Rajoy, el líder cuestionado, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo
CRISIS EN EL PP
El presidente del PP se atrinchera en un reducido círculo de fieles mientras crece la sensación de que ha perdido autoridad y no será el candidato en 2012 pase lo que pase en el Congreso de junio
El martes 29 de abril Mariano Rajoy se enteró, minutos antes de las 10 de la mañana, de que Eduardo Zaplana, el portavoz del Grupo Popular durante la última legislatura, dejaba su escaño en el Congreso para integrarse en Telefónica como delegado para Europa. El medio era no sólo el más acorde con el negocio de su nueva compañía, sino que refleja la distancia que, desde hace unos meses, le separaba de su jefe: se lo comunicó mediante una breve y fría llamada de móvil. Rajoy no se explayó con su antaño fiel escudero: «Así que a Telefónica. Bueno, allí estarás bien, ¿no?»
El líder del PP se encaminaba a esa hora a la reunión del Grupo Parlamentario donde estaba previsto que se constituyera, así lo llamaron en Génova, el «gobierno en la sombra»; es decir, el cónclave donde se iba a oficializar el nombramiento de los responsables de las distintas áreas que tendrán que ejercer el control parlamentario sobre los ministerios del Ejecutivo de Rodríguez Zapatero.
La cosa no podía empezar peor. Minutos después de recibir la llamada de Zaplana, los periódicos electrónicos ya tenían colgada la noticia en sus portadas. Los móviles de todo el mundo comenzaron a sonar casi al unísono: «¿Te has enterado? Zaplana se va a Telefónica».
Con un ambiente así, a ver quién era el guapo que vendía a los periodistas la idea del «gobierno en la sombra». De hecho, nadie la compró.
Para colmo, Manuel Pizarro protagonizó, poco después, un cruce de reproches con Rajoy en el Hemiciclo del Congreso de los Diputados, a la vista de todos, incluidos, claro, los fotógrafos de prensa, que dieron cuenta de la escena. Pizarro no parecía estar de acuerdo con que su partido apoyase el trasvase («conducción», en la terminología oficial) del Ebro a Barcelona. Tampoco aceptó las explicaciones de Rajoy para no haberle ofrecido lo que él consideraba acorde con sus méritos y el lugar que ocupó en la lista al Congreso por Madrid: el número dos; o sea, el equivalente, si se perdía el 9-M, al cargo de portavoz del Grupo. Por mucho que aprecie a Soraya Sáenz de Santamaría, Pizarro no cree que ésta tenga autoridad suficiente como para ser su jefa. «Llevo 25 años siendo mi propio jefe», le espetó a Rajoy junto a la tribuna de oradores de la Cámara. Hay días en los que es mejor no levantarse.
El malestar de Pizarro es ya un clamor en la clase política. Hace unos días, en un lugar tan discreto (según como se mire) como los lavabos de Génova, le comentó a Federico Trillo, que compartía con él ese momento de intimidad: «Yo no he venido a la política por dinero ni para figurar. He ganado mucho dinero y he tenido más relevancia de la que he querido. Pero Mariano no me puede tratar así».
Los problemas del 29 de abril no terminaron con el cruce de palabras en el Salón de Plenos del Congreso. En la reunión del Grupo Parlamentario, en la que no se preveían a priori dificultades para Rajoy, la diputada Ana Torme, próxima a Zaplana, rechazó públicamente el ofrecimiento para ocupar la portavocía adjunta de Seguridad Vial: «Ya fui portavoz». Buen argumento.
Ya rayando el mediodía, Zaplana recibió una llamada de uno de los diputados que formó parte de la dirección del Grupo Parlamentario en la anterior legislatura. «¿Por qué no nos vemos y tomamos algo? Llamo a unos cuantos amigos y te despedimos como dios manda». «Bueno, reserva en un sitio cerca del Congreso y comemos algo rápido, pero que sea pronto», respondió el ex portavoz, que se dirigía en ese momento a la Cámara para presentar su renuncia al escaño.
Su interlocutor reservó en el restaurante Paradis (un lugar frecuentado por políticos y periodistas).
Cuando Zaplana atendía la enésima llamada en su móvil, a las puertas del citado local, apareció el mismísimo Rajoy, acompañado por los diputados Esteban González Pons, Jorge Moragas y José María Lassalle, y de su jefa de prensa, Carmen Martínez Castro. Rajoy volvió a cruzar con él unas palabras de compromiso: «A partir de ahora tendrás que viajar mucho, me imagino».
Zaplana se quedó en la puerta del restaurante manteniendo una conversación telefónica. Rajoy se dirigió, escoltado por los antedichos, hacia el reservado del restaurante. Justo en la mesa que hay antes de llegar al mismo, estaban los diputados que se disponían a compartir mesa con Zaplana. Entre la decena de convocados, se encontraban Vicente Martínez Pujalte, Carlos Aragonés y la rebelde Ana Torme.
Al pasar junto a ellos, Rajoy no se dignó a saludarles. Al enemigo, ni agua.
Para rematar la aciaga jornada, en la votación sobre el trasvase, que se celebró esa misma tarde, y que el PP decidió apoyar, Luisa Fernanda Rudi, diputada por Zaragoza, se abstuvo, rompiendo así la disciplina del partido.
Un día duro, convendrán conmigo. ¿Qué debió de pensar Rajoy cuando, por fin, llegó a su casa ese maldito día 29?
LOS HOMBRES DEL PRESIDENTE
Y, sin embargo, el líder del PP está peleando por los avales del XVI Congreso del partido como si en ello le fuera la vida.
«Se lo ha tomado como una cuestión personal. Quiere demostrar a todo el mundo que puede sacar adelante el Congreso. Es decir, que puede ganar por aplastante mayoría», afirma un diputado que le conoce bien.
Lo paradójico es que nos podemos encontrar ante un presidente del PP que consiga todos o casi todos los avales y que, al mismo tiempo, aparezca ante la opinión pública como el más cuestionado de la historia del PP desde los tiempos de Hernández Mancha.
En lugar de dar la sensación de que controla la situación, de que poco a poco va imponiendo su autoridad, Rajoy se refugia en un reducido núcleo de fieles.
El nuevo círculo íntimo del presidente lo componen ahora González Pons, Moragas y Lassalle (los que le acompañaron en la comida del Paradis) y, como no, el asesor externo Pedro Arriola.
Este minúsculo grupo, al que algunos diputados díscolos llaman «la banda de los cuatro», es el que realmente está en la pomada. Naturalmente, a ellos hay que añadir a Soraya Sáenz de Santamaría y a Carmen Martínez Castro, que, desde el Congreso y de cara a los medios, respectivamente, luchan a brazo partido y con enorme mérito por su parte por mantener a flote la credibilidad del líder del PP.
«Rajoy se está encerrando sobre sí mismo. Vive obsesionado con las conjuras en su contra y ve enemigos por todas partes. Su enfrentamiento con Esperanza Aguirre le ha hecho mucho daño. El cree que está haciendo lo mejor para el partido y que muy pocos saben agradecérselo», señala un alto funcionario de Génova.
Frente a la visión de los que opinan que lo único que quiere Rajoy es mantenerse en el machito, otros defienden su honestidad y capacidad de sacrificio. Un ex ministro y diputado apunta que, en la triste noche del 9-M, Rajoy estuvo a punto de tirar la toalla. «Muchos le animamos a seguir, le pedimos que siguiera y le mostramos nuestro apoyo».
En esa misma línea, un reputado consejero de una autonomía donde gobierna el PP sostiene que Rajoy sólo sigue en su puesto para evitar una guerra fratricida en el seno del partido. «A mí me confesó que, después del Congreso, lo que intentará es pactar el candidato con las personas que tienen peso real en el PP. De esa forma, el que sea cabeza de cartel para las elecciones de 2012 contará con el respaldo suficiente dentro del partido como para que nadie pueda cuestionarlo», señala.
UN CONGRESO PARA EL PACTO
Según esa tesis (mantenida por varias fuentes cercanas al líder del PP), Rajoy planteará el Congreso como un gran pacto. Ofrecerá vicesecretarías a los barones y figuras relevantes y propondrá un secretario general con un perfil bajo, una persona sin ambiciones y con dotes organizativas.
En esas vicesecretarías estarían figuras como Francisco Camps, Javier Arenas y, por supuesto, Alberto Ruíz-Gallardón. Ahora bien, ¿estará también Esperanza Aguirre? Esa es una cuestión fundamental. La cabeza le dice a Rajoy que lo mejor para el partido, e incluso para él mismo, sería ofrecerle a la presidenta de la Comunidad de Madrid un puesto en el nuevo núcleo de poder que salga del Congreso. Pero su corazón le dice que no, que Aguirre ha ido demasiado lejos. No sólo la hace responsable de haber activado la bomba de relojería de las primarias, sino que la culpa de haberle puesto en contra a los medios que pidieron el voto para el PP en las elecciones, como son EL MUNDO y la Cope.
Las dudas de Rajoy respecto a Aguirre se han evidenciado recientemente en un comportamiento errático. Las duras palabras que le dedicó, sin mencionarla, en su discurso de Elche, después fueron corregidas y se convirtieron en halagos. Su negativa a asistir al acto conmemorativo del bicentenario del Dos de Mayo en la Real Casa de Correos se trocó más tarde en una agradecida asistencia. Rajoy besó a la presidenta de la Comunidad de Madrid ante los fotógrafos y resaltó la unidad del partido frente al ruido mediático provocado por presuntas desavenencias.
Aguirre, que ha estado barajando su no asistencia al Congreso, probablemente, tras la exhibición de cariño del presidente del PP, se replantee su posición.
Cucamonas al margen, si Rajoy no resuelve bien la cuestión de Aguirre, salga lo que salga, el Congreso será un fracaso.
Otro asunto esencial para el futuro del líder del PP es cómo va a solventar el espinoso contencioso de Juan Costa. Como es sabido, el responsable del programa electoral del PP en las últimas elecciones, fichado con gran aparato mediático y arrancado de la empresa privada, donde ganaba un sueldo de un millón de euros al año, rechazó el ofrecimiento de ocupar la secretaria general del Grupo Popular. Rajoy se lo ofreció por teléfono una noche, cuando ya se había anunciado el nombramiento de Soraya Sáenz de Santamaría como portavoz del Grupo. El castellonense rechazó amablemente la propuesta.
Costa (43 años), ex ministro, cabeza bien amueblada, hilo directo con Rodrigo Rato, es visto por muchos diputados de su quinta como un referente para el futuro inmediato. Su marginación en el reparto de cargos que se está diseñando en Génova de cara al Congreso podría agudizar la sensación de frustración que existe entre los diputados llamados a sí mismos «la generación perdida»: jóvenes con experiencia en el Congreso o en la Administración que han quedado laminados por Rajoy en el último reparto de poder.
SENSACION DE DESGOBIERNO
Lo más dramático para la imagen del presidente del PP es que, a medida que se acerca el Congreso, la sensación de descontrol en el PP es mayor. «Que Rudi o Torme se atrevan a desairar a Rajoy en un mismo día no sólo demuestra descontento, sino que evidencia falta de liderazgo, agranda la sensación de que cada uno puede hacer lo que quiera», dice uno de los diputados díscolos.
Realmente llama la atención el desparpajo con el que algunos de estos diputados airean en comidas con periodistas las desavenencias internas del partido, la falta de lealtad que exhiben cuando critican a Rajoy y luego solicitan a los presentes que sus comentarios sean considerados off the récord.
En el círculo más próximo a Rajoy se da un valor extraordinario al apoyo explícito a su candidatura de líderes con peso territorial como Camps, Valcárcel, Arenas, Feijóo, Sirera o Ruiz-Gallardón. «Frente a los rumores, los avales; frente a los jefecillos de medio pelo, el respaldo de las figuras más valoradas del partido», esgrimen como consignas en Génova.
Pero incluso los que más sinceramente opinan que Rajoy es el mejor candidato posible para ganar a Zapatero saben que el apoyo de los barones es coyuntural. Que cada uno tiene marcados sus propios tiempos. Todos se han lanzado a arroparle ahora porque no ganan nada apoyando a Esperanza Aguirre.
Un hombre clave en la reciente historia del PP, ya al margen de la política, define gráficamente la situación: «Con los líderes regionales del PP sucede lo mismo que con el alzamiento contra la República. Todos los generales apoyaban el golpe, lo que ocurre es que no se habían puesto de acuerdo en quien tenía que mandar. Hasta que llegó Franco y se fue cargando a los que aspiraban a dirigir la rebelión».
¿POR QUE NO YO?
Esperemos que la cosa no sea tan dramática y que el nuevo líder del PP, si es que surge, tenga poco o nada que ver con el dictador de El Ferrol.
Mientras los jerifaltes del PP cruzan apuestas sobre lo que ocurrirá en el Congreso de junio, Rajoy se ensimisma con las últimas teorías elaboradas por Arriola (al que sus enemigos llaman el Rasputín de Génova), que le garantizan un éxito seguro a cuatro años vista y que demuestran que la causa de la derrota de marzo fue que el partido dio una imagen demasiado intransigente.
Si el PP es menos duro con el Estatuto de Cataluña y acepta una revisión del Estatuto vasco, siempre, se añade, dentro de la Constitución, las posibilidades de subir en esas dos comunidades aumentarían de forma significativa y, como consecuencia, podría ser factible el triunfo en toda España.
A todo esto, Aznar guarda un calculado silencio. Rajoy fue su apuesta, pero, según dicen los que le tratan, a día de hoy está dolidamente arrepentido. Por el momento, seguirá callado. Pero hablará si la situación sigue deteriorándose.
¿Y Rato? A todo el mundo le dice que su apuesta por la política es agua pasada. Cada día que pasa le llega una nueva oferta del sector privado. ¿Es que sólo le interesa ganar dinero? No, Rato sigue al minuto lo que ocurre en el partido del que sigue siendo militante. Piensa que la situación de deterioro sólo beneficia al PSOE y que la crisis debería resolverse cuanto antes para retomar las tareas de oposición, que es lo que la militancia y el votante están deseando. Aunque no se ve encabezando ninguna alternativa a Rajoy, sus fieles, que los tiene, no descartan que en uno o dos años pueda llegar a ser lo que no pudo ser en 2004.
Entretanto, la pregunta que se hacen la mayoría de los compromisarios es la siguiente: ¿Quiere Rajoy de verdad ser el candidato del PP para las elecciones de 2012, o bien sólo aspira a ganar el Congreso para organizar una sucesión pacífica en la cúpula del PP?
Hace unos días, el líder del PP llamó a su despacho a Carlos Aragonés, una de las personas que más influyó para que Aznar le designara candidato. Ultimamente, sus relaciones no han sido lo que se dice buenas. Rajoy le reprochó al de Valladolid que fuera tan crítico con él en la actual situación. Al final de la charla, el presidente del PP le inquirió: «¿Qué tienen los otros candidatos que yo no tenga? ¿Por qué ellos y no yo?».
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