PP: renovarse es dividirse, de Xavier Bru de Sala en La Vanguardia
A un lado, los que ya leyeron, al otro los que ahora ya leen. El PP se encuentra dividido entre los partidarios del inmovilismo, encantados con su apuesta neoconservadora, y quienes, a la vista de la presente orografía, observan como no hay vía de acceso al poder por el lado aznarista del terreno. Lo paradójico, lo raro y singular, es que el conductor del cambio de orientación sea la persona encargada por Aznar de seguir por el surco que él mismo roturó con tan rectilínea hondura. Rajoy condujo su partido por la autopista de Aznar, pero al resultar que por ahí no se vuelve a la cima del poder, decide ensayar la otra vía.
De perdidos al centro. Cambio drástico de ruta.
No sólo es una sabia decisión, sino que está probada, pues ya la tomó Aznar, con éxito, en su día. Luego, una vez consolidado arriba, ya se verá cuán a la derecha es posible desplazarse. Pero por el momento, se requiere ampliar la base y, sobre todo, desactivar alarmas antipeperas. Y sólo hay un modo de hacerlo, que consiste, por recordar la famosa frasecita, en volver a hablar catalán en la intimidad. Rajoy ni fu ni fa es ahora el centrista Rajoy, el traidor que abandona la derecha hispanoneocon e incluso se enfrenta a ella, nunca se sabrá si por convicción, talante o pragmatismo: si por ahí no se puede, veamos por allá. Es lo lógico, lo sensato, además de lo conveniente, tanto para el propio PP, como para acercar la alternancia, esencial y normalmente deseable en democracia.
Parecía, hasta el pasado fin de semana, que, una vez resignada la sin par Esperanza Aguirre a no dar ahora la batalla, no habría rebelión a bordo. Vana ilusión. La vieja guardia, en el partido y en los medios que marcan línea, busca a la desesperada un flanco débil. La cuestión es cargarse al capitán, no cambiar de rumbo. Con un nuevo líder, que reafirme la ruta anterior y posea el vigor, empuje, coraje y hasta el arrojo del que carece Rajoy, la cosa está hecha. A la contra de toda evidencia - no sólo por la derrota popular de ahora, sino porque la única mayoría absoluta de Aznar fue alcanzada por sorpresa y con el bagaje moderado de su primera legislatura-, creen que en España existe una sólida, monolítica y suficiente mayoría social, que lo otro, el resto, es una amalgama de materiales diversos sin solidez ni solvencia ni proyecto común. Aciertan en lo segundo, pero no en lo primero, pues está comprobado que la supuesta mayoría favorable a la derecha dura no basta. Por mucho que se empeñen, por ahí no se puede dar el asalto a la Moncloa.
Da igual, los que ya leyeron andan tras el banderín levantado por San Gil e izado hasta tope de palo por Aguirre, la jefa de la oposición interna a Rajoy, y por Mayor Oreja (el auténtico perdedor del episodio). Quieren volverlo a intentar, con un candidato menos dubitativo. No se darán antes por vencidos. Ante tamaña pero fallida andanada, el hombre de las componendas podía haberse reafirmado, pero ha acudido al roto con el hilo de coser, que fue siempre lo suyo. El estilo remarca la diferencia. O los gallardos neoconservadores o los niñatos neocentristas. O los que ya leyeron o los que ya están leyendo. Los que, una vez convencidos de que la convicción es invencible, ya no pueden hacer concesiones al pragmatismo. No hay reconciliación. Tal vez quepan todos en el mismo partido, pero no en su dirección. O se impone Rajoy con su nuevo equipo o le defenestran desde el más cerril aznarismo. Pero entonces se irán todos al garete por una larga temporada (si no es que ya están en ello). Hasta que se convenzan de que Rajoy tenía razón.
La lectura positiva es la claridad de la divisoria. Los aznaristas han dado un paso al frente, como corresponde. No les importa habérsela pegado. Los centristas, de por sí o de conveniencia, que no aún rajoyistas, parecen tener asegurada la mayoría, pero nadie les ha visto arropar a Rajoy de modo espontáneo. Cuestión de convicciones. Si la líder de los neocon es la presidenta de Madrid (a falta de saber si Aznar intentará volver), es más que probable que el líder del centrismo en el PP sea el alcalde Gallardón. Rajoy dispone de poco tiempo para ganarse la fama de líder que hasta ahora no ha merecido. Si consigue salir adelante, habrá resultado que no es tan débil como entre todos le hemos pintado. La “responsabilidad, sensatez y sentido común” con los que anunció actuar tiene poco que hacer frente a la manera temeraria e impulsiva con que actúan sus oponentes. Si no fuera que llevan ya dos derrotas, aunque con él de candidato, seguro que le echaban. Si sigue con las componendas en vez de usar la mano dura, acabarán echándole. Si Rajoy quiere ser alguien con perfil propio, está obligado a vencerles. Como no se atreve con ellos ni va a darse por vencido, en el PP hay batalla para años.
La crispación que reinaba en la política española ha cambiado de escenario. Ahora está en la derecha. Lo peor para la ciudadanía es que mientras dure la lucha en la oposición, el Gobierno no se ve azuzado y no siente necesidad de ir llenando el vaso de los aciertos.