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Una historia interminable, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

Publicado en Política by reggio en Mayo 7th, 2008

El ojo del tigre

La oportunidad de ese suave e intenso diluvio de elogios dedicados a la figura política del expresidente Leopoldo Calvo-Sotelo y Bustelo, con motivo de su repentino fallecimiento, se aprovecha para refrescarle a la Transición su ya ajado jardín mitológico. Precisamente, en un momento en el que esa historia interminable, en la que se relata el prodigioso trasvase ideológico del histórico esencialismo españolista -desde los viejos cauces legales de la dictadura franquista, hasta el sistema de riego democrático por aspersión de las nuevas libertades condicionadas-, parecía haber perdido la frescura de sus principios políticos… Estamos llegando al final de la historia del cambio psicológico, no ideológico, que proponía el PSOE (r) durante su campaña electoral del 28-O de 1982, e iniciando los comienzos de otro proceso de recambio: el de la derechización sin rodeos de la Monarquía inventada por un superlativo general que gobernó en España con el mismo genio con el que reinó Fernando VII.

La historia del breve período presidencial de Calvo-Sotelo (duró desde febrero de 1981 hasta noviembre de 1982) es la de su biografía pública personal. Es decir: la de un hombre que quiso ser, para los españoles, un presidente distinto y distante; de acuerdo con esa broma semántica que él mismo hizo famosa con uno de sus discursos que eran, además de cultos, una mezcla de ingenio intelectual y de divertido juego de palabras.

Elegido para suceder a un Adolfo Suárez naufragando en medio de las procelosas aguas de la UCD y a merced de los voraces cocodrilos de su propio partido, el tecnócrata Calvo-Sotelo emprendió su ascensión hasta la cúpula del poder político rodeado por todos los fantasmas del tradicional golpismo decimonónico, tras la conjura de militares y civiles obsesionados con neutralizar una débil y tierna institución democrática parlamentaria, porque estaban dispuestos a darle la vuelta a la tortilla que habían preparado los cocineros de la Transición durante el Pacto de la Moncloa.

Ee en ese momento cuando se concreta el mérito principal de este personaje; su imperturbable actitud de perseverar en la fórmula democrática que su antecesor había determinado aplicar para culminar la reforma de la dictadura. La primera necesidad que Calvo-Sotelo tuvo que resolver consistía en demostrarles a los golpistas del esperpéntico 23-F que la hora del militarismo iracundo había pasado a la historia, y que en su lugar se había instalado la voluntad democrática de la sociedad civil. La segunda, era harina de otro costal. Y la tenía en la despensa de su propio partido.

La conspiración gótica que protagonizaba el grupo más derechizado de la UCD, constituía la segunda papeleta que debía resolver el nuevo presidente. No se lo permitieron los cocodrilos que ya habían invadido las aguas del partido. Pero tampoco acabó devorado por ellos de puro milagro intuitivo.Para diferenciarse de Suárez, intentó evitar su enclaustramiento en La Moncloa -algo que no pudo lograr su antecesor-, y prodigó sus visitas a las antiguas provincias que, entonces, estaban en vísperas de estrenar una ilusionada autonomía.Al mismo tiempo, pretendió derechizar al complejo partido centrista que había heredado; pero no se lo aceptaron ni los suaristas ni los socialdemócratas. Eran enemigos de convertir a la UCD en una nueva CEDA.

Agobiado por los problemas, Calvo-Sotelo disuelve las Cortes Generales y anuncia nuevas elecciones legislativas para el 28 de octubre de 1982. Sin saberlo, acababa de elegir el momento en que debía ser devorado por otros cocodrilos: los del PSOE (r), que lideraba Felipe González.

El período presidencialista de Calvo-Sotelo coincidió con los primeros síntomas de un fenómeno sociológico, que se llamó desencanto. Uno de los primeros síntomas de esa patología democrática lo propició la crisis orgánica de la UCD. El segundo llegaría con el estilo de gobierno que caracterizó al PSOE (r): después de unos eufóricos momentos iniciales -tras el triunfo electoral del 28-O de 1982-, se produce la gran decepción de la izquierda más inteligente de este país, cuando descubre que los socialistas gobiernan igual que lo hacía la derecha.

En este aspecto, Calvo-Sotelo demostró ser mucho más coherente que aquel bisoño socialista (¿ improvisado?) que le había sucedido en la Presidencia del Gobierno. Quizá ocurrió así porque en la biografía política del primero había más densidad ideológica que en la historia personal del segundo. Calvo-Sotelo se había integrado en las Juventudes Monárquicas, que presidía Joaquín Satrústegui, a los dieciséis años de edad, en 1942. Católico absoluto, militó también en la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP). En 1957, contribuyó a la fundación de un partido que se llamó Unión Patriótica, que fracasó cuando pretendió intervenir en la política de aquel momento. Más tarde, en 1975, participó en la creación de Fedisa, junto con Fraga, Pío Cavanillas, Areilza y otros, con la intención de vertebrar un partido de ideología conservadora que liderara el traspaso de la dictadura a la monarquía.

Es decir, Calvo-Sotelo no sólo era, en teoría, un político nato y neto de la derecha conservadora; sino que, además, fue coherente, en la práctica, con sus ideas. Algo que, en estos tiempos que nos agobian, tiene un mérito personal incuestionable. Incluso asombroso. Reconocerlo es obligado.

Decía yo que, con el pretexto de reconocerle sus méritos personales al presidente más breve que hubo, hasta ahora, en esta espectacular democracia de consumo, la historia interminable de la Transición había refrescado su resaca mitológica después de treinta y tantos años de su uso y abuso. Esa frescura es, por lo visto, la moda que determina la permanente necesidad de renacer de las propias cenizas de nuestro actual sistema de cohabitación, no de convivencia. La audacia de algunos políticos los lleva a adentrarse más allá del mero umbral histórico de nuestra ajetreada democratización: llega hasta instrumentalizar cínicamente la no menos mitológica Guerra de la Independencia, en 1808, para enmascarar un discurso ideológicamente reaccionario con fines tan bastardos como, por ejemplo, intentar dirimir los conflictos que generan las actuales miserias políticas. A ver si esta democracia de mercado es capaz de sobrevivir al revisionismo interesado que plantean los partidos del esencialismo español .

Lorenzo Cordero. Periodista.

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