“Busco hombres para un viaje peligroso”, de Federico Quevedo en El Confidencial
Todo lo que rodea estos días al Partido Popular tras la derrota del 9-M tiene un aire épico. A veces las epopeyas son preludio del desastre, el anuncio de una gesta heroica que acaba con el hundimiento o la muerte de sus protagonistas. En alguna ocasión he traido a cuenta la epopeya de Leónidas y la defensa inútil del paso de las Termópilas para evitar el avance del ejército persa a las órdenes de Jerjes I. Es verdad que ese tipo de gestas heróicas son las que perduran en el tiempo, aunque costara la vida a quienes las protagonizaron. Pero también hay ocasiones en que las gestas, siendo igual de heróicas, tienen finales felices. Ayer les hablaba de la epopeya de Lord Shackleton y la conquista de la Antártida, y me van a permitir que continúe con el ejemplo, porque creo que puede ser muy significativa su interpretación.
Rajoy, después de su decisión del martes por la tarde, se enfrenta al dilema de si al final de su viaje será Leónidas o será Shackleton, de si perderá la vida –es un decir- en el intento, o logrará llegar al eje de la Tierra y alcanzar la victoria final. De entrada, su ánimo se asemeja más al del héroe inglés de la Antártida que al del héroe espartano de las Termópilas. El primero es consciente de que el viaje que emprende es peligroso, y de que incluso es posible que no vuelvan del mismo, y procura no dejar nada al azar para evitar disgustos. El segundo, sabedor de que está en inferioridad de condiciones, sin embargo deja su incierto futuro en manos de los hados y los dioses y llevado por su exceso de confianza desprecia a quien, finalmente, se convertirá en su peor enemigo. Shackleton no engaña a nadie, todos saben que la aventura es arriesgada. Leónidas no deja de ser un fanático que promete el cielo a cambio de una muerte segura.
“Men wanted for hazardous journey. Smoll wages. Bitter cold. Long months of complete darkness. Constant danger. Safe return doubtful. Honour and recognition in case of success” (“Se buscan hombres para un viaje peligroso. Sueldo bajo. Frío extremo. Largos meses de completa oscuridad. Peligro constante. Incierto retorno. Honor y reconocimiento en caso de éxito”)… El anuncio que Shackleton puso en The Times –y que puede leerse en la fachada de la Casa de América- unos meses antes de la expedición no podía ser más elocuente. Quienes se apuntaran al viaje, nunca podrían decir que no sabían a lo que iban. Quienes se sumen al nuevo proyecto de Mariano Rajoy, saben que les espera una larga travesía por el desierto de la incomprensión y el conformismo, que deberán luchar contra todo tipo de peligros y de trampas fuera y, sobre todo, dentro de su partido. Si fracasan, muchos de ellos se verán obligados a decir adios a la política. Pero si culminan con éxito la travesía, les esperan las mieles del triunfo y del poder.
Que el viaje es peligroso y el final incierto, no lo duda hoy nadie. De entrada, son muchos los que creen que Rajoy debería haber dado paso a la sucesión en el PP, por lo que está obligado a hacer esfuerzos ímprobos para demostrar que su decisión ha sido un acierto. La elección del timonel es un factor clave a la hora del éxito o del fracaso en una expedición. ¿Puede Rajoy conducir a su nuevo equipo al éxito? Son muchos los que dudan, pero yo creo que de las cenizas del 9-M ha surgido un nuevo Rajoy, más entero, con más mala leche si me apuran, decidido a no dejar pasar ni una a su contrario, investido de ese espíritu épico con el que se forjan los héroes y los locos, y hay que estar un poco loco para seguir en la brecha pudiéndose haber retirado a los placeres mundanos que permite un beneficioso registro de la propiedad en Santa Pola. Pero de la copa amarga de esa locura bebieron en otros tiempos hombres como Adolfo Suárez, y gracias a ella hicieron grandes cosas por su país.
No les voy a ocultar que me alegro de la decisión de Rajoy, aunque creo que en el camino habrá muchos obstáculos y, seguramente, se cometerán muchos errores que, desde luego, no dejaré de resaltar. Lo primero, ahora, está bastante claro: “Men wanted for hazardous journey”. El equipo es esencial. Los hombres y las mujeres que han de acompañarle en esta nueva travesía deben cumplir unas condiciones, unos requisitos imprescindibles. No puede haber hipotecas y, en el fondo, aunque haya sido injusta la manera en que lo ha hecho, el martes Rajoy reconocía que durante la pasada legislatura su equipo era menos suyo de lo que él mismo hizo creer. Deben ser jóvenes, porque ya él eleva la media en un país en el que parece que solo valen los que todavía no cumplen el medio siglo. No deben tener referentes del pasado, por mucho que el pasado sea bueno para el PP y nada ni nadie deba renunciar a su historia. Y no debe haber ataduras, de ninguna clase, ni económicas, ni mediáticas, ni religiosas, ni… Libres, que es la única manera de afrontar un viaje con un incierto retorno.
Si esto es un error o un acierto, lo dirán el tiempo, las circunstancias y los resultados. Hoy es imposible pronosticar cual será el final del viaje, y quien lo haga cae en la incoherencia de la demagogia. Rajoy ha renacido con una entereza desconocida. Se le han remarcado las líneas de la tragedia endureciendo su rostro y, al mismo tiempo, ablandando su mirada. Es una buena combinación para el desconcierto. Nunca sabremos qué se esconde tras su aparente frialdad, y esa es la mejor fachada para quien se toma el tiempo necesario de cara a la venganza –electoral, se entiende-. La venganza, ya saben, es un plato que se sirve frío, y Rajoy tiene hambre de victoria porque esta vez se ha quedado con la miel en los labios, con el regusto amargo de quien se ha visto a las puertas de su destino y no las ha cruzado, y con la sensación de que, en el último momento, le han vuelto a robar la cartera. Y ya van dos veces.