Ahogada en la cuna, de David Gistau en El Mundo
AL ABORDAJE
El atentado del 11-M alteró los plazos de una alternancia natural. Por una parte, precipitó el ciclo de ‘Zetapé’, quien gobernó los primeros años desde la incubadora, como en un curso de aprendizaje del poder emitido por Barrio Sésamo. Por otra, bloqueó la armoniosa extinción del aznarismo, enquistado por el afán de rehabilitación histórica después de una derrota atribuida a un hecho accidental que postergó toda introspección crítica. Esta ha llegado con cuatro años de retraso, cuando de la siguiente derrota no se puede culpar ya a factores externos, y en sus primeras reacciones esboza la paradoja de un partido compuesto por una generación emancipada de Aznar para la que sin embargo todavía es pronto, y guiada por un líder en absoluto emancipado de Aznar para el que probablemente ya sea tarde: si Rajoy vuelve a tener la oportunidad de inaugurar un ciclo propio, será a la edad en que los presidentes están ya para dictar conferencias y trascender en los mítines a la función ornamental de una reina madre, de un aval de pedigrí.
Más allá de la capacidad de supervivencia exhibida por Rajoy al parasitar los aires de juventud y formar banda nueva, lo cierto es que a esa generación que le ha entregado su destino no se le va a dar tiempo de cuajar. Desprovisto de coartadas, Rajoy ha perdido la protección de los mismos medios que también se explicaron la derrota de 2004 por el atentado y no por el candidato. Y está por ver que políticos de nueva hornada como Soraya tengan ya hecho un caparazón lo bastante sólido como para resistir el ataque de la que fue artillería del contrapoder y que ahora reorienta los cañones hacia sus propias líneas con una capacidad de destrozo que ya la querría ‘Pepiño’ Blanco.
Gripado Rajoy por más que disimule, crudos y desprovistos del apoyo de los gurús los recién llegados, lo que le va a faltar al PP es una aparición carismática que aglutine la renovación y transforme en energía la sensación agónica de un partido que acaba de mutilarse los atributos sin sustituirlos por nada. Y que, más ahora que hace cuatro años, entra en la legislatura arrastrando una aureola de perdedor nato como el fantasma arrastra la bola. Así, se abre una grieta por la que el rumor ya empieza a colar a Esperanza Aguirre, que no en vano tiene ahora la oportunidad de empezar a rentabilizar todas las adhesiones periodísticas que se ha ido trabajando desde Madrid, donde reclutó y dio sustento a los tertulianos dispersados después del aznarismo. Ella carga en un cesto, como la violetera, todos los adjetivos contundentes de los que de pronto reniega Rajoy en su huida hacia delante. La labor de Zapa para abrirle hueco ha comenzado con el intento de desactivar a la generación de Soraya en la misma cuna, como cuando los primogénitos señalados para la herencia eran ahogados con una almohada.
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