La confusa libertad (y 2), de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias
El ojo del tigre
El texto orgánico de la Ley de Prensa de 1966 ocultaba una peligrosa trampa saducea: su ambiguo artículo segundo, en el que se decía que la libertad de expresión y el derecho a la difusión de informaciones reconocidas en el artículo primero, no tendrán más limitaciones que las impuestas por las leyes…. Esta perversa generalización fue complementada, pocos meses después de haber entrado en vigor la citada ley, con la reforma del Código Penal -al que le añadieron dos nuevos capítulos sancionadores-, y con la novedad del Estatuto del Periodista (1967). Así fue como aquella ley, que había sido interpretada como la ley de la liberalización de la profesión, se convirtió en una implacable máquina para triturar periodistas; los cuales, empezaron a experimentar las desagradables consecuencias del triple riesgo jurídico que les suponía el ejercicio de su oficio: el administrativo, el civil y el penal.
Dos años después del inicio de la aplicación de la ley Fraga, los expedientes administrativos, las sanciones (multas de hasta 50.000 pesetas), los procesos judiciales incoados por aquel surrealista Tribunal de Orden Público (TOP), y los secuestros de publicaciones se sucedieron ininterrumpidamente; prácticamente, hasta el año que se produjo el hecho biológico que significó el final de la dictadura (1975).
Uno de los casos más obscenos de aquella orgía de sanciones, secuestros y ceses fue el del diario de la noche Madrid, cuyo cierre y cancelación de su inscripción en el Registro de Publicaciones -por orden del Ministerio de Información y Turismo del 25 de septiembre de 1971- fue culminado con la posterior voladura del edificio en donde radicaba el domicilio social del periódico, cuyo accionista mayoritario era Rafael Calvo Serer.
Este insólito suceso provocó la perplejidad del mundo civilizado políticamente; entre otras razones, porque Madrid era un periódico abiertamente europeista. Su violenta desaparición del mercado de la opinión pública supuso la pérdida de una prestigiosa tribuna ideológica. El ministro que decidió aquel desatino orgánico, se llamaba Alfredo Sánchez Bella.
Cuando llegó el momento de enfrentarse a la realidad social y política que planteaba el final inexorable de la dictadura, en Asturias se experimentó el mismo fenómeno sociológico que atenazaba al país: el miedo a lo que llamaban el vértigo del punto cero. Volver a empezar. Eso era, en realidad, lo que significaba el tránsito desde la uniformidad totalizadora hasta la pluralidad ideológica y política de la libertad de imprenta. El miedo a experimentar un repentino vacío institucional antes de volver a sentir, bajo sus pies, la seguridad de las nuevas leyes, animó a muchos a practicar ciertas artes defensivas. Entre otras, el arte de parapetarse detrás de la ambigüedad ideológica; tanto desde el punto de vista teórico como desde la práctica simultánea de una indefinición (provisional, claro) política.
Aquellos instantes de graves dudas existenciales, y de serias vacilaciones públicas -por parte de aquellos que estaban obligados a contribuir a poner las cosas en su sitio- fueron aprovechados por los oportunistas de siempre para blindar sus intereses personales y los de su grupo, situándose en los lugares que presentían como los más seguros para materializar sus intenciones.
Este curioso fenómeno, que tenía un antecedente histórico -el ocurrido al final de la Guerra Civil…- posiblemente ayude a comprender cómo algunas piezas de aquella delicada colección de medios agrupados bajo el denominador común de Cadena de Prensa y Radio del Movimiento, que había sido utilizada con fines propagandísticos y pedagógicos, acabaron sumiéndose discretamente entre los nuevos instrumentos (de propaganda y cultura…) del sistema que sucedía al que, durante casi cuarenta años, había conseguido hacer, a su imagen y semejanza a, España y a los españoles. Algunos -los más- desaparecieron sin ruido: otros -los menos- consiguieron metamorfosear su imagen original para reinstalarse en el nuevo paisaje político.
El PSOE fue uno de los actores principales de ese auto sacramental que se representaba. Pero cuando le llegó el momento de tomar decisiones sanitarias, para evitar contagios con la gripe ideológica que acaba de sufrir el país, se cogió su responsabilidad con papel de fumar. Por ejemplo, en el asunto de la liquidación de los medios del antiguo Movimiento. Facilitó, en algunos casos, el tránsito de los mismos desde su cuna totalitaria -en la que habían nacido y medrado- hasta alcanzar la ancha y luminosa plaza de las libertades sin fronteras ideológicas…
Los nuevos partidos democráticos fueron, en muchos casos, los más entusiasmados defensores de la metamorfosis de aquella prensa de partido, en castos medios democráticos. En Oviedo, cuando llegó el momento de decidir qué hacer con la antigua prensa del Movimiento, la UCD optó por apostar por el periódico local del anterior régimen porque - decían- que su rentabilidad y difusión (entonces, en crisis evidente e inevitable ante un proceso de cambio) le hacían indispensables como vehículo de ideas -¿ideas o consignas…?-, fundamental en el ámbito del nuevo régimen autonómico. Por su parte, el PSOE argumentaba que la regionalización de estos periódicos sería la mejor fórmula para que no estuvieran al servicio del partido en el poder. Los primeros, ignoraban -o, quizá, no- que su rentabilidad y difusión habían sido consecuencia los privilegios políticos y económicos que les habían adjudicado los mandarines de la dictadura. Los segundos no se creían ni ellos mismos su hipótesis acerca de la independencia con respecto al poder.
La actual supervivencia de ciertas cabeceras de antiguos periódicos de la cadena gubernamental franquista, es uno de los misterios (gozosos) de la Santa Transición. Como también es otro misterio (doloroso) esa sensación que se tiene a veces, en esta autonomía, de haber regresado al régimen del partido único con el periódico igualmente único. Incluso, hay momentos en los que parece como si hubiéramos vuelto al sistema de los fondos de reptiles para premiar fidelidades y servicios mediáticos… Conviene aclarar que, en este momento, los fondos de reptiles se llaman -desde hace más de cincuenta años- publicidad institucional.
Lorenzo Cordero.Periodista.