‘Nasty party’ (el partido antipático), de Enric Juliana en La Vanguardia
NOTAS DE MADRID
José María Lassalle seguramente ha dado en el clavo. Joven diputado por Santander, profesor de Filosofía del Derecho, Lassalle es una de las cabezas mejor amuebladas del actual grupo dirigente del Partido Popular. Dice Lassalle: “Un liberalismo antipático (nasty liberalism) sin magnetismo ni poder de seducción haría perder lo alcanzado por el Partido Popular estos últimos años”.
Lo alcanzado son diez millones de votos consolidados; diez millones de votos que, guste o no, van más allá del espacio tradicional de la derecha española. Diez millones de votos conforman una marea sociológica en la que hay de todo: derecha, centro y gente sin ideología precisa que ve en el PP un partido más sólido y previsible que el PSOE.
Sin embargo, el PSOE ha alcanzado la cifra récord de once millones de votos. Por el deseo de dar una segunda oportunidad a Rodríguez Zapatero, posiblemente. Por la ligera inclinación de España a favor del centroizquierda; por la impregnación de los valores socialdemócratas (impregnación social-católica, más bien); por el fuerte sentimiento igualitario de las regiones meridionales, grandes beneficiarias de la solidaridad interna y de la solidaridad europea (en fase de extinción), y por ser el partido ’simpático’, el partido liberal en las costumbres, el partido flexible, en el que se refugian todos aquellos que no quieren que el nasty party, el partido antipático vuelva al poder. Y por el factor catalán, que resume casi todos los puntos anteriores. He ahí las claves del 9 de marzo.
José María Lassalle da en el clavo: Para ganar las elecciones, el PP ha dejar de ser el ‘nasty party’ de la sociedad española, ha de construir nuevos canales de comunicación y empatía con un fondo sociológico en el que las ideas socialdemócratas y los valores igualitarios son todavía hegemónicos. El camino de la victoria pasaría así por una progresiva decantación del electorado, que la crisis económica puede acelerar. Esta es la estrategia de fondo que hoy defiende Mariano Rajoy, asesorado por el sociólogo Pedro Arriola, su principal consejero durante la pasada campaña electoral.
Esperanza Aguirre y su círculo de poder en la Comunidad de Madrid apuestan por la ’supremacía’ del discurso liberal; por centrar la batalla en la inversión del cuadro de valores, como en su día hicieron los neoconservadores, hoy eclipsados en Estados Unidos. Es una visión más agresiva del combate político, que en España gusta a determinados sectores del catolicismo militante (no a todos). Combatir de frente el cuadro de valores socialdemócrata en una fase de crisis o dificultad económica presenta, sin embargo, grandes riesgos para la derecha: la gente quiere eficacia, ciertamente, pero también teme a los idólatras del mercado; teme quedarse a la intemperie.
En el PP hay batalla de ideas, sí.