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Los barones, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias

Publicado en Política by reggio en Abril 16th, 2008

El ojo del tigre

En Asturias, ser casquista imprime carácter político, cuya funcionalidad ideológica consiste en evitar las tentaciones secesionistas manteniéndose radicalmente afecto a un pensamiento único: el que impone el jefe. El casquismo es, en este momento, el principio sustantivo de la derecha asturiana conservadora. Sus orígenes datan de la época en que el Partido Popular actual se llamaba Alianza Popular, fundada por Manuel Fraga -uno de los más conspicuos protobarones de los partidos predemocráticos- después de romperse Coalición Democrática, un partido de conveniencia que comandaban siete magníficos partidarios del reformismo franquista. A la sombra de Fraga, un joven llamado Francisco Alvarez-Cascos inició la que sería después una espectacular y fulgurante carrera política.

Alvarez-Cascos ha sido uno de los líderes más cultos e inteligentes de la derecha española posfranquista. La huella de su paso por la política aún se percibe nítidamente marcada en la derecha regional. Incluso, más de uno ha tropezado con ella cuando pretendía atajar en su carrera hacia el pretendido éxito. Cascos hizo escuela con su brioso pensamiento político: lo que dice el jefe, va a misa.

La única democracia interna posible en la organización de un partido político es la que determina su cúpula para que, luego, la realice su base. El casquismo es la pura esencia del pensamiento orgánico -y oligárquico- basado en el verticalismo: el líder es la autoridad natural en un partido compuesto por individuos que tienen un sentido aristocrático en cuanto a cómo debe ser la estructura de su organización interna.

El fenómeno inverso del verticalismo orgánico es la organización asamblearia, que era típica de la izquierda obrera. Digo era porque la izquierda obrera ha desaparecido a causa del cambio climático experimentado en la democracia participativa; la cual, tras la perversión de sus principios igualitarios, se convirtió en una democracia representativa. Es decir, integrada por dos clases de militantes: los que mandan y los que obedecen. (Permítame un breve inciso: al primer cambio climático en la democracia, le sucedió una fuerte polución provocada por el liberalismo económico, que acabó contaminando gravemente las leyes de la naturaleza de la democracia plural; hasta el punto de sustituirlas por otras leyes: las de libre mercado…)

Las baronías son los ecos indiscutibles de los antiguos cacicazgos, cuya edad de oro se inició en el siglo XIX y se prolongó hasta muy avanzado el siglo XX. Los barones alcanzaron el máximo esplendor de su poder orgánico en la época en la que Adolfo Suárez lideraba un partido político -ideológicamente, mestizo-, que había sido improvisado para acoger a los diferentes grupúsculos de unas prudentes y dispersas derechas, más o menos -más bien menos- antifranquistas durante la dictadura. Un barón era un destacado militante de aquellas derechas anfibias que, al romperse el régimen de aquel general, se agruparon bajo la marca UCD para sobrevivir a la debacle política que se produjo -tan solo duró unos instantes- tras la increíble muerte del dictador. Digo increíble porque parecía inmortal…

El Partido Popular actual es el heredero de aquel vicio político que acabó fulminando a la UCD. Ese vicio se llama baronear. Sin embargo, ese baroneo del que ahora se culpa al grupo que apoya a Mariano Rajoy, tiene un antecedente familiar en aquellos señores feudales que manejaban al partido en su vida anterior; cuando se llamaba Alianza Popular. Es decir, en el período en el que Alvarez-Cascos brillaba como un prometedor conductor de la derecha posfranquista asturiana. Sin darse cuenta -probablemente, dándosela-, Cascos se convirtió en un notable ejemplar de la prehistoria de las baronías políticas en este país. Cuando su feudo era Asturias. Y -he aquí el mérito personal de este personaje- lo sigue siendo.

Los demonios familiares que le perturban la vida al PP, en este momento, son los mismos demonios que le complicaron -y le siguen complicando- a la derecha asturiana su organización partidista; o sea, los demonios que atizan las ambiciones personales.

Las baronías se propagaron al resto de los partidos por contagio ideológico, no por mimetismo orgánico. Si el PS(O)E -ojo al paréntesis-, que nació con la reforma franquista, no hubiera tenido esa predisposición ideológica que determina el sentido aristocrático de una organización política, no tendría hoy los barones que tiene. Barones que le surgieron, en algunas autonomías sopcialistas (ha leído usted bien: sopcialistas ) una vez agotado el felipismo integrador. Los barones del PS(O)E no tendrían sentido alguno si la izquierda histórica no se hubiera derechizado antes, hasta el punto de que no distinguirse de la derecha castiza más que por las siglas. Algo parecido a lo que les ocurre a los barones con respecto a los viejos caciques: sólo se diferencian entre sí semánticamente…

Es verdad que los problemas familiares les competen única y exclusivamente a quienes los protagonizan; con lo cual, los líos de familia que dañan públicamente la imagen y el prestigio social de quienes los experimentan, pertenecen a la privacidad de esa familia. Mas cuando tal familia es un partido político, sus problemas internos afectan a toda la sociedad en la que está integrado ese partido. Especialmente, cuando el partido en cuestión constituye uno de los pilares del sistema político que les regula la vida a los ciudadanos en general. Por lo tanto, el agrio conflicto interno que sufre el PP trasciende de lo meramente familiar hasta alterar la convivencia en la sociedad democrática a la que pertenece. En este caso, tienen derecho a opinar también sin ser militantes del partido afectado por el conflicto, los ciudadanos sometidos al poder de los partidos que determinan la vida pública en el país. En el caso de los españoles, esos dos partidos capitales son: el PP, por la derecha, y el PS(O)E por la otra derecha.

Lorenzo Cordero. Periodista.

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