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Las otras muertes de un guionista, de Gregorio Morán en La Vanguardia

Publicado en Cultura by reggio en Abril 5th, 2008

SABATINAS INTEMPESTIVAS

De todas las cosas perversas que uno puede hacer con la pluma, incluida la de clavársela al editor a la altura del corazón, la más despreciable, humillante, vergonzosa y mal pagada es la de guionista. No se puede ni siquiera comparar con un negro -dícese del que escribe un libro para que lo firme otro, con mayor nombre-. Un negro es un caballero de la pluma, respetado y solicitado; porque es el único capaz de consumar milagros a precios razonables, y sin darse importancia. La consideración real de un guionista en el mundo de las letras es similar a la del chapero en el sexo. Por eso tiene tan especial interés la figura de Rafael Azcona. Las encendidas loas al guionista muerto me producen la misma sensación que escuchar al juez de Sevilla, Rafael Tirado, lamentándose por el descuido que permitió al pederasta Del Valle hacer de las suyas con la niña Mari Luz. Fíjense si será similar la historia que, tanto en un caso como en otro, nadie empieza por el principio, que es la mejor manera de enterarse de las cosas. El juez Tirado, sexto magistrado de la familia, fue uno de los colaboradores necesarios para llevar a la cárcel, y sin descuido alguno, a aquel delincuente de pacotilla que respondía al nombre de Juan Guerra, hermano del vicepresidente del gobierno a la sazón.

Rafael Azcona Fernández había nacido en La Rioja, posiblemente el único lugar de España donde ser nacionalista -de lo que sea, incluido el fútbol, las artes marciales o las cosechas de vino- es una anomalía que debe ser medicada. Veinteañero, como hicieron generaciones enteras de españoles, marchó a Madrid para hacer fortuna si fuera posible en el mundo de las letras. Y lo consiguió gracias a un comandante, al que no conozco pero del que nunca hasta la fecha he oído hablar mal, lo que en España merecería una condecoración del estilo de la Jarretera, selectísima. Me estoy refiriendo a Antonio Mingote, humorista eterno en el periódico más malhumorado de España, el ABC.Y entró en La Codorniz.

El franquismo, eso que suelo denominar tiempos del cólera, generó un ramal especial de la memoria; la invención verosímil, la fabulación real. No es que nos hayamos inventado el pasado, sino que hemos imaginado un pasado orgulloso sobre una realidad humillante. Y así ocurre que usted oye hablar del papel liberal que jugaron los falangistas. Incluso un logrero académico se inventó, y con éxito, la falange liberal, y otro alumno suyo, jugando aún más a la contradicción en los términos, fabuló sobre la oposición silenciosa -”y pensar que mi abuela se murió sin saber que ella formaba parte de la oposición silenciosa”, me decía con sarcasmo fallero un político valenciano-. Esto es válido para la legendaria publicación de humor La Codorniz.¿Quién no escuchó alguna vez narrar el parte meteorológico de La Codorniz anunciando que viene del este no sé qué de malo y de gallego, en referencia a Francisco Franco? Nunca, en su larga existencia, La Codorniz hizo la más mínima referencia al Caudillo, ni por activa ni por pasiva, y es lógico. Hubiera supuesto el cierre fulminante de la publicación. Para mayor inri, los directivos y principales colaboradores de La Codorniz habían ganado la guerra. Pero es curioso cómo la leyenda de una Codorniz temeraria y antifranquista fue y aún sigue siendo conversación de veteranos.

Sin embargo, sí cabe decir que, fuera de la política, impensable bajo la dictadura, era de una virulencia social que hoy posiblemente no podría existir. La brearían a querellas. Los jueces de la democracia se ensañarían con ella. Veamos, por ejemplo, al jovencísimo Rafa Azcona. Él se inventó un personaje que le llevaría al éxito, al modesto éxito de los años cincuenta. “El repelente niño Vicente”. Si alguien osara hoy retratar y contar la historia de un chaval así, tendría a las asociaciones de padres en contra, a los de protección de la Infancia, al Ministerio de Educación, al defensor del Menor… Si yo, por ejemplo, escribo “no hay cojo bueno”, se me echa encima una asociación de minusválidos. Si afirmo que fulano ejerce de autista, ya estoy leyendo la carta del presidente de los autistas de Catalunya reprochándome tal y cual cosa, e invitándome a visitar su asociación.

Ser novelista, o poeta o ensayista o periodista, es algo voluntario. Guionista, en la época de Azcona, y en la mía, te lo proponían. Él había escrito novelitas, una especie de cuentos largos, y uno de ellos cayó en manos de un vendedor de máquinas italianas que estaba en España y al que gustaba el cine, Marco Ferreri. Así nació esa obra maestra del humor vitriólico que fue El pisito. La gloria a Azcona no le llegó nunca, salvo en sus últimos años que tuvo algo parecido a un reconocimiento -en el 82 le felicitó el Ministerio de Cultura y algo más tarde le nombraron riojano excelso al mismo tiempo que al filósofo Gustavo Bueno-, pero al menos pudo vivir de su trabajo. Porque un guionista es el más pringao de los escribientes y el menos autorizado a tomar decisiones. Cuando los guionistas de Hollywood mantuvieron su huelga durante 100 días, recuerdo la perplejidad y el silencio de los guionistas españoles. ¡Pero qué momento memorable fue aquel, cuando quedó al descubierto la falacia del espectáculo: las estrellas eran analfabetas funcionales, cuya única inteligencia era visual; se reducía a leer un teleprompter!

Los libros de Azcona no se vendieron nunca. Ni siquiera los críticos los consideraban material digno de ser reseñado como literatura. Sin risa y sin gloria pasaron: Cuando el toro se llama Felipe (ninguna alusión a Felipe González, porque es de 1954), o Los muertos no se tocan, nene o las Memorias de un señor bajito.Todas han sido reeditadas recientemente por una humilde editorial riojana -Pepitas de Calabaza-. Yo les recomiendo una joya, que otra singular editorial acaba de editar -la coruñesa Del Viento- con tres narraciones, a cual más arrebatadora. Pobre, Paralítico y Muerto. En ese librito está condensado, en el más alto grado, el estilo de Azcona, su capacidad para crear una situación y un paisaje tan sólo con el diálogo. No hay ambiente, como si de eso se ocupara el lector. Le basta con unas figuras que se mueven y que hablan para construir un mundo que algunos les ha dado por situar en torno al franquismo primerizo, pero que en mi opinión trasciende de él y se convierte en universal. En un agudo artículo publicado en La Vanguardia, Jordi Juan hacía un somero listado de disparates catalanes que parecen inspirados en Azcona, o servidos en bandeja para una película subvencionada por la Generalitat, El disparate nacional. El humor es el mejor bálsamo para las estupideces colectivas, por eso los políticos más egregios carecen de sentido del humor.

Azcona fue un hombre consecuente. Si el guionista es el desaparecido de los filmes, él se hizo un anónimo en vida; fuera de sus amigos del cine y de las tertulias madrileñas, apenas si se dejó ver hasta hacerse muy mayor, cuando le daba ya igual casi todo, y de casi todo estaba de vuelta. Era alérgico a la estupidez y eso le hizo misántropo, como no podía ser de otra manera. Sobre su pluma se construyeron las mejores películas de la cinematografía española. Nadie como él vivió la miseria humana e intelectual de ese cine español.

Nadie se lo va a contar, pero al tándem Berlanga-Azcona se debe la insólita singularidad de algunas películas, sin parangón en el mundo. Son filmes sin música, para no pagar al compositor. Una disposición del primer franquismo, y que se suele atribuir al popular músico Moreno Torroba -antiguo presidente de la Sociedad General de Autores-, instituyó la teoría de las dos mitades, que no sé si aún sigue en vigor, y por la cual la música tenía el mismo valor que el guión e iban a dos mitades de los ingresos por exhibición. Si quitabas la música, el guión, que iba firmado siempre a cuatro manos, es decir, por el director y el guionista propiamente dicho, suponía el doble de caja.

El cine, como industria, es un territorio de cuatreros. Por eso Rafa Azcona solía poner a sus palabras un toque de sordina sarcástica: “Yo, como Conrad Hilton -el de los hoteles-, en la vida sólo estoy seguro de una cosa: mejor que la cortina de la ducha quede dentro que fuera de la bañera. Todo lo demás es opinable”.

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