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Clandestinos, de David Gistau en El Mundo

Publicado en Política by reggio en Marzo 28th, 2008

AL ABORDAJE

Cuando está en guerra, una sociedad asustada se aviene a renunciar a principios que se tienen por intocables en tiempo de paz. Uno de ellos concierne a la censura consentida y a la información degradada a propaganda.

Ejemplos de esto son la Patriot Act impuesta por Bush con la coartada de la protección nacional y el entusiasmo cuartelero del periodismo americano antes de la invasión y atasco en Irak, cuando, mientras tremolaban banderas en la misma Fox que ahora se escaquea breaking news con Paris Hilton, cualquier informativo que no sonara como una arenga a la infantería era considerado poco menos que traidor.

Una influencia semejante a la del estado de guerra la ha ejercido en España la lucha contra ETA. Cuando todavía era presidente de la Comunidad, Gallardón censuró en Telemadrid un reportaje sobre el Norte porque no le pareció lo bastante «beligerante». Así, con toda naturalidad, quedó expuesta una excepción a la libertad de prensa y de creación no muy distinta a los diques censores que el aparato de Bush fue levantando con la excusa de la guerra y aprovechándose de la docilidad que tanto el miedo como el zafarrancho general de combate moldearon en los caracteres críticos.

Acaba de estallar uno de esos fugaces escándalos de los que viven las tertulias por culpa de una película de improbable mezcolanza argumental entre etarra y homosexual, titulada Clandestinos, en cuyo cartel promocional aparece un guardia civil con tricornio chupándosela a un terrorista. Un kitsch a lo primer Almodóvar con militares y terroristas en lugar de monjas y otras chicas del montón. Lo más probable es que tan escatológica cinta se dé ínfulas de modernidad arrojando sobre la Guardia Civil la misma mirada corrosiva y burlona que jamás admite contra sí mismo el lobby gay, armado con la palabra homófobo como con un hierro candente para marcar a cualquiera que no le diga amén reconociéndole la naturaleza sagrada de la que depende toda su capacidad de coacción.

Pero si la película es injusta, o delirante, o simplemente mala, contra ella basta con ejercer la elección de no verla. Tratar de filoetarra y poco menos que de traidor al que la ha hecho, al que la ha programado en un festival o al que la ha aplaudido sólo sirve para constatar que también aquí tenemos maltrechos algunos de los principios que custodian la libertad de creación, como en los países donde la guerra es la excusa en la que se ampara el Estado para reducirlo todo a arenga y propaganda.

Es precisamente ante quienes ofenden, como los viñetistas de El Jueves y su coito real, donde se prueban esos principios. Tiene sentido recordar ahora el alegato de Alan Isaacman, abogado de Larry Flint, quien, aun detestando las obscenidades, sólo concebía vivir en un país en el que también hubiera lugar para los obscenos. Eso, y no manipular la lucha contra ETA para perseguirlos con teas como a Drácula.

© Mundinteractivos, S.A.

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