Con Baudelaire, esperando a Aníbal, de Antoni Puigverd en La Vanguardia
EL ESPECTADOR
Nada de lo que acontence en el Congreso, en estos primeros días de la legislatura, es muy revelador. Que Zapatero no haya obtenido la presidencia en la primera votación es novedoso, ciertamente, pues nos retrotrae a los años heroicos de la democracia española, cuando Adolfo Suárez tiró la toalla, acosado por el terrorismo, por los militares, por un PSOE inclemente, por agresivos enemigos interiores. Dimitido Suárez, Leopoldo Calvo Sotelo intentó hacerse con la presidencia del Gobierno en la sesión del 20 de febrero de 1981 y, al no obtener la mayoría absoluta, lo intentaba de nuevo dos días más tarde, cuando el grotesco y energuménico Tejero asaltó del Congreso de los Diputados. Desde entonces, nunca un candidato a la presidencia había tenido que esperar a la segunda votación.
Parece obvio que Zapatero ha buscado expresamente tal impedimento. Lo que para Calvo Sotelo era evidencia de su extrema debilidad parlamentaria, es para Zapatero expresión de musculosa soledad. Negándose a negociar apoyos para salir a la primera, Zapatero está exhibiendo fortaleza. Aprovecha los focos y la liturgia de la primera sesión de investidura para evidenciar que suelta lastre, que abandona las vergonzantes alianzas que condicionaron su imagen en el periodo anterior. El futuro presidente tira las muletas al desván y muestra el lujo de sus manos libres.
Sin ser nada del otro jueves, la jugada tiene su miga. La transgresión es llamativa cuando se enfrenta a un tópico, a una norma tradicional. La democracia española nació tan frágil que ha sobrevalorado las mayorías absolutas y las unanimidades. Prescindiendo de la primera votación que exige mayoría absoluta, Zapatero hace suya la idea del poeta Baudelaire, según el cual la belleza nunca es perfecta y debe contener siempre algún grado de irregularidad o impureza. La belleza de los músculos políticos del actual Zapatero radicaría en su desprecio de lo absoluto, en su mayoría simple, pero libre. Una bella imperfección que contrastaría con el perfil de Rajoy, sombreado claramente por la fealdad, con la tigresa acechando en salón familiar. Esto es lo más relevante que acontece en estos primeros compases de la legislatura: jugadas de bridge en el hemiciclo, perfume de habanos en las negociaciones pospuestas, rumores de nuevos ministerios, poemas de Baudelaire, una novela de aventuras y tigres…
Pero a las puertas del Congreso, frente a los leones, está a Aníbal cabalgando los elefantes de la crisis. Será la crisis, y no la táctica parlamentaria, lo que determinará el curso de la legislatura que empieza. Contra los elefantes de la crisis se verá si la musculatura de Zapatero es de verdad o de mentira.