Zapatero baraja CiU y PNV, de Enric Juliana en La Vanguardia
ELECCIONES 9M
LA CRÓNICA
José Luis Rodríguez Zapatero se interpretó ayer a sí mismo. No a ZP (formato publicitario de la campaña electoral del 2004), ni a Z (formato de la campaña del 2008). El presidente del Gobierno retomó su papel de táctico impenitente, aprendido primero en la dura y veraz federación leonesa del PSOE y después en las dependencias del Congreso de los Diputados, del que fue el miembro más joven (25 años) en la legislatura de 1986.
En su primera conferencia de prensa tras las elecciones, Rodríguez Zapatero quiso mirar al norte. Dijo estar dispuesto a gobernar en solitario con los consiguientes pactos parlamentarios, pero no avanzó, ni concretó nada al respecto. Se limitó a mirar al norte. El líder del PSOE realizó un encendido elogio de los resultados obtenidos por el PSEPSOE en el País Vasco, que calificó de “altísimo valor político”. Los socialistas han conseguido ser el partido más votado en las tres provincias o territorios forales, siempre por delante del Partido Nacionalista Vasco.
Por la mañana, Zapatero no descartó alianzas estables con Convergència i Unió y PNV. “Hay que gobernar mejor y con diálogo con todos”, dijo en su acreditado lenguaje de la ambigüedad.
Zapatero habló por la mañana, vía telefónica, con el presidente del PNV, Iñigo Urkullu, para intercambiar impresiones sobre el nuevo cuadro surgido de las elecciones. Zapatero mira al norte y en algunos círculos de la Moncloa comienza a tejerse la idea de una alianza con el PNV, cuyos seis diputados, más el escaño de Nafarroa Bai (consorcio vasquista de Navarra influido por el PNV), garantizarían la mayoría absoluta, susceptible de ser completada con otros apoyos, imprescindibles para el Senado. Esa fue la hipótesis del día.
Por la noche, el propio Zapatero la matizó en declaraciones a la cadena de televisión Telecinco. El presidente en funciones colocó a CiU y PNV en un mismo plano y expresó el deseo de obtener la “máxima estabilidad” en la próxima legislatura. Los ritmos de estos posibles pactos, por el momento, están abiertos.
En la legislatura recién acabada, el PNV ha sido el mejor aliado del PSOE. El más fiel. El más seguro. El más fiable. El que evitó la desaprobación de la ministra de Fomento Magdalena Álvarez por el enorme fiasco en la red de cercanías de Barcelona.
El eje Madrid-Vitoria (un clásico de la política española en los últimos treinta años) topa, sin embargo, con dos inconvenientes de calado.
El primero de ellos es el plan Ibarretxe II; el tenaz propósito del lehendakari de convocar una consulta popular el día 28 de octubre sobre el derecho a decidir de los vascos. Desafiante iniciativa que daría pie a Ibarretxe a adelantar las elecciones autonómicas en busca de un reagrupamiento del voto nacionalista. La iniciativa incomoda claramente a los sectores autonomistas del PNV, cuyo punto de referencia sigue siendo Josu Jon Imaz, presidente del partido hasta el pasado mes de diciembre.
Lo cierto es que el soberanismo vasco no ha salido bien parado de las elecciones del domingo. Eusko Alkartasuna ha perdido su escaño. Ezker Batua (versión vasca de Izquierda Unida), la mitad de sus votos, y el PNV, un escaño y 112.000 votos. Para los promotores del plan Ibarretxe II, la cita del 9 de marzo ha sido notablemente desastrosa.
¿Estaría dispuesto el PNV a retirar o difuminar la convocatoria de consulta popular a cambio de un acuerdo ventajoso con el PSOE, en términos políticos y materiales? He ahí la pregunta que hoy no tiene respuesta.
Hay otro inconveniente. La próxima celebración de elecciones autonómicas avivará el combate partidario, pese a las correctas relaciones actuales entre el PNV y los socialistas vascos.
Zapatero evitó ayer prodigarse en zalamerías con el electorado catalán, al que debe la victoria. El líder del PSOE sólo se refirió indirectamente al potente resultado obtenido por el PSC, cuando fue directamente interpelado al respecto. El táctico impenitente de León dijo no haber dudado nunca de que su candidatura obtendría un “excelente” resultado en Catalunya.
La dispepsia, de Alfred Rexach en La Vanguardia
EL MIRADOR
Tenía Rodríguez Zapatero el aire borroso y apático que causan las dispepsias, ayer al comparecer ante los medios, para ofrecer una “breve” valoración de los resultados electorales. Delgado y pálido, con pocas ganas de hablar y, menos aún, de que le preguntaran. O sea, que mucha ilusión no se le notaba y eso que ha ganado.
Acostumbrado a conseguirlo todo por la mínima, en el último segundo y como de rebote (así llegó a la secretaría general y también a la Moncloa), ZP presumía ayer de su récord de votantes. La sombra histórica de Felipe es tan alargada, que el ex presidente ha sido exhibido urbi et orbi para animar a los indecisos y recuperar a los descreídos. Ahora Zapatero canta récord para el Guinness y saca pecho.
Queda, sin embargo, la hipoteca con Catalunya. La deuda con Montilla no se condona sólo con ministerios y aunque Zapatero dijera ayer que no tiene intención alguna de “estar en el Parlament” (a esa misma hora, Puigcercós practicaba el divertido arte del harakiri preventivo), cuando hablaba del triunfo de “los socialistas” tuvo buen cuidado de no diferenciar entre siglas. PSOE y PSC suman votos y acumulan escaños, pero ser, no son exactamente lo mismo, y en la Generalitat se acumulan ya las facturas con fechas atrasadas.
Dicen que cuando los dioses quieren confundir a los humanos, les conceden todos sus deseos. A Zapatero se los han concedido, incluido ese excelente resultado en el País Vasco, que al empecinado Ibarretxe le habrá sentado como pedrada en ojo de boticario. Pero la mayoría “amplia”, con la que soñaba el inquilino de la Moncloa, no pasa de “mayoría suficiente”, que en eso del manejo de los sinónimos y las anfibologías ZP es ya consumado maestro.
Lo malo es que los tiempos que vienen exigirán definiciones claras y posiciones decididas para lidiar tanto toro suelto como hay en el ruedo. Después de su día más triunfal, Zapatero daba ayer la impresión de saber que lo más duro está por llegar. Por eso pide tranquilidad y ofrece diálogo.
Buenas noches y buena suerte. Falta le hará.
La fractura, de Josep Ramoneda en El País
Los fanáticos de las dos Españas, los que gozan con el morbo de un imaginario que ha hecho de la fractura una forma de identidad, estarán encantados con el resultado de las elecciones. Dos bloques frente a frente, un poco más altos de lo que eran hasta ahora, como resultado de una legislatura cargada de dureza.
Las elecciones han sido un fiel reflejo de lo ocurrido durante cuatro años. Una pelea a muerte que ha beneficiado al PSOE por el absoluto aislamiento del PP. La estrategia de la tensión ha servido a Rajoy para que los suyos le votaran como un solo hombre, pero no ha arrancado un voto fuera del espacio propio. Zapatero ha ganado porque, además de movilizar a los suyos, ha conseguido llevarse a su pugna con la derecha a otros votos de izquierda y de los nacionalismos periféricos. O sea, que el PP empieza la nueva legislatura tan solo como terminó la anterior.
El balance de la doctrina de la tensión establecida por Arriola a principios de los 90 es tan negativo que el PP deberá pensar en cambiar de ideólogo. La doctrina decía que en España la izquierda es mayoritaria y que la derecha sólo puede ganar creando un gran clima de tensión que desmoralice y desmovilice a un sector de la izquierda. Con este procedimiento han ganado una elección de cuatro (la del 96). Y la única vez que han ganado por mayoría absoluta (2000) fue, precisamente, su única en campaña en positivo.
2. Cataluña ha sido decisiva. Aunque bien es cierto que el resultado se puede leer también al revés: ¿cuántos votos le ha costado al PSOE en Madrid o en Andalucía el magnífico resultado de Cataluña? Después del caótico proceso de aprobación del nuevo Estatut, después de un referéndum bajo mínimos, después del derrumbe del Carmel, después de que Barcelona haya conocido un apagón monumental, después de que los trenes de cercanías hayan sido un lamentable circo, puede parecer incomprensible que el PSC haya arrasado en Cataluña, igualando el mejor resultado de su historia y sacando 18 escaños al PP y 15 a CiU. Se puede pensar que los ciudadanos discriminan y que saben que muchos de estos déficit venían de gobiernos anteriores tanto catalanes como españoles. Pero no es suficiente.
La aplastante victoria socialista en Cataluña sólo puede explicarse en el campo de lo que podríamos llamar lo ideológico-sentimental. Es indudablemente una victoria contra el PP. Y de ello no se ha recatado el PSC que ha montado dos tercios de su campaña sobre esta idea. El otro tercio era Zapatero. Y no me parece desdeñable el papel de Carme Chacón, su tono calmado y nada dramático puede haber calado entre muchos electores hartos de que los políticos creen más problemas de los que resuelven.
El PP representa en Cataluña la cara agresiva del nacionalismo español. Todos los problemas en los servicios que han sufrido los catalanes estos meses, quedan minimizados ante la sensación de que el PP utiliza a Cataluña para sacar votos en el resto de España y que con el PP en el Gobierno Cataluña sería arrinconada. El PSC, en cambio, ha conseguido que buena parte de la ciudadanía catalanista le reconozca como uno de los suyos. Dicho de otro modo, es el único partido que puede conseguir un número importante de votos tanto del 44 o 45% de catalanes que dicen sentirse sólo catalanes o más catalanes que españoles como del 41% que dice sentirse tan catalanes como españoles, e incluso del 13 o 14% que sólo se consideran españoles o más españoles que catalanes.
La inclinación del discurso nacionalista hacia el soberanismo, por la presión de Esquerra Republicana sobre CiU, ha beneficiado al PSC y ha hundido a los independentistas. El discurso de la independencia es de consumo interno. En la medida en que una mayoría independentista es imposible a medio plazo, su significación en unas elecciones españolas es mínima. Queda ahora por ver cómo afronta el tripartito la previsible crisis de Esquerra Republicana y la presión del PSOE y de CiU.
3. Los resultados de las elecciones, sin embargo, pueden inducir fácilmente a equívocos. Zapatero tiene una mayoría que le debería permitir gobernar más cómodamente que en la anterior legislatura. Creo que tiene una oportunidad de leer su victoria en Cataluña y en el País Vasco como una oferta de pacto de Estado por parte de los electores de estas dos comunidades. En una jornada en que el abrazo del sábado entre Maite Pagaza y Josu Jon Imaz adquiere un valor icónico, creo que a Zapatero se le abre la posibilidad de avanzar en acuerdos de calado con los nacionalismos periféricos. Y, concretamente, con el PNV, que después de los resultados de ayer debe inevitablemente contemplar de manera distinta los planes de Ibarretxe. Desde Cataluña y desde el País Vasco los electores piden soluciones, no enfrentamientos. ¿Se puede hacer esto sin costes en el resto de España? Este es el freno que Zapatero lleva puesto inevitablemente.
4. A medida que pasen los días, como es lógico, la sensación de victoria del PSOE aumentará y la de derrota del PP también. El ala dura, la que ha mandado a Rajoy a la pelea durante toda la legislatura anterior, se siente reforzada. Y la primera conclusión que sacan de sus resultados es que la estrategia era buena y que lo único que ha fallado ha sido el candidato. En cualquier caso, es indudable que perder dos veces consecutivas, viniendo de una mayoría absoluta, es demasiado. Y que con toda probabilidad Rajoy no será el próximo candidato del PP. Lo que ha conseguido Rajoy con el resultado es que la crisis sea más lenta. O sea, que el PP estará en transición durante bastante tiempo. Con el PP de mudanza, Zapatero, con una mayoría confortable, se enfrenta a una legislatura sensiblemente distinta de la anterior. Con una dificultad nueva: la situación económica. O sea, que llega para él la prueba de la verdad: gobernar con viento en contra. La economía condicionará la continuación del programa de reformas de Zapatero. El resultado deja en el alero cuestiones institucionales pendientes de gran importancia. ¿Seguirá el PP obstruyendo la renovación de las altas instancias judiciales, por ejemplo? Zapatero debe aprovechar la carrerilla de la victoria para afrontar estos temas pendientes. Y plantear propuestas razonables de pacto. Tendríamos así una primera pista de las intenciones del PP: seguir con la bronca permanente o hacer oposición responsable.
Retrato realista, simple y directo, de la situación política, de Soledad Gallego-Díaz en El País
El resultado de las elecciones, con la gran polarización del voto entre el PSOE y el PP, simplificará bastante el debate en el Congreso de los Diputados. En la nueva legislatura no habrá más que cuatro grupos parlamentarios: PSOE, PP, nacionalistas catalanes y nacionalistas vascos. Simple y directo, un retrato bastante realista de la situación política española. El resto (nada menos que seis partidos y coaliciones) se integrarán en el llamado Grupo Mixto y tendrán que distribuirse los tiempos de intervención. Según las ocasiones, diez minutos para unos, seis para otros… nada que les permita recuperar imagen o proyección política.
De la jornada de ayer llaman la atención, sobre todo, dos cosas: la mención del presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, de su conversación con el presidente del PNV, Iñigo Urkullu, y la no aparición del líder popular, Mariano Rajoy, que llenó momentáneamente de inquietud a sus seguidores.
De entre todas las conversaciones que sin duda mantuvo ayer, el presidente del Gobierno eligió una, su charla con Urkullu, para comentarla públicamente. Rápidamente se pusieron en marcha las conjeturas. Por tres razones. Primero, porque sigue pendiente la iniciativa del lehendakari, Juan José Ibarretxe, para convocar una consulta popular que el Gobierno considera ilegal. Segundo, porque el PNV ha sufrido una considerable bajada de voto, presumiblemente moderado, en estas elecciones. Y tercero, porque el PSOE necesita ampliar su mayoría de cara a la sesión de investidura de Rodríguez Zapatero y el PNV dispone de seis escaños (siete, si se le añade el de Nafarroa-Bai).
Si se combinan todos los elementos, se diría que el PNV y el Gobierno pueden tener interés en analizar la situación conjuntamente. Se supone que para el PSOE sería bastante más cómodo encontrar bases de acuerdo con el PNV que con CiU, una opción siempre mal vista por los socialistas catalanes. La única duda, en ese caso, sería saber en qué momento anunciaría el PNV que retira el proyecto de consulta de Ibarretxe, condición que parece indispensable para hacer efectivo cualquier acuerdo. En el fondo, esa sería incluso una buena vía de salida para los nacionalistas que no ven solución para el el embrollo en el que les ha metido el lehendakari y que les puede haber costado el voto moderado de Vizcaya.
En el otro lado, en el PP, la inesperada decisión de Mariano Rajoy de no comparecer ante los medios de comunicación, despertó la inquietud entre sus propios compañeros de partido, preocupados por el estado de ánimo de su candidato. Buena parte de la estructura del PP apuesta por una “sucesión ordenada” de Rajoy, es decir no por un anuncio inmediato de retirada sino por un proceso más largo en el que Rajoy se haría cargo, de nuevo, de la réplica a Zapatero en el discurso de investidura y de la marcha del partido como mínimo en los próximos tres o seis meses, quizás con un nuevo portavoz parlamentario.
Tras la batalla electoral, de Jorge de Esteban en El Mundo
TRIBUNA LIBRE
En las elecciones del domingo pasado se formulaban dos preguntas al electorado, una explícita o concreta y, otra, implícita o encubierta. La primera, de la que todo el mundo era consciente, consistía en saber cuál de los líderes de los dos grandes partidos políticos nacionales contaba con más apoyo popular. La respuesta ha sido meridiana: una clara mayoría de españoles ha respondido que debe ser José Luis Rodríguez Zapatero quien presida el Gobierno de España durante los próximos cuatro años.
Por lo demás, esta respuesta ha comportado también que se acabe definitivamente con las dudas sobre la legitimidad que sufrió el anterior Gobierno, surgido tras las traumáticas elecciones del 14 de marzo de 2004, tres días después del atentado terrorista que costó casi 200 vidas, y que muchos cuestionaban indebidamente. Con los comicios de anteayer, nadie puede poner en duda ya la absoluta legitimidad del Gobierno que forme el presidente Zapatero, se esté de acuerdo o no con su ideología.
En esta respuesta, el electorado, además de señalar qué partido es el que debe gobernar nuestro país, también ha indicado globalmente que nuestro sistema político se basa en un sistema pluralista, pero en el que existen dos grandes partidos nacionales, que son los que pueden gobernar por sí solos o en coalición o apoyo con otros partidos minoritarios que, por cierto, cada vez son menos. Es indudable que la legitimidad que afecta al Gobierno, según he indicado, afecta también a la oposición, representada por el Partido Popular, que ha obtenido cinco diputados menos que el PSOE y 10 millones de votos. Con ello quiero decir que nuestro régimen constitucional descansa fundamentalmente en esos dos pilares, y uno es tan legítimo como el otro, lo cual implica que un pacto semejante al del Tinell, que planeó dramáticamente durante la anterior legislatura, debe ser considerado antidemocrático y anticonstitucional, porque niega la posibilidad de la alternancia, sin la cual no es posible concebir una democracia moderna.
La segunda pregunta, implícita o encubierta, que se planteaba a los electores, era más difícil de percibir, pero no por ello menos auténtica que la primera. Como señalé en un artículo anterior, radicaba en saber si los españoles, en su conjunto, desean seguir con el modelo de Estado descentralizado que permite nuestra Constitución porque, de lo contrario, se daría entrada a un demencial Estado confederal, preconizado por los nacionalistas vascos, catalanes y gallegos, del que no existe ningún ejemplo en el mundo actual.
Así las cosas, del mismo modo que se dice que Dios escribe derecho con renglones torcidos, los electores han respondido de forma clara y rotunda que desean continuar con el Estado actual, huyendo de toda veleidad nacionalista y separatista. La prueba es muy sencilla, no sólo porque los partidos nacionalistas, a excepción de CiU, han visto descender sus votantes con respecto a elecciones anteriores, sino porque, además, ha obtenido representación parlamentaria UPyD, un partido creado hace apenas seis meses, cuya finalidad última es mantener la unidad de la Nación española y defender el contenido de nuestra Constitución ante los posibles excesos en su interpretación.
La entrada de Rosa Díez en el Congreso de los Diputados hay que celebrarla, en consecuencia, por tres razones fundamentales: en primer lugar, porque ha demostrado que, a pesar de que se le han negado todo tipo de facilidades, de que los bancos no le han facilitado créditos, y de que los medios de comunicación, salvo excepciones, tampoco le han abierto la ventana que da al patio nacional, han conseguido entrar en el recito parlamentario. Por ello, han tenido que recurrir a ingeniarse los procedimientos para llegar al público y, en consecuencia, es un portento que haya alcanzado más de 300.000 votos. En segundo lugar, porque esta reciente organización puede constituir el embrión, cara al futuro, de un tercer partido nacional que sirva de bisagra para cualquiera de los otros dos grandes partidos. De ello se beneficiaría enormemente nuestro sistema político, facilitándose así la formación de Gobiernos con claro apoyo parlamentario. Y, en tercer lugar, porque Rosa Diez y su partido, como digo, van a ser un punto de referencia con respecto a los excesos que se puedan intentar en la reformas estatutarias pendientes de nuestro Estado de las autonomías y en la aplicación de la propia Constitución. Es más: su mera existencia es un claro alegato para la urgente necesidad de la reforma de la Ley Electoral.
En efecto, es incomprensible para los ciudadanos que un partido de vocación nacional, que ha sumado algunos votos más que el PNV, haya conseguido un solo diputado, presentando candidaturas en toda España, mientras que éste, implantado únicamente en una Comunidad Autónoma, haya obtenido seis. Esta aberración de origen de nuestro sistema electoral no puede seguir manteniéndose más tiempo, porque es causa de muchas injusticias en la representación. Si como dice la Constitución, todos los españoles son iguales en derechos, no se concibe, salvo en algunos casos concretos por razones técnicas, que no tengan igual valor los votos de todos los españoles. Es necesaria, pues, la reforma de la Ley Electoral para acabar con unas desigualdades flagrantes, y ello nos lleva a la conveniencia de que el presidente del Gobierno, si como acaba de afirmar quiere realmente gobernar para todos los españoles y desea rectificar los errores cometidos en la pasada legislatura, ofrezca a la oposición cuatro pactos de Estado que se muestran indispensables para nuestro futuro inmediato.
El primero, para modificar la Constitución en los puntos que ya incluyó en el programa de su anterior Gobierno, e incluso también en algún otro como la elección por el Congreso del fiscal general del Estado. Es sabido que nuestra Constitución es prácticamente irreformable, salvo que haya una clara voluntad política de los dos grandes partidos nacionales, y si en la anterior legislatura no se pudo llevar a cabo lo prometido por Zapatero fue debido a que no se contó con la oposición, pero no sólo porque no quisiera el PP, sino porque se le puso en un claro orsay, para no dejarle jugar el partido, lo cual no puede continuar en la próxima legislatura. Por supuesto, este partido, si aspira a ganar en las próximas elecciones, tendrá que cambiar asimismo su actual orientación tan conservadora, incluidos muchos de sus actuales dirigentes, porque son muchos quienes piensan que, si el PSOE en estos cuatro últimos años ha hecho todo para perder, el PP, en cambio, no hizo nada para ganar, pues cuando se acaba dando miedo a los electores menos radicales, los dioses ayudan al que quiere perder.
El segundo pacto necesario es el que se refiere a la lucha contra el terrorismo y que funcionó perfectamente, a sugerencia de Zapatero, durante el Gobierno del PP. El actual presidente del Gobierno tiene que convencerse de que la desaparición del terrorismo no podrá lograrse si no se tiene al partido de la oposición en un frente común. De ahí que el nuevo Congreso debería retirar el cheque en blanco de la negociación con los terroristas. ¿O es que todavía no está convencido el presidente de que sólo se puede negociar con los que renuncian previamente a utilizar el terror?
Un tercer pacto, que se acabará imponiendo, se refiere a la crisis de la economía que se nos viene encima y al problema de la inmigración, cuestiones estrechamente implicadas, pero que no se podrán resolver convenientemente sin el concurso de los dos grandes partidos nacionales. Y, por último, el cuarto pacto sería el de la reforma de la Ley Electoral, en los puntos que ya he señalado y en algún otro como enseguida diré. Sin embargo, en estas nuevas elecciones se ha comprobado una vez más la falacia de que nuestros partidos, utilizando el sistema de las listas cerradas y bloqueadas para el Congreso, según muchos cercenan la voluntad del elector, porque no puede elegir a los diputados que uno desee, sean de un solo partido o de varios.
Y digo que es una falacia, porque el sistema de listas abiertas y desbloqueadas es el que se utiliza en el Senado. Cada elector puede marcar con una cruz los tres candidatos que desee, sean del partido que sean. Pues bien, el hecho es que la inmensa mayoría de los electores, como se puede comprobar leyendo los resultados del Senado, elige siempre a los tres candidatos que presenta cada partido. Cuesta mucho erradicar los vicios de los electores, sobre todo cuando los gobernantes no colaboran, como en el caso del secreto del voto en nuestro país. Para asegurar este derecho, que reconoce nuestra Constitución como casi todas las democráticas del mundo, es necesario que haya una cabina por mesa y que las papeletas de cada partido estén depositadas allí. Sin embargo, todos sabemos que no ocurre así, sino que no hay cabinas suficientes, y las escasas que existen no se usan, porque además las papeletas, incluidas las de los partidos estrafalarios que no acaban de desaparecer, están depositadas sobre una mesa a la vista de todos los mirones que hay en estos casos.
Como parece que España sigue siendo diferente, cabe afirmar que, además de los que votan por correo, los únicos que en estas elecciones han tenido asegurado el secreto de su voto han sido los ciegos, que, por primera vez, anulando una evidente injusticia, han votado con papeletas con un sistema en braille… En definitiva, si la anterior legislatura podría ser definida por el diktat que impusieron los pequeños partidos nacionalistas al presidente del Gobierno, en ésta los nacionalismos, débilmente representados afortunadamente salvo el caso sui generis de CiU, deberán ser reducidos a su mínimo común denominador. Esperemos que sea así, pero veremos en seguida la prueba de fuego para comprobarlo ¿Será Bono, como anunció Zapatero, el nuevo presidente del Congreso de los Diputados?
Jorge de Esteban es catedrático de Derecho Constitucional y presidente del Consejo Editorial de EL MUNDO.
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Las victorias siempre resultan más dulces, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo
LA NUEVA LEGISLATURA: El análisis
A FONDO
Hoy se desvela en este periódico el pronóstico que Zapatero hizo sobre el resultado del PSOE para el 9-M cuando fue entrevistado por Pedro J. Ramírez el pasado 11 de enero. Su respuesta fue guardada en sobre cerrado por una persona de la confianza de ambos y con la garantía de que su vaticinio no se haría público hasta después de las elecciones.
Pues bien, el presidente esperaba que su partido obtendría 172 escaños. Es decir, tan sólo tres más de los que, finalmente, ha conseguido.
En la noche del pasado domingo, Zapatero no estaba exultante. Los que hablaron con él se dieron cuenta enseguida de que su felicidad no era completa. Y no era precisamente por el resultado del PSOE, que había quedado muy cerca de sus expectativas, sino por el apoyo que recibió el PP. Aunque esto no sirva de consuelo para los populares, el análisis interno que se hizo en el círculo del presidente fue el siguiente: el PP ha logrado superar en más de 400.000 votos el resultado que obtuvo hace cuatro años; a eso hay que añadir los votos prestados a UPyD -así lo piensan ellos-, que suman más de 300.000. Por su parte, el espectacular triunfo del PSOE se basa, en parte, en la transferencia de votos de IU, ERC y otros partidos (como CHA). Conclusión: hay un bloque conservador que iguala o incluso supera al bloque progresista.
Naturalmente, ese análisis se compensa con una realidad reconfortante. Sea por la razón que sea, el PSOE va a gobernar durante los próximos cuatro años con 16 escaños más que el PP (los mismos que tenía hasta ahora) y con una ventaja añadida no desdeñable: es más fácil buscar apoyos con 169 diputados que con 164.
Otra lectura interna del resultado del 9-M en el PSOE es que Zapatero ha revalidado con nota su liderazgo. Sin las sombras que sobre el resultado de 2004 proyectó el atentado del 11-M (del que hoy se cumplen cuatro años), el candidato del PSOE ha demostrado que su política, aunque arriesgada, le ha dado resultado. No ha logrado debilitar al PP (de ahí su ligera decepción), pero, a cambio, ha fagocitado a IU y a ERC, y no ha perdido sustancialmente apoyos por el centro.
Por lo tanto, Zapatero puede hacer literalmente lo que quiera. Nadie le va a poner peros en el PSOE. Su mensaje, tanto el del domingo como el de ayer, tras la reunión de la Ejecutiva, es el mismo: la necesidad de pactos para las políticas de Estado.
Las urnas han apuntado con claridad en esa dirección. La mayoría de los ciudadanos quiere que el PSOE y el PP se entiendan; sobre todo, en la lucha contra el terrorismo.
Ahora bien, ¿por qué va a cambiar Zapatero una política que le ha dado réditos hasta ahora? Es decir, su tentación va a ser seguir mirando hacia la izquierda y aprovechar estos cuatro años para tratar de limar la fortaleza del PP.
¿Qué ocurre mientras tanto en Génova? La situación es un poco a la inversa. Rajoy aspiraba a ganar hasta el último día. Incluso, tras el cierre de los colegios electorales, esperaba que el recuento le diese al PP un resultado muy similar al del PSOE. Al final, la derrota no fue tan dulce como su equipo auguraba.
Cuando habló, arropado por su esposa, desde el balcón de Génova y se despidió con un «adiós», algunos creyeron percibir una insinuación de mayor calado. Sin embargo, el equívoco, dicen sus cercanos, fue el fruto de la improvisación. Sencillamente, el líder del PP no tenía ningún discurso preparado.
En la noche del 9-M Rajoy transmitió serenidad, se le vio tranquilo y confiado. Todo el mundo se fijaba en los 153 escaños y en los más de 10 millones de votos. Ayer, en la reunión del Comité de Dirección, a la que no asistió el presidente del partido, todos optaron por un balance autocomplaciente. Incluso, las declaraciones públicas de la mayoría de los dirigentes populares fueron en esa dirección. Desde Acebes a Michavila, pasando por Feijóo o Camps, todos alabaron la gestión de su jefe de filas.
Pero, a medida que pasan las horas, el resultado de los comicios va pesando como una losa. Zapatero gobernará otros cuatro años y con mayor comodidad.
¿Hay alguna autocrítica? Casi nadie se atreve a hacerla públicamente. Pero, en privado, algunos puntales del PP señalan la necesidad de renovación en el equipo.
¿Debe afectar esa limpieza al presidente del PP? ¿Conviene adelantar el Congreso del partido? ¿Se atreverá alguien a levantar la voz en la reunión de la Ejecutiva que se celebra hoy?
Rajoy tiene la palabra. El hombre que ha hecho la travesía del desierto y ha logrado mantener e incluso aumentar el caudal del apoyo popular del centro derecha español, tiene que decidir ahora si lo mejor para su partido es abrir las puertas a un debate sobre el liderazgo de cara al todavía lejano 2012.
casimiro.g.abadillo@el-mundo.es
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Despues de las urnas, de Lorenzo Cordero en La Voz de Asturias
El gran espectáculo de las elecciones generales del pasado 9 de marzo, ha concluido: las ganó el PSOE; las perdió el PP. Los monitores de la opinión pública ya han recogido sus bártulos, con los que realizaron un meticuloso trabajo estadístico para fundamentar las ideas que exponían en sus discursos electoralistas los protagonistas que monopolizan la liturgia democrática española. Hay quien piensa que ha ganado la izquierda, y hay también quien opina que la que ha ganado ha sido la derecha. Todo es cuestión de cómo se enfoque la mirada sobre los resultados finales de las elecciones. Para los que se quedan con el triunfo del PSOE, en ese país es la izquierda la que sigue gobernando. Mas para los que se consuelan con que la derecha ha superado a la socialdemocracia en escaños, el éxito electoral le corresponde al PP.Los resultados de las elecciones del pasado domingo han dejado las cosas igual que estaban: un PP encabritado (y encabronado), igual que lo estaba desde que perdió las generales de 2004; más un PSOE entusiasmado con su mayoría minoritaria … Es una mezcla de lírica partidista y de eficacia porcentual. Precisamente, porque esta fórmula funciona siempre a gusto de cada cual.
Desde mi punto de vista, que es personal e intransferible, después del 9 de marzo, en este país, las cosas no han cambiado con respecto a cómo estaban hasta la víspera de ese día. Es decir, seguimos sin saber por qué hemos llegado a esta diarquía partidista, cuya soberanía no está lo suficientemente justificada. Continuamos sobresaltados entre el intento racionalista (quizás sea demasiado: dejémoslo en razonable) del señor Rodríguez Zapatero para legitimar su buen talante político, y el malhumor del señor Rajoy para desconcertar a la opinión pública. La sociedad española sigue dividida en dos facciones emocionales: la izquierda y la derecha. Pero con una advertencia que a mí me parece fundamental: en esta sociedad postransitiva , la izquierda ha desaparecido del mapa político nacional.
Sospecho, sin embargo, que aunque todo sea afín a la derecha -sin excluir a la ultraderecha- la legislatura que se iniciará próximamente estará influida por el mismo vector que caracterizó a la inmediatamente anterior: la crispación elevada a la categoría de lenguaje institucional .
Si miramos el ombligo autonómico, aislándolo de su conexión nacional, las conclusiones poselectorales serán meramente anecdóticas. Don Alvaro Cuesta, regresa de nuevo a Madrid con sus maletas cargadas de laureles.
Don Gabino de Lorenzo se quita la boina, la guarda cuidadosamente en su armario personal y se consolida como señor alcalde-presidente del Ayuntamiento de Oviedo.
Mientras que doña Laura González consigue (¡por fin!) realizar su viejo sueño: retirarse definitivamente a su casita rural para dedicarse a contemplar cómo florecen las matas de sus hortensias…
¿Está dispuesto el PSOE a asumir por qué ha ganado las elecciones?, de Floren Aoiz en Gara
Floren Aoiz resume la situación posterior a las elecciones en una frase: «el 9 de marzo ha reforzado a los dos protagonistas principales del frustrado proceso de búsqueda de una solución política, PSOE e izquierda abertzale». A partir de ahí argumenta las implicaciones de ese panorama para los principales agentes políticos.
Además de destacar los buenos resultados de Euskal Herria Bai en la parte continental de nuestro país, y centrándome en los territorios vascos peninsulares, me arriesgaré a resumir el panorama en una sola frase: el 9 de marzo ha reforzado a los dos protagonistas principales del frustrado proceso de búsqueda de una solución política, PSOE e izquierda abertzale.
Hace escasos días ha muerto en atentado un ex concejal del PSE, y el Gobierno de Rodríguez Zapatero ha pisado el acelerador de la represión, de modo que nadie en su sano juicio interpretaría que estamos en un momento «dulce» entre ambos agentes. Afirmar ahora que los resultados suponen un espaldarazo a una solución política puede parecer aventurado, ya que el PSOE ha insistido hasta la saciedad en que descarta esa vía, pero en el complejo y contradictorio mundo de la política es necesario ir más allá de las apariencias. Y no debe olvidarse que la gente decide entre las posibilidades que tiene para elegir. El voto al PSOE de marzo de 2008 en Euskal Herria no tiene nada que ver con los conseguidos en otros momentos de su historia. No es el voto del entusiasmo, es, en gran medida, un voto contra otros. Y lo mismo puede decirse acerca de Catalunya. El PP y sus colegas mediáticos han satanizado al PSOE por haber propuesto algunos cambios en el modelo de estado y afrontado un proceso para buscar la paz, y estaba sobre la mesa el apoyo social a ese intento, por más que muchos consideremos que no fue honesto y que este partido es el principal responsable de su fracaso. Rajoy se presentaba como la línea dura, sólo él podía salvar a España de la ruptura y el caos. Y el «caos» ha ganado. Ha ganado en Euskal Herria, ha ganado en Catalunya y, gracias a estos triunfos, ha ganado en todo el Estado.
Ahora bien, la victoria de Rodríguez Zapatero ni significa el fin de la crisis del nacionalismo español ni pone fin al debilitamiento del estado. A 30 años de la Constitución de 1978, la nave hace aguas por todos los lados. Si en 2004 un atentado mediatizó los resultados, a nadie se le escapa que en 2008 otro atentado ha condicionado el final de campaña, y no tanto por su influencia en la orientación de voto como por la constatación de un problema no resuelto que debilita notablemente al estado, un estado que fracasa una y otra vez en su estrategia policial.
En este contexto, los resultados electorales en la Euskal Herria peninsular han dibujado un panorama marcado por el conflicto y por la imposición de las reglas de juego que interesan a los nacionalistas españoles. El PSOE es el partido que más se fortalece en relación a sus contrincantes, UPN-PP y PNV-Nafarroa Bai. En Nafarroa, la candidatura de Moscoso, pese al apoyo del PSN a UPN, ha logrado sus mejores resultados históricos, mientras Nafarroa Bai se estanca, fracasando en su estrategia de disfrazarse de lagarterana para rentabilizar un supuesto desgaste del PSN. En Araba, Bizkaia y Gipuzkoa, el PSE saca ventaja al PP y supera ampliamente al PNV, que pierde 120.000 votos, una cifra escalofriante. El PSE se enfrenta al dilema de celebrar el desastroso resultado del PNV, que es lo que a muchos les pide el cuerpo, o lamentar el debilitamiento de un aliado primordial. Algunos, en todo caso, ya apuntan que esto les pasa a los jeltzales por mandar a su casa a Imaz, pero no creo que ésta sea la opinión de Ibarretxe, Arzalluz ni Egibar.
Ahora bien, dado el éxito de la abstención, el PSOE debe comprender que su fortalecimiento coincide con una impresionante demostración de fuerza de la izquierda abertzale en las condiciones más difíciles de los últimos 30 años. Desde que este sector social hizo un llamamiento a una abstención activa, todos los demás agentes políticos se han esforzado en combatirla, y tras al atentado que costó la vida a Isaías Carrasco, se llegó a satanizarla, identificándola con el apoyo explícito a ETA. Resuenan todavía las palabras de Patxi Zabaleta: la abstención está teñida de sangre. No sé si quienes decían todo esto hace escasos días interpretarán que más de 733.000 personas han decidido abstenerse en Hego Euskal Herria como muestra de apoyo a ETA, aunque en coherencia con lo que dijeron, tendrían que sacar esa conclusión. Pero es obvio que la abstención requiere una lectura política, porque el éxito de la izquierda abertzale va mucho más allá de la diferencia entre los porcentajes de abstención de 2004 y 2008, ya que es constatable que miles de posibles abstencionistas «técnicos» han ido a votar para evitar que su actitud se confundiera con la llamada de la izquierda abertzale, sobre todo tras el atentado de Arrasate.
La represión no erosiona el apoyo social de la izquierda abertzale. Ni la acción judicial-policial, ni el boicot de los medios de comunicación, ni la criminalización de sus propuestas logran debilitar las bases de la izquierda abertzale. La Ley de Partidos ha vuelto a fracasar, la izquierda abertzale es un agente de primer orden pese a los encarcelamientos, y no han funcionado los cantos de sirena de PNV, EA, Aralar y Nafarroa Bai para erosionar su espacio socio-electoral. A estas alturas está muy claro que la estrategia represiva ya no da más de sí. Y no se trata de un problema de vueltas de tuerca, sino de una inviabilidad estratégica.
El éxito de la abstención se produce además en un momento de grave crisis del PNV, el partido que ha constituido el principal apoyo del estado en nuestro país desde la muerte de Franco. El PNV pierde fuerza electoral, debe enfrentarse a la crisis interna que aplazó hace unos meses, y se encuentra con que tanto PSOE como izquierda abertzale pueden afirmar que han superado la prueba. El PNV ha insistido en los últimos tiempos en que en Loiola la izquierda abertzale truncó una posible solución, y anunció un esfuerzo para recuperar aquellas propuestas y buscar un acuerdo con el PSOE. Tras el fracaso del proceso ha querido una confrontación con la izquierda abertzale, soñando con repetir el escenario post Lizarra-Garazi, pero ha resultado derrotado.
Así las cosas, el PSOE se está quedando sin el comodín de la represión. Ha fracasado en su intento de hacer pagar a la izquierda abertzale la factura del fracaso del proceso, aunque ha logrado eludir la suya gracias a la catástrofe del PNV y el miedo al PP. El PSOE ha ganado las elecciones, efectivamente, pero es posible que no quiera asumir por qué ha sido así. Puede que piensen que es mejor no correr riesgos y buscar el acercamiento al PP, pero ha ganado precisamente por lo contrario. Se equivocará si cree que estos apoyos anti-PP son para siempre. Tiene ante sí graves problemas, entre ellos la crisis del modelo de estado, y no va a poder pasar otros cuatro años haciendo escapismo.
Se acaban las excusas, y se caen los parapetos. El PSOE va a tener que arriesgar y asumir compromisos. Tendrá que dejar atrás el mensaje de los precios políticos, y manejar el de las soluciones.
Floren Aoiz www.elomendia.com
El desencaje de IU, de Javier Ortiz en Público
Gaspar Llamazares señala dos factores clave para entender que IU sólo haya logrado dos escaños.
Habla, en primer lugar, del “tsunami bipartidista”. Hay quien afirma que las divisiones internas han hecho mucho daño a IU en estas elecciones. No lo creo. Para división interna, la que padeció en el periodo 1993-1996, y en aquellas elecciones logró sus mejores resultados (2.640.000 votos). El electorado, cuando quiere, olvida las crisis internas. Ahí está el Partido Socialista de Navarra para demostrarlo. Y el PP valenciano, al que ni el incordio de los zaplanistas ni los escándalos judiciales han acarreado merma alguna.
El auge del bipartidismo explica más. Y afecta también a más: a los nacionalistas vascos (fuerte descenso del PNV y desaparición de EA) y a los catalanes (batacazo de ERC y pérdida de votos de CiU, por mucho que haya logrado un escaño más que en 2004).
Pero el bipartidismo pasa triple factura a IU, dada la legislación electoral española, que establece unas circunscripciones desiguales hasta la caricatura y penaliza muy injustamente el voto disperso. Sólo un tercio (!) de los 962.834 votos logrados por IU se han traducido en escaños. ¡Los 645.000 restantes han ido a la basura, sin más! (Con 773.993 ha logrado CiU 11 escaños.)
Son factores de peso, pero hay otros, que Llamazares no cita porque tal vez ni siquiera los percibe. Está el hecho de que, durante la pasada legislatura, ha ejercido una oposición al Gobierno del PSOE que en la práctica ha resultado casi retórica. Lo ha apoyado en todo lo esencial y se ha distanciado de él en asuntos en los que su respaldo era innecesario. Haber insistido durante la reciente campaña electoral en que Zapatero debería concederles un Ministerio no ha sido un error, sino un ejemplo. A la vez, ha sido incapaz de fundirse con los movimientos sociales reales, casi todos juveniles, que han cobrado algún auge.
Y está también –lo sé de sobra– el signo de los tiempos. En toda la Europa pudiente tiende a imponerse un bipartidismo cada vez más derechizado y apoltronado. No sólo es difícil expresar posiciones realmente críticas. También encontrar quien quiera escucharlas.
Las lágrimas de Rajoy en la noche triste de Génova, de Jesús Cacho en El Confidencial
Me cuenta un testigo presencial que a Mariano Rajoy se le saltaron las lágrimas, literalmente lloró la noche del domingo electoral, cuando se hizo evidente que el Partido Popular había perdido las elecciones. El último cartucho que guardaba la escopeta política del líder popular había errado el tiro, había explotado cual carga hueca ante la incredulidad de un hombre convencido de que podía ganar, de que iba a ganar, hasta el punto de que fue su mujer, Elvira Fernández, una señora ejemplar en su discreción la que, crecida, mantuvo el tono vital del candidato derrotado.
Ayer por la mañana, ese ambiente depresivo seguía dejándose sentir en la sede de Génova, reflejo de la frustración causada por la sorpresa de un resultado que se creyó favorable en votos, en escaños o en ambas cosas a la vez, lo cual obliga, como primera providencia, a despedir al encargado de las encuestas del partido. Por el balcón de la calle Génova no aparecieron la noche triste del 9 ni Ruiz Gallardón ni Esperanza Aguirre, protagonistas de uno de los rifirrafes más notables del final de la legislatura, que tan fácil resulta subirse al carro del vencedor como difícil sostener el paso vacilante del vencido.
Ambos quedaron retratados de cuerpo entero en ese conflicto. La una impidiendo la presencia en las listas de un hombre que, sobre todo fuera de Madrid, habría aportado al PP la vitola de partido centrado. El otro protagonizando un berrinche fuera de lo común cuando le negaron el juguete, pésimo espectáculo que le hizo perder las razones que avalaban su causa ante el electorado más solvente. Ambos, sin embargo, van a volver de nuevo a las portadas, y no para bien, como consecuencia de los movimientos sísmicos provocados por la derrota dulce del 9-M.
Apenas unas horas después de conocidos los resultados finales, en los ambientes sociales que apoyan al PP la unanimidad era casi total en torno a la necesidad de que Mariano Rajoy encabece la comitiva –Acebes, Zaplanas, Astarloas, Arenas, Mayores- que desde la calle Génova y camino a la diáspora debe dejar el camino expedito al surgimiento, vía Congreso ordinario o extraordinario, de nuevas caras y mensajes capaces de abrir un tiempo nuevo en la dirección de un partido de derecha liberal no conservadora. Rajoy lo tiene relativamente fácil, teniendo en cuenta que los resultados del 9-M arrojan la imagen de un partido unido, casi rocoso en lo que a fidelidad de voto se refiere, capaz de abordar esos cambios sin mayores traumas.
Hará falta, sí, altura de miras, grandeza para entender la importancia del momento histórico que reclama ese cambio y obrar en consecuencia. El problema es de nombres, de figuras de talla moral, intelectual y política suficiente para liderar ese cambio. Como alguien dijo poco después de las elecciones generales de 2004, “ya sabemos quién es el Almunia del PP; falta saber quién será su Rodríguez Zapatero”. Desde esa frase han pasado ya más de tres años de tiempo perdido, y en el horizonte del PP no se divisa la figura de ese/a joven de treinta y tantos años, titulado superior, con algún master a cuestas, con idiomas, talento y formación bastante para tomar el relevo de esa nueva derecha, un hombre/mujer dispuesto a rodarse en 2012, para poder protagonizar de nuevo el asalto al poder en las generales de 2016.
Porque, nadie se engañe, tal es el calendario que, salvo milagro de mayor cuantía, le espera al PP en su travesía del desierto. El aznarismo dejó al partido convertido en un páramo y aquí están las consecuencias. “Con mano firme y verbo encendido, nuestro pequeño Napo ha conducido la nave de la derecha contra las rocas. Lo peor no es que el PP haya abandonado el Gobierno cuando, a cuenta de la gestión económica, parecía tener asegurado un nuevo mandato; lo peor es que la derecha democrática ha perdido una oportunidad de oro para haber integrado, en lugar de separado, para haber fortalecido, en lugar de debilitado, los lazos de la unidad del Estado (…) España es hoy, gracias a Aznar, un problema de grandes dimensiones. Algunos de los daños causados pueden tener rápido arreglo. Otros, como nacionalismos y separatismos, con inconcebibles cuotas de poder en Cataluña para partidos que vivían en la marginalidad, tienen solución mucho mas difícil, porque se han envenenado por culpa de la agresión política sistemática”.
Lo anterior fue escrito por un servidor de ustedes en abril de 2004 en el diario El Mundo. El brillante equipo dirigente que en 1996 tomó el relevo de la gobernación de España al felipismo exhausto está hoy en liquidación por derribo, con algunos de sus más notorios personajes, caso del propio Aznar o de Rato, dedicados a hacer dinero a espuertas, que es tarea que proporciona menos sinsabores que la política a palo seco. El resultado ha sido un PP sin banquillo, en el que no se adivina un sucesor de garantía. Y ello con un Zapatero gregario de los votos de la izquierda y del nacionalismo más radical, y en un horizonte económico más que preocupante. Malos tiempos para la lírica nos deja por herencia el lance del 9-M.
Los rumores apuntaban ayer a un Gallardón dispuesto a salir a la palestra en apoyo de la continuidad de Rajoy, movimiento que hay que entender en clave Aguirre, doña Esperanza, a quien muchos en el PP anuncian ya preparando los movimientos orquestales necesarios para el asalto a la fortaleza de Génova, dispuesta ella a jugar la baza populista que tan bien conoce. Pero si el ala más conservadora del PP cree que la solución a los males del partido pasa por Esperanza Aguirre, creo que están muy equivocados y no han entendido nada. O mucho me equivoco, o los vientos que hoy llenan las velas de la sociedad española no soplan de ese cuadrante.
NOTA. Algunos lectores del ‘Con Lupa’ de ayer se han dirigido a mi para manifestar su malestar, cuando no su protesta, por aludir a “la mugre socialista” en el contexto de las aspiraciones de las nuevas generaciones de españoles que desean una derecha distinta. Desde aquí quiero pedirles sinceras disculpas, manifestándoles al tiempo que la idea al calificar de “mugre” al socialismo tenía que ver con la doctrina, con el socialismo como ideología superada por el tiempo, dicho sea desde un punto de vista liberal no economicista. En modo alguno quise referirme a los votantes o militantes socialistas, que cuentan con todos mis respetos, como no podía ser de otro modo.
El drama de Mariano Rajoy, de José Oneto en Estrella Digital
Veinticuatro horas después de las elecciones del 9 de marzo ha comenzado a generarse un movimiento en contra del presidente del Partido Popular, Mariano Rajoy, por parte de los que más le han apoyado a la vista de los resultados electorales del domingo, con los que Rajoy ha logrado salvar los muebles pero no la inquietud interna de los militantes del PP, que no están dispuestos a esperar otros cuatro años con la misma dirección, con los mismos planteamientos, con el mismo discurso y con la misma estrategia.
Rajoy, que ha conseguido aumentar en cinco el número de escaños en el Congreso de los diputados, que ha ganado cinco puntos en porcentaje de votos (del 37,71% al 40,12%) y que ha sumado cerca de seiscientos mil votos a los que tenía hace cuatro años, se encuentra sometido a una auténtica ofensiva política dentro de su propio partido, hasta el punto que al día siguiente de los resultados definitivos no ha querido asistir a la reunión del Comité de Dirección del PP, que ha examinado los datos electorales y se ha reservado para hoy, tras la cumbre de la Junta directiva Nacional, para dar la cara en una rueda de prensa que no quiso dar el mismo día de la derrota ni veinticuatro horas después.
Por primera vez Ángel Acebes, secretario general del partido, ha hablado de “centrismo”, término del que ha huido durante cuatro años de legislatura, y ha afirmado que el PP representa la “centralidad de España”, lo que le lleva a la conclusión de que los votos del PP proceden de “ese incremento de la moderación y del centro”, palabras realmente novedosas e insólitas en el lenguaje y en el comportamiento de uno de los dirigentes populares que más ha contribuido a la derrota de Rajoy…
Sumido en una profunda decepción (se pudo comprobar la misma noche electoral en el balcón de Génova animado sólo por su esposa, Elvira Fernández), Rajoy no ha querido asistir esta mañana al Comité de Dirección, se ha encerrado en su casa reflexionando sobre su futuro inmediato y ha comprobado que los mismos que le apoyaban hasta hace veinticuatro horas (¿por qué no salió al balcón la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre?) han iniciado una auténtica rebelión interna a la búsqueda de sucesor.
Rajoy está viviendo su particular drama personal, sabiendo que ya han empezado los movimientos internos del partido para substituirle, para buscar una alternativa creíble capaz de ganar las generales del 2012.
Los mismos que le han llevado a la derrota, los mismos medios periodísticos que han condicionado su mandato imponiéndole una radicalidad que nunca ha ido con su carácter, los mismos que le han tenido atado de pies y manos invocando la unidad del partido, han iniciado todo un movimiento estratégico para la convocatoria de un Congreso que elija a una nueva dirección y a un nuevo candidato para dentro de cuatro años.
Lo que parece claro es que Rajoy no aguanta, que se ha dejado vencer por los poderes internos del propio partido, que ha estado más pendiente de lo que pensaba el ex presidente Aznar que de la necesidad de un equipo propio, y que, cercado por un círculo mediático que ha jugado con él aplicando la técnica de la ducha fría, ducha caliente, ha sido incapaz de imponerse y de ser él mismo, sin asesores, sin consultores de ocasión y sin magos de la imagen, que sólo han conseguido que cambie de vestimenta, de gafas y de peinado.
Rajoy está viviendo, en estos momentos, un auténtico drama personal que sólo comprende su esposa Elvira Fernández, probablemente la única que, en estos momentos, le es fiel y que entiende su estado de ánimo.
El resto del partido ha iniciado una auténtica revolución interna pidiendo la convocatoria del Congreso que debió celebrarse antes de las elecciones o, por el contrario, la convocatoria de un congreso extraordinario a la búsqueda de un sucesor.
A estas alturas probablemente se arrepentirá de no haber dimitido cuando quiso, después de las elecciones de marzo de hace cuatro años. Ha tragado tanto, ha consentido tanto, ha tenido que pasar por tanto, que probablemente en su fuero interno piense que ha perdido cuatro años de su vida. Cuatro años en los que no ha hecho lo que ha querido sino lo que han querido. Cuatro años en los que, intentando la unidad del partido, ha tenido que tragar con carros y carretas. Mi impresión es que va a intentar resistir, que va a nombrar un nuevo secretario general (probablemente Pío García Escudero) y va a sustituir a Eduardo Zaplana, actual portavoz parlamentario, por Soraya Sáenz de Santamaría. Con eso pretende instaurar el “marianismo”, pero puede ser el principio de toda una “revuelta popular”.
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