Danza de la muerte en el baile electoral, de Antoni Puigverd en La Vanguardia
ELECCIONES
Isaías Carrasco era un ciudadano corriente. Con problemas, aspiraciones, sueños y dificultades. Como todos, tenía razones para quejarse de los políticos con mayúsculas. Pero en lugar de criticar, dio un paso adelante. Allí donde los asesinos cuentan con la comprensión de cierta ciudadanía infectada por las ratas del odio, tuvo Isaías el coraje y el empuje moral de comprometerse: por puro civismo, por estricta militancia democrática. Desde el primer momento, supo Isaías que su compromiso era una llave que abría dos puertas: la puerta de la dignidad personal y la puerta de cierta incomprensión social. Por esta puerta se coló la muerte. Despertamos del sueño electoral para descubrir que las ratas siguen ahí.
ETA está acorralada policial y políticamente.
Por si fuera poco, recibió una opa hostil por parte del terrorismo islamista. El nuevo terrorismo de proyección global es un monstruo tan ominoso que eclipsa al terrorismo de raíz local. Los nuevos terroristas no sólo matan a gran escala, sino que acostumbran a morir en sus ataques: el terror suicida es imbatible. ¿Cómo pueden competir unas ratas de alcantarilla en Mondragón o en el casco viejo de Bilbao contra esos locos islámicos que mueren matando en cualquier parte del mundo, creyendo de veras que en el paraíso les esperan unas apetitosas vírgenes dispuestas a concederles todos los placeres? A pesar de esta opa, los etarras se resisten a entregar las armas. No sólo porque en la vida real, sin bombas o pistolas, serían menos que nada. Sino porque el juego político (¡y periodístico!) que permite la existencia de ETA es formidable.
ETA es una mina de oro. Es muy difícil prescindir de los negocios que permiten su existencia. Cuando la víctima está de cuerpo presente, todo el mundo (empezando por el lehendakari) exhibe la pena y usa las palabras más duras del diccionario. Y es que con los muertos no se juega. Demasiado tarde lo comprobaron algunos en las elecciones del 2004. Pero cuando los muertos están ya enterrados, nadie sabe reprimir la posibilidad de calcular beneficios a propósito de ETA. En estos últimos cuatro años, mientras el PP ofrecía las víctimas (AVT) al altar de la patria, el PSOE aspiraba a sacar beneficios de la paz. El PNV, por su parte, nunca ha resistido la tentación de sacar ventajas políticas de las pistolas. Ahí están todos, ahora, compungidos ante el cadáver de Isaías. Si ETA cree que, matando, es posible condicionar las elecciones, es porque todos le han dado un papel en estos últimos cuatro años. “Quien esté libre de culpa…”. ETA está agónica. Está casi derrotada. Pero todos los partidos la invitaron al baile. Es abominable, sí, ¿pero es extraño que regrese ahora con su macabra danza de la muerte?