Reggio’s Weblog

Valentía, verdad y agua, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia

Publicado en Economía, Política by reggio en Abril 7th, 2008

No es cierto que el asunto sea la sequía, como no es cierto que antes lo fueran los colapsos ferroviarios, la falta de suministro eléctrico o las imprevisiones cuando se hundió el túnel en el barrio del Carmel. La escasez de agua nos preocupa a todos, pero el auténtico problema al que nos enfrentamos no es sectorial ni técnico, no tiene que ver con los recursos naturales, ni con el crecimiento demográfico ni con los intereses enfrentados de territorios y lobbies. Lo que ahora no funciona está en la base de lo político, no es una pequeña pieza del engranaje que será reparada. No bastará con gestos como, por ejemplo, relevar a un conseller. La crisis no es sobre el agua, es sobre la política que se practica hoy en Catalunya. Y es una crisis sobre la relación de los políticos con el fin mismo de su actividad. Este es el problema mayor, al margen de las soluciones que se adopten para hacer frente a la sequía.

Hace más de un año, escribíamos en estas páginas que Catalunya había sido presa de la política kamikaze y añadíamos que esta nos conducía hacia una suerte de país guiñol. En estos momentos, tras mucho cansancio, todas las categorías de análisis de nuestra vida colectiva se han convertido en reducciones binarias del tipo optimista/pesimista, desplazando hacia el voluntarismo de los ciudadanos el necesario escrutinio de la actividad de los políticos. Ello indica que habitamos un espacio en el que las acciones, los gestos y las palabras de los gobernantes se evalúan diariamente más por la ausencia de defectos y desastres que por la demostración de virtudes y compromisos. De este modo, hemos acabado aceptando que la falta de ruido es lo mismo que la eficacia, o hemos dado por bueno que la no injerencia entre departamentos es lo mismo que una buena coordinación de gobierno. Lo peor de todo es que, de paso, las elites de Catalunya han sancionado que la falta descarnada de ideas y el ir tirando son lo mismo que la estabilidad y la sensatez necesarias.

La situación de alarma por la falta de agua ha hecho estallar desde dentro este falso paradigma en el que algunos trataban de instalar a toda una sociedad. Digámoslo claro: no hay, como se nos había repetido, gestor alguno que armonice todas las carpetas con prudencia, sólo hay un control gris, precario y primario, ampliado exageradamente para conjurar los males de una anterior experiencia basada en el estropicio. Había y hay inanidad, desconfianza interna y vacío. Por todo ello, el presidente del Gobierno central promete agua a Catalunya, mientras que el president de la Generalitat apenas aparece. Por todo ello, un conseller afirma que ocultó medidas porque así lo ordenó Madrid y una ministra lo niega. La falta de autoridad vuelve a pesar sobre nuestros gobernantes, como pesó antes, cuando Zapatero fue aclamado en el Carmel el día en que se presentó para repartir millones.

Para Hannah Arendt, en sus textos recogidos en ¿Qué es la política?, la valentía “es la primera de todas las virtudes políticas”. Esta virtud cardinal, lamentablemente, no es un supuesto de trabajo para los que hoy gobiernan Catalunya, como ha quedado claro a la hora de hacer frente a un horizonte de sequía. En vez de la valentía, su virtud preferida es la resistencia, lo cual demuestra que la finalidad de esta política únicamente es durar, a toda costa. Cuando el fin de la política convierte lo instrumental en sustantivo es que no hay proyecto. Para desplegar un proyecto, deben tomarse muchas decisiones y ello sólo es posible sin miedo, desde la valentía de asumir compromisos. Es obvio que proponer una síntesis que responda al interés general enfrenta al que gobierna con los intereses particulares. Este choque es parte de la naturaleza de la labor política y el éxito no está en eludirlo sino en plantearlo con inteligencia, sentido de los tiempos y coraje.

De la valentía o coraje para defender un proyecto y las políticas concretas que lo constituyen emana la necesidad que tiene el gobernante de no despreciar nunca la verdad en su relación con los gobernados. Es ingenua y autodestructiva la pretensión de ocultar desesperadamente los hechos ante la opinión pública, extremo que también hemos comprobado estos días. Tenemos ya bastante experiencia, dentro y fuera de nuestras fronteras, para saber que la distorsión oficial de las evidencias no hace más que complicar aún más la resolución de conflictos y agranda la sospecha generalizada sobre el poder democrático. El chiste -por así decirlo- es que nuestra particularidad reside en que algunos piensan, precisamente, que la falta de poder en Catalunya será lo que les ha de salvar, una y otra vez, de la quema.

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