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Aguirre mayea, de David Gistau en El Mundo

Publicado en Política by reggio en Abril 29th, 2008

AL ABORDAJE

La exposición sobre el 2 de mayo en el Canal. Se percibe la mano de Pérez-Reverte en numerosos matices que la hacen vibrante y nada estática. El orden cronológico de los sucesos, que todo lo ahorma con una estructura narrativa. Los gritos, las secuencias bélicas, incluso los fusilamientos virtuales, que confieren la sensación de haber sido tragado por una pantalla de cine, como en La rosa púrpura de El Cairo, faltando sólo los olores del día. La de Pérez-Reverte es una mirada minuciosa que se ocupa antes de los individuos, de sus proezas y sus sufrimientos, que de la alta política y de las consecuencias de la algarada en los salones del poder.

El veterano reportero ha hecho por tanto una crónica, que acaso se asemeje a la que querría haber escrito de estar ahí, aunque fuera arrastrando toda la confusión que dominó a quienes, seducidos por las ideas que traían las tropas de Napoleón, se sintieron sin embargo reclamados por un pellizco de honra que procedía de las mismas tripas.

Otra cuestión es que Pérez-Reverte se haya dejado robar la exposición por la propaganda de Esperanza Aguirre, por una interpretación institucional que en nada coincide con la que el propio autor ha diseminado en escritos y entrevistas. Justo cuando busca un cauce en el que consagrarse como estandarte de una redención liberal, Aguirre repara en que el 2 de mayo le sirve como aval para confeccionarse una suerte de pedigrí histórico, como si a ella le hubiera sido encomendado en términos de misión reparar el fracaso del espíritu gaditano, coartada semejante, sin abuelo de por medio, a la del ‘Zetapé’ que custodia la memoria republicana y aún intenta convertir las derrotas en victorias retrospectivas. No le queda a Aguirre sino hacernos olvidar que los levantiscos de mayo lo fueron por un absolutismo, no por una nación de ciudadanos, y que la única España construida sobre los cimientos de aquella jornada habría sido la del «Vivan las caenas». No la de la Constitución de 1812. Y mucho menos la de 1978, que ungió el regreso forzado de un Borbón con el que se cerró el bucle.

La campeona liberal no puede por tanto rodearse de los peleadores del 2 de mayo como si fuese un ejército de terracota manipulado para otorgar derecho histórico a su ambición y declararse heredera de un acontecimiento sólo explicado por el orgullo, pero jamás por el pensamiento. No han de servirle siquiera para justificar el ideal patriótico de una nación unida.

Pues si algo nos ha enseñado ya la tabarra oficial de mayo es que, en 1808, como tantas otra veces, el clero, el ejército y la monarquía dejaron tirado al pueblo porque antes les animaba la salvación personal que el sacrificio por una concepción galante de la patria.

© Mundinteractivos, S.A.

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