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Salarios, ladrillo y crisis crediticia, el cóctel explosivo de la economía española, de Carlos Sánchez en El Confidencial

Publicado en Economía, Política by reggio en Marzo 17th, 2008

La superficialidad con que suelen tratarse los fenómenos económicos, salvo en ciertos ambientes académicos, ha derivado en una curiosa circunstancia. Para buena parte de la opinión pública, probablemente para la mayoría de los ciudadanos, la causa del enfriamiento progresivo de la economía española -que en estos momentos debe estar creciendo ligeramente por debajo del 3%- tiene que ver casi exclusivamente con el pinchazo inmobiliario, algo que a estas alturas del año ya nadie pone en duda. Lo cual, dicho sea de paso, pone de manifiesto la credibilidad de quienes durante mucho tiempo han acusado a este diario de provocar gratuitamente una especie de alarmismo injustificado sobre el futuro del sector.Quines sostienen esa tesis, argumentan que debido al elevado peso que tiene la construcción residencial sobre la economía española, parece lógico que si se produce una caída en picado de la demanda de viviendas (en torno a 350.000 al año), lo lógico es que la economía se resienta de manera extraordinariamente relevante, como en realidad está sucediendo. Para ilustrar este razonamiento, sólo hay que poner sobre la mesa el enorme aumento del desempleo en el sector de la construcción, lo cual tiene un efecto multiplicador sobre otros ámbitos de la actividad económica, en particular los servicios vinculados al sector inmobiliario. La caída de la venta de pisos, por lo tanto, sería la ‘culpable’ de lo que nos pasa.

Otra corriente de opinión (espoleada desde el Gobierno) pone el acento en la crisis crediticia desatada en medio mundo a raíz del estallido de las hipotecas ‘subprime’. La crisis, como muchos recordarán, iba a ser ‘pasajera’, según decían hace meses las autoridades económicas, pero lo cierto es que lleva ya con nosotros, al menos oficialmente, desde el pasado 8 de agosto, y da la sensación de que no tiene prisa en marcharse. Según esa teoría, el racionamiento del crédito ha estrangulado el crecimiento de la actividad económica, lo cual es especialmente preocupante para un país como España, que vive del ahorro ajeno desde hace muchos años (en esto sí que nos parecemos a EEUU). Este país necesita cada año más de 200.000 millones de euros procedentes del exterior (incluyendo el pago de intereses) para seguir creciendo, por lo que si el dinero llega con cuentagotas y encima es más caro, el final de la película es evidente: menos aumento del PIB y, por lo tanto, menos empleo y más paro. Por lo tanto, y en coherencia con esos argumentos, hasta que la crisis crediticia -ese mini credit crunch que está viviendo el mundo desarrollado- no desaparezca, no hay nada que hacer.

Crisis interconectadas

Es evidente que los dos argumentos son válidos. Detrás del ajuste que está sufriendo la economía española -seguir hablando de desaceleración es un eufemismo- se encuentran, tanto el pinchazo inmobiliario como la crisis del crédito. Dos crisis que en el caso español están claramente conectadas. Sin financiación se venden menos casas y si cae la venta de inmuebles, lógicamente, la economía se resiente.

Ambos análisis, esbozados de una forma muy elemental, olvidan, sin embargo, un tercer elemento no menos importante que los dos anteriores. Me estoy refiriendo al nivel salarial que existe actualmente en España, un asunto que explica en buena medida la intensidad del enfriamiento económico. Desde la salida de la autarquía, el papel asignado a España en la división internacional del trabajo ha sido la de suministrar bienes y servicios de bajo valor añadido a partir de unos costes salariales sensiblemente inferiores a los existentes en nuestro entorno económico. Algo que explica, por ejemplo, que las grandes multinacionales del automóvil tengan fábrica en España.

Ese modelo de desarrollo es el que ha estallado por los aires, pero a veces da la sensación de que España sigue empeñada en competir exclusivamente vía salarios, lo cual produce efectos devastadores sobre la demanda interna, y en particular sobre el consumo. No deja de sorprender que la subida de los tipos de interés haya puesto a la economía española contra las cuerdas, lo que pone de manifiesto hasta qué punto las familias españolas carecen de ‘colchón’ económico suficiente para poder enfrentarse a un entorno menos favorable en política monetaria. Esa realidad no sería sorprendente si los tipos de interés se hubieran situado en niveles estratosféricos, pero la realidad es que se encuentran en el 4%, un nivel históricamente bajo para un país que ha soportado durante décadas tipos al 12%, 14% o. incluso, el 16%.

Un dato ilustra lo que sucede. De los 19 millones de salarios pagados en 2006 -últimos datos de la Agencia Tributaria- nada menos que 15,6 millones eran inferiores 20.692 euros anuales. Se trata de percepciones brutas, por lo que a esa cifra hay que restarle el pago de impuestos y contribuciones sociales. Los ingresos son incluso inferiores para 10,8 millones de asalariados con rentas anuales inferiores a 13.289 euros brutos. Con esos salarios, no es de extrañar que la percepción de los ciudadanos sobre la situación de la economía española (lo dicen todas las encuestas) esté bajo mínimos.

España ha caído en un círculo vicioso. Los hogares están exhaustos y lo único que se les ocurre a los partidos políticos es subvencionar para llegar a final de mes (caso del Partido Socialista) o bajar impuestos, con el efecto que conlleva esa medida desde el punto de vista de la recaudación (Partido Popular).

A lo mejor habría que reflexionar sobre el papel que deben jugar los salarios en el desarrollo económico del país. Sobre todo a la vista de lo que se nos viene encima: una caída del consumo de los hogares desconocida desde la recesión de los primeros años 90.

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