Tierra sin barones, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia
La única vez que el PP ha sido, en la práctica, una opción más o menos centrista fue durante la primera legislatura de Aznar, entre 1996 y el 2000. Recuerden: los populares alcanzaron la Moncloa merced al pacto del Majestic con CiU, un clima de acuerdo del que también participó el PNV, aunque ahora suene a fantasía. Eran tiempos en que Piqué y Pimentel regalaban sonrisas cordiales, tiempos en que Álvarez-Cascos y Arzalluz o Rato y Pujol se comunicaban a diario, tiempos en que Aznar hablaba catalán en la intimidad y hacía excursiones a los paisajes de Josep Pla, tiempos en que se suprimía el servicio militar obligatorio y se ponía fin a los gobernadores civiles sin que España se rompiera. Aquello duró poco porque la mayoría absoluta, en vez de consolidar la moderación, se cargó el centrismo de la noche a la mañana. Y, a bordo de su segunda etapa en el poder, el PP retornó a la derecha desabrida.
Hasta la fecha, el desplazamiento al centro de la derecha española nacida en la transición se ha debido a motivos exógenos nunca endógenos, más a la táctica urgente que a la convicción razonada. Esta es la realidad, aunque, a la luz del primer mandato aznariano, se escribieron sesudos ensayos sobre “la larga marcha hacia el centro” y se ponderó la magia del sociólogo Arriola. De momento, el centrismo del PP ha sido breve, circunstancial, instrumental y superficial, lo cual no significa que no haya centristas cabales en las filas populares. Ahora, y tras la derrota sin hundimiento de las pasadas elecciones generales, Rajoy quiere hacer -parece- un nuevo viraje. ¿Será al centro? Lo damos por hecho porque se desmarca de ciertos personajes y levanta determinadas resistencias, como la de Esperanza Aguirre, que ayer renunció públicamente a competir por el liderazgo. Pero de las ideas y proyectos que tiene Rajoy se sabe poco. El jefe de la oposición es, hoy, un hombre escapando desesperadamente de la sombra de Aznar y de los medios que hacen ondear su legado.
En esta batalla, el PP catalán hace un triste papel, a merced de lo que mande Génova, como siempre. Daniel Sirera, al que auparon para aplicar una estrategia dura en sustitución de Piqué, no es un barón que cuente, al estilo del valenciano Camps, el gallego Núñez Feijoo o el andaluz Arenas. Los populares catalanes, dando muestras de tanta resistencia como irrelevancia, son siempre del jefe que toca, aplicando aquella máxima atribuida a Pío Cabanillas padre: “No sabemos quiénes, pero vamos a ganar”. De este modo, pragmáticos y amoldables, los hermanos Fernández Díaz han mantenido abierto el negocio durante años, viendo pasar a varios fichajes estelares que, tarde o temprano, se han perdido en el vacío. No es Catalunya tierra de barones para el PP; a lo sumo, Sirera hace hoy de esforzado encargado de la franquicia. Mientras, Montserrat Nebrera, impulsada por su propia fábula de redención cual Manuel Pizarro, se dispone a sacrificarse en su incansable candidez.