No hablaré del 68, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia
Querido amigo soixante-huitard: El otro día, cuando nos encontramos en el supermercado, me contaste que pronto serás abuelo. Estabas feliz. Siempre nos hemos hablado como lo hacen dos personas que no tienen mucho en común, salvo un amor pasional por las palabras. No es poco. Te di la enhorabuena, y tú tuviste un momento de nostalgia -¿puedo decirlo así?- al hablarme del día en que llegaste a la ciudad, con apenas 17 años. De una cosa pasamos a otra y salió, de golpe, la palabra mágica: Mayo del 68. “Supongo que escribirás algo sobre el tema, ahora que se cumplen 40 años de aquello”, me dijiste. Me encogí de hombros y, antes de que pudiera responder, saltaste sobre la presa: “Cuidado con lo que dices, no cargues las tintas, no confundas las cosas, no te apuntes a la moda de Sarkozy”. Sonreí y te saqué de dudas. No voy a escribir ahora sobre el 68 -te aclaré- por dos motivos. Primero: son días de exceso de batallitas y exorcismos a cargo de supuestos soixante-huitards domésticos. Segundo: lo sustancial que tenía que decir sobre Mayo del 68 ya lo puse en un artículo en La Vanguardia, publicado hace un año, el 14 de mayo del 2007. Siento demasiado respeto por los lectores para servir el mismo plato dos veces.
Tras aquel encuentro, he pensado varias veces en ti y en los que formáis parte de un mundo que, en verdad, nunca existió: la generación local del 68. Ni Catalunya ni España tuvo nunca soixante-huitards en un sentido estricto. A estas alturas, ya podemos poner la verdad por delante del mito. A tu futuro nieto no le podrás contar los cuentos que le has contado a tu hijo, eso cuando te has ocupado de él, que no ha sido mucho. Nuestro país alumbró otro tipo de figuras. Por ejemplo, gente joven que estaba en la oposición (algunos han llegado muy lejos) y una inmensa mayoría de jóvenes, versión yeyé o camp, que pasaban de política y se dedicaban a trabajar, estudiar e ir de fiesta aprovechando que el Movimiento y la Iglesia del posconcilio habían cedido ya el control de la moral a los patronatos locales de turismo y a TVE.
No hablaré del 68. Asumo y valoro como una importante conquista de la sociedad abierta la indudable carga liberadora que nos legó Mayo (todo, también el de Praga, California y México) y, a la vez, critico el impacto que ha tenido y sigue teniendo su faz nihilista, autodestructiva y totalitaria por la puerta de atrás. Pero, como puedes comprender, siendo yo un ciudadano nacido en 1967, me interesa más lo que ocurrió en 1989, cuando cayó el Muro de Berlín y millones de personas, que habían vivido sometidas a regímenes dictatoriales (como nosotros, no lo olvides), empezaron a aprender eso que tú llamabas desdeñosamente “libertades formales”. Hagamos memoria: la mayoría de mis profesores de entonces -¡los años ochenta!- consideraba que el sindicato polaco Solidarnosc, que se enfrentó al estado comunista, debía ser aniquilado por el gobierno, verdadero defensor del socialismo real y la clase obrera. Pero, aunque el estallido democrático de hace apenas 19 años merece ser celebrado, no quiero imitarte en lo peor y quedarme, como haces tú, idealizando la foto del pasado y rindiendo culto a la propia juventud. Lo cual sería tan ridículo y patético como la estampa de ese histriónico compañero tuyo de célula que se ha echado una novia que casi podría ser su nieta. No hablaré del 68. Nuestro deber es para con el presente. Hablemos de ahora mismo, por ejemplo, de lo que hacen aquellos que dicen ser los continuadores y herederos legítimos de Mayo del 68. A ti te parece incalificable que Eduardo Zaplana pase a ser directivo de lujo de Telefónica, pero, en cambio, enmudeces cuando ves que David Taguas, ex director de la Oficina Económica del presidente del Gobierno con Zapatero, presidirá el principal lobby español de empresas de construcción dedicadas a la obra pública. Tus cofrades son moralmente superiores, claro. Tampoco has dicho nunca nada de las dedicaciones privadas de Narcís Serra o de la facilidad con que algunos hijos de tus mejores amigos encuentran empleos bien remunerados en empresas, museos, oficinas de la Administración y medios de comunicación. ¿No habíamos quedado en que Mayo del 68 fue una revolución de las mentalidades y de las costumbres? ¿Por qué te pareces tanto a tu querido padre, ese reaccionario al que ayer odiabas y hoy homenajeas por doquier? Te recomiendo la excelente novela Les revolucions perdudes, del menorquín Josep M. ª Quintana, para que medites a fondo tus respuestas.No hablaré del 68. Raphaël Glucksmann, hijo del célebre filósofo, ha escrito algo que hago mío: “Vosotros pertenecéis a la generación del 68, y yo, a la generación del sida”. Querido amigo y soixantehuitard de estar por casa, te hiciste adulto tardíamente, en 1986, cuando el referéndum sobre la OTAN -demos gracias a Felipe- te puso frente a tu impostura estructural como nada lo había hecho antes. Luego, cuando lo del GAL y la corrupción, ya estabas preparado para todo. Al cabo, no tuviste más remedio que quemar la máscara, pero aquello tuvo sus efectos colaterales: desde entonces, vives macerado en el cinismo.
Hasta pronto, y recuerda esa pintada de París si te vienen ganas de replicarme: “No me liberéis, yo solo me basto”.