Instinto politico, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias
El ojo del tigre
El céntimo sanitario con el que se grava el consumo de carburantes en Asturias, con el pretexto de financiar a la sanidad pública, no es un invento del Gobierno socialdemócrata del Principado de Asturias, sino una ocurrencia que tuvo el PP aznarista cuando controlaba con mano firme el timón de la nueva España imperial. Entonces, quienes protestaban por ese impuesto eran los dirigentes del PSOE asturiano por considerarlo injustificado o, por lo menos, vagamente definida su funcionalidad específica. Mas, una vez caducado aquel Gobierno ultraespañolista, el céntimo sanitario continuó disfrutando de una impetuosa vitalidad fiscal. A pesar de las protestas de sus antiguos inventores…
Visto este impuesto desde la actual perspectiva orgánica del Principado de Asturias, el dichoso céntimo se considera que es legal y necesario. Sin embargo, los clientes del mercado de combustibles -no necesariamente militantes del PP- lo ven como si se tratara de un incómodo obstáculo para poder frenar a tiempo la imparable velocidad, con que se les ha disparado el gasto personal. Son, evidentemente, dos puntos de vista irreconciliables. Para intentar comprenderlo se debe tener en cuenta que quienes gobiernan, independientemente de la religión política que profesen, son adictos a la fiscalidad universal sea cual fuere su cualidad abrasiva. Los impuestos, en la vida cotidiana de esta moderna democracia de consumo, son algo más que una medida de disciplina social: son una costumbre. Y la costumbre, por lo visto, hace ley. En este sentido, nuestros gobernantes son ortodoxamente costumbristas…
Esa ópera del céntimo representada en Asturias desde hace varios años con un éxito arrollador, es sólo una parte del grandioso y complejo espectáculo que se desarrolla ininterrumpidamente en el escenario político de este país, desde que se alzó por primera vez el telón para que los partidos canten -sólo a dos voces- el himno de la divina comedia de la democracia. Precisamente, en este mismo momento aparece en escena -sola, desolada y abandonada frente a las candilejas- la Generalitat de Catalunya interpretando a Tántalo, sediento de recursos económicos; mientras, entre bambalinas, se oye al coro de barones autonómicos del PSOE clamando también por las fuentes de financiación del Gobierno, acuciados igualmente por la misma sed e indénticas prisas para saciarla.
Esta parte del espectáculo político es, probablemente, uno de los momentos más dramáticos de la heroica democracia española; la cual, como se sabe, es un producto elaborado exclusivamente para satisfacer a los clientes del mercado del consumo político nacional. Por lo tanto, una producción sujeta a las leyes -legales y necesarias, también- del libre mercado neoliberal.
En cuestiones económicas, todas las autonomías quieren ser catalanas. Incluso, una región tan difuminada en el norte atlántico de la Península Ibérica, llamada Asturias, quiere ser catalana en términos económicos. Aunque sea por decreto-ley, que es la vía más rápida, más fácil y más segura para serlo. Realmente, la actual tragedia política de Catalunya no lo es tanto por el viejo anticatalanismo españolista, como por la oposición que le hacen a la Generalitat las cuñas de la misma madera autonómica que la catalana. Para aliviar la presión interna que los barones autonómicos del PSOE (a propósito: un PSOE con barones pero sin obreros, ¿qué clase de PSOE es?) ejercen sobre el Gobierno de Zapatero, para que éste no negocie bilateralmente con Catalunya, se ha prestado a atajar la posible crisis interna en el partido el expresidente Felipe González. Plantea la necesidad de posponer el delicado asunto de financiación autonómica hasta que se resuelva el problema de la desaceleración económica.
La FSA, como no podía ser de otra manera, asume la tesis de González, lo cual, quiere decir que apoya la idea de frenar una posible disputa familiar por culpa de la insistencia catalana para abrir negociaciones (tú y yo) como quiere abrirlas José Montilla.
El instinto político del sabio F.G. alertó al instinto de Zapatero, y este puso en marcha el de la FSA; o sea, el del Gobierno del Principado. ¿Para qué discutir por dinero si, de momento, nos estamos quedando sin blanca? (El inciso es imprescindible: en Asturias, el Gobierno es dual. Por un lado, está el Ejecutivo propiamente dicho. Por el otro, tenemos a la FSA. Es decir, al partido. Son dos entes jurídicamente complementarios, que responden a una histórica necesidad política que se puso de moda en la Europa de los años 30 del siglo pasado. En España, esa moda alcanzó el cénit de su función pública a partir de 1939; prolongándose luego a lo largo de las tres décadas y media siguientes; hasta que, en 1977, después de un brevísimo momento electoral democráticamente puro, volvió a retomarse la vieja costumbre de complementar el gobierno con la acción del partido… O viceversa. En cualquier caso, ésto es mera Historia Sagrada de España).
Pienso que es justo -o sea, legal- y necesario felicitar a la FSA por su hábil, rápida e instintiva estrategia orgánica. Supongo que, sin darse cuenta, acaba de darle la razón a un clásico de la táctica política española en el siglo XIX; posiblemente, maestra de la democracia actual. El conde de Romanones dejó escrita esta aguda sentencia: El instinto político sirve, sobre todo, para aprovecharse de lo imprevisto. En este caso, lo imprevisto es esa inoportuna desaceleración económica que anuncia la proximidad de una posible crisis de efectos letales para la superestructura del mercado nacional y, por carambola, para la superestructura política. La proposición filipina, que hace el señor González, sirve para enmascarar lo que más les preocupa a los estrategas del actual poder político: la posibilidad de una crisis de la fraternidad en el seno del PSOE actualmente reinante.
Lorenzo Cordero. Periodista.