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Crítica y autocrítica del periodismo (1) y (2), de Xuan Cándano en La Nueva España

Posted in Medios, Política by reggio on 26 mayo, 2008

NO PREGUNTES QUE ES PEOR (1)

El pasado 25 de abril dos traficantes de drogas que transportaban 273 kilos de hachís se estrellaron con una avioneta a pocos metros del aeródromo de una finca del banquero Emilio Botín, donde otro compinche esperaba en un vehículo la recepción del alijo. La noticia saltó al aire aquel día muy escuetamente a través de las emisoras de radio y después en los informativos de las televisiones. Al día siguiente los periódicos la recogían en sucesos muy brevemente. Apenas unas líneas en la mayoría, un pie de foto en alguno. Ni siquiera se identificaba a los muertos. Sólo aparecían sus iniciales, su edad y su nacionalidad ( el piloto H.B., marroquí, de 28 años y el copiloto J.F.Q.D, español de 25). Del detenido en el aeródromo, la misma información: A.F.C., español de 22 años. Algunos medios señalaban que podía haber otros implicados en la finca de Botín cuando se produjo el accidente.

Del asunto no supimos más. Ni una línea en los periódicos, ni una palabra en las radios o en las televisiones. Ni siquiera internet, ese nuevo medio que parece incontrolable, ha aclarado el suceso.

Además de una osadía o simplemente una calumnia, sería ridículo vincular al banquero más poderoso de España con el narcotráfico a costa de un episodio de poca monta en relación a la droga que se mueve a diario por el mundo. Casi cualquier ciudadano puede tener una finca, un coche o un piso que usen unos malvados sin su conocimiento. Aquí, además de al detenido y a sus cómplices, en este misterioso suceso habría que sentar en el banquillo de los acusados a los medios de comunicación. Su silencio compartido, que une a públicos y privados, a audiovisuales y escritos, a conservadores y progresistas, los delata. Es un caso de libro sobre el control de la información, un ejemplo excelente para exponer en las Facultades de Ciencias de la Información. Como indica un cartel escatológico que cuelga en el baño de un amigo, señalando a la taza del water, “en algunas cosas los españoles coincidimos totalmente”. Línea informativa e ideológica al margen, en relación a algunos poderes intocables, los medios también coinciden totalmente. Aquí y en todo el mundo.

Cuando estudiaba en la Facultad nos enseñaban en “Historia del periodismo” el nacimiento de la prensa escrita en el siglo XVIII con las revoluciones burguesas. En aquellas hojas volanderas y aquellos periódicos románticos se imprimió, a costa de sangre y lágrimas, el fin del Antiguo Régimen y la llegada de los estados modernos y la democracia. Supongo, aunque soy tan escéptico con la Universidad como con los medios, que el programa habrá avanzado con los tiempos y que ahora los universitarios estudiarán el proceso que convirtió a los medios en contrapoderes en los Estados democráticos y más tarde en poderes en sí mismos, por encima incluso del político. El siglo XX alumbró “el cuarto poder”.

La concentración de medios avanza con el proceso, reduciendo el pluralismo informativo. Es un fenómeno global e imparable. En España ahora mismo los grupos empresariales de comunicación Prisa, Vocento, Planeta y Unedisa suman juntos el sesenta por ciento de la audiencia de televisión, casi el ochenta por ciento de la radio y un porcentaje superior a éste último en el caso de los periódicos.

La relación entre la concentración empresarial y la reducción del pluralismo político que se observa en las sociedades desarrolladas es evidente, sobre todo a través de las pantallas de televisión. Algunos expertos hablan de la sustitución de la democracia por la telecracia. No parece que les falten datos y razones.

Italia es un ejemplo manido por su grosería. Silvio Berlusconi está al frente desde su conglomerado empresarial del sector privado televisivo y desde la presidencia del gobierno del público. Todos los botones del mando a distancia nacional son suyos. Más de un periodista ha sido aplastado por su dedo poderoso.

Al otro lado del Océano también abundan los ejemplos. En México se reformó la Ley de Comunicación con fines electorales. Se logró aumentar el poder, ya enorme, de dos grandes grupos mediáticos, Televisa y TV Azteca, que apoyan a los dos grandes partidos conservadores, el PAN y el PRI. El gran damnificado fue el candidato de la izquierda y perdedor,Andrés López Obrador.

En España no se ha llegado a esos extremos, pero también se observa como la reducción del pluralismo informativo provoca la del político, ya limitado prácticamente a dos partidos en la mayoría del territorio nacional. Un director que tuve no hace muchos años me aconsejaba sin pudor seguir los dictados del pragmatismo:

-Desengáñate, para ser periodista hay que ser del PP o del PSOE.

Con más dignidad y estudios al respecto, el periodista y profesor de la Universidad Complutense de Madrid, Carlos Díaz Güell, lo expone con claridad:

“Es una realidad que el debate político en España suele centrarse sobre la existencia de un duopolio informativo- PSOE vs. PP-, y es ahí donde se produce una real concentración de contenidos, como lo demuestra el día a día de las portadas de los diarios o de las escaletas de los informativos de los medios audiovisuales”.

En la campaña de las últimas elecciones generales este duopolio informativo fue indisimulado y arrollador, contribuyendo decisivamente al éxtasis del bipartidismo, probablemente ya de forma irremediable. La información de la campaña se centró casi exclusivamente en los dos grandes partidos y sus líderes en todos los medios, incluyendo los públicos, donde el resto de las candidaturas fueron condenadas al silencio. Hasta los espacios gratuitos en radio y televisión estaban prácticamente monopolizados por PSOE y PP, desplazando al resto a horarios y emisiones marginales.

El presidente de la Federación de Asociaciones de la Prensa de España, Fernando González Urbaneja, es de los que piensa que los malos hábitos en el periodismo, como aceptar comparecencias públicas sin preguntas, están deteriorando la democracia:

“La campaña electoral última ha sido un desastre. Los líderes no han comparecido, no han dado explicaciones, han ido al espectáculo más que al derecho a la información. Estamos mal.

Los dos debates entre los candidatos de los dos grandes partidos no representaron ningún avance para la democracia y la libertad de expresión, sino todo lo contrario. Impidieron exponer su programa y sus ideas a otros candidatos (al menos a otro que se presentaba en toda España), violaron la igualdad de oportunidades entre los aspirantes a la presidencia del gobierno, frustraron un debate abierto y libre, y por tanto limitaron gravemente el pluralismo informativo.

Y para la profesión periodística no fueron aquellas jornadas felices, sino tristes. Convertir a los periodistas que actuaron como moderadores en simples cronometradores y testigos mudos de un combate de boxeo dialéctico ha dejado claro ante los ciudadanos el papel que nos reservan los políticos a los periodistas hace tiempo: el de siervos.

No es sorprendente. Los periodistas ya venimos hincando las rodillas ante el poder político y las empresas desde finales del siglo pasado, superada la transición, en la que podíamos presumir de una cierta independencia, incluso valentía. Y arrastrándonos en el campo de batalla de la información, donde se mezclan intereses, dinero y vanidades, caímos en lo que se denomina “trincherismo”, los periodistas enfrentándose desde sus trincheras y alineados en defensa de un partido y de una empresa.

La primera víctima en las guerras es la verdad. Y si es entre periodistas, la segunda es el propio periodismo, que ahora recibe la valoración más baja en muchos años por parte de la opinión pública.

LA RENDICIÓN (2)

Es dudoso que la sentencia del «caso Telma Ortiz» sea una buena noticia para el periodismo. Bien está que rechace la censura previa, pero mal la legitimación que supone para el amarillismo. Es una pena que la estrategia de su abogado haya sido tan desafortunada, porque en caso contrario es improbable que prosperase esa barbaridad de considerar a una ciudadana normal una persona pública sin derecho a la intimidad, sólo por ser hermana de una señora que accedió a la notoriedad.

Pero al menos la denuncia ha abierto un debate que se echaba en falta en la profesión periodística, porque lo demandaba la sociedad. O nos autorregulamos o nos regulan, lo que siempre será peor, conociendo al poder político y sus tentaciones.

Ha quedado claro que quien persigue, acosa y hasta provoca a algunos ciudadanos, indagando en su vida privada, no es periodista ni informador, por mucho título que tenga. Pero habría que ir un poco más adelante en la reflexión, porque no es ésta la única hemorragia que padece el enfermo periodismo de la modernidad, al que algunos ya han expedido el certificado de defunción.

La crisis de esta profesión, que nació con el romanticismo y cada vez está más azotada por el vil materialismo, afecta ya a su propia identidad. Hoy en las empresas informativas podemos distinguir a redactores de periodistas, dos términos que antes eran sinónimos. Periodista es el que, como corresponde al código genético de este oficio, elabora informaciones novedosas. Redactor es el que simplemente escribe, dando forma a lo que paren los gabinetes de prensa o los que convocan las ruedas de prensa, generalmente políticos. Redactores son ya la mayoría de los profesionales. El periodista pertenece a un género en extinción.

Nos hemos convertido en grabadoras con patas, amanuenses silenciosos que ya ni interrogan en las ruedas de prensa, donde muchas veces no se consienten las preguntas. La Asociación de la Prensa de Sevilla, que se ha puesto a la cabeza de la autocrítica en el sector y de los necesarios llamamientos a la regeneración, sí se pregunta en voz alta:

«Sería interesante que las organizaciones profesionales promoviesen un análisis sobre cómo la información es manipulada a lo largo de los canales antes de llegar a los periodistas. Caerían muchos velos sobre la llamada sociedad de la información y la ciudadanía en las sociedades democráticas».

Se justifica a menudo la crisis de la profesión periodística y la docilidad de las generaciones más jóvenes por el intrusismo y las pésimas condiciones laborales. Es cierto que debe ser la única carrera universitaria donde el título no sirve para nada y cualquiera puede ejercer el periodismo, y además internet ha convertido a todos los internautas en potenciales informadores. También lo es que poca responsabilidad ni actitud se puede pedir a quien trabaja mucho, mal ( siempre con prisa) y cobrando una miseria. En Asturias, el 37 por ciento de los periodistas cobra menos de novecientos euros al mes, el 24 por ciento tienen contratos temporales y el 18 por ciento ninguna vinculación laboral con sus empresas.

Pero probablemente la precarización, y hasta la explotación en muchos casos, no sea la causa de la crítica situación del periodismo, sino la consecuencia de la falta de firmeza de los profesionales. El mítico estadounidense Seymour Hersh, una leyenda viva del periodismo, hace incluso una lectura contraria de la relación entre el dinero y la falta de pulso de las redacciones. Con sus compañeros es tan implacable como con los dirigentes políticos de su país:

«No entienden nada; hace cincuenta años eran de clase trabajadora, no iban a la Universidad, sabían lo que le importaba a la gente; ahora están muy bien pagados, viven en otro mundo: ser periodista hoy es una profesión elitista».

La veda de la autocrítica también se ha levantado en España y el presidente de la Federación de Asociaciones de la Prensa, el periodista de periodistas Fernando González Urbaneja, pide que se extienda a toda la profesión, como las buenas noticias lo hacen por toda la sociedad:

«Somos poco autocríticos. Tenemos resistencia a las rectificaciones. Si no somos generosos en la rectificación es porque somos inseguros y presuntuosos».

Algunos periodistas han tomado buena nota y se han puesto a redactar propuestas para la regeneración del colectivo. La Asociación de la Prensa de Sevilla las ha enviado públicamente a la profesión, a las instituciones y a las empresas, tras un duro análisis autocrítico donde se denuncia la adulteración de la información y se pueden leer precisiones como ésta:

«El problema no es sólo de la fuerza de las instituciones sino también de la pasividad de los profesionales. Nos encontramos ante una rendición de los periodistas, una renuncia a tener la iniciativa».

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