La Fageda o cómo ganar si eres débil, de Antoni Puigverd en La Vanguardia
Tremendamente común es en la vida catalana la creencia de que basta con tener la razón para que las cosas avancen por el camino deseado. Todo lo que está pasando con el agua en Catalunya responde a esta fantasía. Pero la realidad es cruel. No basta con desear otra cultura del agua.Y demonizar durante décadas la palabra trasvase no ha servido para encontrar una alternativa milagrosa: la sequía dio al traste con las buenas intenciones ecológicas que en tiempo de bonanza funcionaron como un placebo. Un placebo, un inocuo calmante ideológico.
No basta con las buenas intenciones ideológicas para gobernar la peliaguda realidad. Según Josep Pla -lector de Maquiavelo y realista indomable-, la partida de la realidad no puede ganarse sin una de estas dos cartas: “O fuerza o astucia”. El fuerte acostumbra a ganar. Pero el débil debe prohibirse la frivolidad y la tontería. Tiene que ser listo. Más listo que el fuerte.
Propagar la bondad ecológica te convierte en el mejor de los casos en un predicador, en un moralista. Pero la cultura del agua no cambia con prédicas. Ahí está el resultado de la gestión fantasista: embrollo constante, división interna catalana (alarma en el Segre, quejas del Ter, indignación en Tarragona, revuelta en Amposta), pérdida de los aliados regionales (ayer Valencia, hoy Aragón) y grotesco cambio de tercio ideológico: del no radical al trasvase al “sí porque nos conviene”. Sirva el caso del agua como un ejemplo entre muchos. Los pleitos decisivos del catalanismo (sea en el ámbito de la política, sea en el de la lengua) se pierden o complican por falta de lucidez en el análisis de las fuerzas que rigen la realidad.
Por fortuna, el vicio del fantasismo ideológico tiene importantes contrapesos en la sociedad catalana, en la que abundan empresas y proyectos fundados en el talento, el tesón y el realismo. He leído, en este sentido, un libro muy recomendable. La Fageda, història d´una bogeria (Ed. La Magrana), de Dolors González, que narra con ritmo trepidante la historia de una verdadera locura. Una locura triunfante. Una historia que no podía empezar peor: en el psiquiátrico de Salt, a finales de los setenta, con los llamados locos todavía inmovilizados con grilletes. Peor que bestias.
El aragonés Cristóbal Colón trabajaba allí, horrorizado. No cejó hasta emprender un proyecto para dignificar la vida de los enfermos mentales y los discapacitados psíquicos. Empezó sin nada. Armado con una idea: el trabajo dignificará sus vidas. Pero con un profundo sentido de la realidad y un corazón enorme, que contagió a todos sus colaboradores. Contó desde el principio con el apoyo del Ayuntamiento de Olot para montar una empresa con estas personas que todo el mundo considera un problema. La cooperativa La Fageda fracasó diversas veces antes de encontrar el camino. Pero se levantaba de nuevo. El objetivo era conquistar la realidad (la autonomía económica), nunca la caridad. Nunca la dependencia de otras empresas. El trabajo para los enfermos y deficientes tenía que ser no sólo fuente de ocupación terapéutica sino también un buen negocio. El sueldo dignifica. El éxito concede reconocimiento social. El éxito económico permite pensar en el futuro.
Encontraron ayuda, también incomprensión. Después de muchos fracasos, descubrieron el filón de los yogures de calidad. Los mejores de Catalunya. Nunca los vendieron esperando compasión para los débiles. Sabían que sólo competir con los más fuertes (las multinacionales) garantizaría el futuro de estos hombres y mujeres débiles que hoy, en su éxito y en su trabajo, son más fuertes que Ronaldinho, que nació con tanto talento, al revés de ellos, y está echándolo a perder.
Doscientos diez trabajadores, 125 de ellos con discapacidad y enfermedad. Residencia para 40. Treinta millones de yogures al año. Más de siete millones de facturación. Medalla a la mejor leche y premios de todo tipo. Conferencias de Colón junto a premios Nobel de Economía. Excelencia en el producto y absoluto respeto medioambiental. Lee uno el libro y reencuentra la fe en el futuro de la humanidad.
Los argumentos, el empeño y la lucha de Colón y compañía demuestran que Pla estaba acertado. “El débil debe ser listo”. Sí, pero el combate a favor de los débiles necesita algo más que talento o astucia. El trabajo de los enfermos y los deficientes de La Fageda debe generar beneficios, pero estos beneficios están al servicio de unos valores: “En La Fageda se trata con amor a las personas, se trata con amor a los animales de la granja, se trata con amor al producto que se realiza y al entorno en el que viven. Todas las acciones de La Fageda están destinadas a buscar el bienestar y la calidad de vida de los que integran el proyecto”. El débil tiene que ser el más listo o será barrido, decían los realistas. Pero en La Fageda se añade algo fundamental: la inteligencia es imprescindible, sí, pero el motor es el corazón.
“La mossa del cavallo” (La jugada del caballo, valenciano), de Enric Juliana en La Vanguardia
NOTAS DE MADRID
Al proponer la apertura de un amplio frente de colaboración con Catalunya, más allá de la cooperación táctica en las negociaciones sobre el nuevo modelo de financiación autonómica, el presidente de la Generalitat valenciana, Francisco Camps, ha planteado un interesante reto a la política catalana. Y también a la política española.
Vayamos por partes. El reto que el movimiento valenciano plantea a la política catalana es profundo y va más allá de la respuesta amable que ayer dieron portavoces del Govern de la Generalitat y de la mayoría de partidos. La jugada de Camps, ejecutada con mucha astucia, con astucia verdaderamente mediterránea, pone a prueba dos mitos de la política en Catalunya: el gusto por la visión estratégica y el pragmatismo; el mito de la sabiduría, en definitiva.
Por partidos, podría desglosarse de la siguiente manera:
1) PSC.- Pone a prueba la capacidad del PSC para actuar como la ‘viga maestra’ de Catalunya, tal y cómo sus dirigentes acaban de reivindicar en un foro de debate interno. Al grupo dirigente del PSC le irrita mucho verse caracterizado en la prensa como una escuadra muy hábil en el juego táctico, extremadamente hábil en la maniobra, pero sin una gran articulación de ideas de fondo; sin una estrategia bien definida. Sin una idea medular de Catalunya. Pues bien, el reto valenciano coloca al PSC ante la posibilidad de demostrar que su habilidad táctica puede ponerse al servicio de una interesante oportunidad estratégica (que inquieta, y mucho, al PSOE).
2) CiU.- Resistiendo férreamente en la oposición (CiU es hoy una fuerza política casi en estado puro, ya que su más destacada posición de gobierno es el Ayuntamiento de Sant Cugat y la Diputación de Tarragona), la tentación maximalista es muy grande en sus filas. Tiene la obligación de competir con Esquerra Republicana para retener a su electorado más nacionalista y, además, debe intentar agudizar las contradicciones del partido independentista, que no son pocas. Pero el pragmatismo ocupa un lugar muy importante en el capital político de CiU. El reto valenciano le ofrece la posibilidad de mostrar cintura política y visión de fondo. En tiempos de Jordi Pujol (que siempre mantuvo una cordial relación con el presidente valenciano Eduardo Zaplana) la oferta de Camps habría sido valorada como un acontecimiento de gran importancia.
3) ERC.- Aunque cueste un poco escribirlo, Esquerra Republicana de Catalunya también tiene una dimensión pragmática. Después de haber perdido a más de la mitad de su electorado en las últimas elecciones generales, ERC se halla en un proceso congresual muy tormentoso, en el que los dos líderes en liza –Josep Lluís Carod-Rovira y Joan Puicercós- se reprochan mutuamente falta de seriedad. Carod, por ejemplo, acaba de acusar a Puigcercós de encabezar un independentismo de calçotada. La cuestión valenciana pone a prueba esa seriedad que invoca Carod, sobre todo si tenemos en cuenta que el pacto tripartito ha puesto en manos de ERC los dos grandes instrumentos ideológicos de la Generalitat de Catalunya: la conselleria de Cultura y la Corporació Catalana de Ràdio i Televisió (TV3 i Catalunya Ràdio). En pocas palabras, el acercamiento Catalunya-Valencia pasa en buena medida por la capacidad de ERC de combinar sus ideas de fondo (Països Catalans) con el pragmatismo que, con gran insistencia, reclaman los empresarios catalanes y valencianos.
En próximas notas, comentaremos la importancia que tiene la apertura valenciana en el tablero político español. Hoy lo dejamos aquí, no sin recordar el título de una interesante novela del escritor siciliano Andrea Camilleri: La mossa del cavallo (“La jugada del caballo”). Un título muy evocador, puesto que en ajedrez hay jugadas de caballo muy buenas: movimientos que, pase lo que pase, siempre aportan ventaja.
Clases medias, de Antón Baamonde en El País de Galicia
Difiero de aquellos que consideran que las clases medias no revisten interés. Pienso, al contrario, que la gran literatura apenas si ha hablado de otra cosa, al menos en los últimos doscientos años, y que hemos encontrado en ella la vida privada de las sociedades. En Stendhal, en Flaubert, en las novelas de Rosalía de Castro o Pedrayo hemos aprendido cosas acerca de nuestra contingencia y hemos fortalecido nuestra ironía. Pero vayamos a lo nuestro. Si uno lee Tempo do pai (X.M. Álvarez Cáccamo, Galaxia. 2008) puede precisamente entrar en el universo de una parte de nuestra clase media. Y es importante hacerlo para constatar que no todas ellas fueron franquistas ni brutales, sino que al contrario quedaron marcadas por la magnitud de la derrota.
Lo que el autor cuenta en ese emocionante libro es la vida de Xosé María Álvarez Blázquez, al que está dedicado el Día das Letras Galegas de este año. De hecho, asistimos al despliegue de sus tribulaciones y avatares, desde su infancia hasta su muerte, a través de la memoria de su hijo, que reza así en el altar de los dioses familiares. Es tremendo leer como el futuro editor Álvarez Blázquez se vio obligado a escuchar, acompañado de su madre y hermanos, el sonido de las balas que, en la mañana del treinta de octubre de 1936, atravesaron a su padre, el doctor Álvarez Limeses, que estaba siendo fusilado no lejos de su hogar, en Tui, junto con otros republicanos.
Aunque ese hecho no hizo flaquear sus convicciones, las de un joven afiliado al Partido Galeguista, es claro que lo que vino después no podía ser igual ni para él, ni para los que, como él, habían sostenido las ideas que después fueron proscritas. La dictadura tuvo éxito, en el sentido de que frustró lo que podía ser una posibilidad de evolución.
El período entre la Primera Gran Guerra y la Guerra Civil fue de gran desarrollo en toda España y también en Galicia y permitió que nacieran y crecieran nuevos segmentos de la clase media que fueron el caldo de cultivo de la República. Expresaban afanes democráticos y modernizadores -ese era el contenido también del galleguismo- que el franquismo truncó en todas partes pero más, como era el caso en Galicia, allí dónde esas semillas apenas si habían empezado a arraigar con fuerza. Álvarez Blázquez pertenecía a ese mundo.
La dictadura no sólo fue una forma de opresión política. Retrasó, además, el ciclo del cambio social. Hubo que esperar a los años sesenta para que, a la sombra del desarrollismo, apareciesen nuevas hornadas de clases medias que en los ochenta y noventa engrosaron aún más al calor de un ciclo económico tan exitoso que sobrepasó los índices de crecimiento europeos.
Apareció una nueva mentalidad que Juan Goytisolo definió como de “nuevos españoles, nuevos europeos, nuevos ricos”. En Galicia la transformación fue de tal calibre que nos situó en el filo entre dos épocas. Esos años vieron desaparecer los campesinos obligados a ser humildes -a acumular rabia- y los caciques que Castelao había reflejado tan bien en sus Cousas da vida. Aunque la Galicia del repartidor de fondos estructurales a sus clientelas pueda parecérsele es otra cosa. La estructura de clases es ahora homologable a la del entorno. Hay una Galicia que se acabó y otra que pugna por abrirse camino. Y no cabe duda de que los grandes protagonistas de la Galicia de hoy son las nuevas clases medias. Seguir la cultura de la época nos da un estupendo índice de la transformación, pues si en los 80 fue notable la venta de libros de buenas maneras que difundían entre los recién llegados los códigos y modales que aseguraban el poder traspasar las invisibles fronteras que dividen a las clases -pues ellas son tanto una cuestión de acento y maneras como de dinero-, en los 90 pudimos constatar la eclosión del diseño de interiores que iba a la par con la nueva oleada del boom inmobiliario recién pinchado. Por supuesto, en Galicia el idioma es siempre una variable dependiente del ascenso social. El gallego es nuestro cokney particular y por una inexplicable ley física todo gallego que gane o crea ganar unas pesetas de más se siente impulsado, para demostrar su nueva adscripción, a cambiar de idioma.
El segundo milenio nos está dejando la conciencia de una renovada fractura social. La brecha salarial se está incrementando, y las clases medias están empezando a notar cómo se comprime su capacidad de gasto y, lo que tal vez es más importante, como el paisaje social, que durante décadas pareció vivir un convulso terremoto, en el que las fronteras sociales parecían ser más fluidas vuelve a mostrar rasgos más rígidos. La Gran Promesa parece estarse acabando, al menos por unos años. Es cuestión de tiempo que un nuevo malestar social, nunca antes conocido en Galicia, se exprese.
Educación, financiación y cohesión social, de Jordi Sánchez en El País de Cataluña
El informe sobre segregación escolar que el Síndic de Greuges presentó ante el Parlament la semana pasada, pone luz una vez más en los últimos meses a una de las cuestiones centrales que hoy determinan el desarrollo y los resultados de nuestro sistema educativo. Tiene razón el consejero Maragall cuando afirma que la cuestión planteada por el Síndic ya está en la agenda política del departamento y cuando recuerda que los datos utilizados por la Sindicatura de Greuges para elaborar el informe provienen de la administración que él dirige. ¿De quién iban a provenir, si no? En cualquier caso, dado que la cuestión de la segregación escolar es un asunto que ya está planteado desde hace unos cuantos meses e incluso años, una prueba de ello es que ocupó uno de los ejes centrales del Pacto Nacional de la Educación aunque no con bajo la etiqueta de segregación, el informe del Síndic toma más relevancia ya que pone de relieve que a pesar de todos los pesares, en primer lugar la segregación educativa existe y en segundo lugar, y quizá esta es la más relevante, que el problema no es atribuible únicamente a una mala praxis del servicio público educativo en lo que se refiere a algunas escuelas concertadas, sino que entre los centros de titularidad pública esa mala práctica también se da.
El informe es una buena oportunidad para asumir de una vez que en lo que al sistema escolar y la inmigración se refiere no se puede ni simplificar ni quedarse con análisis apriorísticos que condicionan posteriormente las respuestas a dar. En ese sentido hay que ser muy prudentes en generalizar sin matices y pensar que todos los males de nuestra educación en lo que a la falta de equidad se refiere provienen siempre de los mismos actores; las escuelas concertadas. La variedad dentro de ese sector es muy grande, valga como ejemplo la escuela Vedruna en el Raval barcelonés que ha sido reconocida con el premio del Círculo de Economía y que escolariza a un porcentaje de alumnos extranjeros que muchas públicas no lo hacen a pesar de estar en zonas con porcentaje superior a la mediana del país en lo que a inmigración se refiere. Y el caso de la Vedruna no es un caso singular; ciertamente no es la norma ni tan sólo la moda en la escuela concertada, pero afortunadamente hay otras escuelas concertadas con las pautas de la Vedruna a lo largo del país.
También es relevante en el informe del Síndic la decisión de apuntar buenas prácticas de algunos municipios en lo que a la correcta distribución de alumnos se refiere. Y lo es no sólo porque tener referencias siempre ayuda, sino también porque sin decirlo apunta que las buenas o malas prácticas se dan en todas las familias políticas del país, es decir que ni la izquierda ni el centro derecha tienen el patrimonio de aciertos y errores en esta cuestión. Esta es, quizá, una de las consideraciones que deberíamos tener muy presentes para abordar los retos de presente y futuro en la cuestión de la inmigración y la educación. No estoy haciendo con esta afirmación ninguna apología sobre el fin de las ideologías. Lo que defiendo es que las distintas sensibilidades políticas pueden llegar a soluciones compartidas, con renuncias a algunos de sus fundamentos, en cuestiones donde la prioridad en clave de cohesión social y de país es evidente. Muchas veces un poco de sentido común para abordar retos es más que suficiente para superar escollos y problemas existentes.
Evitar la segregación comporta necesariamente disponer de más recursos y lógicamente emplearlos mejor. El dinero no lo es todo, pero sin los recursos suficientes no es posible hacerlo bien. Y si no que se lo pregunten al consejero Castells, que día sí día también ve como las necesidades políticas, entre ellas las de la educación, no pueden ser atendidas sin un cambio de nuestra financiación del autogobierno. Si del Pacto Nacional de la Educació se puede señalar algo, dos años después de su aprobación casi unánime, es que no ha podido ver desarrollado con normalidad el contrato programa previsto entre los centros educativos y la Administración. En dos cursos académicos menos de una treintena de estos contratos han sido establecidos. Alguien puede pensar que estamos a la espera de la nueva ley de educación que es la que debe dar empuje al pacto. Aunque esto es verdad, hay que decir que no es toda la verdad. La cuestión es que no hay recursos para generalizar la medida no sólo por la cuestión ya mencionada de la mala financiación del autogobierno, sino también porque se han fijado otras prioridades que han consumido los recursos disponibles. La gran paradoja es que aun siendo cierto que en los últimos años los recursos presupuestarios en educación han crecido, los déficit en la equidad no sólo no se han reducido, sino que han aumentado. Es necesario recordar que aquellas condiciones que no se establezcan desde la base del sistema educativo -es decir, desde la asignación de plaza escolar- se van a arrastrar pesadamente a lo largo del proceso educativo. El derecho a la educación es mucho más que el derecho a la escolarización. Y si la libertad de elección forma parte de nuestro sistema, no es menos cierto que hoy no se dan las condiciones para que esa libertad se ejerza por todos por igual. No elige quien quiere, sino quien puede. Y muchas familias van a la escuela sin haberla escogido previamente y el problema es que demasiadas veces la elección responde a evitar algunos centros determinados -donde la presencia de alumnos inmigrantes es ya significativa- más que a la convicción de las bondades del centro escogido. Es evidente que, en la elección, el coste de la educación, sin serlo todo, determina mucho, hasta el extremo de que reproduce las desigualdades sociales existentes. Por eso, crear las condiciones de financiación a través del contrato programa para garantizar que efectivamente la educación es gratuita, al margen de si la titularidad del centro es privada o pública, y que ningún centro determinará criterios de selección -activos o pasivos- de alumnos, es una de las condiciones sobre las cuales se podrá combatir la existencia de la segregación educativa. La mejor inversión social para las próximas décadas.
Rajoy, entre el cambio imposible y la ‘conspiranoia’, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo
A FONDO
El caso de María San Gil es paradigmático de lo que está sucediendo en el PP. En todos los sentidos.
Mariano Rajoy ha decidido dar un giro a la política del partido. Pero por lo bajinis. Sin montar mucho ruido. Y si alguien monta en cólera (alguien de peso, se entiende), entonces rectifica. No la decisión de fondo, sino las formas (en su caso, el texto).
Desde su equipo se dice: Rajoy no ha cambiado de política. Pero de puertas adentro, la instrucción es cambiar de política. Este sí pero no puede llevar a la esquizofrenia a más de uno. Aunque luego se pretenda que el desequilibrio está en los otros.
Señor Rajoy, con todo el respeto, el cariño e incluso la admiración que le tengo: ¿por qué no dice usted de una vez cuál es su estrategia política, a dónde quiere ir, qué es lo que cree que se debe cambiar para que el PP pueda ganar al PSOE?
Yo no tengo ninguna duda de que usted ha decidido cambiar de política, como también de equipo. Parafraseándole, diría que, al igual que quiere hacer su «propio equipo», también quiere hacer su «propia política».
El problema, creo yo, es que ese cambio viene motivado por un análisis erróneo de las causas de la derrota del PP el 9-M.
Según Pedro Arriola, su asesor de cabecera, el PP habría ganado si hubiera logrado mejores resultados en Cataluña y País Vasco (hasta ahí, de acuerdo: no hace falta ser un genio para deducirlo). Lo cuestionable es el remedio a ese mal. Según Arriola, el PP tiene que rebajar su perfil «antinacionalista», y debe mostrarse como un partido capaz de pactar, no sólo con el PSOE, sino con los nacionalistas.
Esa reflexión sería el sustento básico, la primera pata, del cambio que Rajoy pretende imprimir en el PP.
No hay más que mirar a Valencia, le dicen en su círculo íntimo, para ver lo que hay que hacer. Francisco Camps, con un resultado extraordinario en su comunidad, marca el camino. El fue el primero en alcanzar un acuerdo con el PSOE para la reforma del Estatuto.
Camps, la bestia negra de Zaplana, siempre criticó desde su feudo las políticas de confrontación con el Gobierno (el 11-M o la intransigencia respecto al modelo de Estado nunca le gustaron).
Camps, como es sabido, es quizás el apoyo fundamental de Rajoy entre los barones (sin olvidar, por supuesto, a Javier Arenas).
La decisión de Rajoy de situar a Esteban González Pons en su nuevo equipo («mi propio equipo») no es más que la confirmación de que, efectivamente, hay un cambio de política sobre lo que el PP ha venido defendiendo en los últimos cuatro años.
El otro botón de muestra es José Manuel Soria, líder del PP de Canarias y miembro de la ponencia política. Soria, que gobierna en el archipiélago con Coalición Canaria, es un defensor a ultranza de esa nueva orientación, como ha dejado claro en multitud de declaraciones públicas.
Diga lo que diga ahora, él está de acuerdo en que el PP debe abandonar la llamada «política de confrontación» para romper el cordón sanitario que quiso imponer el PSOE. Soria le llegó a decir a San Gil: «Hay que distinguir entre nacionalismo autonomista e independentista».
El posibilismo de Camps (y otros) sería la segunda pata en la que se apoya el cambio que pretende Rajoy.
Pero para que ese giro no se quede en un mero retoque estratégico, había que dotarle de la necesaria dosis de ideología. Y ahí es donde interviene José María Lassalle. La tercera pata en la que se asienta el cambio de Rajoy.
Lassalle, en su día fichaje estrella de Miguel Angel Cortés, quien lo cooptó desde FAES a la Fundación Carolina, es, sin duda, un joven brillante y aplicado. Le ha escrito la mayoría de los discursos a Rajoy durante la pasada legislatura. Amigo de Paco Villar, ha tenido la habilidad de meterse en la cocina del cambio, en la que ejerce de chef ideológico.
Lassalle ha pasado del «flechazo» que sintió cuando escuchó una intervención de Esperanza Aguirre y de la defensa a ultranza de la Guerra de Irak a ser el arquitecto del liberalismo simpático, que se define por contraposición al «liberalismo antipático», abanderado, según su otrora admirador, por la presidenta de la Comunidad de Madrid.
Lassalle ha sido el intermediario que se ha encargado de retocar la ponencia política en línea con los nuevos tiempos.
Con él ha sido con quien San Gil ha sostenido una «lucha de titanes» por defender sus posiciones. Es decir, por lo que ella creía que debían seguir siendo las líneas maestras de la acción política del PP.
Cuando, después de mucho bregar y discutir, San Gil decidió dar un puñetazo en la mesa, entonces Rajoy ordenó a Lassalle que cambiara el texto. Así de sencillo. Así de patético.
Para llevar adelante la nueva política, digamos un PP light, estorbaban figuras como Zaplana, Acebes y, seguramente, también María San Gil. Pero, ¿cuántos más sobran?
Hasta ahora no sabemos qué piensa Rajoy, porque sólo habla, off the record, con algunos periodistas. Pero los ciudadanos, no sólo los militantes y votantes del PP, quieren saber qué es lo que piensa. No sólo cuál va a ser su equipo, sino cuál va ser su política. Rajoy tiene todo el derecho del mundo a proponer un giro en el PP, pero debe decirlo con claridad. Es precisamente la forma en la que lo está haciendo la que evidencia su falta de liderazgo.
Mientras desde su entorno se dice a la prensa que la presidenta del PP vasco es un «activo insustituible», una de las personas que ahora manda en el grupo parlamentario, Celia Villalobos, se permite comentarle al diputado del PNV José Ramón Beloki que «lo que debe hacer María es marcharse; el partido ya tiene una alternativa».
¡Y luego quieren que San Gil recobre la confianza!
Lo primero que debe hacer un líder político es sumar, en lugar de restar. El PP es la suma de muchas tendencias y familias ideológicas, como también la suma de distintos pesos pesados, referentes que conforman la percepción ciudadana del partido.
Rajoy no sólo ha decidido prescindir de los que, hasta hace unas semanas, sí eran su equipo (Zaplana, Acebes, etcétera), sino que, a la hora de analizar los problemas que está provocando su cambio de estrategia, ha optado por el peor de los caminos: interpretarlos en clave conspiratoria.
Fuentes conocedoras de la reunión señalan que ésa fue la tónica del encuentro del presidente del PP con el diputado Gustavo de Arístegui. Según esas fuentes, Rajoy culpó directamente a Jaime Mayor Oreja de la decisión de San Gil de abandonar la ponencia política.
Asimismo, el líder del PP llamó a Rodrigo Rato «político de camarilla», y le acusó de estar detrás de algunas de las alternativas que suenan como posibles para el congreso de Valencia.
Rajoy pretende utilizar el próximo congreso como un refrendo a su liderazgo, aprovechándolo, además, para dar un giro a la política del partido. Como él suele decir, para «borrar el aznarismo».
Tiene derecho a hacerlo. Pero se ha equivocado en las formas. Probablemente, el PP necesite un cambio profundo, modernizador. Pero él no puede erigirse en paladín del postaznarismo porque es su más directo heredero.
casimiro.g.abadillo@elmundo.es
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Quitaos ya las caretas, de Javier Lorenzo en El Mundo de Madrid
AQUI NO HAY PLAYA
Enmohecida, polvorienta, olvidada por casi todos, sobre la fachada del Teatro de la Comedia aún puede verse la placa que recuerda la fecha -29 de octubre de 1933- en la que José Antonio Primo de Rivera lanzó el célebre discurso con el que fundó Falange Española. Es un símbolo discreto, de laconismo militar, como diría el mismo José Antonio, y está en alto, fuera del alcance de los viandantes, que no suelen percatarse de su existencia. En Madrid lo que se lleva -no digo yo que injustamente- es el No pasarán, las Trece rosas o el amargo galardón de haber sido la primera ciudad del mundo en ser masivamente bombardeada por la aviación. En cambio, se olvida al Madrid de la Contrarreforma, al Madrid de la Inquisición -con sus quemaderos, como el de la Plaza de la Cruz Verde o el de la Glorieta de Bilbao-, al Madrid absolutista que ajustició a Riego en la Plaza de la Cebada y, por supuesto, al Madrid de bigote fino, gomina generosa y pistola al cinto del franquismo.
Algunos pensarán que eso ya es historia, pero se equivocan. Ese Madrid aún existe. Es un reducto en el que medra el odio, las frases altisonantes y los conceptos convertidos en dogmas indiscutibles. A él pertenecen personas que piensan que toda España es o debería ser como Valladolid, o Madrid, pero en grande y sin matices. Personas que faltan al respeto a los caídos que tanto dicen defender, profiriendo insultos en mitad de homenajes o minutos de silencio. Personas que, en definitiva, enturbian la convivencia y que en el fondo consideran, como sostuvo el joven prócer de la camisa azul, que «el ser rotas es el más noble destino de todas las urnas». Las formas han cambiado someramente. Ya no se impone «la dialéctica de los puños y las pistolas», pero sí la de los abucheos y los palos de las pancartas, de modo que sigue vigente en ellos esa metafísica pregunta joseantoniana: «¿Quién ha dicho (…) que la suprema jerarquía de los valores morales sea la amabilidad?»
España es el único país europeo en el que la extrema derecha no tiene representación parlamentaria. Pero no la tiene porque no ha encontrado aún a un iluminado o un partido que la represente, no porque no haya caldo de cultivo suficiente. Así pues, aun en el improbable caso de que el PP se escindiese, eso acarrearía dos consecuencias positivas: el PP se homologaría como un verdadero partido europeo y civilizado y, por otro lado, la carcundia ultra se quitaría por fin la careta y desvelaría su verdadero rostro, tanto tiempo amparado y oculto tras unas siglas democráticas. Y es muy probable que sea en Madrid donde se escenifique una vez más el resurgir de las ideas neofascistas. Aunque dudo, como dice el peatón, que eso merezca placa alguna.
© Mundinteractivos, S.A.
Carta abierta a la izquierda alternativa, de Rossana Rossanda en Sinpermiso
Se puede entender que, tras el batacazo, la ex-Izquierda-Arcoiris se sienta mal. Mal debería también sentirse el PD, puesto que la pretensión de arrebatar votos al centro ha fracasado; pero su líder es inoxidable y se amista con Berlusconi, porque lo que urge por lo pronto a ambos es el reconocerse mutuamente como únicos interlocutores válidos. En cambio, para la Izquierda-Arcoiris no hay consuelo posible. Su desaparición del parlamento ha destrozado el proyecto de reamalgamar las izquierdas residuales, y el hecho de que éstas lo estén pasando mal, yéndose cada una por su lado, demuestra que el proyecto era, en verdad, frágil. Lo que no resulta comprensible es que apenas se pregunten por los motivos del fracaso. Todos se lamentan de no haber sido entendidos, o de no haber conseguido hacerse entender; se tira al blanco contra los grupos dirigentes, exigiendo dimisiones, y se presentan, incluso, dimisiones que nadie ha pedido. Descubren de consuno la sopa de ajo, es decir: que la Liga [Norte] ha arraigado en el territorio, mientras que en nombre de la modernidad lo han fiado ellos todo, más a la televisión que a la frecuentación de aquellos a quienes se solicitaba el voto.
En convulsión se halla sobre todo Refundación [Comunista] : ¿por qué, la muy desgraciada, tuvo que participar en el gobierno? No tendría que haber entrado, se dice; debería haberlo apoyado desde fuera. No veo qué habría cambiado: o votaba una y otra vez las leyes del gobierno, renunciando a aportar desde dentro incluso lo poco que consiguió introducir, o no votaba con el gobierno, y el gobierno habría caído entre un estrépito de voces clamando contra la “irresponsabilidad” de la izquierda. Como en 1998. No fue sino tras esa ruptura, que Refundación Comunista empezó a crecer. ¿Y ahora? Se está dividiendo en torno al dilema: ¿mejor reforzar la propia identidad, o contemplar un sujeto más amplio? (En el bien entendido de que quien defiende la primera opción apunta más a lo “social”, mientras que quien defiende la segunda apunta sólo a lo “político”.) ¿Mejor ir al Congreso con una única tesis enmendable, o con dos o más tesis? ¿Quién quiere la unidad, y quién la ruptura? Y son legión los sospechosos.
El PdCI [partido de los comunista italianos], en cambio, se quita el problema de encima con la convicción de que, si hubieran mantenido el símbolo de la hoz y el martillo, infaustamente sacrificados a la coalición de Izquierda-Arcoiris, les habría ido mejor. La izquierda de Mussi se acoge al hecho de haber movido pieza demasiado tarde. Los Verdes piensan que se puede tratar con el PD sobre la base de un ecologismo que no toque la propiedad, à la Al Gore. Y así sucesivamente. Como digo, se puede entender. Lo difícil es que la cosa nos apasione.
Y sin embargo, todos hemos sido golpeados. Ha sido una tempestad, agravada por la ley electoral, pero no imputable sólo a ésta. Ningún país de la Europa occidental se halla en nuestra situación, con toda, propiamente con toda, la derecha en el gobierno, y con los sedicentes “reformistas” que vienen a desplazar al movimiento obrero entero y a los “sujetos radicales”. ¿Por qué hemos llegado a tal punto? ¿Qué ha pasado en Italia?
Nos cuesta mirarnos a la cara. En tiempos del partido con peso, cada sección escrutaba los resultados de su barrio, sede a sede, y no eran solamente cifras, sino caras, empresas, comercios, jóvenes, mujeres, trabajadores, desocupados o jubilados, calles: las cifras, lo que daban era la medida de nuestra participación o de nuestra ausencia. Se buscaba dar razón colectiva de las variaciones registradas. Hoy, ese trabajo lo hace solamente [el analista político] Ilvo Diamante. Ocurre, entonces, que Berlusconi y Fini hablan ante un desierto Coliseo, pero toman Roma, y Veltroni reunió a un montón de gente, pero la perdió. El último trecho de los comicios no sirve para convencer; se juntan los ya convencidos. La persuasión vino antes, vino del contacto con las vidas concretas, con las esperanzas e inquietudes, no sólo hablando, sino escuchando a la masa de descontento y dolor que discurre por las sociedades opulentas. ¿Quién la escucha? ¿Y cómo transmitirle otra idea de sí propia? Contra la consigna de MacLuhan, el “medio es el mensaje”: las izquierdas fantasearon con que bastaba ofrecer el espectáculo de una confrontación de ideas en pantalla, en vez de vivirla.
Eso es siempre un error, pero es increíblemente estúpido en tiempos de rápida mutación de las figuras sociales. Si ya no existe el agregado de la fábrica; si calles y plazas no son ya punto de encuentro –de lo que se beneficia la iglesia—; si las relaciones se anudan sobre todo vía portátil o blog; si los asalariados andan dispersos por el precariado, o desocupados a causa de la deslocalización, o convertidos en patroncitos “autónomos” en una muchedumbre de empresas de dos personas; si todo eso pasa, es que los lazos colectivos se han deshecho, y las cifras tienen entonces un sentido muy otro. El Popolo delle Libertà [de Berlusconi y Fini] no tenía sino que sumarse a la tendencia, mimando los egoísmos de los habientes (menos impuestos, federalismo fiscal para que cada quién se quede con lo suyo) y proyectando la inseguridad de los desdichados sobre el inmigrante (delincuente) o sobre el estrato político (gobierno, ladrón), no sobre la “modernización” y la “competitividad”. La incertidumbre sobre el mañana se tornasolea en inseguridad física: no importa que hayan disminuido los actos de delincuencia, el miedo aumenta. Lo poco espanta y lo mucho amansa: es el pequeño delito lo que genera angustia; los grandes crímenes no asustan. Los diarios titulan de modo harto diferente, cuando lo ven, el estupro doméstico y el perpetrado ayer por el albanés, hoy por el rumano. Los alcaldes cultivan la xenofobia.
¿Y la izquierda, a todo eso? También parte de ella ha tratado con mimo indulgente el “malestar septentrional” (defenderse de los impuestos), como, en su tiempo, defendió en el sur el abuso inmobiliario. Ahora vacila en llamar pogroms a las excavadoras de Veltroni o de Moratti y a los asaltos de los napolitanos, féminas machos, a los campamentos nómadas. Y estará a favor, se admiten apuestas, del federalismo fiscal.
Hay, de hecho, modos y modos de mirar a la “gente”: o se trata de hacer de la plebe un pueblo, lo que sería tarea de la izquierda, o del pueblo, en cambio, una suma de individuos egoístas (si propietarios) o plebeyos (si desdichados), la tarea propia de la derecha. En una sociedad que se habla a sí misma sólo en los estilemas del mercado, las elecciones confiesan idiosincrasias o esperanzas de salvación/beneficio personal.
Así, según creo, ha ocurrido que tenemos al secesionista Bossi reescribiendo las fronteras de la República, al Cavaliere gobernando finalmente Italia como una empresa, y a los neofascistas, en el gobierno, en la presidencia de la Cámara y en el Campidoglio [la alcaldía de Roma]. Eugenio Scalfari nos asegura que no importa, porque ya no podemos declarar guerras ni deportar judíos. Que la guerra, de hecho, sólo puede librarse a través de la OTAN, y que [el neofascista] Fini es el líder que más simpático resulta a la comunidad judía romana. Que son sólo racistas, antisindicalistas, antipensionistas, enemigos del gasto en la escuela y la sanidad públicas, hostiles a la fecundación asistida y a la ley 194 [del aborto]. Si el fascismo común y corriente forma, pues, como si dijéramos, parte de la casa, el antifascismo no sirve ya para nada, y la Constitución, nos anuncian, será cambiada.
Que se me demuestre que no es verdad. Pero, ¿por qué han ido así las cosas? ¿Es posible que la izquierda alternativa, o su rama principal, Refundación Comunista, no se proponga una lectura del modo en que hemos cambiado, que no comprenda que no llegará a nada sola, que no invite a definirla a quien está fuera de las Cámaras, a quien ha sido echado de ellas, o a quien se avergüenza de participar en las instituciones? ¿Por qué no se invita a otra cosa que a asistir a un ajuste de cuentas entre bertinottianos y ferrerianos, que es sólo asunto de ellos?
Yo estoy convencida de que no se construirá un nuevo sujeto político dentro de los muros de un partido, un partido, encima, perdedor. Y de que sólo podrá lograrse un sujeto político que esté a la altura de la derrota sufrida, si se es capaz de dar cuenta y razón de lo que ha significado concretamente la mundialización para nosotros, cortados de y aun salpicados por nuestra propia historia, pero obligados, a fin de cuentas, a bailar al son de la música planetaria. Si no somos capaces de verlo y de hacerlo ver, no se hace, creo, sino generar engañosas ilusiones. Como el compañero di Giano, quien me escribe protestando: “Pero, ¿qué es eso de hablar de China? China está lejos; en cambio, si tuviéramos mejores dirigentes, lo resolveríamos todo”. ¿Lejos, China? ¿Es por casualidad, entonces, que el mismo jersey pueda comprarse en la plaza Vittorio cinco veces más barato que en la calle del Corso? ¿Que nuestra industria textil cierre y reinventemos las aduanas? ¿Y cuando la Fiat tenga enfrente, no el modesto auto indio de 800 euros, sino un auto europeo de 2.500 euros producido por mano de obra fuera de nuestras fronteras? ¿Qué son, sino mundialización y financiarización, es decir, especulación más o menos clamorosa, la multiplicación por diez del precio del petróleo y los manejos que andan tras el precio del arroz?
Recíprocamente, sin entender los vínculos y lazos aquí operantes, la consigna “pensar globalmente y actuar localmente” se traduce en un limitarse a la propia provincia y al propio problema, y lo que comunica es desaliento. El extraordinario empuje del voluntariado, lo mismo que el movimiento por la paz: el uno se bloquea por la vía de la asistencia cristiana, el otro se hace desvanedizo en una protesta frustrada.
Lo que a mí, vieja comunista, más me duele es la soledad del trabajo dependiente asalariado, precario o perdido. Todo el planeta ha sido puesto a trabajar para el beneficio, hombres y cosas, brazos e inteligencia; la naturaleza, reducida a fosa de la que se extrae hasta el agotamiento, y la agricultura, amenguada para generar bioenergía. Nunca ha existido una masa asalariada tan gigantesca, y sin embargo, se hacen chanzas a su respecto, como si se tratara del último soldado japonés que seguía combatiendo muchos años después de terminada la guerra. Las palabras de Rinaldini en este mismo periódico (14 de mayo) me parecen incontrovertibles, pero a la mayoría de los hombres lo que les oigo decir es que “el obrero se ha extinguido”, y a la mayoría de las mujeres, que la izquierda, estupidizada por el economicismo, se ha ocupado demasiado de ellos. ¡¿Demasiado?! ¡Si lo que han hecho es soltar casi todo! La CGIL [la principal central sindical italiana] trató denodadamente de salvar el gobierno [de centroizquierda], y ahora, junto a los otros sindicatos, la CISL y la UIL, se muestra completamente de acuerdo con el PD y lo que busca es un diálogo con Berlusconi y Marcegaglia.
Si no conseguimos encontrar una visión común del cuadro que tenemos enfrente, de sus tendencias y de sus contradicciones macroscópicas, no construiremos nada a la altura de la situación en que estamos. Hubo improvisación en el intento hacer de la Izquierda Arcoiris, más que una coalición electoral, un sujeto político. Pero lo que se precisa es una trinchera política, una alternativa política, si no queremos sumarnos también nosotros a la proclamación del fin de la historia. ¿Por qué no nos damos tiempo y formas para volver a ponerla en pie? ¿Por qué –no me privaré de tocar esta tecla— nuestro periódico no se pliega a esta urgencia, en vez de limitarse a la crónica del desastre? ¿Por qué Refundación Comunista no se apresta a ver en eso su función? De forma ordenada, sin garrulería, sin concesiones al desahogo atolondrado ni a las “fábricas” de programas, buscando por lo pronto mínimos denominadores comunes.
Es, éste, un trabajo inmenso, que requiere tiempo, muchas fuerzas que no tiene ella misma, nada de demagogia, capacidad de mantener juntos los hilos, de verificarlos continuamente en las acciones. En lo social y en lo político, más que nunca entrelazados –la derecha lo demuestra— .Y lejos de caprichos. Y lejos de la mera espontaneidad. Estamos atomizados y somos infelices; la sociedad civil no es mejor que la política, se reflejan especularmente. Conseguiremos finalmente sacudirnos de encima las cargantes lamentaciones y las no menos cargantes nostalgias del partido, sólo si, ahora, bajo la bota y de espaldas al muro, conseguimos juntarnos en un trabajo común de indagación y propuesta, a tiempos fijos y no vagos, continuada y no intermitentemente, en lugares no precarios, con acciones medidas y extendidas a los plazos corto y medio. Las formas del estar juntos nacen del hacer y en el hacer. El gobierno está ya lanzado a la ofensiva, no podemos permitirnos el error. Una identidad no consiste, desde luego, en reempaquetar el pasado (por otro lado, nunca revisado de manera verdaderamente genuina), sino en leer el hilo, o en recoger los hilos, del presente, exponiéndose a interpretaciones y propuestas, ordenando y sosteniendo con severidad, y todos de consuno, el telar. Sí, con severidad; es decir, no demagógicamente, no arrogantemente, no apresuradamente. No cerrando, no escurriendo el bulto, no poniendo entre paréntesis. Exponiéndose. Si se nota que Refundación Comunista se apresta a medirse con esos desafíos, confirmará que existe. Que cuenta. Que ha aprendido y digerido. Si no, francamente, ¿qué nos importa su Congreso?
Rossana Rossanda es una escritora y analista política italiana, cofundadora del cotidiano comunista italiano Il Manifesto. Acaban de aparecer en Italia sus muy recomendables memorias políticas: La ragazza del secolo scorso [La muchacha del siglo pasado, Editorial Foca, Madrid, 2008]. Rossana Rossanda es miembro del Consejo Editorial de SINPERMISO.
Traducción para www.sinpermiso.info: Leonor Març
Il Manifesto, 17 mayo 2008
Las puertas de la UE, del Editorial en Gara
Las puertas de la Unión Europea son, cuando menos, caprichosas. Esas puertas son físicas, geográficas, pero desde luego son también mentales, sobre todo mentales. El tópico del «nosotros y los otros» funciona sin rubor en la mente de muchos, ciudadanos y gobiernos, hasta el punto de que los tan manidos y volátiles «valores» europeos desaparecen en las fronteras interiores y exteriores de la Unión. Esta semana, por ejemplo, hemos conocido que son varias decenas de miles las personas que permanecen detenidas en el centenar y medio largo de centros de detención para inmigrantes repartidos en toda la Unión Europea. Centros que, según el último informe encargado al respecto por el Parlamento Europeo, son más cárceles que otra cosa. Relacionado directamente con esto, el debate sobre el «periodo máximo de retención» (eufemismo de detención, claro, como prolegómeno, tantas veces, de expulsión) de los inmigrantes en estos centros sigue al rojo vivo, azuzado por Italia, Malta o Gran Bretaña. Al menos la mitad de los estados socios de la Unión quieren fijar un periodo máximo de detención (común a todos los estados miembros) de hasta seis meses, extensible a dieciocho, de forma que, además de mantenerlos como presos de facto durante más semanas, dispongan de más tiempo para poder concretar una expulsión acordada con los países de origen. La deriva de la Unión Europea también en esta cuestión es inquietante. Tanto más cuando es incapaz de reaccionar (o, simplemente, no desea hacerlo) a las nefastas políticas que practican sus propios miembros. Las recientes medidas adoptadas por el neofascista Gobierno italiano contra los inmigrantes no son sino otro triste ejemplo de la deriva comunitaria. El ciudadano europeo no es el que era hace una década o dos, y será muy distinto dentro de una década o dos. Pero ésto no es importante; lo importante es cómo será la Unión Europea dentro de una década o dos. Si aún existe, si es, es obvio que no puede seguir tan alejada de sus ciudadanos, de todos ellos, ni de sus derechos, individuales y colectivos. Y, desde luego, no puede seguir rebajando sus presuntos valores en función de los intereses y obsesiones de éste o de aquel gobierno, sea el español, el polaco, el italiano o cualquier otro.
Balanzas fiscales: las 17 comunidades o reinos de taifas, deben difundir cuánto gastan y cuánto ingresan, cuanto primero mejor, de Juan Vega en su Blog
El Blog de Juan Vega
No sé qué tiene que ocurrir, para que los personajes que se supone que se ocupan de las cosas de todos, puedan ofrecernos algo serio por una vez en sus vidas y en las nuestras, cuando las cosas se están poniendo muy feas, dada la tendencia al engaño y al trampantojo sistemático que ha demostrado la clase política española, que con unánime aplauso, ha sido capaz de llevarnos, impasible el ademán, hacia la ruina, desmantelando los restos del naufragio de nuestra industria, para impulsar la construcción de más viviendas de las que podemos llegar a ocupar en muchos años, a la salud de las empresas dedicadas a la promoción inmobiliaria, que han tenido la gentileza de pagar muchas comisiones por doquiera, más aún que las grandes superficies comerciales, y por eso, han visto impulsado su negocio hasta el límite de que en España ya no existe gente que pueda entrar a habitar, en muchos años, todo lo que hemos sido capaces de construir en esta nave de locos.
¿No hay responsables de este desmadrado desfase? Todos, y como lo son todos, no lo es ninguno. Pura lógica matemática.
Cualquiera que analice los datos sobre la evolución de la vida económica española en los últimos ocho años -utilice los parámetros que utilice-, ve el paralelismo preciso entre el porcentaje de actividad industrial que desaparece y el de actividad inmobiliaria que se impulsó, así como el nefasto papel que juega España en la nueva economía de las industrias tecnológicas, con un elemento para la comparación tan significativo, como puede ser, por ejemplo, el de Hungría, un país que como vemos en el Informe Orange 2007 parece haberse puesto las pilas de verdad, y no como hacemos aquí, donde tenemos a la prensa contándonos todos los días que la informática de la administración, privatizada y organizada en un lobby -no otra cosa es nuestro sector tecnológico-, es un pujante y dinámico mundo, cuando sólo son unos cuantos chollos, cuyas cifras mueven a risa.
Que promotoras inmobiliarias, gobernantes y medios de comunicación van en comandita, es algo evidente, a la vista de que estos industriales todavía tienen el raro privilegio de que políticos y prensa sigan negando la mayor, jurando y perjurando, día tras día, que el del ladrillo es un sector, en el que la ley de la oferta y la demanda no existe, y que los pisos que están ahí, terminados, listos para su venta, por mucho que nadie quiera ni pueda comprarlos, no van a bajar de precio, porque un lugar para vivir no es lo mismo que una sardina, y la saturación de ese producto en el mercado no determina el derrumbamiento de sus costes para los compradores. Al final la realidad llega y cualquiera puede ir comprobando, con un sano ejercicio de hemeroteca, las sandeces que se han venido diciendo sobre el sector inmobiliario, como algo ajeno a las leyes de la física, la química y la gramática parda.
Para su desgracia -para desgracia de políticos y especuladores-, la verdad se impone y la ley de la oferta y la demanda es eso, una ley básica, y el precio de la vivienda se despeña inevitablemente, pero este siniestro episodio económico que estamos viviendo en la actualidad, aparte de darnos una muestra del nivel de corrupción al que ha llegado la política, así como de la tremenda mercantilización de las empresas de comunicación, demostrará a algunos inocentes, que han realizado el gesto heróico de desembolsar su dinero en estos momentos, como un auténtico acto patriótico, sin esperar a la verdadera caída de los precios de los pisos, que viven en un mundo al revés, y que en contra de lo que podría creerse, las personas aparentemente más responsables, han decidido ponerse de acuerdo, como auténtica banda de pícaros, para apuñalar a los cándidos compradores de viviendas, para que cometan el error de soltar los ahorros que no tienen, cuando ya han bajado lo suyo, pero tienen que bajar todavía mucho más.
¿Cómo es posible que los agentes del negocio inmobiliario encuentren eco en las autoridades y los encargados de hacer valer el público derecho a la información, para impulsar a los pobres infelices -que no lo son tanto, pues de hecho no se vende- a seguir desembolsando por un piso unas cifras que unos y otros se han empeñado durante meses en jurar y perjurar que no bajarían, cuando a la vista está que están cayendo en picado, por mucho que se maquillen los datos? ¿No es eso una estafa? ¿No es una estafa intentar contener los efectos de la oferta y la demanda en un negocio fácil que ha generado unos beneficios abusivos y desmesurados durante un largo período de tiempo? A mi entender lo es, y especialmente grave, pues semejante comportamiento da cuenta del grado de conchabamiento al que han llegado unos y otros, y por lo tanto, de su nula fiabilidad.
“Es que la economia española depende del sector del ladrillo, que es su motor”, dicen. Pues que gripe de una vez, que reviente -lo hace sin ayuda de nadie- y nos vamos buscando otro, que falta nos hace, y los que han organizado el entuerto que lo deshagan, pues por muy brutales que sean las consecuencias, la culpa nunca va a ser de los mensajeros por mucho que se la echen. El problema es que retóricas liberales aparte, la economía necesita dirección e impulso, y en este país no existe tal cosa, porque si todo se basa en siderales mentiras y engaños a los administrados, como estamos viendo en un caso tan palmario, ¿qué no ocurrirá con lo demás?
Para opinar sobre las cosas, hacen falta datos, y en el Reino del Estado -Ex Reino de España- comienza a ser esencial contar con datos, y cuanto más pienso en la posibilidad de que se publiquen unas balanzas fiscales reales -que el ministerio de Pedro Solbes ya se encargó de filtrar que serían incomprensibles-, más importante empieza a parecerme contar con tales documentos, por muy difícil que sea su elaboración, ante el inicio de las hostilidades entre comunidades, a cuenta de los dineros autonómicos, a partir del próximo 28 de mayo, en la primera reunión de la Comisión Mixta entre el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero y el de José Montilla, donde se empieza a aplicar por primera vez el concepto de bilateralidad previsto en el Estatuto de Cataluña.
Pero que sean balanzas fiscales de verdad. Que se sepa cuánto aporta cada comunidad, pero también cómo y en qué lo gasta, y ya sabemos que en realidad tributan los indivíduos y no los territorios. Pero es que en España, los territorios hace mucho ya que están por encima de los indivíduos, y puestos así, ¿qué tiene de malo que sepamos cuánto aporta a la riqueza nacional, y cuánto gasta, y en qué, cada comunidad autónoma? Es lo mínimo que tenemos derecho a saber, porque ya no vale el cuento de hablar de ideas metafísicas de hermandad humana, cuando de lo que se trata es de montar televisiones autonómicas, comprar la opinión y la información de los medios con sobornos publicitarios, untar a empresarios y sindicatos con fondos de formación, adjudicar obras faraónicas que no tienen ni pies ni cabeza, y en definitiva, de alimentar un auténtico cáncer del sistema, como es la partitocracia repartida en 17 bunker de corrupción y despilfarro.
Voy a decirles una cosa: mi opinión es que conocer esos datos es esencial, especialmente, para los que vivimos en las comunidades más deprimidas y corruptas, que son aquellas que más dependen del asalto a la caja pública que el cinismo del lenguaje político denomina solidaridad, y no me parece que sea éste un mal debate, en un país tan necesitado de transparencia. ¡Cómo no voy a comprender que un catalán quiera saber qué se hace con su dinero en Asturias o en Extremadura! Yo no soy catalán, sino asturiano, y también quiero saberlo.
Miedo a pensar, miedo a hablar, de Javier Ortiz en Público
En España, el habla pública va por modas. Y también buena parte de la escritura de los medios.
Cuando regresé de Francia, descubrí que todo lo que ocurría por aquí era “a nivel de” algo: “a nivel político”, “a nivel económico”… Poco después, me tocó comprobar que en nuestra prolija realidad ya no había ni asuntos, ni materias, ni quehaceres, sino sólo temas. “En cuanto al tema de…”, se puso a decir sin parar la parroquia político-periodística, aunque estuviera más que claro que no estaba formulando el enunciado de ningún discurso. A la par, cualquier hecho de mero detalle o fortuito pasó a convertirse en “puntual”, como si se caracterizara por llegar a la hora exacta.
Se nos vino encima a continuación una catarata de “filosofías”. Hasta las ocupaciones más corrientes y molientes encontraron su particular filosofía. Se lo oí a un dirigente sindical agrario: “Este año, la filosofía del cultivo de la patata…” Enternecedor.
Acto seguido vino la manía de las oraciones sin verbo principal (“Finalmente, decir que…”) y los inicios de respuesta fijos, siempre haciendo la pelota al entrevistador: “Así es” y “La verdad es que…”
Ahora mismo, los latiguillos más en boga son “entre comillas” y “un poco”. Se dice “entre comillas” y “un poco” cada dos por tres, como método –casi siempre inconsciente, me temo– de mostrar al universo mundo cuanta moderación y templanza caracterizan a quien habla.
Tanto más se endurece la realidad, tanto más se ablanda el idioma. Es decir, el pensamiento. Muchos políticos y periodistas huyen de expresarse de manera tajante con respecto a lo que sea (siempre que no esté catalogado como parte del eje del mal, obviamente) por dos razones: porque su propia concepción del mundo es esencialmente acomodaticia, vaporosa y maleable, y porque intuyen que, de pronunciarse sin paliativos sobre lo que acontece, desagradarían a las sacrosantas clases medias, lo que podría comprometer sus fuentes de subsistencia.
Además, en la medida en que hablan y escriben como el resto (aunque sea igual de mal), demuestran que forman parte de la corporación del Poder. Que, a fin de cuentas, es lo que más les importa.
El Rey de España y el baile de máscaras, de Jesús Cacho en El Confidencial
Telma Ortiz ha salido de los juzgados de Toledo con su orgullo entre las piernas como consecuencia de un cálculo erróneo: ella no es miembro de la Familia Real, por mucho que su hermana sea la esposa del heredero de la Corona. Confundir los planos en una democracia como la española, con un sistema judicial sometido al capricho del poderoso -sobre todo si es banquero- y propenso al castigo del humilde, tiene estas cosas. La peor es servir de disculpa a una Justicia necesitada de lavar sus vergüenzas y ganar crédito en el Jordán de algún despistado/a al que el Sistema cruje, porque lo coge como coartada para que el lerdo escarmiente y el invento del señor conde de Lampedusa siga girando, impávido, hasta nuevo aviso.
Seguro que el Rey Juan Carlos se habrá reído en Zarzuela al enterarse del fallo judicial. Escarmentando, que es gerundio. El Rey, sin embargo, goza de la inmunidad penal que le garantiza la Constitución y del derecho de pernada que le otorga una sociedad sin tradición democrática, siempre necesitada de mitos y, algunas veces, de caudillos. Su reciente irrupción en la política española, a cuenta del elogio desmedido a José Luis Rodríguez Zapatero, ha provocado hondo escozor en la derecha sociológica española, cuyas consecuencias a largo plazo seguro que Zarzuela no se ha parado a pensar.
Desde mucho antes del 9 de marzo pasado, en los ambientes políticos por cuyas cañerías discurre la realpolitik, esa que no circula a través de agencia de noticias, se venía hablando de algunas curiosas, cuando menos, iniciativas reales tendentes a intervenir más o menos veladamente en el curso de los acontecimientos políticos. La legislatura pasada acabó con la institución en la picota, con algunos episodios –quema de retratos del monarca; episodios de falta de respeto (o pérdida de miedo) a la Corona como el de la revista El Jueves, etcétera- que llevaron la preocupación al entorno de Su Majestad. El caso es que en los jardines de Zarzuela volvieron a germinar algunas viejas semillas que se creían abandonadas desde los tiempos de Mario Conde, ¿se recuerdan?, aquel intento de “Gobierno de Concentración” nacional –auspiciado por el Monarca y presidido por el banquero- de la última etapa del felipismo, cuando los escándalos de corrupción colocaron a nuestra partitocrática clase política al borde del abismo.
Con las encuestas apuntando un resultado cercano al empate o una victoria por la mínima de cualquiera de los dos grandes partidos nacionales (si es que al PSOE se le puede seguir calificando de tal), la imposibilidad de formar un Gobierno más o menos estable, en ausencia de mayorías claras, fue interpretado en Palacio como un riesgo claro para la estabilidad de las instituciones, con la propia Corona al frente. Llovía sobre mojado. La negociación con ETA y los intentos de arrinconar al Partido Popular, entre otras cuestiones de menor enjundia, habían dado como fruto perverso una de las legislaturas más tensas que se recuerdan, equiparable a la última de González: la crispación, ese clima político de guerra fría que tan buenos réditos electorales ha terminado reportando al zapaterismo. Y en Palacio dijeron “basta”. Era necesario evitar otra nueva legislatura como la pasada.
Las fuentes sostienen que el Monarca “leyó la cartilla” por igual a PSOE y a PP, es decir, a Rodríguez Zapatero y a Mariano Rajoy, en fechas previas al 9-M. Si las urnas terminaban arrojando un resultado electoral tan apretado como el que pronosticaban las encuestas, los dos grandes partidos debían abandonar la confrontación para embarcarse en algo parecido a un Gobierno de coalición. Un deber patriótico, o algo así. No estaba claro si el jefe de tal Gobierno hubiera sido el candidato del partido más votado. Hay quien sugiere incluso que podía haber sido un tercero en discordia, a quien se hubieran comprometido a apoyar ambas formaciones. La promesa formulada por Rajoy durante la campaña, según la cual en caso de ganar las elecciones ofrecería al día siguiente al PSOE un amplio pacto para la reforma constitucional, es interpretada por quienes endosan esta tesis como parte de ese acuerdo verbal suscrito con el Monarca.
La relativamente holgada victoria de Zapatero el 9-M, gracias al voto del nacionalismo radical y de IU, alejó algunos de los peores fantasmas de Zarzuela. “El Rey ha impuesto una versión light del plan original”. En esa línea, ambos líderes se han comprometido a enterrar el hacha de guerra y rebajar los decibelios de su enfrentamiento. Un diseño cuyo primer y casi único pagano es Rajoy –como demuestra la brutal crisis que vive el PP desde el momento en que el gallego ha hecho amago de virar hacia el centro-, inducido a abandonar la política de la confrontación a cara de perro por otra de colaboración, siquiera relativa, con Zapatero. Tal es el resultado de los movimientos reales por las zahúrdas de la política española. Y es que el Monarca tiene mucho más protagonismo político del que la gente del común cree, y desde luego mucho más del que le concede la Constitución. Lo publicó, tal cual, el ABC del 11 de mayo pasado: “Urkullu dice que se vio con el Rey y Zapatero para hablar de la situación en el País Vasco”. ¿Qué es lo que hablaron? ¿Qué acuerdos adoptaron, si alguno? ¿Qué pinta el Rey en esos encuentros? ¿Dónde queda el papel del Parlamento? Preguntas de imposible respuesta en un régimen de monarquía parlamentaria, donde el papel de Rey está perfectamente tasado por la Constitución.
En este orden de cosas, las recientes declaraciones del Monarca elogiando sin recato alguno al presidente Zapatero, no son sino un episodio más de la intromisión real en la vida política española –tal vez producto de la edad y de esa sensación de impunidad que, 33 años después de la muerte de Franco, produce intervenir sin coste alguno en la política por la puerta de atrás de las Cortes-, hasta el punto de que un PP menos miedoso, menos respetuoso con sus viejos fantasmas, tendría que haber formulado una enérgica nota de protesta contra esas declaraciones, como expresión pública de rechazo al alineamiento del Jefe del Estado con una opción política concreta. Curiosa la posición de una derecha llamada por causa divina a apoyar la Monarquía, pero dispuesta al mismo tiempo a recibir las bofetadas de una Monarquía que se siente más cómoda con la izquierda republicana en el poder que con ella.
Naturalmente que son muchos los que piensan que el Rey juega con fuego, y no hace falta estar muy versado en asuntos históricos para acordarse de lo acontecido a su abuelo, el Rey Alfonso XIII, obligado a exiliarse al perder el apoyo de los sectores sociológica, política y emocionalmente llamados a sostenerle. El 14 de abril de 1931, el Monarca salió de Palacio cuando terminó de enajenarse la simpatía de las clases políticas que apoyaron la Restauración. ¿Está el Rey Juan Carlos I ganándose a pulso la desafección de la derecha política y sociológica española?
Porque la pregunta del millón sigue siendo tan simple como demoledora: ¿está el Rey comprometido con la defensa del modelo de Estado que consagra la Constitución del 78 (“La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles”), o ha abdicado de la defensa de ese modelo, para abrazar el diseño federal o confederal que más o menos concientemente propugna Zapatero? Parece obvio que si el Rey no defiende punto tan esencial como la unidad de la nación española, su principal obligación constitucional, no pocos españoles podrían sentirse tentados a pensar que en tal caso sobra el Rey y sobra la Monarquía.
Muchos ciudadanos piensan que el Rey está emocionalmente -¿también activamente?- implicado en el diseño de esa España plural que abandera el presidente del Gobierno por la vía de los hechos consumados. El Monarca ha puesto en manos de Zapatero la estabilidad institucional. Pero, o mucho me equivoco, o confundir al de León con un nuevo Disraeli (curioso, el líder tory saltó a la fama al publicar un manifiesto en Defensa de la Constitución inglesa en forma de carta a un noble Lord) puede ser un error de graves consecuencias para la sucesión a la Corona. Porque difícilmente el PP va a transigir con los eventuales compromisos asumidos por Rajoy ante el Monarca, tendentes a dejar suelto a Zapatero y propiciar una legislatura light, y porque el propio diseño del Estado de las Autonomías ha sentado ya las bases jurídicas y fiscales –ahí está el Estatuto de Cataluña, que el Tribunal Constitucional se dispone a refrendar- para esa versión confederal de España de imposible encaje en la Constitución del 78. El intento real de embridar una situación de deterioro cuyas bases sentaron los padres de la Constitución, se antoja tardío en exceso.
Si me apuran, el gran error del Monarca reside en echarse en brazos de un partido, el PSOE, que no tiene capacidad para gobernar como tal, puesto que depende cada día más de sus diversas franquicias regionales, muchas de ellas poco o nada dispuestas a defender la vieja idea de la unidad de España. El Gobierno de la nación pinta cada día menos, tiene cada vez menos poder y menos recursos para imponer una determinada política a nivel del Estado. El Gobierno, en realidad, pinta tan poco, que Zapatero podría nombrar ministros/as a los/as jardineros/as de Moncloa sin que se notase la diferencia. En estas circunstancias, aparentar normalidad desde Palacio, como si aquí no pasase nada, mientras el Parlamento mantiene mis prebendas, es artificio tan vano como inútil en el tiempo. Y todo ello, ante la crisis económica más seria que ha conocido nuestro país en mucho tiempo. Cuando ya no se trata de gravar la riqueza, sino de repartir la pobreza. Aunque los procesos históricos son lentos, no son pocos los que consideran que el baile de máscaras toca a su fin.
El pucherazo y la bronca del PP, de Pablo Sebastián en Estrella Digital
A la vista de las actuales circunstancias, no resulta extraño que Alberto Ruiz-Gallardón haya dicho en privado que no piensa aceptar ningún cargo de relevancia en la dirección del Partido Popular que pretende liderar Mariano Rajoy. Porque en el PP no va a quedar piedra antes o después del próximo congreso de mes de junio, como lo prueba el último incidente público, provocado por Esperanza Aguirre, increpando al fundador del PP, Manuel Fraga —como hizo frente al Rey, en defensa de su pupilo Jiménez Losantos—, mientras era jaleada por los ultras de la llamada Fundación para la Defensa de la Nación Española. Lo que da una idea de lo que está ocurriendo en el primer partido de la oposición, cada vez más dividido por causa de la catastrófica gestión de la derrota electoral que hace Mariano Rajoy, y su empeño de permanecer en la presidencia del PP, manipulando el congreso de junio con un pucherazo del aparato, mientras los ultraconservadores lanzan una ofensiva “ideológica” y mediática con la que parece que pretenden impulsar la refundación de la desaparecida Alianza Popular.
Y todo ello con la absurda complicidad, a favor de Rajoy, de los barones periféricos del PP, que ahora lidera desde Valencia Francisco Camps, para que Rajoy llegue —ya veremos si lo consigue— al congreso de junio con un apoyo tan abrumador como escandaloso de compromisarios reclutados por el aparato del partido. Lo que, lejos de ofrecer un espectáculo democrático, desprenderá un fétido olor a pucherazo que hará inútil cualquier esfuerzo a favor de la unidad y pacificación interna. Sobre todo cuando a las luchas de poder entre los distintos dirigentes se ha sumado una bronca ideológica por causa de las declaraciones de María San Gil, que acusó a Rajoy de traición a los principios del PP y de haber perdido su confianza.
Precisamente ayer, José María Aznar, en un artículo publicado en ABC, de autobombo por la entrada de España en el euro, deslizaba la siguiente frase: “en la vida política, la confianza y la defensa de los principios es siempre esencial”. Un giño al sector más conservador del Partido Popular que, lejos de la realidad española y del sentimiento mayoritario de los ciudadanos (y por tanto electores), está recuperando un discurso que parece conducir a la refundación de AP, aunque esta vez sin Fraga, que está en posiciones más centristas y cercanas a Alberto Ruiz-Gallardón, motivo de las iras incontroladas de Aguirre y de su enfermiza obsesión en contra del alcalde de Madrid. Esa furia desbocada de la presidenta madrileña que ayer recibió un jarro de agua fría de su primer valedor, el director de El Mundo, Pedro J. Ramírez, que escribía así en su crónica semanal sobre el posible sucesor de Rajoy: “Prefiero al fulano que pueda tener más atravesado si es fruto de la democracia interna (alusión a Gallardón), que a mi paladín o lideresa favorita (alusión a Aguirre) encumbrada por capricho o captación”.
El discurso de los principios, que sirvió de excusa en el ataque de San Gil a Rajoy y forzó una rancia ponencia política —donde no se reafirman las posiciones del PP, sino que se descalifica a otros, como el PNV—, esconde y justifica los grandes errores que tanto Aznar como sus colaboradores más allegados cometieron en la legislatura 2000/2004, facilitando la llegada al poder de José Luis Rodríguez Zapatero, y tirando por la borda una histórica mayoría absoluta. Los mismos errores que Rajoy abanderó en los pasados cuatro años, manteniendo vivas todas las mentiras de la guerra de Iraq y la conspiración del 11-M, haciendo alarde de una derecha patriotera, neocón, confesional y “sin complejos”, que acabó con Aznar y ahora con Rajoy. Y que pretende regresar a los tiempos de Alianza Popular, dejando el partido al borde de una ruptura fatal.
Porque si los seguidores de la derecha que abandera el “liberal catolicismo” que ejemplarizan, de la mano, Aguirre y Mayor Oreja pierden la batalla de control del PP, sólo pueden hacer dos cosas: se van a otro partido como les aconsejó Rajoy, o se dedican a meter la mano y a jalear el partido de Rosa Díez para que se estrelle el PP en las próximas citas electorales. Si, por el contrario, son los de Aguirre —apoyados in extremis por Aznar— los que se alzan con el poder, entonces será Gallardón quien tendrá que marcharse en pos de una formación de centro, espacio político que habría abandonado el PP.
De ahí que lo ideal sería que todos los que tienen ambiciones de liderazgo, y representan algo en el PP, se vieran las caras en un congreso abierto y sin limitación para los candidatos. De esa manera, el vencedor tendría que recibir el público reconocimiento de los derrotados, sin que nadie pueda guarecerse en la excusa del pucherazo, que dirigentes de la periferia están orquestando a favor de Rajoy.
Un político abrasado por sus propios errores y fracasos, que justifica su empeño en continuar al mando del PP diciendo que lo hace porque se lo han pedido los dirigentes regionales del partido, con la sola excepción de Aguirre. Cuando la verdad es que él ha buscado permanecer en el poder impidiendo que Rato, Aguirre y Gallardón pudieran entrar en el Congreso de los Diputados, en las pasadas elecciones, para que los barones de la periferia no tuvieran más alternativa que Aguirre o él. Un dilema, sin duda, ya superado por la gigantesca crisis del PP. Y un motivo más que suficiente para que Gallardón no se suba al puente de mando del buque fantasma de Rajoy, y permanezca en la Alcaldía que fue, precisamente, lo que le exigió el aún presidente del PP cuando le negó su entrada en la lista al Congreso de los Diputados por Madrid.
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