El divorcio Catalunya-España, de Francesc-Marc Alvaro en La Vanguardia
Cualquier observador extranjero y más o menos neutral de nuestra realidad política podría darse cuenta, pasando unas pocas semanas entre nosotros, de tres hechos probados, a saber: a) los poderes políticos, económicos y sociales españoles tratan de cerrar definitivamente la cuestión territorial, que ven como un lastre insostenible para el éxito y la proyección de una España que tiene en el pujante Madrid su escaparate y punta de lanza; b) el prestigio de lo catalán ha descendido notablemente en toda España y, a la vez, se ha extendido la idea, entre la sociedad española, de que las demandas de más poder y más recursos de Catalunya son hoy una pesada anomalía que debe ser combatida sin descanso en todos los frentes, ya sea el Tribunal Constitucional o el mundo de los negocios; c) se ha convertido en algo absolutamente normal en la agenda pública de Catalunya el debate sobre la hipótesis soberanista o independentista que plantea un divorcio pacífico y democrático entre Catalunya y España, y no sólo por parte de quienes basan su programa político en esta idea. Tales evidencias conforman un paisaje nuevo que queda oculto detrás de la foto fija de los resultados electorales.
España quiere ser finalmente España: una referencia atractiva y moderna que, una vez alcanzados el progreso y la democracia homologada, aspira a un lugar protagonista en el mundo, para lo cual cuenta -y no es poco- con la fuerza del segundo idioma de uso global. Como bien nos explica Enric Juliana, el actual Madrid, que atrae y multiplica el talento y las inversiones de toda la Península, no es más que ese París que los españoles no edificaron en su momento. Bueno es recordar que el catalanismo político, que nace a principios del siglo XX, puso muchos granos de arena en la construcción de esta España que, por vez primera en la edad contemporánea, vende éxito y prestigio.
La nueva moral de victoria de la sociedad española infunde a los actores políticos, PP y PSOE, la necesidad de completar la gran tarea histórica: consolidar un proyecto español fuerte que disuelva las tensiones territoriales hasta hacerlas imperceptibles. Así las cosas, nadie será hoy escuchado en las Españas si, como ya propuso Miquel Roca en 1986, trata de argumentar “otra forma de hacer España”. A la inmensa mayoría de los españoles le gusta España tal y como ha quedado. Precisamente, el gran obstáculo de la negociación de la financiación autonómica es más ideológico y cultural que económico: ¿por qué deberían aceptar los demás que Catalunya tenga un trato bilateral con el Estado? ¿Por qué deberían reconocer que el aporte catalán a las arcas comunes es una solidaridad excesiva cuando para ellos es lo normal?No hay solución posible para contentar a todas las partes. Los negociadores lo saben.
Estamos en la hora del desempate, por usar la metáfora de Gaziel que ya he citado otras veces. La nueva España quiere desempatar y lograr que la diferencia catalana y su corolario de permanente insatisfacción desaparezcan. Esta operación de desempate a gran escala más la nula acogida que tienen en Madrid las visiones federalizantes alimentan de forma creciente la hipótesis del divorcio Catalunya-España. Ello ocurre incluso en esferas tradicionalmente refractarias a este debate, como el mundo de la empresa. Una reciente investigación de la Universitat Oberta de Catalunya señala que un 36,5% de los catalanes votaría a favor de la independencia si pudiera hacerlo en un referéndum, un 22,1% lo haría en contra, un 27,1% se abstendría (dato que revela un grave cansancio de la política y los políticos) y un 11,7% afirma no saber qué haría. Dicha encuesta puede ser discutida, pero señala, como hacen otros trabajos recientes, que crece el número de quienes llegan a una misma conclusión.
No estoy diciendo que exista, como les gusta creer a algunos partidarios del autoengaño, una gran ola de movilización independentista. Pero es perceptible, entre sectores informados que no responden a consignas de partido alguno, una conclusión clara: el edificio español ha fracasado a la hora de integrar y defender con lealtad la diferencia política de Catalunya y los intereses de la sociedad catalana. Son sectores para los cuales ya no tienen sentido los esfuerzos para que el hecho catalán sea plenamente entendido y respetado en España. Son sectores ubicados en la centralidad social, para los cuales la hipótesis del divorcio Catalunya-España no es una aventura, una moda ni un desahogo de fin de semana. No hablamos ya del català emprenyat, ni tampoco de practicar ese contraproducente y primario antiespañolismo infantil.
La paradoja dramática de la hipótesis del divorcio Catalunya-España es que los vendedores oficiales de esta idea en el mercado electoral, los dirigentes de ERC, desacreditan este proyecto con su nefasto estilo de hacer política. Ellos han contribuido como nadie a normalizar la palabra independencia, pero, a la vez, la han contaminado con su falta de seriedad, su torpeza, su sectarismo y su escaso sentido institucional. ERC pierde muchos votos (en las últimas generales y en las últimas autonómicas) y, a la vez, crece la hipótesis independentista en la sociedad. Algo está pasando: será que la idea merece ser, de verdad, considerada.
pensaba que la lengua mas usada era el chino y despues el ingles. No es así?