La Central Lechera Asturiana vista por Juan Vega en su Weblog
El Plan “¡Silba Cuervo!” para la Central Lechera Asturiana
La Central Lechera Asturiana nació en 1967 como cooperativa, en el sentido más popular y auténtico del término, no sólo el jurídico, y fue su creador real nada menos que un aristócrata idealista y demócrata, un personaje hoy olvidado de la transición política, y uno de los primeros asturianistas de la democracia, Ramón Cavanilles Navia-Osorio, que enseguida se vio desbordado por el pragmático funcionario del régimen franquista, Jesús Sáenz de Miera, policía de profesión, y un hombre práctico y poco dado a los discursos, que auxiliado por un equipo procedente del sindicato vertical, se hizo con el control del proceso de gestación de una organización que nacía con unos 4.000 ganaderos, agrupados en 19 comarcas, con un núcleo central en Oviedo. El capital fundacional fue de 10.000 pesetas.
Véase, como documento histórico del máximo interés, cómo definía José Manuel Vaquero, hoy todopoderoso en La Nueva España, en 1982, los orígenes de este singular negocio:
Aquella iniciativa consiguió en 1968 la concesión de una Central Lechera que el gobierno sacó a concurso. En la junta rectora se sentaban los presidentes de los grupos comarcales, la Diputación Provincial, la Caja de Ahorros, la Caja Rural y la Cámara Sindical Agraria del verticato, que aportaron capital. En 1970 se inauguró la fábrica de Granda.
Casi nada queda ya de la cooperativa que fue un símbolo de la Asturias del carbón y de la leche -¡descanse en paz!- en la que hoy hay todavía más de 7.000 socios, con títulos de propiedad que guardan como oro en paño, de los que sólo 1.280 se mantienen en activo, no porque -y este detalle es muy conveniente subrayarlo- los ganaderos hayan querido abandonar la actividad ganadera en Asturias, sino porque la administración, siguiendo las imposiciones derivadas de la adhesión de España a la Unión Europea, ha ido echando a los productores del sector, y ahora mismo, los últimos ganaderos asturianos, buena parte de los cuales son esos socios activos de CLAS de los que tanto se habla ahora, ven llegar la liberalización de las cuotas, que va a convertir estas últimas explotaciones en inviables, ante la importación masiva de excedentes lácteos, que ya está destruyendo el sector en estos momentos, y que sin duda constituye ya la base de buena parte de la producción de nuestra amada “leche asturiana” de toda la vida.
Y éste es el verdadero terreno en el que hay que situar el debate de CLAS y las habituales mentiras de nuestra clase política y nuestras hojas parroquiales de intoxicación retribuída, ante una operación de ingeniería financiera, que no consiste en otra cosa que en expoliar definitivamente a los ganaderos asturianos de su patrimonio histórico, para que un extraño conglomerado, que se denomina Corporación Alimentaria Peñasanta, en el que CLAS mantiene una precaria mayoría societaria, vea como sus socios minoritarios, entre los que destaca la francesa Bongrain, que tiene el 27% del capital, y que entró en el asunto detrás de Pedro Astals, actual director general del negocio, sirva de lanzadera, para que alguien se quede con la marca y su mercado -que es de lo que se trata-, tras quitarle el control a los antiguos cooperativistas, al trasladar los activos de la Central a una sociedad limitada, en la que los restos de la antigua cooperativa se quedarían sin fuerza societaria y sin capacidad financiera para resistir las inevitables ampliaciones de capital que los dejaría definitivamente fuera del negocio.
El camino es obvio. Primero se divide a los antiguos propietarios, de acuerdo con esa simpática “hoja de ruta”, como se dice ahora, pergeñada por los expertos imaginadores de planes de empresa Álvaro Cuervo y Pedro de Silva, conocida como el Plan Silva-Cuervo -que ya algunos denominan “¡Silba Cuervo!”-, entre “socios activos” y “socios inactivos” -que más parece una guía para el sexo sodomítico que para la salvación de una empresa-, fomentando la ambición de los llamados “socios activos” -los que dan- para que dejen en la estacada a sus antiguos colegas “inactivos” -los que toman-, y así, como últimos convidados, sacar algo pegado a las uñas del final del banquete que se aproxima, pues es evidente que 1.280 tocan a más -si al final hay algo- que 7.470, pues a su vez, los 1.280, ya estarán pensando cómo devorarse unos a otros, hasta que al final 15 o 20 consigan quedarse con la llave del negocio para entregársela al que llegue con los billetes de 500, momento en el que ya se habrán sólo quedarán raspas de cooperativistas, y uno o dos vivos, como supervivientes de un avión caído en las cumbres de Los Andes.
Porque ahora ya, la cuestión de fondo, de la que nadie habla, y lo mal hecho mal parece, es qué porcentaje de la producción de CLAS corresponde a la leche ordeñada de las vacas asturianas, y qué porcentaje de ese leche se ordeña de las cubas que llegan a Viella, gracias a la antigua Renfe, sobre raíles, porque claro, si yo en realidad a lo que estoy es a intentar ir hacia adelante y a lo loco, cobrando leche francesa, al doble de su precio, con el cuento de que es “asturiana”, pagando cada vez menos al ganadero local, porque es menos necesario cada día, mientras los consumidores siguen tragándose este cuento, es evidente que me encuentro ante una industria que está montada sobre una gran mentira y que tiene los días contados, porque no es más que un juego de ruleta rusa, en el que tarde o temprano me voy a encontrar con una bala a punto de ser percutida en el tambor del revolver.
Vistas así las cosas, que es como son, el Plan “¡Silba Cuervo!” no es más que una indecencia, opaca y loca, creada a la desesperada, para dar salida a una situación, en la que hay dos bandos: los ganaderos asturianos, “activos” y “pasivos” -protagonistas de una película de Pedro Almodóvar, dedicada a la leche negra-, que se les divida o no, se les engañe o se les deje de engañar, es lógico que quieran sacar lo máximo que puedan de lo que es suyo, apoyados, lógicamente, por los sindicatos agrarios, que ven la ruina del sector a la vuelta de la esquina, tras la liberalización de las cuotas; y al otro lado tenemos a políticos, periódicos, directivos de cajas, accionistas privados y asesores, varios, que quieren quitarse de encima, como sea, a los ganaderos -es decir, a los propietarios-, para repartirse los despojos del festín, en forma de comisiones por intermediación, anuncios, publicidad, honorarios y demás pasta gansa, es decir, prestos a repartirse las galas del difunto que tienen que matar, para poder despojarle de su herencia.
El problema que tienen unos y otros, es que como no reine el sentido común, se aflore la verdad, y se negocie una salida razonable, el muerto se va a morir del todo, y se acabó lo que se daba. Del problema que tenemos los asturianos, con nuestros peculiares negocios y los usos y costumbres de nuestra cleptomaníaca clase dirigente, mejor no hablar, porque la cosa aburre.
La Central Lechera Asturiana nació en 1967 como cooperativa, en el sentido más popular y auténtico del término, no sólo el jurídico, y fue su creador real nada menos que un aristócrata idealista y demócrata, un personaje hoy olvidado de la transición política, y uno de los primeros asturianistas de la democracia, Ramón Cavanilles Navia-Osorio, que enseguida se vio desbordado por el pragmático funcionario del régimen franquista, Jesús Sáenz de Miera, policía de profesión, y un hombre práctico y poco dado a los discursos, que auxiliado por un equipo procedente del sindicato vertical, se hizo con el control del proceso de gestación de una organización que nacía con unos 4.000 ganaderos, agrupados en 19 comarcas, con un núcleo central en Oviedo. El capital fundacional fue de 10.000 pesetas.
Véase, como documento histórico del máximo interés, cómo definía José Manuel Vaquero, hoy todopoderoso en La Nueva España, en 1982, los orígenes de este singular negocio:
Aquella iniciativa consiguió en 1968 la concesión de una Central Lechera que el gobierno sacó a concurso. En la junta rectora se sentaban los presidentes de los grupos comarcales, la Diputación Provincial, la Caja de Ahorros, la Caja Rural y la Cámara Sindical Agraria del verticato, que aportaron capital. En 1970 se inauguró la fábrica de Granda.
Casi nada queda ya de la cooperativa que fue un símbolo de la Asturias del carbón y de la leche -¡descanse en paz!- en la que hoy hay todavía más de 7.000 socios, con títulos de propiedad que guardan como oro en paño, de los que sólo 1.280 se mantienen en activo, no porque -y este detalle es muy conveniente subrayarlo- los ganaderos hayan querido abandonar la actividad ganadera en Asturias, sino porque la administración, siguiendo las imposiciones derivadas de la adhesión de España a la Unión Europea, ha ido echando a los productores del sector, y ahora mismo, los últimos ganaderos asturianos, buena parte de los cuales son esos socios activos de CLAS de los que tanto se habla ahora, ven llegar la liberalización de las cuotas, que va a convertir estas últimas explotaciones en inviables, ante la importación masiva de excedentes lácteos, que ya está destruyendo el sector en estos momentos, y que sin duda constituye ya la base de buena parte de la producción de nuestra amada “leche asturiana” de toda la vida.
Y éste es el verdadero terreno en el que hay que situar el debate de CLAS y las habituales mentiras de nuestra clase política y nuestras hojas parroquiales de intoxicación retribuída, ante una operación de ingeniería financiera, que no consiste en otra cosa que en expoliar definitivamente a los ganaderos asturianos de su patrimonio histórico, para que un extraño conglomerado, que se denomina Corporación Alimentaria Peñasanta, en el que CLAS mantiene una precaria mayoría societaria, vea como sus socios minoritarios, entre los que destaca la francesa Bongrain, que tiene el 27% del capital, y que entró en el asunto detrás de Pedro Astals, actual director general del negocio, sirva de lanzadera, para que alguien se quede con la marca y su mercado -que es de lo que se trata-, tras quitarle el control a los antiguos cooperativistas, al trasladar los activos de la Central a una sociedad limitada, en la que los restos de la antigua cooperativa se quedarían sin fuerza societaria y sin capacidad financiera para resistir las inevitables ampliaciones de capital que los dejaría definitivamente fuera del negocio.
El camino es obvio. Primero se divide a los antiguos propietarios, de acuerdo con esa simpática “hoja de ruta”, como se dice ahora, pergeñada por los expertos imaginadores de planes de empresa Álvaro Cuervo y Pedro de Silva, conocida como el Plan Silva-Cuervo -que ya algunos denominan “¡Silba Cuervo!”-, entre “socios activos” y “socios inactivos” -que más parece una guía para el sexo sodomítico que para la salvación de una empresa-, fomentando la ambición de los llamados “socios activos” -los que dan- para que dejen en la estacada a sus antiguos colegas “inactivos” -los que toman-, y así, como últimos convidados, sacar algo pegado a las uñas del final del banquete que se aproxima, pues es evidente que 1.280 tocan a más -si al final hay algo- que 7.470, pues a su vez, los 1.280, ya estarán pensando cómo devorarse unos a otros, hasta que al final 15 o 20 consigan quedarse con la llave del negocio para entregársela al que llegue con los billetes de 500, momento en el que ya se habrán sólo quedarán raspas de cooperativistas, y uno o dos vivos, como supervivientes de un avión caído en las cumbres de Los Andes.
Porque ahora ya, la cuestión de fondo, de la que nadie habla, y lo mal hecho mal parece, es qué porcentaje de la producción de CLAS corresponde a la leche ordeñada de las vacas asturianas, y qué porcentaje de ese leche se ordeña de las cubas que llegan a Viella, gracias a la antigua Renfe, sobre raíles, porque claro, si yo en realidad a lo que estoy es a intentar ir hacia adelante y a lo loco, cobrando leche francesa, al doble de su precio, con el cuento de que es “asturiana”, pagando cada vez menos al ganadero local, porque es menos necesario cada día, mientras los consumidores siguen tragándose este cuento, es evidente que me encuentro ante una industria que está montada sobre una gran mentira y que tiene los días contados, porque no es más que un juego de ruleta rusa, en el que tarde o temprano me voy a encontrar con una bala a punto de ser percutida en el tambor del revolver.
Vistas así las cosas, que es como son, el Plan “¡Silba Cuervo!” no es más que una indecencia, opaca y loca, creada a la desesperada, para dar salida a una situación, en la que hay dos bandos: los ganaderos asturianos, “activos” y “pasivos” -protagonistas de una película de Pedro Almodóvar, dedicada a la leche negra-, que se les divida o no, se les engañe o se les deje de engañar, es lógico que quieran sacar lo máximo que puedan de lo que es suyo, apoyados, lógicamente, por los sindicatos agrarios, que ven la ruina del sector a la vuelta de la esquina, tras la liberalización de las cuotas; y al otro lado tenemos a políticos, periódicos, directivos de cajas, accionistas privados y asesores, varios, que quieren quitarse de encima, como sea, a los ganaderos -es decir, a los propietarios-, para repartirse los despojos del festín, en forma de comisiones por intermediación, anuncios, publicidad, honorarios y demás pasta gansa, es decir, prestos a repartirse las galas del difunto que tienen que matar, para poder despojarle de su herencia.
El problema que tienen unos y otros, es que como no reine el sentido común, se aflore la verdad, y se negocie una salida razonable, el muerto se va a morir del todo, y se acabó lo que se daba. Del problema que tenemos los asturianos, con nuestros peculiares negocios y los usos y costumbres de nuestra cleptomaníaca clase dirigente, mejor no hablar, porque la cosa aburre.
¿Para qué quiere, el que compre CLAS, una fábrica, si no hay ganaderos?
Como muy bien dice Javier Cuartas, en un buen artículo que nos recuerda sus mejores tiempos como periodista económico, se “ha reabierto el debate en el seno del mayor movimiento cooperativo de Asturias y uno de los más relevantes de España, y sobre el que pivota el mayor grupo industrial lácteo español por volumen de recogida de leche (aunque no por facturación y beneficios)“.
Y ahí está la madre del cordero, que sólo a los afectados parece importarles ese papel como mayor grupo de “recogida de leche”, porque, como las autoridades dan por perdido el sector ante su liberalización y la entrada masiva de las importaciones, se acerca el momento del tonto el último y el que la pilla la pilló.
Añade Cuartas, en otro párrafo de su brillante artículo, algo que ya señalaba en este Blog, como es, que el fondo de la operación es quitar el control a los ganaderos: “una vez que las actuales participaciones de Clas pudieran ser adquiribles por cualquiera, bastaría comprar el 51% de esta pequeña sociedad para dominar la marca (principal activo del grupo) y el paquete de control de Capsa, por lo que una relativamente pequeña inversión permitiría hacerse con el dominio de todo el grupo, cualquiera que sea el resto del accionariado de Capsa, dado que la SL tendría el 56,39% que hoy posee Clas“.
Item más: “como además el 51% de la SL sería suficiente para ejercer el poder total, nadie estaría interesado en adquirir el 49% restante, por lo que los ganaderos que no hubiesen entrado en ese 51% ya no tendrían a quién vender sus títulos, salvo que Capsa absorbiera a la SL. Y a diferencia de lo que ocurre con las opas a las sociedades anónimas (las acciones tienden a subir de precio), en una oferta por el 51% de una SL es previsible que el valor de mercado de los títulos, en vez de subir, bajase, dado que muchos socios podrían tratar de ofrecer sus títulos al supuesto comprador al mejor precio para éste con el fin de entrar en el cupo del 51% y no quedar marginado en la minoría que nadie luego querría comprar“. En definitiva, se trata de quitarles el producto de tantos decenios y trabajo, de la manera más barata posible para el comprador. Eso es indiscutible, y está honrada y claramente explicado por el periodista, que una vez más brilla con la calidad del profesional pundonoroso, cada vez más escaso en nuestros patéticos medios de comunicación.
La claridad es también la cortesía del periodista, no sólo del filósofo, y eso, estimados señores del gremio que preside el ilustre y simpátiico José Antonio Bron, no lo da la pertenencia a una corporación medieval, el oficio, la formación, la valentía y la honestidad intelectual, y como Cuartas, aquí hay muy pocos, y tienen muy poco margen de maniobra, porque el gremio es para mear y no echar gota (si los periodistas se plantasen por algo más que por el carné…; las fuentes anónimas, las declaraciones por escrito, las ruedas de prensa sin preguntas, etcétera, etcétera), pero eso son otros lópeces, que en el futuro no podrán quitarse responsabilidades.
Pero volvamos a lo nuestro: ¿en qué consiste la “asturianía” de la que hablan unos y otros.?
La “asturianía” consiste en que el que la pille, no es que se la quede, es que la vende, y se mete en el bolsillo una mordida espectacular. Y claro, olvidarse de lo que significa hoy todavía la ganadería en Asturias, y darla por perdida irremisiblemente, me parece tan grave, como dar por perdido el carbón -después de enterrar fortunas en su defnsa numantina, se cierra todo cuando empieza a ser rentable- y dedicarse a pegar pelotazos en Sudáfrica, dar por perdidos los astilleros para hacer pisos de lujo, etcétera, etcétera.
¿De verdad no hay más solución para Asturias que ser una gran planta de energía eléctrica? ¡Venga ya! Esa solución es pistonuda para los mendigos que esperan las migas que se caen del mantel de lo que fue la Duro Felguera y hoy no es más que un negocio de bolsa para sus accionistas y unos pocos empleos en liquidación. Cuando empezó el actual proceso de Duro Felguera, también se hablaba de “asturianía”. La mediocridad de nuestros dirigentes, salidos del clima dramático de las reconversiones, hacen creer aquí a todo el mundo que el cancer, la suciedad, la destrucción del paisaje, la corrupción y el derrotismo son nuestro único camino.
¿Es entonces un buen negocio para Asturias aceptar la liquidación de un sector que da empleo y renta a miles de personas para que se forren cuatro amigos? La respuesta es evidente, pero ya sé que lo que está de moda es apoyar los pelotazos, porque apoyándolos siempre te puede caer algo. Criticarlos no vende, y además te puede caer una paliza. Es el camino de la mejicanización en la que estamos embarcados.
Y es que no vale olvidarse de un hecho evidente. Cuando al final de este periplo, y los políticos, los directivos de las cajas, los periódicos, los asesores, los abogados, y todos los actores de estos procesos salvajes, se hayan quedado con lo suyo, ¿Va a seguir ahí la factoría?
¿Para qué va a querer una gran marca que se quede con el nombre de CLAS, una industria láctea en Asturias, si no hay recogida, si no hay ya nada de leche, si toda hay que importarla, y si lo único que interesa es eso, la marca. Los costes de transporte la harán innecesaria. A la marca le ponen ruedas y se la llevan, si es que vale para algo una marca de leche asturiana, cuando en Asturias no haya leche, ¡diablos! Como mucho, si entonces se monta un gran follón, llegarán unas buenas subvenciones y se monta una fábrica virtual, como hicieron en Burgos con las galletas.
Aguilar de Campoo vendió la marca “María” de Fontaneda, con la empresa y ¿qué quedó en Aguilar de Campoo? Nada, unos pocos puestos de trabajo.