Electores, militantes y mutantes, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia
No ha estado mal la lección de democracia interna que ha dado la militancia de Esquerra Republicana de Catalunya al votar sin intermediarios, anteayer sábado, a su presidente y a su secretario general. Aunque se haya llegado a este proceso a la fuerza, con el fin de ordenar y zanjar las constantes luchas cainitas en la organización, merece ser destacada la alta participación de los afiliados en la consulta, hasta rozar el 71%, un dato que refuerza la legitimidad de los resultados.
Si bien la mecánica asamblearia de los republicanos presenta demasiadas disfunciones y tiende a sobrerrepresentar a los sectores más movilizados en detrimento del resto de las bases, el ejercicio de escoger mediante voto secreto y directo a los líderes orgánicos oxigena las rutinas democráticas y favorece la credibilidad de los partidos. El resto de las formaciones políticas, que tienen sistemas basados en delegados, harían bien en introducir nuevas formas de apertura organizativa que, sin caer en la demagogia asamblearia, rompieran, de verdad, con los vicios que arrastran desde hace décadas. Claro que, entonces, los aparatos partidistas deberían asumir más riesgos y escuchar más voces. Si las direcciones no introducen reformas creíbles, seguirá agrandándose la desconfianza de la sociedad hacia sus representantes. Tiempo habrá para hablar de los retos de Joan Puigcercós y de las posiciones de Joan Carretero, tiempo habrá también para analizar la relación entre las tensiones internas de los republicanos y la estabilidad del tripartito. Hoy me interesa poner de relieve la notable contradicción que se adivina, a la luz de las votaciones internas, entre militantes y electores de ERC. El fenómeno no es exclusivo de este partido, puede afectar a cualquier proyecto político que goce de un cierto protagonismo.
El manual asegura que los votantes siempre son más moderados y menos ideológicos que los militantes, algo que es indudable si se observan los grandes partidos. En Catalunya, es obvio que la centralidad que ocupan CiU y PSC está relacionada con esta capacidad para modular una oferta que se dirige no sólo a los convencidos o creyentes,sino que aspira a penetrar entre aquellas franjas sociales menos politizadas o más susceptibles de cambiar de papeleta según soplen los vientos. En el otro extremo, está una formación minoritaria y satelizada como ICV, cuya proximidad entre votantes y militantes es mucho más alta, lo cual conecta con un techo electoral forzosamente limitado. En medio, ERC aspira a la centralidad de los grandes pero cultiva una militancia muy activa propia de los pequeños. Esta dislocación acusada entre afiliados y electores no es ajena al retroceso electoral republicano, no sólo en los últimos comicios generales (lo que tendría una explicación razonable), también en las municipales y catalanas, donde el bajón llegó a ser de casi un 25%.
Pongamos la lupa sobre lo más reciente. Si Puigcercós y Ridao son la respuesta, ¿cuál era la pregunta? No está nada claro.
Mientras los electores han castigado ostensiblemente a ERC en el último ciclo electoral (incluyendo el referéndum del Estatut), vemos que los militantes apoyan hoy, hasta casi un 38%, a los dirigentes que encarnan el peso del aparato y el continuismo puro y duro. Aunque la suma de los dos sectores críticos representa algo más de un tercio de la militancia, se imponen los que han dirigido la nave hasta el momento. ¿Quiere esto decir que el aparato lo tiene todo bajo control o que las bases conocen una realidad que no todos los electores alcanzan a comprender?
Los militantes dan fuerza a los partidos pero las elecciones se ganan fuera. Perder esto de vista es grave y vale tanto para ERC como para quienes andan despistados en CiU, donde hay demasiada gente pendiente de milagros angélicos y de rebotes en casa del vecino. La singularidad de militar en ERC es – según me cuentan- tener la sensación de que puedes influir directamente en la gran historia, algo que ya se notó cuando se debatía sobre el nuevo Estatut.
Esta adrenalina es muy apreciada por algunos. El problema surge cuando en un mismo electorado conviven posiciones antagónicas irreconciliables, no simplemente distintas, que reciben mensajes de una militancia también polarizada.
Entre los votantes de ERC, hay partidarios y detractores del tripartito, y hay antisocialistas y anticonvergentes. Y, en ambos grupos, abundan quienes piensan que ERC no lo está haciendo nada bien en el Govern, sin contar a los que esperan la independencia exprés. Un electorado con inclinaciones tan diversas no es fácil de amarrar y corre peligro de ser un ente mutante. A menudo, mudando hacia la abstención, donde siempre aterrizan las decepciones.