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En la cresta de la ola hipocondríaca, de Antoni Puigverd en La Vanguardia

Posted in Economía, Política by reggio on 7 Abril, 2008

El tono vital catalán está de nuevo dominado por la ansiedad: cuando no caen los túneles o se paran los trenes, nos quedamos sin agua. Enseguida nos da por hablar de decadencia o catástrofe catalana.

La psicología del catalán es como la avanzadilla del estado de ánimo hipocondríaco que agarrota a Occidente. Tal hipocondría tiene muchas causas, pero su inicio coincide con la aparición del SIDA (que empezó a cobrar impuestos de todos los viajes iniciados en mayo de 1968). Y se consolidó con la caída del Muro de Berlín, pues, a pesar de que, inicialmente, produjo una gran alegría y una apoteosis de libertad, enseguida puso en evidencia la imposibilidad de una alternativa al sistema capitalista: pronto se generalizó la idea de que las empresas y los países están obligados a competir sin descanso. Nuestro mundo hace suya la ética agónica del Lute: camina o revienta; y el dilema del condenado a las galeras: o remas o te hundes. Incluso cuando nos divertimos, en Occidente, el tono es trágico, sombreado por amenazas e inquietudes: Bailad, bailad, malditos. De la discoteca (o del estadio de fútbol o del restaurante) al ataúd.

Cuando los aviones comandados a distancia por Bin Laden destrozaron las torres de Manhattan, la hipocondría occidental ya no tuvo marcha atrás. Desde aquel momento, estamos convencidos, como los antiguos galos, de que el cielo va a caer sobre nuestras cabezas.

Nunca los lujos y el bienestar estuvieron al alcance de tanta gente y, a pesar de ello, nunca estamos tranquilos: sea por las partículas nucleares que se escapan de Ascó, sea por las dioxinas en la mozzarella, sea por la gripe de los pollos. En cada esquina se cuece una amenaza: ladrones del Este, terroristas del norte, islamistas fanáticos, carteristas de toda la vida. Los gastos de seguridad son enormes, nunca hubo tantos cuerpos de policía, pero el miedo es más fuerte. Estamos acorazados, pero no dejamos de temblar.

Están de moda los deportes, pero los practicantes sufren; y los espectadores todavía más. Saborear las victorias está prohibido: hoy tu equipo preferido ha ganado, sí, ¿pero ganará mañana? El miedo a la derrota futura eclipsa toda satisfacción por la victoria presente. Las conquistas del mundo occidental son fabulosas: calefacción, sanidad, electricidad, velocidad, información, etcétera. Casi todas las maravillas están, en mayor o menor grado, a nuestro alcance. Pero el miedo a perderlas no deja disfrutarlas; y sus costes ambientales preocupan o amenazan. La hipocondría occidental es la forma moderna del viejo milenarismo. De la misma manera que el paciente hipocondríaco interpreta cualquier detalle anormal de su cuerpo (un dolor impreciso, un ganglio inflamado) como espantosa evidencia de una enfermedad mortal, cualquier variable económica (el desplome de la vivienda, la desaceleración) es percibida como alarmante anuncio de la reedición del crash de 1929. A medida que los gigantes orientales ensanchan, voraces, su inmensa corpulencia, Europa occidental se acobarda y, temerosa, llora no por los problemas de hoy: por la hecatombe de mañana. ¿Y qué decir de las constantes variaciones de la naturaleza? Son recibidas, con gran aparato histérico como anuncios del desastre final. Unos exigen penitencia, como los tremendistas predicadores medievales. Otros se lanzan al último dispendio, a la última borrachera, a la comilona fatal, como los monjes goliardos. El Apocalipsis está a la vuelta de la esquina: a beber o a llorar.

No en todas partes, el comportamiento hipocondríaco está tan arraigado como en Catalunya. Los países de tradición liberal, como Gran Bretaña, están acostumbrados a responder con coraje y esfuerzo individual a las situaciones adversas. Están ligeramente protegidos contra las respuestas histéricas, contra la desazón causada por los peligros y dificultades. En otros, como Alemania, existe una clase dirigente sólida, con capacidad de señalar con el dedo en medio de la niebla. A lo mejor, el dedo señala una dirección equivocada, pero al menos inspira confianza en las gentes, impide que la sociedad sea la presa de la depresión. Esto es, precisamente, lo que el enfermo de hipocondría busca cuando se acerca al médico: una respuesta clara que inspire confianza. En Francia domina el desconcierto, el lamento y la sensación de naufragio. Y se agarraron a un Sarkozy que parecía tener algunas ideas claras. Parecía.

Si en Catalunya estamos superando en histeria, desconcierto y depresión a nuestros idealizados franceses, es a causa de la inexistencia de una clase dirigente con capacidad de señalar un punto cardinal y convencernos de que en tal dirección está nuestra cura. Nuestros políticos son muy habilidosos luchando por el poder y agrupándose para repartírselo. Pero una vez conquistados los despachos, creen innecesario realizar un diagnóstico. Tratamientos sí proponen, pero son difíciles de entender: sus recetas son diversas y contradictorias y forman en conjunto un ilegible cóctel de medicamentos. No sabemos si señalan un punto, no sabemos hacia qué dirección nos conducen. Huérfanos de liderazgo claro, faltos de un médico clarividente y expeditivo no es extraño que estemos en permanente zozobra, cabalgando en la cresta de la ola hiponcondríaca.

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