bicicleta y asistiendo al II Congreso Catalán de la Bicicleta, afirmaba que el Gobierno catalán pretende impulsar un ambicioso plan de promoción del uso de la bici, que supondría llegar a más de 400 kilómetros de carriles bici en todo el país, y avanzar en la regulación del uso de este vehículo de dos ruedas para facilitar su normalización como medio de transporte. Se conecta así con los ambiciosos planes de Londres al respecto, o con el gran debate sobre la ciclovía en Bogotá para poner sólo dos ejemplos.
Todos tenemos nuestra particular relación histórica con la bici. Los momentos de aprendizaje, las excursiones con los colegas, las retransmisiones del Tour o la Vuelta, los mitos de Bahamontes, Anquetil o Coppi, o esa canción extraordinaria de Polo Conte dedicada a Bartali (“quel naso triste d’italiano in gita”) y a su modo de ganar carreras ante el estupor de los franceses. Como bien recuerda el antropólogo Marc Augé en un reciente libro, hemos pasado del mito de la bicicleta obrera de la posguerra, del Ladrón de bicicletas y de la mística de las carreras heroicas, al desencanto de la mercantilización sin escrúpulos que ha destrozado el ciclismo profesional a base de dopping y de laboratorios clandestinos. Nos queda ahora la recuperación de la bici como gran alternativa de movilidad urbana y sostenible. La utopía de la movilidad fraternal, que propicia recuperar ciudad y compañía. Si queremos cambiar de vida, deberemos empezar cambiando la ciudad. Y qué mejor que recuperar la utopía de esa ciudad que nos describe Augé, basada en la bici-libertad, la bici-igualdad, la bici-diversidad. Una ciudad atravesada en todas direcciones por todo tipo de transporte público, con horarios estrictos de distribución de mercancías, y con la sola presencia de los vehículos prioritarios (ambulancias, bomberos, policía…) en el resto de franjas horarias. Sólo los irreductibles propietarios de antiguos automóviles dispondrían de permisos para poder entrar y salir de la ciudad por alguna de las tres o cuatro vías expresamente dedicadas a ello. Pero, esa excepción no afectaría a los nuevos automóviles, que deberían dejarse en el exterior de la ciudad.
¿Estamos lejos de esa descripción explícitamente utópica de Augé? Pues, depende. Está más cerca Amsterdam (con su 40% de desplazamientos en bicicleta) que nosotros. Pero, es indudable que los avances en Barcelona en pocos años han sido espectaculares. Hasta el punto de que ya no basta con el incrementalismo prudente con el que se había manejado el asunto hasta hace poco. Mucha gente (sobre todo gente joven, pero no exclusivamente) ha descubierto que son y existen en tanto que pedalean. La autonomía de la bici y su discurrir urbano es algo sólido y real frente a la sinrazón de tanto consumismo vacío y de tanta palabrería sostenibilista. La bici nos recuerda quiénes éramos y al mismo tiempo, quiénes podemos ser. Lo que nos falta ahora son algunas decisiones significativas para que la espiral avance y se consolide. A escala internacional se alude a la necesidad de poner en práctica cinco grandes principios: logística (diseño y establecimiento de aparcamientos fiables, construcción de circuitos y carriles específicos y seguros…); difusión (campañas de sensibilización, acontecimientos de promoción…); evaluación y planificación (análisis de seguimiento de las decisiones y planes, impulso de nuevas iniciativas…); educación (manuales de buen uso, facilidad de acceso a mapas, promoción en jóvenes y adolescentes…), y cumplimiento de las normas (protección legal de los espacios y de los usuarios, mejora de la regulación y registro…).
Estos principios son en buena parte los que inspiran a los Amics de la Bici a exigir que no se avance en la construcción de nuevos carriles-bici si no se aseguran antes algunas medidas básicas en relación con las ya existentes. Por ejemplo, suprimir los carriles en las aceras que generan conflictos con peatones, multar con retirada de puntos a los que aparquen u obstaculicen los carriles bici, asegurar la protección de los ciclistas como los eslabones débiles de los sistemas de transporte, reducción efectiva de la velocidad de los automóviles a 30 kilómetros por hora en muchas partes de la ciudad. Los más de 35.000 desplazamientos diarios en bici que se producen en Barcelona (que sitúan a la ciudad en décima posición de la clasificación sobre uso de la bici en grandes ciudades, tras Amsterdam, Copenhague, Portland, San Francisco y Berlín, entre otras) exigen que se tomen decisiones más estratégicas al respecto. ¿Hasta dónde queremos llegar en el uso de la bici? ¿Cuál es el modelo de movilidad a medio plazo?
Todo ello nos conduce al debate sobre la ciudad. Discutir sobre el futuro de la bici en Barcelona es discutir sobre qué ciudad queremos. No sólo con aeropuertos, trenes de alta velocidad y muelles para cruceros se construye la atractividad y habitabilidad de una ciudad.
Joan Subirats es catedrático de Ciencia Política de la UAB.
Sensación de pánico, de Julio A. Mañez en El País de la Comunidad Valenciana
Decir que si algo puede ir a peor, lo hará, no es ninguna tontería, como tampoco lo es presumir que si alguien puede acaparar lo que sea, lo hará, y que si alguien quiere refugiarse en el limbo de las palabras, también lo hará. Por lo mismo, si un par de centenares de camioneros autónomos pueden paralizar el transporte por carretera, desabastecer los mercados y crear un caos de enormes proporciones, lo harán cuando crean que esa atrocidad conviene a sus intereses. Lo que nunca puede hacer un Gobierno, el de Rodríguez Zapatero o el que sea, es consentir que eso ocurra sin tomar de inmediato medidas drásticas. De todo el oneroso trajín de las últimas semanas, resulta una engorrosa sensación de fragilidad que apunta a una crisis de confianza quizás de mayor calado a largo plazo que la crisis económica que parece motivar un desastre semejante.
Es posible que este feliz Gobierno no sea responsable de la crisis económica (ya que, entre otros detalles, no se le puede culpar de que el barril de Brent haya más que duplicado su precio en poco más de un año), pero lo es, sin duda, de falta de previsión cuando todo apuntaba hacia lo peor y de escaso poder resolutivo cuando lo peor parece consumarse. ¿O es que no tuvo medios para impedir el bloqueo del transporte en cuanto empezó a producirse, a sabiendas de que el corolario más inmediato era el desabastecimiento de los mercados y una angustiosa alarma social? De momento, los precios al consumo en el sector de la alimentación se han triplicado para muchos productos en cosa de una semana, y dada la proverbial honestidad de muchas firmas del sector, no parece probable que rectifiquen a la baja en las próximas semanas, por más que pagar en el súper nueve euros (mil quinientas de las antiguas pesetas) por un kilo de inocentes sardinas suene a broma pesada, o que la siempre humilde acelga te venga a salir por quinientas pelas.
Que si algo puede ir a peor, lo hará, quiere decir que ante una situación dada, del orden que sea, hay indicios suficientes para detectar que su origen es incierto, su desarrollo, imprevisible, y sus consecuencias, fatales. ¿Era realmente imposible anticipar, con tantos comités de sabios que pululan por los laberínticos entresijos burocráticos de la Unión Europea, que el aumento de la productividad y del consumo en China y en otros países hasta ahora remotos era susceptible de generar un desequilibrio notable en la distribución de las fuentes energéticas y en los hábitos mundiales de consumo? Y, por otra parte, cuando se decidió estrangular la producción lechera en Galicia, ¿se sabía que muy pronto habría que importar de no se sabe dónde los productos lácteos? Nadie sabe cómo gobernar un mundo que, en efecto, resulta ser global, como si nunca antes lo hubiera sido. Un mundo global que pronto no tendrá otra cosa que globalizar que la miseria de los telediarios globalizados que hablan siempre de miseria, en cualquiera de sus variantes. Se trata de cosas distintas, es cierto, porque una cosa es descubrir de pronto el Mediterráneo de que el mundo es global y otra no reparar en que siempre lo fue a su manera. Ahora, las maneras han cambiado. Las maneras de intervención, quiero decir. El resultado es incierto hasta ahora para todos. Y tiene todos los números para ir a peor. Como todo. Porque nunca los políticos sonrientes en la foto tuvieron tanto poder sobre sus víctimas. Mientras tanto, el personal vibra con la Eurocopa y con ese torero que quiere matarse ante su público a cuatrocientos mil euros por sesión.
Europa: todo para el pueblo, pero sin el pueblo, de Aurora Mínguez en El Confidencial
¿Es la construcción europea un proceso democrático? ¿Puede ser un proceso democrático, es decir, refrendado por los ciudadanos en consultas populares? La respuesta, antes y ahora, parece ser NO… Porque cuando los ciudadanos son preguntados, la contestación suele ser negativa, como se ha visto ya no sólo en Irlanda, sino hace tres años en Francia y en Holanda. Consecuencia: ¿ni un referéndum más? Pues no, todo lo contrario. Es decir, más y mejor información, menos élites europeas encerradas en sus torres de marfil, más contacto con el mundo real y las preocupaciones de la gente y más movimientos e iniciativas ciudadanas en la UE, precisamente para hacer Europa más democrática y más próxima a los ciudadanos, que es justamente lo que afirmaban-sin comprometerse a cumplirlo- el Tratado de Lisboa y la extinta Constitución Europea.
Es también la tesis que defiende el filósofo y sociólogo alemán Jürgen Habermas, quien ha reprochado a los jefes de Estado y Gobierno de la Unión haber agotado su palabrería sobre la integración europea. Hace falta, dice Habermas, hacer de Europa un tema central en la vida de 500 millones de europeos, y saber qué Europa quieren: si una auténtica Unión, donde las decisiones importantes se toman desde Bruselas y donde los intereses nacionales de cada uno de los 27 miembros pasan a un segundo plano, o bien una Europa que sea simplemente una zona de libre cambio, donde cada país sigue haciendo lo que le place en materia exterior, en temas energéticos o en asuntos de inmigración. Es decir, lo que desean los británicos y algunos de los nuevos socios.
Esa consulta popular, es decir, un referéndum a nivel europeo, se debería celebrar, según Habermas, coincidiendo con la celebración de las elecciones al Parlamento Europeo, previstas para junio de 2009. Unas elecciones, por cierto, que podrían ser un fiasco, un auténtico triunfo del abstencionismo si se vuelven a plantear como unos comicios en clave nacional con los eternos rifirrafes PP-PSOE y considerando la Eurocámara como un retiro de lujo. Cosa que ciertamente es y ha sido para muchos.
Suspenso en “explicar Europa”
Pero para que ese referéndum que plantea Habermas tuviera éxito tendrían que cambiar muchas cosas y una especialmente. La política de comunicación de Bruselas y sobre Bruselas.
Es verdad que la gente no entiende la mayoría de las cosas relativas a la Unión Europea y que en España somos europeístas pero básicamente por el bolsillo. Pero es verdad también que esa ignorancia se debe a que nadie, ni Bruselas ni los gobiernos, ha hecho de verdad una labor pedagógica sobre la trascendencia y las consecuencias de vivir en una Unión de 27 países, sobre sus ventajas y sus inconvenientes, que también los hay. Los ciudadanos mezclan y confunden cuestiones de política interna con temas comunitarios porque los propios políticos utilizan Europa a su antojo. Cuando interesa, Bruselas es la culpable de ciertas políticas-la ley del retorno de inmigrantes, la semana de 60 horas laborables. Cuando viene bien, Europa es el espejo en el que se reflejan los líderes ansiosos de ver refrendados sus puntos de vista o sus opiniones personales.
Y esa necesidad de pedagogía, de enseñar que significa la Unión Europea se ha hecho mucho más necesaria a medida que la Unión crecía y se dotaba de nuevos instrumentos. Muchas personas no sabrían responder por qué fue necesaria la Constitución Europea; por qué es ingobernable un gobierno europeo -la Comisión Europea- en el que hay 27 ministros -o comisarios- cada uno defendiendo no sólo pero también los intereses de sus países de origen; por qué no se puede seguir avanzando en asuntos importantes -como la política exterior, temas de justicia, inmigración, cuestiones sociales- si cada decisión debe ser adoptada por unanimidad. Hay miles de preguntas sin respuestas claras que podrían formular los ciudadanos a poco que se les diera voz y oportunidad. A los jefes de Estado y de Gobierno europeos hay que darles un suspenso en la asignatura de “explicar Europa”. Y una matrícula en ineficacia a las instituciones comunitarias en la misma materia.
Británicos, polacos y checos, próximos quebraderos de cabeza
Pero seguro que en la cumbre de hoy en Bruselas no se van a escuchar muchos mea culpa colectivos. Porque se trata de continuar adelante,con o sin los ciudadanos. Preferiblemente sin. Sólo que el camino no va a ser de rosas.
Primero: no se puede ignorar tan ostensiblemente el voto de una mayoría de irlandeses. Sobre todo, porque, como ha dicho el primer ministro de Luxemburgo Jean Claude Juncker ,no es de recibo ningunear a los países pequeños diciéndoles que su voto vale menos que el de Francia o Alemania. Segundo: si continúa, como se pretende, el proceso de ratificaciones, los escollos siguientes están ya programados: Gran Bretaña y la República Checa y Polonia. Gordon Brown tiene que imponerse aún a la oposición de los conservadores y de la prensa popular de su país, quienes no quieren que se ratifique el Lisboa. Y ya se sabe que la posición de Brown es todo menos fuerte en estos momentos.
Ese mismo rechazo se reproduce en el castillo de Praga, donde tiene su despacho el supereuroescéptico presidente Vaclav Klaus. Este ha saludado el No británico como “una victoria de la democracia y de la razón sobre los proyectos artificiales y elitistas y sobre la burocracia europea”. Pero esto no es todo. El Senado checo, en el que domina el partido euroescéptico ODS, ha solicitado al Tribunal Constitucional que se pronuncie sobre si algunas de las reformas incluídas en el Tratado de Lisboa, como las figuras del Presidente de la UE o la figura del Ministro de AAEE europeo-aunque no se llame así-, no limitan la soberanía del estado checo. No se sabe cuánto pueden tardar en pronunciarse los jueces, pero ya se sabe que lo suyo no suele ser en tiempo turbo.
Para más inri, la República Checa asume la presidencia de la UE el 1 de enero del 2009, es decir, en la fecha precisa en la que debería entrar en vigor el Tratado de Lisboa. El presidente Klaus puede negarse a firmar las leyes aprobadas por el parlamento de su país, con lo cual puede ocurrir algo parecido a lo que está pasando en estos momentos en Varsovia. El presidente polaco, Lech Kazinsky, sigue sin firmar el Tratado de Lisboa que ha sido ya ratificado por el Sejm, la Dieta parlamentaria y puede que se tome su tiempo.
P.S. He leído en algunos artículos relativos al No irlandés una cita incompleta de Bertold Brecht que creo oportuno incluir aquí en su integridad. Se trata de un poema titulado La Solución,escrito con motivo del levantamiento de los obreros de Berlin Este el 17 de junio de 1953 hace hoy 55 años y dos días.
Después del levantamiento del 17 de junio
El secretario de la Unión de Escritores
Distribuyó hojas de papel en la avenida Stalin
En las que se podía leer que el pueblo
Había perdido la confianza del gobierno
Y que sólo con una duplicación del trabajo
Podría recobrarla.
¿No sería más fácil disolver al pueblo
Y elegir uno nuevo?
Aplíquese, si procede, a los irlandeses.. dirán algunos en Bruselas.
Ahora la crisis se llama “dificultad”, de José Oneto en Estrella Digital
Con un retraso de varios meses, y superados los cien días desde las elecciones generales del pasado mes de marzo, el presidente del Gobierno, que durante la campaña electoral prometió que una de sus primeras decisiones sería la reanudación del “diálogo social”, se ha reunido, por fin, con representantes de la patronal, CEOE y CEPYME (pequeña y mediana empresa), y sindicatos, UGT (Unión General de Trabajadores) y Comisiones Obreras, para hacer un diagnóstico de la situación económica.
Para Zapatero, el hecho mismo de la reunión es lo que da confianza al ciudadano para hacer creíble cualquier plan. Por eso no puede entenderse que se haya esperado tanto para esta Cumbre, aunque bien visto, si estamos ante una simple “desaceleración”, la verdad es que tampoco había prisa, sobre todo comprobando lo recargada que está la agenda presidencial.
Sin embargo, en esta ocasión la palabra clave no ha estado centrada en la “desaceleración” sino en las dificultades. “Dificultades”, tomadas del discurso de José Blanco, secretario de Organización del PSOE (“No estamos en situación de crisis, sino en un problema de dificultades”), que han repetido hasta la saciedad y que ha estado en boca de empresarios y sindicatos, sin que en ningún momento a ninguno de los reunidos, según la doctrina oficial, se les haya escapado la palabra “crisis”.
Tanto el representante de UGT, Cándido Méndez, como el de Comisiones, José María Fidalgo, como el presidente de la patronal, Gerardo Díaz-Ferrán, que no han tenido reparos en reconocer que la reunión ha sido un éxito del presidente del Gobierno (sobre todo esa foto colectiva en las escaleras de la Moncloa y esas imágenes televisivas del presidente del Gobierno ejerciendo de anfitrión y de moderador en la rueda de prensa) aunque al final no se haya firmado nada como pretendía el Gobierno.
El Gobierno había avanzado que se firmaría con los agentes sociales una declararon en la que se incluirían cuestiones relacionadas con la política de empleo, la política industrial y todos aquellos aspectos de los acuerdos alcanzados en los últimos cuatro años que aún están pendientes de desarrollo.
Al final, aun coincidiendo en el análisis de la situación (no deja de sorprender lo de las “dificultades” cuando se acaba de anunciar que la construcción en España bajó el mes de abril un 21 por ciento, liderando la caída del sector en Europa, que fue sólo de un 0,3 por ciento, y el Banco de España ha encendido la señal de alerta sobre el futuro de las pensiones), patronal y sindicatos han acordado reunirse a finales del mes de julio para estudiar un borrador mejor elaborado en el que se aborden los distintos puntos de vista sobre la situación económica, sobre las medidas a tomar y sobre el modelo de crecimiento al que hay que ir.
El presidente del Gobierno, que ha anunciado “austeridad” para los próximos Presupuestos Generales del Estado del año que viene (¿qué va a ocurrir con los de este año después del aumento de ministerios, secretarías de Estado, direcciones generales y asesores?), ha querido poner el acento en la necesidad de mantener el gasto social, sobre todo para los más desfavorecidos, entre ellos los pensionistas.
En resumen, que estamos en “dificultades”, que esas “dificultades” se pueden superar por la buena situación económica que se consiguió en la anterior legislatura, que no se aprobará ninguna iniciativa que afecte al mercado laboral sin el consenso de empresarios y sindicatos y que hay que ir hacia otro modelo de crecimiento que no esté sustentado en la construcción y en el consumo.
Para ese viaje no necesitábamos haber esperado tanto y crear tanta expectación. Al fin y al cabo, las “dificultades” siempre son superables. Lo otro, “la crisis” y la “recesión”, son cosas totalmente distintas…
La dignidad de la toga, de Antonio Alvarez-Solís en Gara
Las palabras con que el fiscal de la Audiencia Nacional española en el juicio sobre el sumario 33/01 concluyó su informe acusatorio son el punto de partida del presente artículo, en el que Antonio Álvarez-Solís analiza dicho informe como muestra del déficit democrático de la administración de la justicia en el Estado español, tanto en el fondo como en la forma.
Señor fiscal, y su nombre es lo de menos, ya que no personalizo un cargo, quisiera trasladarle una preocupación muy grave acerca del estado en que muchos ciudadanos honrados percibimos la administración de la justicia en España. El panorama es desolador. Quizá esto se deba a que el poder político está construyendo un entramado legal en que las ideas perecen como en trampa para lobos y el Derecho se disuelve en el vitriolo de lo conveniente. Aclaro que esta conveniencia no se refiere a la edificación moral que un pueblo necesita constantemente, sino a la necesidad de supervivencia que tienen las instituciones que nos desgobiernan. En ese magma de lodo y gases mefíticos la administración de la justicia se degrada cada día hasta convertirse en martillo de herejes y protagonista del pensamiento real, como aquél al que servían las magistraturas judiciales antes de la Revolución francesa. De la mezcla renace, como un monstruo shakespeariano, la ira atronadora del dios de la venganza.
Le hablo, repito, señor fiscal, con el pleno derecho de mi ciudadanía, que es soberana sobre usted, la diputación y la misma realeza. Sé que escribir esto resulta hoy de sumo peligro, pues lo penal ya no está imbuido de las reglas y cautelas que precisó hace doscientos años el marqués de Beccaria y que todo lo jurisdiccional se ha vuelto aleatorio e interpretativo, pero creo que la soberanía que encarno como unidad suprema y que ejerzo en la parte alícuota que me corresponde me obliga a honradez con mis coterráneos y a dignidad frente a cualquier estrado. De tal forma construyo mi modesto y radical discurso -hay que reivindicar la radicalidad como herramienta para construir la nueva democracia- sin dárseme una higa, como escribían los clásicos, de lo que pueda acontecerme, pues como dictó Don Francisco de Quevedo: «¿no ha de haber un espíritu valiente,/ siempre se ha de pensar lo que se dice/ nunca se ha de decir lo que se siente?».
Ycon ese derecho a la verdad en la mano humilde, pero grande por la herencia que reclama, digo a usted, señor fiscal, que nada gana el prestigio de la magistratura con que usted haya rematado su informe acusatorio contra los libres ciudadanos procesados por el caso de las Gestoras Pro Amnistía con una frase que desgraciadamente resume el espíritu actual de la jurisdicción: «Espero que no les guste la sentencia y a mi me guste mucho». Cuando se viste la solemne toga y se obra en nombre del fasces de la justicia, sobra toda expresión jarifa, más propia de un vino en mesón de carretera que de un oficial de Su Majestad. Si la justicia -aunque en ella corresponda a usted el triste oficio de la acusación, que siempre deja un regusto a triste- ha de consistir en soplar al aire solemne del tribunal los odios o pasiones mórbidas que nos dominan, nada nos dejan las instituciones para la esperanza de la libertad. No somos grandes, como los insignes hombres lo fueron, pero convendrá usted conmigo, señor fiscal, que revestir la actuación forense de severidad y altura ayuda a que el pueblo llano, al que pertenezco, tenga por bueno tanto el salario que abonan a ustedes como la ley que manejan. De todo ello quiero hacer relación hoy a fin de que sepa que muchos ciudadanos del Estado español nos sentimos zaheridos por su actuación y que mirando hacia el exterior lleguemos a decir esa simpleza de «yo no soy así». Pero ¿de qué vale tal exculpación si el Estado nos comprende a todos y nos convierte de nuevo en súbditos una vez que nos ha engañado con la proclamación constitucional de que somos ciudadanos? Para el observador que nos analice no habrá más camino, ante esa frase suya, que tenernos por pueblo bárbaro y menospreciable. Insisto en este último matiz del asunto porque bueno sería apoyar en él el pie para proceder políticamente a fin de descabalgarle a usted de un oficio que no sabe ejercer debidamente. Pero no sucederá nada de esto, señor fiscal, porque el Estado está edificado hoy sobre elementalidades maliciosas y sin dignidad alguna.
De su informe acusatorio sobre los honrados ciudadanos sentados en el banquillo, y recluídos en un ejemplar silencio que es a la vez acusación grave hacia el tribunal de excepción que los incrimina y juzga -¡qué duro es que siga existiendo instancia del tal género!-, sólo tengo flecos literales e informaciones orales que, aunque de muy clara verdad, no me permiten decir muchas cosas. De todas formas, sí sé lo suficiente para afirmar que ese informe suyo quebranta las reglas básicas de la personalización clara del presunto delito; que embarulla lo penal con lo intelectual, haciendo del pensamiento materia delictiva y que establece secuencias donde la lógica es puro invento personal de usted. Toda la causa es deplorable, como es deplorable que usted sirva en ella no para acusar en nombre del pueblo -que exige jueces naturales amén de otras seguridades forenses-, sino para hacerlo en nombre del rey, que es como cabe resumir la situación ahora que los tribunales han abandonado la democracia y la libertad para constituirse en herramienta del poder protagonista, que es el poder político, manejado a su vez por intereses que no caben en las maltratadas urnas. Le digo a usted todo lo anterior con la elevada conciencia de que sirvo a la verdad o, al menos, de que practico esa libertad de que la Constitución se hace extraño garante en la situación que vivimos. ¿Libertad, democracia, Constitución? Creo que sería hora de convocar a los pueblos alojados por propio deseo o por fuerza en el Estado español a una consulta para determinar, más allá de la baja conciencia de los partidos políticos, qué entiende la ciudadanía por justicia y cómo desea que sea su ejercicio. Aunque ustedes crean otra cosa, vive la humanidad, y entre nosotros muy sensiblemente, un grave y urgente momento de exigencia constitucional. El mundo actual no es el culmen de una construcción, sino la debacle de una descomposición moral a gran escala. Yo no puedo, como tantos otros ciudadanos honrados, aceptar las reglas del juego porque el juego es turbio y tiene las cartas marcadas. Como español no me siento honrado de serlo y he de soportar sobre mis espaldas la barahúnda de insensateces y despropósitos que una administración que se ha convertido en destino de sí misma prodiga cada día, ya sea desde la política diaria de las cosas como en el caso de estos avatares judiciales, que dañan a tantos jueces, así lo tengo por seguro, en su legítima consideración tanto de lo justo como del procedimiento para establecerlo.
Señor fiscal, usted ha usado de un escarnio de poco precio cuando ha acusado a los procesados de usar políticamente el tribunal que los juzga por negarse a declarar. Sé que eso puede dolerles a ustedes porque esa postura desvela la creencia de unos encausados en la libertad que les corresponde como nación hoy maltratada desde todas las instancias de la Administración española y desde la dirección de ciertos partidos que se reclaman vascos. Pero aunque le duela usted tal postura, que representa nobleza y dignidad, nadie le autoriza a hablar, por ejemplo, del «manualillo del buen miembro de la organización terrorista». Esa frase es demasiado barata para proferirla ante un tribunal, como es también de poco calado hablar de «farsa, teatrillo y montaje». Ese lenguaje puede usted usarlo en el café con sus amigos, pero creo que jamás debe hacerlo ante el solemne estrado de unos jueces. A la vida española casi siempre le ha faltado altura pública y acusa un estilo serrano y ganadero. A veces los españoles han tratado de ponerse en pie, pero siempre les ha aplastado la violencia conjunta establecida por unas instituciones políticas que han empleado, ahí sí, el manualillo de la fuerza pública y de los tribunales de excepción.
Antonio Alvarez-Solís, periodista.
Sí podemos, de Susan Geoge en Rebelión
TEMAS para el Debate
Los excesos del desarrollismo están llevando a la humanidad al abismo, por lo que la nueva idea de progreso debe volver a recuperar la intención de antaño, de unir el progreso con la emancipación de los seres humanos, retomando el impulso del “sí podemos” que ha caracterizado los movimientos transformadores de la izquierda durante décadas.
El progreso es una idea inventada ya en el siglo XVIII, la época de la Ilustración y de las revoluciones, pero a veces es difícil mantener esa idea viva en nuestro propio tiempo. En Francia, los revolucionarios derrocaron la monarquía y el “orden natural” –la mayor herejía en aquel momento–. Los Padres Fundadores de los Estados Unidos, imbuidos de la noción de progreso, la legaron a generaciones de norteamericanos. Cuando floreció, la idea de progreso estaba reducida a Occidente, a lo que se podría llamar “zonas de Ilustración”, y a las clases sociales con una educación relativamente alta. A lo largo de las décadas siguientes, los pensadores y los activistas creían en la emancipación humana y luchaban por ella, por la erradicación de la esclavitud, por una nueva vida para los inmigrantes, por los derechos de los trabajadores, de las mujeres y de las minorías.
En aquella época, la ciencia y la tecnología parecían desarrollarse con tal rapidez y seguridad, solucionando tantos problemas y haciendo la vida más fácil para millones de personas, que era fácil pensar –en la Gran Bretaña del siglo XIX, por ejemplo– que la humanidad marchaba camino al éxito, hacia horizontes cada vez más brillantes.
La noción de “desarrollo” caracterizó la versión del progreso del siglo XX. Al menos hasta la aparición –a mediados de la década de 1990– de los informes sobre desarrollo humano de Naciones Unidas, los “promotores oficiales del desarrollo”, como el Banco Mundial, confundían el crecimiento económico con el bienestar de las personas y, al impulsar grandes programas como la “revolución verde”, contaban con la ciencia y la tecnología para erradicar la pobreza y la desigualdad. China aún sigue un camino similar, propio del siglo XIX, con una fe sin igual en el progreso tecnológico y mostrando escaso interés por la libertad de los seres humanos o por los límites que impone la ecología.
Las dos guerras mundiales, la Shoá, los horrores del colonialismo que fuimos conociendo poco a poco, la carrera armamentística nuclear y los desastres nucleares contribuyeron a erosionar la fe en el progreso en el siglo XX. El cambio climático, las múltiples crisis financieras, la crisis del petróleo y las amenazas de las hambrunas y del terrorismo cumplen la misma función en el siglo XXI. Parece que por fin empieza a entrarnos en la cabeza que la civilización podría ir hacia atrás y que, en estos momentos, seguramente la estamos empujando en esa dirección.
Históricamente hablando, sólo la izquierda, sólo las fuerzas progresistas, han generado progreso en forma de emancipación de los seres humanos. Así, la pregunta que TEMAS hace a sus autores –“¿cuál sería la nueva idea de progreso para la izquierda en el siglo XXI?”– se revela urgente.
Intentaré contestarla señalando primero la distinción necesaria entre los avances científicos y tecnológicos y el progreso humano. En el pasado iban de la mano; hoy, sin embargo, el debate, la discusión, radica en saber si los desarrollos científicos verdaderamente constituyen progreso o no. Ahora, con frecuencia, la izquierda debe detener aquello a lo que la derecha llama “progreso”, una idea inconcebible para los progresistas de hace cien años. En la actualidad, cuando el supuesto “progreso” está controlado por las corporaciones transnacionales centradas exclusivamente en el beneficio y en la apertura de nuevos mercados, ello se convierte en un deber para los progresistas.
El ejemplo de los organismos modificados genéticamente (OMG) ilustra esta idea. Aunque hasta ahora nadie ha probado de manera concluyente que los OMG son peligrosos para la salud de las personas, es evidente que generan un impacto medioambiental negativo y que pueden extender o acabar con la libertad de los agricultores para cultivar de forma orgánica o tradicional. Conscientes de que las corporaciones transnacionales controlan los OMG –en especial Monsanto y su enorme legado de productos nocivos– los progresistas hacen bien en impedir el cultivo de OMG si no es en condiciones estrictamente establecidas.
No necesitamos más energía nuclear sino más bien, como en España, mucha más inversión en energía eólica y demás energías alternativas. Tampoco necesitamos nuevos aviones de combate, por mucho que interese al complejo militar industrial, sino más bien investigación y desarrollo de materiales ligeros para construir aviones comerciales que consigan reducir drásticamente las cantidades de gasolina que consumen. Como ha señalado el filósofo Paul Virilio, toda tecnología contiene su propio accidente: el avión que se estrella, el ordenador que se bloquea con catastróficas pérdidas de información, la fusión de un reactor nuclear, las plagas originadas por la involuntaria liberación en la naturaleza de organismos manufacturados, los vertidos de petróleo, las explosiones químicas… la lista es larga. El deber de los progresistas es aplicar de manera rigurosa el principio preventivo de intentar controlar las corporaciones que tratan de controlarnos. Esto exige perseverancia y que las organizaciones políticas transnacionales equiparen sus estrategias con las de las propias corporaciones.
La cuestión del progreso en el sentido de la emancipación de los seres humanos es distinta. Aquí, evidentemente, la izquierda no está llamada a impedir, sino a buscar y a encontrar nuevas vías, de la misma manera que todos los progresistas habidos y por haber lo han intentado. Todos ellos tuvieron que luchar con múltiples formas de opresión en las difíciles condiciones de su tiempo, y la mayoría de ellos, admitámoslo, fracasaron. Espartaco no consiguió acabar con la esclavitud en la antigua Roma, y hasta el siglo XIX ésta no se pudo erradicar. Cientos de filósofos, protocientíficos, pensadores y personas inocentes acabaron quemados en la hoguera cuando el poder de la Iglesia no podía ser detenido. Durante siglos, Europa llevó a cabo guerras sangrientas que provocaron un número incontable de muertes innecesarias hasta que una Europa unida terminó con ellas. Las mujeres no fueron completamente reconocidas como seres humanos hasta hace menos de cien años y todavía intentan alcanzar la igualdad total, incluso en las sociedades “avanzadas”. Los derechos humanos siguen siendo ignorados en muchos sitios, también en Occidente, de forma que aún nos quedan muchas metas y muchas áreas en construcción en el siglo XXI.
Desafíos
El desafío sin precedentes que se plantea hoy a los progresistas es ser activos en todos los frentes geográficos. Hasta hace poco bastaba con intentar resolver los problemas del propio país –sueldos decentes, condiciones de trabajo óptimas, asistencia sanitaria adecuada, educación universal, separación de Iglesia y Estado, etc–. No cabe duda de que las cuestiones nacionales siguen siendo importantes. Pero también lo son las cuestiones locales. Cada vez más, sin embargo, vemos que las fronteras de nuestras vidas van mucho más allá de nuestras fronteras nacionales. Los europeos tienen que saber que actualmente el 85% de la legislación que gobierna sus vidas no proviene de su Parlamento nacional, sino de Bruselas, y que la Unión Europea tiene el control del modelo económico neoliberal, guiado por intereses comerciales hasta el punto de excluir cualquier consideración de progreso social.
Recientemente, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea ha anunciado tres decisiones que obligan a Suecia, a Finlandia y a Alemania a aceptar mano de obra de Europa oriental con salarios un 50% inferiores a los de sus trabajadores nacionales. Estas decisiones, que tienen su base en la “libre prestación de servicios”, sitúan a los trabajadores europeos en competición directa y lanzan una “carrera hacia mínimos” en lo que respecta a salarios y condiciones de trabajo. En el Tratado de Lisboa, la palabra “mercado” aparece 63 veces, “competencia” 25 veces, “progreso social” consigue tres menciones y “desempleo” ninguna. La Comisión insiste en que no se apliquen restricciones a la libre circulación de bienes, servicios, personas y capitales. ¿Podemos albergar esperanzas de gravar las transacciones de capitales internacionales –como Attac propone desde hace años– si no es posible aplicar “restricciones” y es la Comisión (con sus miembros no electos), o el Tribunal Europeo, quien decide? Siglos de progreso europeo pueden quedar anulados y borrados si los progresistas no consiguen controlar esta Europa neoliberal; tarea que debemos llevar a cabo mediante una organización transfronteriza similar a la de las élites europeas que disfrutan hoy de unas condiciones extremadamente beneficiosas para sus intereses.
La tarea de introducir asuntos de vital importancia en la agenda internacional constituye un proceso terriblemente lento, no digamos si queremos que se tomen medidas. Hicieron falta más de veinte años para convencer a las autoridades nacionales e internacionales de la realidad y del peligro del cambio climático, lo que nos da una idea de hasta qué punto se contentaban con escuchar a las corporaciones, en especial a las empresas petroleras. Ahora que todos somos concientes de las amenazas, los líderes aparecen, una vez más, paralizados. Sabemos que los refugiados por el cambio climático llamarán a nuestras puertas en cuestión de años y, sin embargo, no nos estamos preparando para ello. Sabemos que, una vez más, las hambrunas acechan al mundo, que decenas de millones de personas que han sobrevivido a una vida de hambre permanente caen de nuevo en esa pesadilla y, aun así, seguimos produciendo biocarburantes en lugar de cultivos alimentarios, y no hacemos esfuerzos por contener a las fuerzas del mercado que conducen a las hambrunas masivas.
Los progresistas tienen que desembarazarse de una vez por todas del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional y de la Organización Mundial del Comercio, y sustituirlos por las organizaciones internacionales que de verdad respondan a las necesidades de las (desatendidas) tres cuartas partes de la humanidad. Para cuando falleció, en 1946, John Maynard Keynes ya había elaborado el proyecto que serviría a estas organizaciones. No sería mala idea desenterrarlo y mejorarlo para adaptarlo a las necesidades actuales.
En todas partes vemos a las elites ansiosas por acabar con el progreso democrático de los siglos pasados y por conseguir que dirigentes no electos (la Comisión Europea, por ejemplo) o tecnócratas (el FMI, la OMC) sean fieles a sus propios intereses. La lucha constante de los progresistas por preservar la democracia les enfrenta a quienes tratan de socavarla: el déficit democrático debe ser el nexo de toda nuestra acción futura.
Quizá porque es consciente de todo esto, Barack Obama ha surgido del casi anonimato político para ocupar un lugar preeminente en el imaginario colectivo y, esperemos, pronto también en el despacho del presidente de los Estados Unidos. Utilizando un magnífico lenguaje, es capaz de hacernos comprender el significado de nuestras tradiciones y de nuestros logros. Cada vez que hemos oído que no estábamos preparados, que no merecía la pena intentarlo, que nunca conseguiríamos nada, respondimos “yes we can” (sí, podemos). Los autores de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, los esclavos y los abolicionistas, los pioneros y los inmigrantes, los trabajadores y las mujeres, los impulsores del New Deal y los astronautas, todos ellos respondieron “yes we can”.
La Historia de la humanidad –y por ende la lucha por la emancipación de los seres humanos– no ha terminado, y no debemos ofender a las generaciones futuras. Ojalá los progresistas de todo el mundo, sobre todo los europeos, se unan alrededor de estas palabras: yes we can.
Traducción: Alfonso Guerra Reina
¿Hacia dónde camina Europa?, de Francisco J. Trillo en La Insignia
Metiendo Bulla
La propuesta modificada de la Directiva 2003/88/CE, relativa a determinados aspectos de la ordenación del tiempo de trabajo[i] supone un ejemplo más del posicionamiento ideológico de la Unión Europea ante las relaciones laborales y el Derecho del Trabajo. Ya se había tenido ocasión de verificar esta impronta europea sobre el Derecho del Trabajo a propósito del Libro Verde relativo a la modernización del derecho laboral para afrontar los retos del siglo XXI[ii]. A pesar de que el Libro Verde carece de eficacia jurídica alguna, éste ha servido de plataforma para impulsar la renovación de las relaciones laborales en el ámbito de la UE. Una renovación que se explica fundamentalmente a partir de la ampliación de la UE a 27 Estados Miembros, entre los que se encuentran de forma destacada los países del Este.
El Libro Verde, en materia de tiempo de trabajo, presentó como objetivo último la consecución de mayores dosis de flexibilidad -”¿cómo se podrían modificar las obligaciones mínimas en materia de ordenación del tiempo de trabajo para ofrecer mayor flexibilidad a los empleadores y a los trabajadores, garantizando al mismo tiempo un nivel elevado de protección de la salud y de la seguridad de los trabajadores?”[iii]-, instaurando una (ficticia) relación directamente proporcional entre flexibilidad e intereses de empresarios y trabajadores. Es decir, con independencia de cuáles sean los intereses específicos de trabajadores y empresarios[iv], la flexibilidad se erige en el fin a alcanzar como signo de modernidad y satisfacción de los intereses de empresarios y trabajadores. Más allá de este hecho, cabe destacar el salto cualitativo que supone que empresarios y trabajadores persigan intereses comunes, haciendo estallar la base conceptual que da sentido al Derecho del Trabajo: la contraposición estructural de intereses entre capital y trabajo. Todo ello, con un límite genérico, que parece no ser más un objetivo en sí mismo, como es la protección eficaz de la salud y seguridad de los trabajadores.
La materialización de estas líneas introducidas por el Libro Verde sobre la modernización del derecho laboral ha tenido lugar en la Propuesta Modificada de la Directiva 2003/88/CE. En ella aparecen nítidamente los fundamentos contenidos en aquél, que ahora se comentan brevemente.
En primer lugar, la Propuesta Modificada de la Directiva 2003/88/CE presenta como objetivo único la flexibilidad de la ordenación del tiempo de trabajo en aras, según reza en la propuesta, a la conciliación de la vida familiar y laboral[v]. Es decir, la base jurídica sobre la que se diseñó la normativa europea sobre tiempo de trabajo, la protección eficaz de la seguridad y salud de los trabajadores (arts. 136 y 137.1.a) Tratado de Roma), ha quedado relegada a un segundo plano o, más bien, como un límite genérico laxo a favor de la conciliación de la vida profesional y la vida familiar. En última instancia, el objetivo de la compatibilización de la vida profesional y familiar pretende ser un mecanismo de política económica que contribuya a mejorar el acceso de las mujeres al empleo (Estrategia de Lisboa). En resumidas cuentas, la propuesta modificada adolece de una cierta confusión, ya que se colocan en un mismo plano materias de política social y materias de política económica como objetivos alcanzables a partir de la ordenación del tiempo de trabajo. Curiosamente, el instrumento estrella para promover el acceso de las mujeres al empleo es el alargamiento de la jornada de trabajo hasta las 60 horas semanales en un período de referencia de 3 meses; hasta 65 horas semanales en el ámbito de la Sanidad en atención continuada[vi]. Todo ello frente a la tradicional reivindicación sindical de reducción del tiempo de trabajo -35 horas semanales- que basaba su intervención en la idea de trabajar menos para trabajar todos. A continuación, la redacción de la propuesta añade como instrumentos prácticos para hacer efectiva la conciliación de la vida familiar y laboral, la obligación de empresarios de informar a los trabajadores sobre cualquier cambio en la organización del tiempo de trabajo y la obligación igualmente de empresarios de tener en consideración las peticiones de los trabajadores para cambiar horario y ritmos de trabajo (art. 2 ter). A este respecto, el ordenamiento jurídico español ya cuenta, incluso antes de la entrada en vigor de la Ley de Igualdad, con instrumentos para adaptar la duración y distribución de la jornada de trabajo configurados como derechos unilaterales a favor de los trabajadores (arts. 37.5 y 6 Estatuto de los Trabajadores). El modelo que presenta esta Propuesta de modificación de la normativa comunitaria sobre tiempo de trabajo es, por tanto, de carácter individualista a la par que voluntarista, ya que no se conectan los objetivos de la norma a un tratamiento colectivo del tiempo de trabajo y los derechos de conciliación aparecen configurados como una liberalidad del empresario. Frente a este modelo individualista, insistimos, se abandona aquél solidario de la reducción de la jornada semanal a 35 horas.
En segundo lugar, la Propuesta Modificada lleva a cabo una revisión del concepto de tiempo de trabajo que supone un embate a la labor del Tribunal de Justicia en la delimitación de lo que debe entenderse por tiempo de trabajo. La introducción del concepto de período inactivo de atención continuada, es decir, el tiempo en el que el trabajador se encuentra en el lugar de trabajo, a disposición del empresario pero sin prestar servicio repercute en la jurisprudencia del Tribunal de Justicia negando la consideración de tiempo de trabajo a aquellos espacios temporales donde el trabajador cumple con, al menos, dos de los tres requisitos enunciados en el art. 2 de la D 2003/88/CE (Sentencia SIMAP y sucesivas). Es decir, afecta sensiblemente a los derechos de los trabajadores ya que estos lapsos de tiempo no serán computados como tiempo de trabajo a efectos salariales, cómputo de la jornada máxima, ni en relación con los descansos diarios y semanales. En definitiva, existe una equiparación entre el régimen jurídico de las guardias de atención continuada y las localizadas, lo cual puede tener repercusiones negativas en la calidad del servicio público de la sanidad. Al hilo de esta revisión se ha aprovechado para acotar la definición de lugar de trabajo[vii] con el objetivo de disipar cualquier duda sobre lo que haya de entenderse por tiempo de trabajo en atención continuada. Este hecho implica una selección de los espacios físicos transitados por el trabajador con ocasión del trabajo, ya que el art. 2.1.bis.bis hace alusión únicamente al “lugar o lugares en los que el trabajador ejerce habitualmente sus actividades o funciones”. Lo cual puede suponer, entre otras cosas, en el ámbito del ordenamiento jurídico español, una limitación de la presunción de accidente de trabajo contemplada en el art. 115.3 LGSS[viii] . Estos cambios normativos caminan en la dirección de una configuración del trabajo por cuenta ajena donde la obligación contraída por el trabajador no puede calificarse como de medios, sino por el contrario como de resultados. Téngase en cuenta que esta fragmentación del tiempo de trabajo que presenta la Propuesta, por otra parte nada novedosa en los ordenamientos jurídicos internos, toma como elemento definitivo el que el trabajador se encuentre en el ejercicio de sus funciones. Por tanto, el resto de tiempos donde el trabajador se halle en el puesto de trabajo y a disposición del empresario no tendrían la consideración de tiempo de trabajo y, sin embargo, la subordinación del trabajador a los poderes empresariales en estos tiempos intersticiales resulta patente. No se puede finalizar la exposición de este segundo bloque de reformas introducidas en la Propuesta sin hacer alusión al modelo de organización empresarial que planea en ésta, ya que como trasfondo se observa la aceptación del legislador de una imprevisión y falta de planificación empresarial de la producción.
En tercer lugar, la Propuesta Modificada implica una continuidad de la alteración de la tradicional relación de fuentes en materia de tiempo de trabajo, perpetuando la vigencia de la cláusula opting-out. Mientras la ley y/o el convenio colectivo están llamados a regular la duración máxima de la jornada de trabajo como regla general, el contrato individual de trabajo puede modificar in peius tal límite. De este modo, la prelación de fuentes prevista en el art. 3.1 Estatuto de los Trabajadores en materia de tiempo de trabajo queda sin efectos, al mismo tiempo que uno de los pilares del Derecho del Trabajo, la indisponibilidad de derechos legales o convencionales por parte de los trabajadores, se tambalea fuertemente. En general, este modo de legislar ahonda en la pretendida descolectivización del Derecho del Trabajo y en el desprecio al Sindicato, desplazando hacia el olvido la acción sindical y el conflicto como fundamentos de las relaciones laborales. En última instancia, se busca desesperadamente una individualización de las relaciones laborales justificada en los intereses de los trabajadores de conciliar vida profesional y familiar a través del vaciamiento de los convenios colectivos en esta materia (acuerdos individuales en masa).
Las posibilidades de que los objetivos depositados en la normativa comunitaria sobre tiempo de trabajo, salud de los trabajadores y conciliación de la vida profesional y laboral, puedan realizarse con la normativa prevista resultan tan escasas como escasos han sido los ánimos del legislador europeo de diseñar una normativa garantista de tales derechos. Un ejemplo, quizá el más sonoro, sea el del alargamiento de la duración máxima de la jornada de trabajo hasta las 60 horas en un período de referencia de tres meses. Para aquellos ordenamientos jurídicos como el español donde no son desconocidos fenómenos como la temporalización de las relaciones laborales, este hecho supone tanto como admitir que un trabajador temporal pueda prestar un número de horas de trabajo al año igual a 2.880 -el resultado de multiplicar 720 horas (cada tres meses x cuatro períodos anuales de tres meses). En definitiva se otorgaría con esta normativa carta de naturaleza a la precarización absoluta de las relaciones laborales. En cuanto al nuevo objetivo de la conciliación de la vida familiar y laboral, aunque pueda resultar un titular de prensa, las cuentas no salen, ya que si se trabajan 60 horas semanales y el empresario no está obligado a permitir tal conciliación…
Por todo lo anterior, debemos ser críticos con esta Propuesta por su claro carácter regresivo desde el punto de vista social, ya que en definitiva constituye un elemento normativo que potencia el alargamiento de la jornada de trabajo muy por encima de los límites dispuestos en los diferentes ordenamientos jurídicos europeos. A cambio de ello, una promesa de que los empresarios tendrán en consideración las demandas de los trabajadores sobre conciliación de vida familiar y laboral. Ni que decir tiene lo lejos que se queda esta Propuesta de aquella reivindicación histórica: ocho horas de trabajo, ocho de reposo y ocho de educación (1º de mayo de 1886). Por último, una reflexión sobre el modelo de construcción europea a propósito de la normativa sobre tiempo de trabajo. Este tipo de iniciativas legiferantes deja entrever un modelo de construcción de Europa basado estrictamente en su vertiente económica, enfatizando cada vez más los orígenes de la Unión. Lo cual no resulta novedoso, pero sí preocupante ya que en el desarrollo de la UE han existido determinados momentos donde las libertades económicas tenían como límite el ejercicio y respeto de los derechos sociales. Hoy, por el contrario, el modelo que se propone es del dumping social con el objetivo de incrementar las diferencias entre clases, entre países, entre trabajadores… Dicho de otro modo, lo que se propone es una igualación social por abajo, hacia el empeoramiento de las condiciones de vida y trabajo de los ciudadanos europeos.
[i] Expediente interinstitucional 2004/0209 (COD), de 4 de junio de 2008.
[ii] Vid. A. BAYLOS Y J. PEREZ, “Sobre el Libro Verde: modernizar el derecho laboral para afrontar los retos del siglo XXI”. Cuadernos de la Fundación Sindical de Estudios, nº 5, diciembre 2006, pp. 10.
[iii] Comisión de las Comunidades Europeas, Modernizar el derecho laboral para afrontar los retos del siglo XXI. COM (2006) 708 final, p. 15.
[iv] Repárese que de forma sorprendente no se elencan en dicho documento cuáles son los objetivos que persiguen empresarios y trabajadores en materia de tiempo de trabajo, ya que el objetivo no es otro que el de ofrecer mayor flexibilidad. Dicho de otro modo, la flexibilidad es el bien jurídico que se intenta preservar de forma hegemónica y que engloba los intereses de empresarios y trabajadores.
[v] “La conciliación de la vida profesional y la vida familiar es también un elemento esencial para conseguir los objetivos que se ha fijado la Unión Europea en la Estrategia de Lisboa, en particular para aumentar el índice de empleo de las mujeres. No solo contribuye a crear un clima de trabajo más satisfactorio, sino que permite, además, una mejor adaptación de las necesidades de los trabajadores, principalmente de los que tienen responsabilidades familiares. Las diversas modificaciones introducidas en la Directiva 2003/88/CE están destinadas a mejorar la compatibilización de la vida profesional y de la vida familiar” (Considerando 5).
[vi] Este proceder normativo no da cuenta del agotamiento del modelo productivo consistente en los bajos índices de productividad que presentan aquellos países con las jornadas de trabajo más prolongadas. Cfr. Euroíndice Laboral (EIL) IESE-Adecco (2007).
[vii] “Lugar de trabajo: lugar o lugares en los que el trabajador ejerce habitualmente sus actividades o funciones y que se determina de conformidad con lo previsto en la relación laboral o contrato de trabajo aplicables al trabajador”.
[viii] Y ello en abierta contraposición con lo estipulado en el RD 171/2004, de desarrollo del art. 24 de la Ley de Prevención de Riesgos Laborales. El art. 2.a) define el centro de trabajo como “cualquier área, edificada o no, en la que los trabajadores deben permanecer o a la que deben acceder por razón de su trabajo”.
El sentido de la crisis europea, de Josep-María Terricabras en El Periódico
LA RUEDA
Irlanda ha votado mayoritariamente no en su referendo sobre el llamado Tratado de Lisboa. Era un resultado esperable, pese a que bastantes medios de comunicación y los gobiernos europeos han aparentado extrañarse. Los medios es normal que se extrañen. Los dirigentes europeos, sin embargo, solo lo aparentan. La prueba la tenemos en sus propios hechos: tras el fracaso espectacular de la famosa Constitución europea, solo Irlanda ha planteado un referendo, porque así lo manda su Constitución. Los demás 26 miembros de la actual UE han decidido ratificar el nuevo texto refrito a través de sus parlamentos. Es obvio que lo hacen para ahorrarse problemas y quebraderos de cabeza. Es obvio, pues, que lo hacen porque temen que, en muchos casos, los resultados serían malos.
Por eso resulta literalmente extravagante que el ministro español Miguel Ángel Moratinos diga que se tendrá en cuenta el resultado, pero que los irlandeses también deben tener en cuenta que casi 457 millones de europeos están a favor del tratado. Se equivoca por completo. Ni él ni nadie sabe si están a favor o en contra. Es esto precisamente lo que no quiere saberse. Los únicos ciudadanos preguntados han dicho que no. Eso sí lo sabemos. El resto, ignorancia. Aunque las palabras de Moratinos hacen presagiar que se buscarán modos y maneras para acabar aprobando el texto. En el fondo, nuestros líderes saben lo que nos conviene. Nosotros, no. (¿Será por eso que elegimos tan mal cuando hay elecciones?) Los referendos, ya se sabe, son mecanismos democráticos muy peligrosos.
El resultado de la consulta será interpretado, pues, de forma absolutamente equivocada. Querrá interpretarse que son los irlandeses los culpables de no avanzar hacia una Europa más unida, ellos que deberían estar supuestamente agradecidos eternamente por los muchos favores recibidos. No quiere reconocerse que Europa está en crisis, precisamente, por la visión paternalista, burocrática y oligárquica con que se está construyendo. Mientras los ciudadanos no la sintamos como propia, mientras nos venga impuesta, Europa no será nuestra, no tendrá futuro.
1 comment