Sin aliados, en perfecta, impotente soledad, de Antoni Puigverd en La Vanguardia
Sería un error pensar que las ministras De la Vega y Espinosa han liberado Catalunya del laberinto del agua. De tal laberinto, Catalunya solamente saldrá, si sale, por su propio pie. Pues por nuestro propio pie nos metimos en él. Todo empezó cuando el PP propuso el trasvase del Ebro. En aquel momento, la izquierda y el independentismo catalanes usaron con fines partidistas la instintiva respuesta de la gente del Delta. Se instrumentalizó la irritada sensación de expolio y agravio de aquella comarca para clavar la puya a un pujolismo agotado, y para levantar la enésima muralla contra Aznar.
Escribí, y lo repito, que hay que reconocer el error de la instrumentalización del legítimo, pero discutible, sentimiento del Ebro para contribuir ahora a dar una respuesta razonable al conflicto general del agua (conflicto que, en el previsible contexto de frecuentes sequías, no terminará con la solución de emergencia decidida por el nuevo Gobierno de Zapatero). Reconocer el error; y pedir excusas por ello. El reconocimiento de la culpa no concede automáticamente la credibilidad perdida: ni en las relaciones personales, ni en las sociales. Pero es imprescindible para reconstruir los lazos, para reanudar el relato.
Reanudar el relato es lo que necesita la política catalana en general. Pues, de momento, sólo el Gobierno central está en condiciones de hacer algo. Desde el punto de vista práctico. Y también desde el argumental. En efecto, dos solidísimas mujeres del nuevo gobierno pronunciaron las mejores palabras que se han oído estos días. Elena Espinosa explicó con claridad meridiana que se adoptaron soluciones similares para abastecer de agua a Valencia, Alicante y Murcia. Y se remontó a los noventa para recordar que también se llevaron a cabo iniciativas parecidas para llevar agua a Bilbao y a Benidorm. Por su parte, la vicepresidenta De la Vega tuvo el coraje de sobreponerse a la presión emocional de Valencia, su territorio electoral, para afirmar con formidable claridad: “Es lamentable que se intente humillar a los barceloneses con algo que otros ya tienen”. Tales frases, pronunciadas desde Catalunya tendrían poco valor: se escucharían como argumento de parte. Pero en boca de estas dos ministras sólo pueden ser discutidas con demagogia. Una demagogia, fundada en el resentimiento, que ahora prende en las comunidades valenciana y murciana, como antes prendió en la catalana.
La crisis del agua ha puesto en evidencia la soledad y la impotencia de la Catalunya actual. Soledad, porque incluso Aragón, el aliado circunstancial, se desentiende de la sequía que afecta a los pantanos catalanes (y basta leer los periódicos regionales en diagonal para comprobar que, en el resto de España, prende con gran facilidad el contento por nuestras penalidades, así como la idea de que la solución del Gobierno es ofensiva para otros territorios).
Impotencia porque, dividida interiormente e incapaz de salir de su propio laberinto, la política catalana está pagando hoy los impuestos de una ideología fantasiosa. Una ideología que ha calentado los cascos internos, pero que no consigue ni uno solo de los proyectos que pretendió. Se ilusionaba en el aislamiento mental, pero no contaba (no cuenta) con fundamentos reales para navegar a su aire. Hoy es fácil percibir que el no al trasvase del Ebro fue el canto del cisne de aquella Catalunya ensimismada. Como explicó el geógrafo y novelista Josep Vicent Boira en estas páginas, no se trataba de tragar con el faraónico trasvase, pero estudiar, por ejemplo, el minitrasvase Xerta-Càlig-Castellón habría permitido cultivar la buena vecindad y trabajar de manera fehaciente por recuperar los vínculos perdidos con Valencia, en teoría tan añorados.
Para salir del laberinto del agua, parece claro que hay que buscar un hilo de Ariadna, un nuevo hilo argumental catalán. Que se debería empezar a tejer reconociendo el error del taxativo no a ceder una gota del Ebro. Error que exige pedir disculpas, agradecer la solución encontrada y poner lo mejor de nuestra parte para discutir sobre lo que, afectando a nuestro territorio, tiene relación con los vecinos. “Ibi semper est victoria, ubi concordia est” (la victoria aparece allí donde está la concordia), decía un latino menos bienintencionado de lo que parece. Sólo los muy fuertes pueden permitirse el lujo de la soledad.
O fuerza o astucia, recordaba Pla, pensando en la tradicional flaqueza catalana. Al menos la astucia. La astucia de reconstruir los puentes con Valencia y Aragón. Estas dos emergentes comunidades son, lejos de todo sueño ideológico, socios imprescindibles. Los necesitamos. No tal como fueron. Tal como son: con sus pruritos, prejuicios y manías. Con su pujanza. Los necesitamos para seguir aspirando a un papel económico de primera división.