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Muñecos y ventrílocuos, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

Posted in Política by reggio on 26 Mayo, 2008

Las trifulcas en la cúpula del PP y de ERC se suceden ante el interés de los medios de comunicación y una gran indiferencia de la mayoría de los votantes. Se lucha a cara de perro en el interior de estos partidos, pero es por el control del aparato, no por las ideas. No obstante, aparecen etiquetas ideológicas para dibujar el perfil de los contendientes. En las crónicas sobre los populares, se habla de “liberales” versus “centristas”, y en las crónicas sobre los republicanos, aparecen términos como “oficialistas” y “rupturistas”. A mí, estas categorías me dan risa porque no encajan con lo que realmente sucede y, además, desdibujan la naturaleza del conflicto hasta darle aspecto de fábula infantil. Hay que decir que, por lo menos, los protagonistas de la historia confirman la evidencia cuando son sinceros sin darse cuenta de ello: tanto Mariano Rajoy en el PP como Joan Puigcercós en ERC repiten diariamente que nada sustancial, ni en lo doctrinal ni en lo estratégico, les separa de sus críticos y competidores domésticos. Parafraseando ese chiste sobre el idioma común de Estados Unidos e Inglaterra, hay que concluir que todos los bandos que luchan encarnizadamente por dirigir el PP y ERC están, paradójicamente, separados por la misma idea.

Los dos casos mencionados nos ilustran muy bien acerca del escaso valor que dan a las ideas los mismos actores políticos que reclaman nuestra atención. Y no lo hacen porque piensen lo mismo que Daniel Innerarity escribió acertadamente en uno de sus lúcidos libros, que “las acciones acreditan a las ideas y no al revés”. No es por este principio de realismo y prudencia que muchos políticos reducen la importancia de lo ideológico en la confrontación de sus proyectos. Es porque hace ya tiempo que han dejado de pensar la política a fondo para dejarla en manos de los sondeos, el marketing y la táctica hueca. Si el exceso de ideología crea políticas inaplicables y rígidas, su carencia genera vacío y desconcierto. Sin batalla de ideas que organice las posiciones sobre una base creíble para el interés general, lo único que aparece en escena es el afán de poder y el reparto del clan. Descarnada, primaria y sin discurso original, la ambición de resistir o de cargarse al adversario correligionario es lo único que cuenta en este juego. Así, las lealtades que reclaman y obtienen los distintos dirigentes en liza no se basan en la coincidencia de un programa ideológico, sólo en factores estrictamente personales y de cálculo de supervivencia.

Esta suspensión más o menos obscena de lo ideológico es un caldo de cultivo fácil del populismo: presenta la política como una actividad irrelevante e innecesaria que, sin muchos problemas, debería ser sustituida por una gestión “neutral” en manos de funcionarios y tecnócratas. Del mismo modo que un exceso de convicciones conduce a una lógica fanática y antipolítica, la falta de estas no hace más que sobrecargar los índices sostenibles de cinismo hasta reventar el sentido de cualquier empresa política. La política sin sentido es el sinsentido de la política, una enfermedad que no debe confundirse con esas palabras usadas como fetiche por los mismos políticos pillados en falta. Ellos hablan de “descrédito” y “desafección” como algo siempre externo a sus actos y discursos. Lo cierto es que la pérdida de sentido convierte las pugnas internas del PP o de ERC en un negocio particular, carente de todo significado para la ciudadanía, a pesar de estar hablando del gran partido de la derecha y de un partido del que depende el Govern de la Generalitat. Yasmina Reza, en su inteligente libro sobre Sarkozy, pone en boca de un amigo suyo una definición de política que casa perfectamente con este cuadro: “Un trabajo estúpido para gente inteligente”.

Dado que la política cercana no es hoy un retablo de gestos épicos y actitudes ejemplarizantes, uno se las apaña como puede para no perder la pasión por estas cosas. Además de seguir las primarias de las presidenciales norteamericanas, confieso que no pocas noches me chuto en DVD episodios ya vistos de The West Wing (traducida como El ala oeste de la Casa Blanca),la gran serie de televisión donde el poder contemporáneo aparece retratado sutilmente, con grandeza y con miseria shakespearianas. En un capítulo, el jefe de estrategia del presidente distingue entre ventrílocuos y muñecos para referirse a los candidatos. Con las crisis del PP y de ERC sobre la mesa, no tengo ninguna duda de que un problema básico de nuestra maltrecha vida pública es un exceso de muñecos en manos de dudosos ventrílocuos. Unos y otros pierden de vista que la buena política democrática es un producto destinado a generar la ilusión de los electores, para lo cual es imprescindible que se hable a los ciudadanos como adultos.

No podía ser de otro modo. Aun desprecio por la construcción y defensa de ideas originales y propias corresponde un paisaje repleto de muñecos y ventrílocuos, donde nos aturden decenas de voces caricaturescas que simulan salir de esas cabezas huecas de cartón y trapo que alguien mueve con la mano. Nos quejamos repetidamente por la falta de líderes, pero ello puede superarse transitoriamente si hay personas honestas y preparadas que, sin ser excepcionales, se atreven a tomar decisiones. Mucho peor es tener que escoger entre bandos que, empeñados en controlar unas siglas para siempre, venden todos la misma gastada y sospechosa mercancía.

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