Demasiadas heridas, de Lucía Méndez en El Mundo
ASUNTOS INTERNOS
Es urgente una guía para entender lo que pasa en el PP o un GPS de última generación para no perderse en el laberinto. Los militantes lo están necesitando como el comer y los analistas políticos -tanto los finos como los otros- no digamos. A la espera de que alguien se anime a poner en el mercado el GPS, vamos a fijarnos aquí en el origen de uno de los males que aquejan al PP como organización política y como familia que arrastra rencores, traumas, traiciones, amores, odios, heridas y cicatrices que duelen cuando cambia el tiempo.
Los grandes nombres del PP, los notables, ésos a los que seguramente se refiere Aznar cuando habla de «los mejores» vivieron una época de gran esplendor, días de vino y rosas. Saborearon las mieles del poder hasta la última gota. Exprimieron el goce y demostraron que la derecha podía gobernar sin causar las catástrofes que vaticinaba la izquierda. Eran un equipo de primera. Tenían banquillo para repartir y llegaron a creer que toda la vida iban a gobernar porque, sencillamente, eran «los mejores».
Este reino de Camelot tenía su Arturo, su Ginebra, su corte, sus herederos y sus caballeros de los maitines de la mesa redonda. Jaime Mayor Oreja, Rodrigo Rato, Mariano Rajoy, Francisco Alvarez Cascos, Javier Arenas, Eduardo Zaplana, Federico Trillo y así hasta los que quieran.
Puede que fueran los mejores, pero ya no lo son. Rajoy fue el primer caballero señalado por el rey para sustituirle y no logró mantener intacto el reino. Durante cuatro años, el heredero vivió voluntariamente bajo la sombra de Aznar. Entre la añoranza de la época dorada de Camelot y las injerencias del ex presidente. Todos creían que los bárbaros que habían ocupado el reino no sobrevivirían porque eran «peores» que ellos.
El aznarismo sobrevivió a la persona que le dio nombre. Sin embargo, no podrá sobrevivir mucho más. Asistimos a los últimos coletazos de esa etapa, y eso duele. Los caballeros de la mesa redonda tienen heridas de guerra y el pecho lleno de cicatrices. Demasiadas heridas para construir el futuro. Demasiados traumas para pensar con frialdad. Demasiadas cosas que echarse en cara unos a otros. No son muy mayores desde el punto de vista biológico, pero políticamente parecen Matusalén. La sociedad española ha cambiado desde el 96 y ninguno de aquellos que habitaron Camelot puede ser protagonista de una regeneración que el PP está pidiendo a gritos.
El que más heridas tiene es Mariano Rajoy. Casi todos los lunes parece San Sebastián atado a la columna con el cuerpo perforado por flechas que llegan de todas partes. El se siente un mártir, pero los mártires no suelen sobrevivir al calvario.
En aquel Camelot había un caballero que cabalgaba por el bosque en solitario. Fue durante muchos años la única alternativa al aznarismo. Alberto Ruiz-Gallardón, sin embargo, no ha tenido el valor de optar al liderazgo desde la base. Según el molde aznarista, él también prefiere heredar.
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