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Territorios contra ciudadanos, de Carlos Sánchez en El Confidencial

Publicado en Política by reggio en Marzo 12th, 2008

Todos los análisis realizados en los últimos días sobre los resultados de la campaña electoral coinciden en una idea: tanto el Partido Socialista como el Partido Popular han reforzado sus posiciones en las regiones o comunidades autónomas en las que previamente habían gobernado. Los casos más evidentes para el PP son los de Madrid, la Comunidad Valenciana o Murcia, donde los ‘populares’ no sólo han revalidado su mayoría, sino que, la distancia respecto del Partido Socialista se ha ampliado de manera relevante. El PSOE, por su parte, ha obtenido sus mejores datos en Cataluña, País Vasco y Andalucía, territorios en los que históricamente (salvo episodios momentáneos) ha logrado sus mejores resultados en las generales.

Habrá quien piense que este escenario responde a la libre decisión de los ciudadanos, por lo que no hay nada más que decir. Eso no impide, sin embargo, preguntarse por qué la inmensa mayoría de los madrileños, valencianos o murcianos piensa que el PSOE es un peligro público, una auténtico calamidad; y por qué la mayoría de los catalanes, vascos o andaluces está convencida de que si el PP vuelve a la Moncloa se acerca la Apocalipsis. No sorprende que uno u otro partido gane en su respectivo territorio, sino que llama la atención el hecho de que estemos ante victorias tan holgadas y hasta tan raciales. El voto anti-pp o anti-psoe ha triunfado en toda regla. La política, por decirlo de alguna manera, ha dejado de estar entreverada por razones ideológicas, sino que, por el contrario, se ha convertido en un asunto de naturaleza territorial. Se vota, por decirlo de una manera gráfica, contra los nacionalistas, ya sean ‘españolistas’, vascos o catalanes.

Marchamo identitario

La primera interpretación de este fenómeno es la más evidente. Parece obvio que durante la pasada legislatura se ha hablado más de los problemas de los territorios que de asuntos concretos que preocupan a los ciudadanos, lo que explicaría que en determinadas zonas del país se haya interiorizado una especie de marchamo identitario. Una especie de señas de identidad nacionales.

Los valencianos no quieren ser engullidos por los catalanes y los madrileños están hartos de las veleidades independentistas de vascos y catalanes. Estos últimos, por su parte, están convencidos (por supuesto siempre en términos generales) de que el Partido Popular acabaría con la autonomía política de Cataluña, lo que explicaría el castigo que han recibido los candidatos de ‘Madrid’.

Así las cosas, no es de extrañar que ante tal escenario cada uno de los territorios haya optado por consolidar sus posiciones, espoleados, además, por unos gobernantes tremendamente hipócritas que han hecho de las diferencias regionales su campo de batalla. Episodios como el trasvase del Ebro, donde los territorio parecen ser más importantes que los intereses de los ciudadanos están ahí para demostrar hasta que punto se puede influir en la opinión pública. No con argumentos ideológicos o simplemente racionales, sino territoriales.

Se trata de una estrategia suicida que nos devuelve a antes de la Revolución Francesa, cuando los señores feudales, representando a sus demarcaciones, rendían cuentas ante el rey sin tener en cuenta a sus súbditos.

A esta situación se ha llegado, sin lugar a dudas, por un fenómeno tan singular como antidemocrático: la fuerza económica de los gobiernos regionales, que disponen de unos medios materiales y competenciales que ya le gustaría tener a la Administración Central del Estado. Son de tal envergadura que su capacidad de influir en la opinión pública es enorme. Cada gobierno autonómico controla la televisión regional y los medios de comunicación locales (mediante la publicidad institucional o la concesión de emisoras de radio y televisión). Y, por si esto no fuera poco, en sus manos está la prestación de determinados servicios públicos o la adjudicación de los concursos públicos en la obra civil. Hasta el sistema educativo y judicial está en sus manos, como si se tratara de un cortijo al que nadie puede entrar sin permiso del gobernante de turno.

¿De verdad no sorprende el escaso trasvase de votos que hay en las comunidades autónomas entre los grandes partidos? Desde luego mucho menor que el en conjunto del Estado. ¿De verdad no sorprende que en la gran mayoría de las regiones gobierne el mismo partido desde hace más de 20 años? ¿Son tan buenos sus gobernantes que casi siempre repiten? Detrás de esta anomalía democrática se encuentra, sin lugar a dudas, un forma de entender la política en clave clientelar, lo que hace muy difícil la alternancia entre partidos.

Esto explica que los gobiernos regionales hayan azuzado las diferencias territoriales como parte de su proyecto político, lo cual no sólo va contra el sentido común, sino también contra la propia esencia de la democracia, que debe de moverse con argumentos ideológicos, no territoriales.

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