El aparato se alía con el Rasputín de Génova, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo
A FONDO
El poder teme la competencia, pero la democracia representa justamente el contraste de ideas. Por eso, en los sistemas democráticos el poder nunca puede ser absoluto.
En todas las organizaciones, y los partidos políticos lo son, las cúpulas directivas manejan los resortes internos que les garantizan su permanencia y dificultan la toma del poder por parte de elementos no controlados. A los encargados de realizar esa labor defensiva se les suele llamar aparatchik, porque no ha habido ninguna organización como el Partido Comunista de la URSS en la época de Stalin que haya desarrollado, hasta límites tan macabros como efectivos, un modelo similar para laminar todo tipo de oposición al poder establecido.
Ya no se dan ejemplares como Laurenti Beria, para cuya entronización es necesario un microclima como el que generó la dictadura soviética en los años 30. Pero eso no quiere decir que los sistemas de poder no generen, incluso en las democracias, sus propios mecanismos de autodefensa.
En los años 80 se decía en el mundillo financiero que nadie preparaba mejor una junta de accionistas que Luis Blázquez, el director general del Banco Central que creció a la sombra del incombustible Alfonso Escámez. No sabían los Albertos a lo que se enfrentaban cuando, envalentonados por los petrodólares de KIO y la persuasión política de Enrique Sarasola, blandieron su 12,5% del capital del banco para hacerse con la mayoría de los puestos en el consejo de administración. Allí estaba Blázquez, manejando los hilos de la red de sucursales, el aparato del banco, para garantizarle al presidente una cómoda reelección a pesar de la potencia de fuego de los que pretendían tomarlo al asalto.
¿Qué le ocurrió al bienintencionado José Angel Sánchez Asiaín cuando lanzó su OPA bendecida por Solchaga y Rubio sobre Banesto? Allí estaba Rafael Pérez Escolar para organizar la resistencia de las bases contra el «ataque de los vascos». De aquella guerra salió vencedor Mario Conde, una especie de Rodríguez Zapatero con el que nadie contaba y al que, de rebote, la OPA del Banco de Bilbao le situó en la presidencia de Banesto.
Cuando el Partido Socialista, perdidas las elecciones de 1996 frente a Aznar y tras la marcha de Felipe González, organizó las primarias, también el aparato actuó en defensa del candidato oficial Joaquín Almunia.
Gracias a la denuncia del militante socialista Manuel Aguilar supimos hasta qué punto el aparato se posicionó en defensa de su candidato: «Sobre las 12.30 de la mañana [del día en que se celebraron las primarias] me llamó Gaspar Zarrías [a la sazón consejero de Presidencia de la Junta de Andalucía]. Me preguntó que cuántos sobres con la candidatura de Almunia habíamos metido. Le dije que 22. Me contestó que teníamos que llegar a 100, que Borrell tenía que perder en Jaén, que la presidenta de la mesa y yo tendríamos un puesto de trabajo; que siguiéramos metiendo sobres y que tuviéramos cuidado que no nos cogiesen».
Almunia ganó en Jaén y a Manuel Aguilar no le llegaron a coger, pero la promesa de trabajo no se cumplió satisfactoriamente y el afectado terminó denunciando públicamente el pucherazo.
Zarrías es el arquetipo del aparatchik. El mismo llegó a votar con los pies y con las manos cuando era senador para cubrir la inasistencia a un pleno de algunos de sus compañeros. La democracia, en su esquema de valores, es sólo un medio para conseguir un fin. A Manuel Aguilar le dijo, para convencerle de llevar a cabo su fraudulenta acción, que lo que le pedía era «por el bien del partido».
Miguel Sebastián me contó en una ocasión que, cuando presentó su candidatura a la Alcaldía de Madrid, unos amigos suyos, con sus correspondientes avales, acudieron a una de las agrupaciones del PSOE de Madrid para afiliarse. Quedaron en llamarles. Cuando, tras pasar un tiempo razonable, reclamaron sus carnés, un funcionario bien aleccionado les preguntó: «Pero ustedes, ¿para qué quieren afiliarse?».
No crean que estoy dando vueltas para crear el clímax propicio para hablar de lo que ocurre ahora en el PP. No. Lo que sucede es que lo que está pasando en el PP ni es nuevo, ni es fruto de ninguna enfermedad particular desarrollada por un germen maligno en una de las plantas nobles del edificio de la calle Génova. Es tan viejo y tan pueril como la vida misma.
La salida en tromba de los llamados barones del partido, léase Camps, Valcárcel o Ruiz-Gallardón, en defensa de Rajoy y, de paso, contra la, hasta ahora, sólo posibilidad de que Esperanza Aguirre presente su propia candidatura en el congreso del mes de junio, tiene, como primer fin, acogotar a la presidenta de la Comunidad de Madrid.
Los argumentos que se utilizan, en público y en privado, son tan débiles como poco originales. La unidad, la ruptura del partido, el recuerdo de lo que sucedió en UCD, la necesidad de hacer frente a las presiones mediáticas, la conveniencia de una legislatura menos crispada,.. bla, bla, bla.
El único que ha dicho cosas sensatas en las últimas horas ha sido Alvarez Cascos, que fue en su día el jefe del aparato del PP. Ha reclamado algo evidente: son los militantes los que tienen que decidir en el congreso y hay que llamar derrotas a las derrotas.
Porque uno de los sustentos argumentales del aparato para defender su posición es que los resultados del 9-M fueron buenos. O sea, que perder por poco no es malo.
El viernes, en El País, el catedrático Gabriel Tortella hablaba de la «derrota pírrica» del PP: «…Estas elecciones, al haber tenido tantas atenuantes, han dejado la dirección del partido en la peor situación posible: su presidente, dos veces perdedor, se aferra al cargo alegando que la victoria fue honrosa y quizás arguyendo que ‘a la tercera va la vencida’».
El responsable de esta curiosa teoría de que los resultados del 9-M no fueron malos para el PP es el moderno Rasputín de Génova, Pedro Arriola.
El asesor áulico, cuyos variados y especializados servicios le cuestan al PP una suculenta factura, se ha incrustado en el inner circle de Rajoy hasta tal punto que es él quien le aconseja a través de su teléfono móvil cómo tiene que conducir sus debates en el Congreso de los Diputados.
El líder del PP haría mal en interpretar lo que está ocurriendo como un simple problema de ambición por parte de Aguirre, aderezado por el run run de los diputados descontentos con los nuevos nombramientos.
Desde Ruiz-Gallardón a Camps, lo que esperan los barones es el mejor momento para plantear su propia alternativa.
Y todos tienen tanto derecho como Rajoy o Aguirre a plantearla. Si el debate es abierto, el líder que resulte elegido saldrá reforzado. Los perdedores deben comprometerse a cerrar filas con el vencedor. Así se fortalecerá el partido. Rajoy dio una muestra de deportividad al señalar el sábado que no verá «como un enemigo» al que le dispute el liderazgo.
Pero, para que todos estén en igualdad de condiciones, todos deberían tener las mismas opciones, lo que hoy impiden los estatutos. «Pedir que los estatutos se cambien ahora es oportunismo», dicen en el aparato. No. Las normas se cambian cuando la necesidad lo reclama. La efectividad de los sistemas de incendio no se comprueba de verdad hasta que un edificio está en llamas. El PP corre el peligro de salir ardiendo.
casimiro.g.abadillo@elmundo.es
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