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El vacío, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

Publicado en Política by reggio en Junio 11th, 2008

El ojo del tigre

Si dijera que la Transición no es una gran obra ideológica, sino que se trata más bien de un simple fragmento político, ¿cuántos podrían sentirse ofendidos o, por lo menos, molestos…? Probablemente, muchos. Quizás, casi todos los que asistieron a su alumbramiento. Unos, como parteros. Otros, como simples observadores expectantes; puesto que la Transición -según se ha dicho y se repite con reiteración- es el gran mito ideológico parido por una sociedad (la española, evidentemente…) que temía que la caída de la dictadura franquista provocara un vacío metafísico que impidiera el tránsito de España hacia un futuro luminoso en el que la hedónica democracia (de mercado) iluminara la conciencia nacional y sirviera, al mismo tiempo, de sólido soporte para izar la bandera de la libertad.

Ya sé que esto es pura retórica política; pero es que, desde hace poco más de tres décadas, todo lo que nos rodea -ideas, discursos, soflamas, promesas…- es mera retórica de urgencia. Prácticamente, la misma retórica que sostuvo en pie aquella dictadura disfrazada de movimiento nacional durante cuarenta años.

La Transición es el fragmento más nuevo -por poco cometo la gran pifia: adjetivarlo moderno- de la clásica obra mitológica con la que se llenó el gran vacío que acababa de dejar aquella mezcla explosiva, que se llamó científicamente Franquismo, y que era una macedonia ideológica de catolicismo, militarismo, totalitarismo y patriotismo. Más de uno de los intelectuales orgánicos de aquella mezcolanza, que protagonizaba un monarca sin corona pero con gorra de plato, continuaron aportando claves para el análisis lingüístico y para la interpretación de la hermenéutica del nuevo sistema que pretendía llenar el vacío ideológico, político e, incluso, filosófico de aquel país que acababa de experimentar el tremendo hecho biológico, que lo dejaba sin líder, sin referencia espiritual y patriótica.

Ese fenómeno se lo explicó García Carres al coronel Tejero, hablando por teléfono, en un momento en el que el guardia civil parecía flojear después de haber asaltado el Congreso de los Diputados a punta de pistola. Le decía aquel orondo sindicalista: ¡¡Es España, coñoooo…!!

Si usted ha sido capaz de seguir leyéndome hasta llegar aquí, debo advertirle de que la Transición hay que aceptarla como lo que es: una realidad metafórica -digo metafórica, metafísica- que manó a borbotones milagrosamente de aquel enorme meteorito (que aplastó a la izquierda burguesa y a la obrera) cuando empezó a agrietarse con el paso del tiempo. No sólo conviene aceptarla, sino que además hay que hacer un esfuerzo personal para comprenderla con toda su enorme carga de contradicciones. Por ejemplo, que se hable de ella como si se tratara de un fenómeno ideológico moderno, cuando en realidad, no es más que una reinterpretación de la prehistoria españolista… El señor Zapatero va camino de graduarse como uno de sus más experimentados hermenéutas. Los otros dos, ya graduados, y honoris causa de la democracia, son el señor González Márquez y el señor Aznar López.

Para llegar hasta aquí, ha sido necesario primero experimentar la miseria de esa realidad institucionalizada; después, descubrir lo tremendamente aburrido que es autocomplacerse con tanta contradicción. Sobre todo, cuando te ves obligado a decir , cuando estás seguro de que lo más correcto -mejor dicho, lo ético- es decir No. El dilema que plantea esa gran metáfora llamada Transición es el siguiente: si dices lo que éticamente piensas, -o sea, No-, inmediatamente te excluyen como ciudadano fiable; aunque ellos corran la voz de que eres tú quien se autoexcluye del sistema que ha sido pensado para desarrollar intelectualmente al genero humano que dice ; porque le conviene, no porque crea honestamente que debe decirlo.

Siempre son más los que prefieren aborregarse con el rebaño, que los que se arriesgan a quedarse aislados de la manada.

El bipartidismo, entendido como método mecanicista que permite la alternancia entre los dos únicos partidos mayoritarios para gobernar el país, deja la democracia -que se prometía, cínicamente, pluralista- reducida a dos simples opciones políticas que sólo se diferencian entre sí en lo circunstancial, pero que son idénticas en lo sustancial. El bipartidismo ha marginado al pluralismo de la práctica democrática. Entre otras cosas, porque al sistema le interesa más evitar la participación ciudadana, con carácter universal, y afianzar la democracia de adhesión. No fue difícil conseguirlo: no olvidemos que veníamos de una larga y rigurosa adhesión inquebrantable… Dicho de otra manera: procedíamos de una tiranía.

Hegel (perdón por el atrevimiento…) pensaba que la tiranía es necesaria sólo cuando se produce el cambio de un sistema social a otro diferente. Incluidas las tiranías blancas o blandas. Teniendo en cuenta que la Transición fue un rocambolesco cambio de un sistema tiránico a otro distinto, no será un disparate reconocer que este sistema que nos controla y nos manipula ha sido posible gracias a un impulso tiránico, blanco o blando.

Tres décadas después de producirse aquel insólito fenómeno metafórico llamado Transición, que parecía que iba a liquidar aquel mundo uniformado y unificado políticamente, seguimos prácticamente igual que cuando aquel monarca absoluto sólo aceptaba que le dijeran . Es posible que ahora vuelva a ocurrir lo mismo porque, después de treinta años y pico de Transición, se hayan agotado los intelectuales orgánicos del bipartidismo y el sistema se ha cansado de funcionar debidamente. Con lo cual, un nuevo vacío metafísico podría amenazar el futuro de país, desestabilizar la legitimidad democrática y adocenar la utópica reconciliación. Me gustaría equivocarme; pero si ocurriera así ciertamente, y ya no hubiera nadie que estuviera dispuesto a llamar por teléfono para gritarle: ¡¡Es España, coñooo…!!, ¿con qué se llenaría ese vacío metafísico provocado por el desgaste metafórico de la Transición?

-Con la República.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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