El pueblo, de Manuel Hidalgo en El Mundo
SABATINA SABATICA
El pueblo madrileño saltó a la calle, en 1808, para defender la cabeza del rey. Veinte años antes, el pueblo parisino había saltado a la calle para cortar la cabeza del rey. Ay, los pueblos, tan iguales y tan distintos, según. Los franceses habían vivido cien años de ruptura con el pensamiento mítico -¿o no pensamiento?- imperante: las Luces, la Ilustración, la Enciclopedia. El auge de la Razón, el contagio del libre examen protestante. Los españoles gozábamos en la plaza pública con los autos de fe de la Inquisición, algo bien poco razonable.
Aquí ya teníamos, sin ser todavía nada definido (ni por definir, tal como vamos), una larga experiencia en echar invasores. Romanos y árabes, todos tenían más cultura y civilización que los habitantes de la tierra de conejos. Los echamos. También echamos a los diferentes, judíos y moriscos. Los centroeuropeos, plantando cara a Roma, se embarcaron en la Reforma, y los españoles organizamos ejércitos de armas y cruces para implementar la Contrarreforma. La ruina dura.
Aquí vivimos gente rara, gente que se subleva para ajustar mejor sus propias cadenas o que se echa al monte (y a la mar océana) para imponer cadenas a los demás. Es nuestra Historia, un elevado e intenso sentimiento capaz de confundir esclavitud y libertad tan ricamente. Aquí vive gente fascinada por una Idea única y, consecuentemente, por una Persona única: el Papa, el Rey, el Dictador, formas de reconocer al Padre, de aceptar la Autoridad que viene de arriba, de someterse al Orden impuesto desde la altura indiscutida.
En esta olla a presión, surgen, como es natural, los excedentes que no soportan tanta temperatura de cocción. Liberales, anarquistas, herejes, republicanos, ilustrados. Buena parte de todos ellos, será casualidad, acababan tomando el camino que lleva a Francia. Siempre nos quedará París, aunque ahora a los chicos ya no les enseñamos el francés: el Sistema detectó que las instrucciones que gobiernan el mundo se imparten en inglés.
Pero quizás, y aun con doscientos años de retraso y atraso, todavía estemos a tiempo de ir cambiando un poco la dirección y el contenido del fervor. Gracias a Dios -¿a quién si no?-, disfrutamos de una Monarquía constitucional -¡lo que ha costado!- y parlamentaria que nos permite simularnos republicanos. Hablo de valores. Aunque, frente al democrático discurso igualitario, de la real figura emana el persistente símbolo indicativo de la inevitabilidad de la existencia del Uno. ¡No vamos a cambiar de la noche a la mañana!
Tuvimos un Siglo de Oro deslumbrante, con el honor y la honra, eso sí, en el centro del teatro y con la religión en el centro de la pintura. Nos queda llegar a algo en Filosofía, Música y Ciencia para sanear el subconsciente de la idea de que la libertad consiste en apiolar franceses (u otras especies ajenas) de la mano de frailes y déspotas. ¿Exagerado? Yo lo digo por las noticias de hace 200 años que hoy publican con entusiasmo los periódicos como si fueran de ayer mismo.
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