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La guerra de Aznar, de David Gistau en El Mundo

Publicado en Política by reggio en Marzo 21st, 2008

AL ABORDAJE

Para escribir Gruñidos imperiales, Robert Kaplan viajó por todas las fronteras en las que están estacionadas las fuerzas especiales americanas, como las legiones en el limes o los fuertes de contención en las guerras indias. Ahí comprendió cuán erróneo y narcisista es aplicar principios occidentales a naciones en las que no se puede garantizar la supervivencia de nadie. A este lado de la frontera, dos liberales que se junten para charlar de política después del golf concluirán que los valores esenciales son la libertad y la democracia. Pero, al otro lado, si agarramos por ejemplo a dos bagdadíes, lo más probable es que opinen que la libertad y la democracia que les cayeron en paracaídas sólo serán caramelos dialécticos mientras no exista la seguridad.

El diagnóstico sobre la «buena situación» en Irak expresado por Aznar no es tanto la bravata cínica de un político con sobredosis de sí mismo que aún cree que la Historia le debe una rehabilitación. Es también la confusión de prioridades de un típico liberal de club de golf convencido de que debe mostrarse agradecido aquél a quien se le ha dado la oportunidad de morir en democracia en lugar de vivir en opresión.

Que las condiciones creadas sean intolerables no importa demasiado siempre que las cobayas humanas con las cuales se experimentó estén lo bastante lejos como para no arruinar con sus sufrimientos y su destino roto la vanidad de haber contribuido a propagar lo que Occidente considera la fe verdadera. «Lo volvería a hacer», dice. Y claro: no son las aulas de Georgetown, ni el yate de Briatore, en el que Aznar luce abdominales en verano, los que van a volar con la próxima bomba, luego la situación es buena.

A los liberales tipo Aznar empieza a ocurrirles con Irak lo que a los progres con Cuba. Cada uno a su manera, ensalzan la aplicación teórica de sus principios, el ideal remoto, pero ninguno se iría a vivir ahí ni consiente compadecerse de los individuos que están atrapados en una forma de vida inaceptable para no tener que corregir sus prejuicios. Para no tener que reconocer que se equivocaron o fracasaron en lo que intentaban. Y la terna de Azores fracasó después de mentir al mundo y de arruinar para muchas generaciones cualquier visión de justicia en el uso del legítimo monopolio de la fuerza que Hobbes concedía al Leviatán.

Una de las definiciones más malévolas presenta al intelectual como un tipo que, siendo incapaz de acomodar sus prejuicios a la realidad, pretende que sea la realidad la que encaje en sus prejuicios. En Aznar, este hábito no es un vicio intelectual, sino el modo en que un empecinado intenta todavía influir en el recuerdo que de él tendrá la Historia. Es en vano, y por añadidura mantiene al PP encadenado a su cuota de responsabilidad por lo que fue y es una infamia.

© Mundinteractivos, S.A.

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