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´Don Vicent, ¿cremem València?´, de Enric Juliana en La Vanguardia

Publicado en Política by reggio en Mayo 18th, 2008

CUADERNO DE MADRID

Camino de la estación del Nord, donde todavía no llega ningún AVE, suena la música. Una música alegre y azul marino, una música de banda uniformada, que invade la acera más municipal de Valencia. La señora Rita Barberà debe de haber organizado una fiesta, porque la melodía sale del interior del Ayuntamiento, y llega gente endomingada. Camino de la estación del Nord, donde los trenes Alaris son de velocidad alta, pero no de alta velocidad, el momento es feliz. A veces basta con poco. La ingravidez de una tarde de primavera. Una música que te asalta por sorpresa y despierta la alegría simple que todos llevamos dentro. Y la perspectiva. Sobre todo, la perspectiva. Una estación al fondo. Un punto de fuga. Mobilis in mobili, que decía el capitán Nemo. Moverse dentro del movimiento.

La que se mueve es Valencia. Hay una preocupación evidente por el porvenir. El mercado inmobiliario ha frenado en seco, como en toda España, y comienza a cundir la idea de que nada volverá a ser como antes. Hay un mal presagio en ciernes. Una negatividad a la que aún le faltan meses de recorrido para ser densa, masiva y angustiosa. Probablemente el clima social comenzará a empeorar en España después de las vacaciones de verano. Cuando llegue el momento de reconstruir la perspectiva y la estación esté demasiado inmóvil.

Hay una evidente preocupación valenciana por el futuro, pero sin sensación de desplome ni de agarrotamiento. El aire no es depresivo. Por ahora. No, no es uno de esos momentos Ingmar Bergman que tanto gustan en Catalunya, en los que el alma se reúne en simposio: quiénes somos y adónde vamos. Esos momentos introspectivos, montserratinos, en los que la tradición católica y menestral dicta su ley a la conciencia, luteranamente. (Un día habrá que explicar por qué las iglesias están bastante vacías en Catalunya. No es que Catalunya se haya vuelto atea; es que entre los años sesenta y setenta, la religión salió de los templos y se transformó en mentalidad civil. Sacralizó todo lo que tocaba: el catalanismo -el de izquierdas y el de centro-, el progresismo, el montañismo, la pedagogía, el periodismo… Se escapó la religión por debajo de la puerta del templo y aún no ha vuelto.)

En Valencia no ocurre lo mismo. La religión está bien custodiada por la Virgen de los Desamparados, la Geperudeta, que preside la ciudad como una gran deidad romana. Al atardecer aún puede verse cómo algunas mujeres dan las nueve vueltas de rigor a la catedral. Están embarazadas y conjuran el destino.

Valencia es la ciudad más italiana de la península. Ya lo fue en el siglo XV, en su momento de mayor grandeza. El Papa de la primera globalización, el que dividió el mundo en dos oceánicas áreas de influencia (tratado de Tordesillas entre Castilla y Portugal), fue valenciano: Alejandro VI, el gran Borja, crápula de finísima inteligencia política.

Por lo tanto, a nadie debiera extrañar que, lejos de hundirse en el desasosiego, la Valencia preocupada por los malos augurios de la economía envíe hoy señales de reconciliación a Catalunya, mediante un giro tan verídico como teatral.

Una svolta, como dicen en Italia. (Svolta,qué palabra tan bella: ligera y circular como el vuelo de una túnica.) Una svolta táctica, también, puesto que los del Partido Popular valenciano, que son los que mandan, no son tontos. Abren juego a Barcelona sin romper con Madrid.

Treinta años después de los intensos manejos de Fernando Abril Martorell y Alfonso Guerra para abrir una zanja preventiva e insalvable entre valencianos y catalanes, alguna cosa importante se mueve bajo del lecho del río Turia.

Don Vicent, si vós voleu, cremen València“, le dijeron una vez los obreros portuarios del barrio de El Grao al escritor Vicente Blasco Ibáñez, tras un inflamado mitin republicano. He ahí una buena pregunta (una más) para el atribulado catalanismo. ¿Cremen València? ¿Dejar pasar la svolta valenciana, mientras los barcos-cantimplora atracan en el puerto de Barcelona ante la sonrisa divertida de media Europa? ¿Mantenernos inmóviles en el movimiento?

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