Reggio’s Weblog

La querella de los cocineros, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Posted in Cultura by reggio on 7 Junio, 2008

SABATINAS INTEMPESTIVAS

El 10 de enero de 1980 cayó en jueves. Yo vivía en Madrid y hacía tres meses había publicado un librito sobre el presidente Adolfo Suárez. A las once de la mañana había quedado en mi casa con Màrius Carol que venía de Barcelona para hacerme una entrevista que se publicaría en El Periódico. Por razones que no recuerdo se retrasaron él y el fotógrafo, y tuvimos que improvisar un plan alternativo porque no nos daría tiempo a realizar lo que a él le parecía un magnífico plan y a mí una buena idea. Acercarnos a Ávila y allí junto a las murallas hablar del presidente Suárez, el abulense más famoso de todos los tiempos, hacernos unas fotos para el reportaje y comernos un chuletón. ¡Un chuletón de Ávila! La verdad es que no pudimos ir hasta allá y nos quedamos a la mitad, almorzando en El Escorial, un lugar que, diga lo que diga el arquitecto Bohigas, a mí siempre me ha parecido un sitio apropiado para la reflexión y el arte, y donde a la sazón había un par de restaurantes más que dignos. Detengámonos, más que ante la ciudad-palacio de Felipe II, ante el chuletón.

¡Un chuletón de Ávila!

Hace apenas veinte años los periodistas considerábamos que compartir un chuletón de Ávila y en Ávila era una magnificencia que nos concedían la suerte y el trabajo que habíamos elegido. Y eso pese a que la mayoría no supieran que las carnes del vecino valle de Amblés, de donde procedían los míticos chuletones, estaban consideradas tan excepcionales que buena parte se iba a la exportación; en la misma medida, añadamos, que famosos restaurantes españoles se proveen hoy de carnes de Dinamarca.

Dos años más tarde, el 2 de marzo de 1982, un martes por la noche, acabábamos la accidentada filmación de un documental sobre el País Vasco -Euskadi, la voluntad de creer- que realicé con éxito espectacular -no lo vio nadie, fuera de la productora, que juzgó poco oportuna su exhibición en España; no cobré ni un duro y años más tarde me enteré de que se había emitido en Latinoamérica-. Formábamos el equipo cinco personas, entre los que estaba el fotoperiodista Josu Bilbao. Fuimos a festejarlo al restaurante de Arzak en San Sebastián y aún recuerdo un delicioso pajarito asado, hoy prohibido en los fogones. Lo más curioso fue el momento previo a pagar, porque Arzak se acercó a Josu Bilbao para preguntarle si yo estaba allí como periodista o como documentalista, porque en el primer caso no iba a cobrarnos.

Si cuento estas dos anécdotas es porque en España el fenómeno de la gastronomía está vinculado de una manera muy directa a los periodistas. La restauración española de altura, los grandes restaurantes de Madrid y Barcelona, estaban fuera del alcance de la prensa hasta bien avanzada la transición. A los clásicos Jockey y Horcher en Madrid, Reno y Vía Véneto en Barcelona, se iba excepcionalmente bajo invitación de hombres de empresa; la clase política del franquismo no daba de comer a los plumillas, les bastaba con el alpiste. Apenas existía crítica gastronómica fuera de algunos gorrones, y en el mejor de los casos lo que hacían eminentes gastrónomos como Cunqueiro o Luján, tenía más que ver con la literatura que con la crítica periodística. Siempre me deja corrido la beatería ante el libro de Cunqueiro -La cocina cristiana de Occidente-, hermoso título para un libro desganado que en general pocos, muy pocos, han tenido la paciencia de leer entero. Al escritor gastrónomo, permítanme el sarcasmo, le ocurre como a Lenin cuando le da el brutal golletazo final a su Estado y revolución, y es que entre escribir de una cosa, y hacerla, siempre es preferible hacerla; ya sea en la política, el sexo o la gastronomía. Los escritores gastrónomos, sin excepción que yo sepa, gozan de una inmarcesible indolencia. Hombre tan peculiar en sus maneras como Xavier Domingo hizo un libro precioso -Cuando sólo nos queda la comida- que sufre de la misma dolencia de Cunqueiro, y es que pasadas las primeras ochenta páginas se cansa de escribir y prefiere evocar gozos que penar construyendo páginas. La literatura española moderna sobre cocina tiene algo de impostura, de trampa, de jugar con el gato y con la liebre. Tendríamos que hablar de Ángel Muro, del gracioso andaluz Doctor Thebussem, de la Pardo Bazán, tan golosa del sexo y la cocina, que dada su condición y rango no había pisado un fogón en su vida. Otrosí la archifamosa marquesa de Parabere, el canon de la cocina aristocrático-burguesa en España, que ni era marquesa ni se apellidaba Parabere, sino que había nacido en el casco viejo de Bilbao y tras muchas historias que no cabrían en este artículo acabó montando un restaurante en el Madrid republicano, a medias con un torero de tronío; una casa de comidas postinera que se iría al carajo durante los años del cólera y el estraperlo. Tampoco ella tenía mucha idea de cortar cebollas y hacer sofritos. Si estimo los libros del gringo Anthony Bourdain es porque sabe lo que significa quemarse con una sartén. Los críticos gastronómicos, que yo sepa, no pagan nunca lo que comen y en verdad que comen mucho. Los invita la casa, y eso hace difícil la sinceridad. Hoy sería poco probable que un periodista de Barcelona y otro de Madrid se propusieran ir a Ávila a comerse un chuletón. En veinticinco años, los periodistas han dado un salto espectacular y han descubierto la cocina de altura. Al mismo tiempo, en esos veinticinco años los cocineros han descubierto que los periodistas somos el más barato, eficaz y cómodo soporte publicitario. Y en este marco de intereses mutuos se va a producir otro fenómeno ligado a España y a la alta cocina. La crisis aún no había aparecido en el horizonte y había muchos pijos y bastantes ricos. Se abrió entonces la industria de la cocina española de alta gama.

No hay ningún profesional aspirante a Michelin que pueda vivir exclusivamente de su restaurante; necesita multiplicarse, venderse, promocionarse, prostituirse, inventarse. No es extraño que los cocineros se hayan convertido en chefs mediáticos. ¿De qué demonios iba a vivir Arguiñano de no ser por la tele? Su excepcional capacidad pedagógica es más rentable que su cocina. Lo que está ocurriendo en España, y no digamos en Catalunya, resulta divertido, porque nace de una mezcla típicamente posmoderna, por llamarla de alguna manera, donde se alía el lado garrulo del diseño con la golfería.

A mí el tipo de cocina que hace Ferran Adrià no me interesa, y no sólo porque me parezca mala o buena para la salud -si aplicáramos estrictamente los códigos de salud no comeríamos más que mierda sintética, porque es sabido que la basura reelaborada es más inocua que las manitas de cerdo rellenas de foie-, sino por esa confusión zafia entre tecnología y ciencia. ¡Estos alquimistas industriales se consideran científicos! Y lo que es más grave, la de mezclar artesanía con arte. ¡Somos artistas! Con ningún respeto hacia estos fantasmas, hay que decir que un cocinero ni siquiera llega a la categoría de artista de lo efímero, como podría serlo un gran pirotécnico, sino un artesano. ¿Hay profesión más entrañable que un artesano? La gastronomía se ha convertido en una industria de alta gama que mueve muchísimo dinero.

El salto del chuletón de Ávila, o del cocido de tres vuelcos, o del mesocrático fricandó a la catalana a la alta cocina nos llegó tarde, y en vez de una evolución en los gustos fue un triple salto mortal en la frivolidad. Basta oír a Zapatero, gastrónomo avezado en deshuesar adversarios, repitiendo esa chirigotada de el mejor cocinero del mundo, apelativo que sólo se utiliza en los circos para impresionar a la chiquillería. La querella de los gorros blancos, ahora que apenas se usan porque han pasado a ser indumentaria friki, tiene una base económica aplastante. ¿De no ser así, cómo iba un diario popular como El Periódico a cubrir toda su primera página con una receta? ¡Y qué receta! ¡Milhojas de azafrán!

Una vez más es la economía la que ordena la moda. Usted jamás en la vida, ni proponiéndoselo, podrá hacer algo que se parezca a una receta de estos alquimistas del fogón. Tendrá que comprarlo hecho y eso significa que se multiplica su valor añadido. Hace ya más de un año lo comentó con sinceridad aplastante el avispado Pedro Subijana cuando explicó por qué en su restaurante no servía huevos fritos ni aunque fuera para un antojo. Lo expresó muy claro: “¿Qué coño voy a cobrar por unos huevos fritos?”.

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2 comentarios

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  1. Poli said, on 8 Junio, 2008 at 1:38 am

    ¡Este Morán es insuperable en pedantería y narcisismo! Ahora resulta que también es el mayor experto expertísimo del mundo mundial en gastronomía (¿en qué no lo será?) capaz de soltar en cuatro párrafos una Historia de la Gastronomía con el mayor desparpajo.
    Y lo peor es que, como siempre, se dedica a contar sus intrascendentes y cutres anécdotas que seguramente pensará que son de gran interés para la humanidad. Esa afición narcisista de Morán por contarnos sus tontas anécdotas alcanza niveles insufribles en su reciente y lamentable libro sobre Rafael Barrett. Ahí van los enlaces con un par de críticas al mismo (por si alguien todavía no las ha leído) y de nuevo el comentario de Virginia Martínez publicado en El País de Montevideo: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=63063
    http://www.rebelion.org/noticia.php?id=62575

    BIOGRAFÍA INTEMPESTIVA
    Una llamada telefónica descubrió al periodista español Gregorio Morán la existencia de un escritor llamado Rafael Barrett. Una mañana de sábado un amigo le interrumpió el descanso para leerle una brillante página de Barrett que describe cómo la posesión de unas pocas gallinas -pretexto y símbolo en el relato de los males de la propiedad privada- perturbó el alma de un hombre común.
    La lectura telefónica tuvo en Morán la fuerza de una revelación que lo impulsó a iniciar un viaje tras las huellas del autor. “Las putas gallinas tuvieron la culpa”, acusa la primera línea de Asombro y búsqueda de Rafael Barrett. El periodista repite la expresión al menos siete veces en las primeras quince páginas de la obra. Barrett le disparó reflexiones que lo llevaron lejos. Mientras escuchaba al amigo en la actitud de “un historiador en trance de cerrar el ciclo del imperio romano”, lo asaltó una duda: “¿Se follarían los romanos a las gallinas?” Las cavilaciones de Morán tomaron luego otros rumbos: “¿Se puede entender por violación el follarse a una gallina? ¡Joder, qué tema!”
    No se puede reprochar al periodista haber descubierto tarde al escritor hispano paraguayo ni que, hasta la reveladora llamada, ignorara la historia y ubicación geográfica del país donde, según sus propias palabras, Barrett se volvió un hombre bueno. (Confiesa Morán: “Yo nunca había estado en Sudamérica, apenas sabía dónde caía Paraguay en el viejo mapa del colegio”). Lo inadmisible es que Morán se convierta, de la noche a la mañana y con un trabajo que no ahorra errores ni ligerezas, en su más puro exegeta. Todos quienes se ocuparon de Barrett antes que él merecen desprecio o ironía: le “afectan el trigémino” o le “descomponen las meninges”. Morán la emprende particularmente contra Francisco Corral, autor de El pensamiento cautivo de Rafael Barrett (Siglo XXI, 1994), obra que combina la investigación minuciosa de las buenas biografías con la profundidad y el vuelo de los mejores ensayos. Pues bien, Morán llama a Corral “inefable profesor” y califica el trabajo como “infumable en su prosa y aberrante en su contenido”.
    Morán es bien conocido en España por sus “Intempestivas sabatinas”, que publica en La Vanguardia. Cáustico y agudo articulista, pocos temas caen fuera de su interés. Parecería como si, entusiasmado por el ingenio y la originalidad de su columna, hubiera decidido trasladarlos a una empresa que requería otra actitud y competencia. La obra que resulta es flaca en contenido e inadecuada en estilo. Y “el estilo es el hombre”, escribió Barrett.
    Virginia Martínez

  2. Ramon said, on 8 Junio, 2008 at 7:46 pm

    La lectura de este artículo me ha recordado un sketch de Muchachada Nui, sketch que he vuelto a ver ahora y que no tiene pérdida. Hala, a disfrutar: http://muchachadanui.rtve.es/videos/04-ferran-adria.html


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