Boca Florida, de David Gistau en El Mundo
AL ABORDAJE
Todos cuantos aguardan a que Esperanza Aguirre toque la corneta para asaltar Génova han de sentirse hoy un poco como Estrella de Hielo. El macho panda del zoológico de Madrid recuerda al personaje del chiste que confesaba con entusiasmo que él sólo disfrutaba de un coito al año: «¡Pero me toca hoy!». A Estrella de Hielo le toca hoy, se lo insinúa un rastro de feromonas que satura la jaula como una promesa de emociones. Y, sin embargo, la hembra Boca Florida no hace sino demorarle porque le gusta controlar los tiempos, y desde el otro lado de una verja que aún no se anima a cruzar coquetea como las damas galdosianas que apenas enviaban mensajes pícaros con el código del abanico.
Sería poco elegante mencionar de Esperanza Aguirre un rastro de feromonas, así que lo dejaremos en que la lideresa se contenta de momento con mover el abanico aceptando cortejos, pero sin cruzar la verja. Todavía. Ayer, en el Foro de ABC, repitió lo que ya le había dicho al propio Rajoy en el reservado de Zalacaín: que no descarta presentar su candidatura en el Congreso. Un no pero sí que de entrada ahonda en Rajoy el aire de provisionalidad que el hombre no se sacude desde la triste aparición en el balcón de Génova y que además relaciona a Aguirre con la campaña periodística nada espontánea que le estaría tomando ya una cabeza de playa sin desgastes personales y sin quemar naves. Mueve el abanico, pone cara de yo no he sido mientras la sacan de procesión por los mentideros de Madrid, y se toma su tiempo para esperar a que la manga se le llene de ases antes de apostar.
La situación es la peor de las posibles para Rajoy. No ya porque refute del todo el tópico de la cohesión y el firme liderazgo en el partido. Sino porque Aguirre acaba de arrogarse una misión de custodia del único camino verdadero que le daría derecho a intervenir a poco que Rajoy se saliera de los cauces que intentan imponerle desde fuera de su propio equipo. Se crea así una situación de la que Rajoy sólo saldría fortalecido derrotando a Esperanza Aguirre si por fin ella se animara a presentar candidatura en vez de amagar, interfiriendo en la reconstrucción del partido pero sin dar el paso adelante de asumirla.
Ese combate lo necesita Rajoy para desactivar la escisión y para neutralizar el complejo de perdedor aunque sea con una victoria intestina. Si Aguirre lo posterga es porque, más allá de las maniobras subterráneas en que pueda andar metida para lograr apoyos, sabe que con el solo hecho de vigilar a Rajoy como si tuviera conferida una autoridad tutelar del partido ya consigue que al gallego se le vea como un subalterno que ha de rendir cuentas y que va a los restaurantes de lujo a negociar con aquello a lo que teme.
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