Escenarios posibles (y el probable), de Xavier Bru de Sala en La Vanguardia
Más que de reflexión, mañana es día de cábalas -en la intimidad-. Pero hoy es todavía lícito hacerlas públicas, y más cuando tienen, por firmarlas quien las firma, un valor tan nimio. Tanto como las encuestas que no se publican, pues las de última hora pretenden no buscar el acierto, sino hacer campaña a favor de alguien. Avanzo, de entrada y a fin de escribir con las cartas boca arriba, que el propósito de estos párrafos es contrarrestar en lo posible -que es nada o casi nada- el creciente bipartidismo que se adueña de la escena política española, con menor presencia prevista de las demás opciones. De manera especial en Catalunya, las pérdidas anunciadas para los partidos autóctonos pueden ser cuantiosas. En la pasada legislatura, llegaban a la bonita cifra de veinte (diez de CiU, ocho de ERC y dos de ICV). Como anduvieron divididos, al PSOE le resultó muy fácil hacerse con los once que le faltaban para la mayoría absoluta. Contando además con los siete del PNV, los cinco de IU-ICV, los tres de CC o los dos del BNG, no había que ser un lince para combinar distintas mayorías, aun sin los partidos nacionalistas catalanes (por otra parte muy bien dispuestos a competir entre ellos para apoyar al PSOE hasta el final de la legislatura).
Es muy probable que el escenario de votos nacionalistas convenientes y de algún modo necesarios, pero no imprescindibles, se vea ahora trastocado por el mencionado incremento del bipartidismo y la baja de los cada vez más periféricos. O sea, tenemos grandes probabilidades para dejar de pintar lo que pintábamos en cuanto a diputados catalanes no sometidos a la disciplina de voto de los dos grandes partidos españoles. Aun contando con un escenario, posible pero muy poco probable, de acercamiento del PP, con el PSOE perdiendo dos o tres diputados, podría gobernar mediante acuerdos más o menos estables con el resto de formaciones propicias a pactar con ellos (una docena de votos en total). Sólo serían imprescindibles los votos del nacionalismo catalán si Zapatero se quedara en los ciento sesenta o algo por debajo. Insisto, es un escenario con probabilidades poco menos que nulas, pero aun así es obligado hacerlo constar.
Menos probable todavía, aunque también posible, y por eso hay que contemplarlo en una panorámica más o menos completa de escenarios, sería el caso contrario, con el PP vencedor, pero en la línea de flotación de los ciento sesenta. En este caso, debería apañar un pacto de estabilidad con CiU, el PNV y Coalición Canaria. Rajoy hablaría catalán en público, etcétera. Ya se pueden imaginar el resto, en un ensueño con visos de pesadilla para todos los implicados, incluyendo a la constelación mediática pro PP y con la sola excepción de los canarios.
A la vista de la tendencia de estos últimos días, descarto la posibilidad de una mayoría holgada o suficiente de Rajoy, pero si la quieren incluir, nada más fácil que ahorrarles las previsiones de cómo transcurriría la legislatura en una tal eventualidad.
Así que es preferible centrarse en el escenario más probable de todos, que se basa en un incremento de Zapatero. Entonces, el nacionalismo catalán tendría -estoy tentado de poner tendrá- las de quedar arrinconado. Si el aumento es notable las tendrá todas, si es ligero casi todas. Catalunya, también. Porque, vamos a ver, si nos quejamos, y con razón, de que los partidos propios no sometidos a disciplina de voto han conseguido muchísimo menos de lo que podrían en Madrid; si incluso con las matemáticas favorables en dos de las tres últimas legislaturas las infraestructuras están como están, la financiación y el déficit fiscal siguen en las mismas y el flaco Estatut corre peligro de anorexia forzosa; ¿qué puede esperarse de una legislatura con mayoría holgada o suficiente? Que Dios conserve la confianza a quienes crean que Zapatero y el PSOE será más generoso -o menos cicatero- con su colega Montilla sin posibilidades de presión nacionalista. Los que pensaban votar socialista para parar los pies al PP se encuentran ahora ante otro panorama. El peligro ha pasado. En estas otras circunstancias, es un deber ciudadano plantearse si, a pesar de lo poco que unos y otros lo merecen, su voto sería más útil cuanto más cerca de su primera opción sea depositado. Todo indica que ahora votar con las ideas puede ser más provechoso que votar por cálculo o temor.
De todos modos, y de cumplirse el escenario más probable, nadie ahorraría una seria crisis a todos los partidos. Desde luego, al PP. Pero también a los catalanistas catalanes. Los de CiU porque deberían añadir a sus dificultades unos años más de ayunas de poder y hasta de influencia. Los de ERC, porque les sería progresivamente más difícil seguir apoyando a un PSC relegado por el PSOE a la condición de comparsa. Y el propio PSC, cuyo primer secretario y president, José Montilla, no se zafaría del mortal abrazo del oso a base de advertir desafecciones. En la Catalunya política, el incremento de la mayoría socialista puede desencadenar una hecatombe de efectos incalculables.
Para reflexionar, de Carlos Sentís en La Vanguardia
VIEJO OBSERVADOR
Hoy viernes, se acaba lo que se daba. El sábado preelectoral es, tradicionalmente, el día llamado “de reflexión”. Como si no se hubiera podido reflexionar durante la campaña, se deja el sábado para ello. En la legislatura que acaba se ha mantenido un enfrentamiento personal entre el jefe del Gobierno y el de la oposición. Mariano Rajoy llevó al hemiciclo del Congreso un lenguaje plagado de descalificaciones hacia Zapatero que rozaban el insulto. Un día dijo: “Usted posee sólo dos de las condiciones que debe reunir un presidente de Gobierno, ser español y mayor de 30 años”. Casi agotado el vocabulario ofensivo, en la campaña electoral Rajoy bajó el nivel y más aún en los cara a cara, aunque en el segundo de ellos empleó veinte veces la palabra “mentiroso” dirigida a Zapatero, mientras que éste también la utilizó diez veces respecto a Rajoy. En el último tramo de la campaña aparecieron dos ex presidentes de Gobierno para dar empuje a su candidato. Teóricamente, sin embargo, porque a Felipe González le oí decir de Rajoy que era un “imbécil”. Fue una metedura de pata ya que un ex presidente no debería haber usado semejante epíteto. Por su parte, José María Aznar, que se había mantenido en la sombra, apareció en alguna jornada y demostró que él es quien manda cuando, dirigiéndose al público, dijo: “Votad a Rajoy aunque no os entusiasme. Lo importante es desalojar a los socialistas del poder”. Con este lenguaje se ha contribuido a la agudización del bipartidismo, que puede darse en cualquier país, pero que en España debería evitarse en lo posible dados los demonios familiares de la Guerra Civil. Machado dijo de las dos Españas: una de ellas ha de helarte el corazón.
Felipe González, “pico de oro”, es todavía el que logra más éxito en los mítines. Pero él y su segundo en épocas gloriosas, Alfonso Guerra, deberían recordar lo que fueron los consensos de la maravillosa transición, que nos introdujo en una democracia europea y modernizó España con una convivencia sin precedentes.
¿Por qué en la transición los políticos -del Gobierno o de la oposición- mantuvieron unos talantes que permitieron redactar conjuntamente una buena Constitución, así como las leyes orgánicas de la misma llamadas estatutos de autonomía? Quizá contribuyó a ello el hecho de que no eran, entonces, políticos profesionales sino personas provenientes de la universidad, de profesiones liberales o funcionarios. Todos podemos recordar que al primer gobierno de Adolfo Suárez se le llamó desdeñosamente de los “penenes”, aludiendo a la presencia de jóvenes profesores ayudantes de cátedra. Sin embargo, de los “penenes” surgieron ministros de gran calidad. Salimos del agujero de los 40 años de dictadura con un saber hacer que todavía hoy es admirado por propios y extraños. ¿Por qué se acabó el clima de la transición? Probablemente porque la UCD, pilotada por Adolfo Suárez, se evaporó en beneficio del Partido Socialista en el que había, ya entonces, espadachines como los citados.
Justamente en estos últimos días, junto a la información diaria de los avatares de la campaña electoral con sus ataques y ofensivas, tan a menudo desmesurados, he tenido sobre la mesa un libro abierto: el que acaba de publicar -se presentará también en Barcelona- Salvador Sánchez Terán, uno de los artífices -ministro varias veces- de la transición. Pocos como él podrían escribir un libro titulado La transición. Síntesis y claves.La lectura alternativa de algún capítulo del libro con el contenido de los actuales diarios, me ha proporcionado una evidente tristeza. ¡Lo que hemos perdido en poco tiempo! Pudo entonces facilitar el trabajo de los políticos la existencia del Gobierno de UCD. Alfonso Guerra acaba de decir: “El centro es un invento. No existe”. No existe, pero existió. Es decir, España pudo crear un partido centrista, aunque después lo destruyera.
En el segundo cara a cara del último lunes, en lugar de presentar programas -lo hizo en parte Zapatero y casi nada Rajoy- se volvió a los andares de una oposición en la legislatura que por parte del PP movió sobre todo dos resortes: el diálogo con ETA, ensayo que resultó tan negativo como el que intentaron gobiernos precedentes y las vicisitudes del Estatut catalán, cuestión que ha manejado el PP levantando por toda España una oleada hostil contra Catalunya. El lanzamiento de unas comunidades contra otras puede ser peor que el separatismo que, como reacción, es, en parte, producto de ello. Rajoy lanzó sobre la mesa la cuestión lingüística, en líneas generales resuelta en Catalunya, aunque pueda producirse algún que otro incidente. Leyó la denuncia por una multa impuesta a un establecimiento por su rotulación no en catalán.
Creo indebida la multa, aunque tal vez exista algún matiz que no mencionó. Lo de imponer el idioma de los rótulos en tiendas o establecimientos se realizó en Barcelona después de la Guerra Civil. No sólo anularon los rótulos en catalán sino los de cualquier idioma extranjero. En una tienda de modas que se llamaba Chic -palabra francesa que equivale a distinguido- el comerciante añadió una “o” y pasó a llamarse Chico. Los rótulos deberían ser autorizados en cualquier idioma. Mal está la obligación de hablar o escribir una lengua a la fuerza, porque se produce un rechazo individual difícil de contener. En tiempos de Franco se hablaba muchísimo catalán en la calle, ya que no en lugares públicos u oficiales. Ahora puede suceder al revés: que se hable catalán en las clases y castellano en el recreo. No se olvide que el 52% de quienes viven en Catalunya hoy son castellanohablantes. Una mayoría que va en aumento…
Desnudo integral, de Lucía Méndez en El Mundo
ELECCIONES 9M: PULSACIONES
Presidencialismo. El sistema político español es una Monarquía parlamentaria según las leyes. Aunque de hecho, ha derivado en un sistema claramente presidencialista. En este sentido, Gaspar Llamazares, el candidato de Izquierda Unida, tiene más razón que un santo, aunque predique en el desierto. Ni desnudándose hubiera podido abrirse camino en la campaña. Al presidencialismo hemos llegado poco a poco y de forma indolora, sin necesidad de cambiar la Ley Electoral. Pero nunca como en estos últimos 15 días hemos asistido a un desnudo tan integral de los dos candidatos a la Presidencia.
Hasta en la sopa. La presencia de José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy en los medios ha sido agotadora. Mañana, tarde, noche, madrugada y en todos los soportes posibles. A la hora del desayuno, la comida y la cena. En los principales periódicos, en todas las televisiones convencionales y no convencionales, en las radios nacionales, regionales y locales, en las revistas gratuitas de las asociaciones de vecinos, en las emisoras gremiales de los taxis, en El Larguero… Ambos han demostrado -a diferencia de sus antecesores- que no les duelen prendas para acudir a todos los medios, incluso a los que les critican con dureza. Esta es la parte positiva de la sobreexposición de los candidatos. La negativa es que hemos acabado de ellos un poco hartos.
Y la de Jersey. En ese afán que tenemos los periodistas por escarbar hasta donde nos permiten y de los candidatos por ganarse a los votantes como sea, hoy día conocemos incluso algunas intimidades de los dos. Sabemos por su yaya -nos informó la Ser- que Mariano Rajoy «era un cielo» de pequeño, aunque a veces merecía unos azotes porque «se hacía caca». Sabemos que José Luis Rodríguez Zapatero estaba obsesionado con Kathleen Turner desde que la vio sudando con William Hurt en Fuego en el cuerpo. A muchos hombres les pasó lo mismo. Sabemos -porque se lo han dicho a un tipo que se hace llamar el Follonero y que trabaja con Buenafuente- que a Rajoy le gustan por igual las dos majas de Goya y que Zapatero prefiere la Desnuda. Sabemos que el candidato del PSOE cree que se puede hacer el amor todos los días de campaña y que, sin embargo, el aspirante del PP lo ve difícil. ¿Alguien se imagina a Adolfo Suárez, Felipe González o José María Aznar respondiendo a este tipo de preguntas?
Una alegría. Por todas partes ajenas al PP le llegan voces de que Zapatero cantará victoria el próximo domingo, pero Rajoy acaba la campaña con un subidón de adrenalina. Se lo suministraron ayer en la abarrotada Plaza de Toros de Valencia. El clímax no llegó a la intensidad de los orgasmos que dice tener Pedro Zerolo gracias a la gestión de Gobierno de Zapatero, aunque se le acercó mucho. Hasta le puso nombre a su niña: Victoria Esperanza. Demasié. Nos rendimos.
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Los duelistas, de Pedro G. Cuartango en El Mundo
TIEMPO RECOBRADO
No hay nada más estimulante que tener un enconado adversario que intenta destruirnos. Ello nos obliga a valorar mucho más nuestra existencia y a gozar de un tiempo que se torna precario.
Joseph Conrad cuenta en Los duelistas la historia de dos oficiales de la Grande Armée de Napoleón que se baten en sucesivos duelos durante 15 años, con el trasfondo de una Europa devastada por la guerra.
Todo comienza cuando Feraud se siente ofendido porque su colega D’Hubert le comunica que está arrestado por batirse esa mañana con otro hombre. El quisquilloso Feraud insulta al tranquilo D’Hubert, al que desafía a luchar a sable en el patio de su casa. Es el primer duelo de una larga serie de enfrentamientos, en los que ambos quedan heridos pero sobreviven.
La novela de Conrad, filmada de forma magistral por Ridley Scott, termina en un último duelo entre ambos oficiales, que ya son generales: Feraud falla sus dos tiros y queda a merced de D¿Hubert, que le perdona la vida tras imponerle la obligación de que jamás podrá volver a batirse con nadie.
La relación de odio y rivalidad entre estos dos oficiales, que se consideran ante todo personas de honor, es muy parecida a la que han sostenido Zapatero y Rajoy durante estos cuatro años.
Ambos han mantenido un duelo permanente, cotidiano, en el que se han intentado destruir. Como los dos personajes de Conrad, han vivido obsesionados el uno con el otro, se han odiado, se han maldecido y han soñado con el dulce placer de la venganza.
Ahora les llega el duelo final, el definitivo: uno de los dos tiene que matar al otro pasado mañana. Son las reglas establecidas y ni siquiera cabe la opción elegida por el aristocrático D’Hubert: dejar vivir a Feraud, un fanático bonapartista, al que condena a rumiar hasta la eternidad el hundimiento del imperio napoleónico y la humillación del fracaso.
El duelo del domingo es más cruel: tiene que haber un vencedor, que se llevará toda la gloria, y tiene que haber una víctima, que pagará con su sangre. Esa es la grandeza y la tragedia de la jornada de pasado mañana, que será la última para Zapatero o para Rajoy.
Si pierde el presidente del Gobierno, su propio partido será implacable con sus errores y tendrá que renunciar -sea esa misma noche o el mes que viene- a seguir liderando el PSOE. Será un político quemado y sin futuro.
Si pierde Rajoy, como predicen todas las encuestas, sólo le queda la salida de renunciar a seguir al frente del PP tras dos derrotas consecutivas, máxime cuando su capacidad como jefe de la oposición viene siendo cuestionada desde hace años.
Cuando el que pierda se encuentre agonizando en la madrugada a la espera del postrero amanecer, el vencedor se verá tal vez embargado por los mismos sentimientos que D’Hubert: «Al darse cuenta de que su vida estaba a salvo, todo se le apareció desprovisto de encanto porque, simplemente, ya nada le amenazaba». Será un duelo memorable.
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Destellos balcánicos, de Joan B. Culla i Clarà en El País de Cataluña
Podríamos comenzar con un acertijo: en medio de la áspera campaña electoral que hoy finaliza, ¿cuál ha sido el único asunto acerca del cual Partido Popular y PSOE se han mostrado completamente de acuerdo? ¿Qué extraño tema ha hecho coincidir en sus opiniones a los ex presidentes Felipe González (”se ha sembrado una semilla terrible…”) y José María Aznar (”es un error que tendrá graves consecuencias…”), dos figuras políticas que sobre cualquier otra materia discrepan de raíz y hasta se profesan una notoria antipatía personal? ¿Qué cuestión ha alterado, durante las últimas semanas, la geometría gobierno-oposición tanto en el pleno del Parlamento catalán como en el del Ayuntamiento de Barcelona, ha empujado al PSC a votar lo mismo que el PP y a Iniciativa a alinearse con Convergència, siendo así que no se trataba de un asunto de competencia ni municipal ni autonómica?
La respuesta correcta, el factor desencadenante de tan curiosos emparejamientos es, como ya habrán adivinado, la independencia de Kosovo. O, para ser más exactos, el rechazo de los dos grandes partidos estatalistas españoles, el Gobierno y la oposición juntos, a esa independencia. No sólo el de ellos, sino el de buena parte de la opinión publicada, con especial virulencia desde el campo de la izquierda más dogmática; gentes de esas que velan por evitar los estigmas colectivos, que ponen el grito en el cielo ante cualquier expresión generalizadora del tipo “los musulmanes son…” o “los subsaharianos se dedican a…”, han sugerido tranquilamente que, con casi dos tercios de la población en el paro, los kosovares configuran un pueblo de mafiosos, narcotraficantes y contrabandistas.
La base doctrinal que tanto el ministro Moratinos como el presidenciable Rajoy han invocado para situar a España, con respecto al último divorcio balcánico, en la misma posición que mantienen el ruso Vladimir Putin, el chino Hu Jintao, el boliviano Evo Morales o el cubano Fidel Castro -¡vaya póquer de demócratas!-, es que la independencia de Kosovo carece de legalidad por tratarse de un acto unilateral, realizado sin la aquiescencia de Serbia ni el aval de Naciones Unidas. Sucede, sin embargo, que gran parte de los Estados nacidos a lo largo de los dos últimos siglos lo han hecho de modo unilateral, y casi siempre por la fuerza. Unilateralmente proclamaron su independencia las repúblicas hispanoamericanas entre 1810 y 1825, y Madrid tardó décadas en reconocer su pérdida. Unilateralmente y con las armas en la mano se independizó Bélgica del reino de los Países Bajos en 1830. Unilateralmente se declararon independientes Finlandia en diciembre de 1917, Estonia y Letonia en febrero de 1918, Lituania y Polonia en noviembre de ese mismo año; la Rusia bolchevique necesitó varios años y diversas derrotas militares antes de avenirse a protocolizar en acuerdos diplomáticos esas amputaciones territoriales de su imperio.
Pero no hace falta remontarse tan atrás en el tiempo ni tan lejos en la geografía. Dentro del espacio ex yugoslavo, Eslovenia y Croacia proclamaron su independencia a finales de junio de 1991, obviamente contra la voluntad de Belgrado y sin intervención alguna de la ONU. Pues bien, apenas en marzo de 1992 la flamante República de Croacia era reconocida por el Reino de España poco antes de ser aceptada como miembro de las Naciones Unidas. Ello a pesar de que, en ese momento, un tercio del territorio croata estaba controlado por las milicias serbias, y aun cuando los combates intermitentes contra esas milicias por el dominio de las Krajinas se prolongaron cuatro años más, hasta el verano de 1995. Para la normalización diplomática entre Serbia y Croacia hubo que esperar a marzo de 1996.
Esa Croacia independiente, tan denostada hace tres lustros por los mismos que ahora abominan del Kosovo libre, constituye hoy “una democracia que funciona, con instituciones estables que garantizan el Estado de derecho”, según la describió la Comisión Europea en 2004. No es un país perfecto, tiene rémoras económicas, heridas de guerra sin cicatrizar y reformas pendientes, pero ocupa desde el pasado enero uno de los puestos no permanentes en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, se halla en el umbral de la OTAN y será, en un par de años, el miembro número 28 de la Unión Europea, todo ello con el resuelto apoyo español.
Los que, en España, rechazan la independencia kosovar con el argumento de que ese territorio era una provincia autónoma y no una república federada de la Yugoslavia titista, olvidan que la mayoría albanokosovar reivindicó el estatus republicano desde los años sesenta, que para tenerlo reunía condiciones demográficas e identitarias superiores a las de montenegrinos o macedonios, y que sólo la cerrada oposición serbia impidió satisfacer tal demanda, aunque la autonomía provincial fuese incrementada en 1969 y de nuevo en 1974. A quienes dudan de la viabilidad de Kosovo como Estado soberano habría que preguntarles por la viabilidad de tantos Estados en África u Oceanía (desde Somalia hasta Timor Leste, desde Zimbabue hasta Liberia) cuya independencia, sin embargo, nadie cuestiona ni propone embargar.
Esperemos que, una vez pasadas las elecciones del domingo y tras un plazo prudencial para no perder la cara, la política balcánica de España vuelva al consenso central de la Unión Europea. El precio que se pagará por ello será que la bandera rojigualda deje de lucir en las calles de Belgrado, de Banja Luka o de Mitrovica, enarbolada por la derecha ultranacionalista serbia. Pero, en esta vida, no se puede tener todo.
Joan B. Culla i Clarà es historiador.
Votar en tiempos transitorios, de Jordi Borja en El País
Muchos ciudadanos de las democracias europeas razonan al estilo irónico de Churchill: la democracia es un mal sistema, pero los otros son peores. No se sienten identificados con ninguno de los grandes partidos y les tienta la abstención. Me lo decían amigos franceses cansados de las batallas internas y las ambigüedades del Partido Socialista. Y me lo repiten compañeros italianos, que fueron militantes del gran PCI y que difícilmente pueden sentirse representados por el “vaticanista” Rutelli y el postmoderno Veltroni. Pero todos añaden: Sarkozy y Berlusconi son mucho peores.
En España el sistema electoral parece inducir a la abstención, tiende a excluir a las minorías y a favorecer un bipartidismo conservador. Opciones que podrían ser hoy una alternativa a la abstención como Izquierda Unida, o en el pasado el CDS, o en teoría los ecologistas, sufren la exclusión de una falsa proporcionalidad. Y ahora se nos amenaza con modificar el sistema para dejar fuera a los partidos nacionalistas no españolistas.
El voto no vale igual según sea la provincia: el del ciudadano de las grandes ciudades vale menos, y el de las provincias menos pobladas, la mayoría, sabe que si no vota a uno de los dos partidos mayoritarios su voto probablemente se perderá.
El miedo al pluralismo es un fraude a la democracia. La abstención parece una opción lógica.
Afortunadamente, aparecieron en estas elecciones el PP y sus personajes: Rajoy, Aznar, Esperanza Aguirre, Pizarro y, aunque los tienen algo escondidos, Acebes y Zaplana de vez en cuando. Acompañados de los obispos del nacionalcatolicismo, cruzados contra las libertades más elementales. Es una banda capaz de estimular el voto del más reacio a las urnas con su comportamiento tan agresivo como absurdo, basado en la intolerancia, la mentira y el desprecio a la ciudadanía. Con un resultado tan previsible como paradójico: la campaña se supone que sirve para movilizar a los indecisos, pero ésta del PP se dirige a su electorado más radical, que ya lo está. Su efecto es movilizar en contra… y a menos abstención, más votos favorables al actual Gobierno o a sus aliados.
Esta anomalía, la de una derecha que quiere presentarse como centrista y que actúa de extrema derecha y provoca una reacción democrática en contra, no debe esconder el hecho de que vivimos una crisis de representación política. Los partidos tienen en general poco crédito. Pero, más que abundar en las críticas más o menos justificadas que se les hacen, conviene preguntarse si no les pedimos más de lo que pueden dar.
En este país se han alcanzado niveles de bienestar y libertades muy superiores a los de un pasado reciente. Pero se mantienen desigualdades del pasado y otras nuevas aparecen. Las estructuras integradoras o protectoras son débiles frente a unos procesos de cambio que fragilizan seguridades de antaño. Las sociedades urbanas se caracterizan por la individualización y por relaciones sociales más extensas pero más débiles que antes. El trabajo se ha precarizado, la educación no conduce automáticamente al ascenso social, el estatuto del hombre adulto ya no es aceptado como autoridad indiscutida. La globalización homogeneizadora genera reacciones identitarias, particularismos culturales, movimientos secesionistas. El desempleo, las migraciones y la falta de horizontes de esperanza exacerban los miedos y las exclusiones. Las incertidumbres sobre el futuro facilitan el éxito de las respuestas de base emotiva o poco racional.
La fragmentación social, la diversidad y complejidad de los intereses económicos, la no correspondencia entre estos intereses y los valores culturales, las contradicciones internas a cada grupo e incluso a cada individuo (por ejemplo: más protección social y menos impuestos) hacen muy difícil la representación política por medio de partidos herederos de la vieja sociedad industrial. Se había construido un entramado en el que el poder económico del capital se compensaba en parte con la representación política, las organizaciones sociales de los sectores populares y las instituciones propias del Estado de bienestar (educación pública, seguridad social, etcétera). Este entramado es hoy insuficiente para integrar en un corpus único a una sociedad muy fragmentada.
Los partidos, ante la dificultad de agregar y representar la complejidad del mundo actual y la urgencia de dar respuestas simples, especialmente en periodo electoral, tienden a la retórica genérica y a las propuestas contradictorias. Aparecen entonces las formas de pensamiento débil, mayoritarias en la izquierda, y el populismo reaccionario que caracteriza hoy a la derecha. Unas alternativas diferenciadas, que garantizan la alternancia, pero que no son suficientes para progresar en racionalidad, libertad y justicia.
Las respuestas reaccionarias son las que pretenden construir una base social y electoral a partir de excitar las emociones más irracionales, las nacionalistas excluyentes, incluso las xenófobas, los miedos e incertidumbres de gran parte de la ciudadanía, el lado malo, egoísta de cada uno. Lo que les permite también lucrarse mediante los procedimientos más depredadores, especulativos y corruptos de hacer negocio, y más que una economía de mercado pretenden hacer una sociedad de mercado. Refuerzan las dinámicas sociales que sustituyen los lazos basados en solidaridades colectivas y autonomías personales por los de tipo clientelar o de sumisión.
A su manera, liderazgos como los de Sarkozy y Berlusconi expresan esta política que representa la mayor regresión de la democracia europea desde el final de la Segunda Guerra Mundial. El conservadurismo del actual PP y de la cúpula de la Iglesia Católica es el que denunciaba el álter ego de Machado, Juan de Mairena: “Nuestros conservadores me recuerdan al sarnoso que lo que quería conservar es la sarna”.
La izquierda moderada, por su parte, ha perdido su proyecto histórico de un mundo distinto y reacciona a la defensiva ante una derecha agresiva. Pretende conservar los avances democráticos del siglo XX (libertades personales, elementos del Estado de bienestar), pero retrocede fácilmente ante la demagogia política, en nuestro caso del PP y de la Iglesia. No es tanto la incapacidad de esta izquierda centrista para proponer transformaciones sociales profundas lo que nos irrita hasta provocar el deseo de no votarla, sino su miedo y sus concesiones a la derecha reaccionaria incluso en materias propias del liberalismo progresista (la memoria democrática, federalismo en vez de patrioterismo, supresión de los privilegios de la Iglesia, aborto, derechos de los inmigrantes, etcétera).
El extremismo de obispos y PP facilita últimamente que la izquierda gobernante reaccione con un cierto coraje, veremos lo que dura. En todo caso sería estar ciego suponer que unos y otros son lo mismo.
Mientras no se produce una reinvención del sistema de partidos, debemos encontrar fórmulas electorales que permitan dar una salida al “imposible político” actual: no quisiera votar a ninguna de las grandes opciones presentes, tampoco quiero abstenerme o votar en blanco y no quiero que se pierda mi voto.
Se me ocurre el “voto negativo”. Voto “no a A” y por lo tanto anulo un voto A positivo. O “no a B” y el efecto es equivalente. Ganaría aquel que a similitud de votos positivos tuviera menos votos negativos. Ya lo decía el pesimista Popper: en una democracia lo más importante no es siempre tener mucha gente a favor, sino no tener a demasiados en contra.
Jordi Borja es profesor en la Universitat Oberta de Catalunya.
Al candidato Álvaro Cuesta, de Luis Arias Argüelles-Meres en La Nueva España
Don Álvaro:
Con mucha atención y no menor perplejidad, seguí en días recientes una entrevista que le hicieron en nuestra televisión autonómica. Me dejó de una pieza. Expresó con incontenible alborozo que, como dirigente de su partido, usted despachaba con frecuencia con el presidente del Gobierno, lo que aprovechaba, entre otras cosas, para hablarle al señor Zapatero de las necesidades de Asturias. Según usted, don José Luis es muy sensible a todo aquello que tenga que ver con nuestra tierra. Esto, sumado al interés que usted pone en plantearle nuestros afanes y desvelos, da como resultado, según se deducía de sus palabras, que, además de irnos bien, si usted repite como diputado y el señor Rodríguez Zapatero revalida su cargo, podremos considerarnos en el mejor de los mundos posibles. Portentoso, inconmensurable, oiga.
Soslayando algunos que otros detalles que muestran incumplimientos manifiestos como es el caso del peaje del Huerna, lo que realmente me sorprende (no bromeo, se lo aseguro) es que un político que se declara socialista tenga esa visión de la que debe ser la tarea de un diputado, que puede asemejarse perfectamente al que era el proceder de los viejos tiempos caciquiles. Inquietante su planteamiento, don Álvaro, y estamos hablando de una entrevista televisiva, no de una interviú en un periódico susceptible de tergiversaciones.
Además, el que sea usted un viejo conocido de la política en Asturias hace que el escepticismo cunda entre nosotros. ¿Sabe? Aún estoy esperando la explicación que usted debe a la ciudadanía de Oviedo acerca de su apuesta por el que fuera militante socialista don Alberto Mortera. Primero, como edil de su equipo. Y, pasados los años, cuando desde Madrid se incluyó a última hora a este señor en la última candidatura que encabezó don Leopoldo Tolivar. Teniendo en cuenta los bandazos políticos de este ciudadano, cabría esperar de usted una explicación al respecto. Hasta donde sé, este asunto ni se menta.
Dígame, don Álvaro, si figura escrito en algún sitio que un político no está obligado a dar cuenta de sus errores, toda vez que no se tiene ningún reparo en proclamar a los cuatro vientos logros que no siempre son tales. Por eso, este silencio suyo en torno al desaguisado del que le vengo hablando me parece injustificable.
Por otra parte, declaró usted su entusiasmo por revalidar el acta de diputado. Digamos que se trata de sus designios, de su vocación. Y, a resultas de ello, no pude evitar el recuerdo del que fue acaso el parlamentario más insigne de nuestra historia: le hablo, naturalmente, de don Agustín Argüelles. Por supuesto que si todas las comparaciones son odiosas, ésta resultaría muy poco pertinente, aunque lo cierto es que nuestro ilustre paisano consignó que se sentía afortunado por haber podido desempeñar la tarea para la que estaba mejor dotado y que más le gustaba.
No pongo en duda, no obstante, su vocación parlamentaria. Y recuerdo episodios en los que usted tuvo un indudable protagonismo en el Congreso de los Diputados. Por ejemplo, cuando subió a la tribuna de oradores a exponer con mucha satisfacción que el Gobierno de entonces, creo que el último que presidió González, había demostrado su eficacia «localizando» a Roldán, aquel dechado de virtudes, en Laos, y trayéndolo para España para ponerlo en manos de la justicia.
Muy distinta cosa es que, a estas alturas, su candidatura despierte ilusión En la anterior cita electoral, los resultados obtenidos no estuvieron por encima del PP, en una tierra como ésta donde la izquierda tiene una tradición innegable.
Usted fracasó de entrada y de salida en su etapa en el Ayuntamiento de Oviedo. De entrada, porque aquélla fue la victoria más abultada de Gabino. Y, de salida, porque perdió las primarias que llevaron a Tolivar a ser el candidato socialista al Ayuntamiento de Oviedo. Y en aquellos cuatro años suyos en el Consistorio vetustense se pactó la creación de algo de tan edificante recuerdo que se llamó Gesuosa.
A lo mejor, don Álvaro, uno de los pocos alicientes de estas elecciones puede ser la ocasión que usted tiene ahora de desquitarse del fracaso de su etapa en Oviedo, frente al candidato que entonces lo derrotó de forma tan descomunal.
Por lo demás, señor Cuesta, contamos con un problema añadido, y es que, en términos orteguianos, usted representa en Asturias la «vieja política». También es vieja política la candidatura de su partido al Senado. Uno no pide imposibles, no demanda la excelencia entre los que conforman las propuestas electorales. Pero espera al menos que no se obligue a los que se sienten socialistas a pasar por un ingrato trance estomacal al introducir la papeleta en la urna.
De todos modos, no hay que renunciar a la posibilidad de verlo a usted desquitarse el día 9. Y, puestos a aventurar delirios y quimeras, sería fantástico que toda la ciudadanía de Asturias sintiese que en Madrid tiene un diputado que recuerda a todos que esta tierra existe y que cuenta además con unos representantes cuya tarea es digna de lo mejor de nosotros mismos. No queremos un «sacaperras», sino un gran parlamentario. Sorpréndanos, don Álvaro, sorpréndanos.
Las nuevas naciones, de Javier Ortiz en Público
El término “nación” no sólo ha recibido desde antaño usos muy diversos, sino que cada día que pasa cobra sentidos más imprecisos y subjetivos. Eso les repatea a quienes identifican “nación” con “Estado” o no ven a la idea de “nación” más dimensión posible que la jurídico-política. Para ellos, hablar de “la nación árabe” –expresión muy común entre los concernidos– es un sinsentido. Les excede tanto lo muy grande como lo muy pequeño: tampoco entienden que haya amerindios que hablen de “la nación sioux”, por ejemplo. En los EEUU, muchos afroamericanos se definen como “nación”. Y lo mismo no pocos latinos.
Los poderes occidentales han fraguado su imagen, tanto ante los demás como ante sí mismos, amparándose en las identidades que les proporcionaban los estados-nación. Pero ese recurso ha entrado en crisis. Primero, por los efectos de la globalización uniformizadora, que hace que en el Primer Mundo cada vez todo se parezca más a todo. Y segundo, por las nuevas contradicciones y hostilidades que generan nuestras sociedades supuestamente avanzadas, que incitan a la aparición de colectividades de autodefensa más próximas y tangibles. A muchos, los problemas de identidad no se los resuelve ninguna documentación: más decisivo, a la hora del vivir de cada día, puede ser el color de su piel, su acento, sus creencias, el barrio en el que viven, su grado de marginalización o de integración en la sociedad del bienestar… e incluso su edad (por defecto o por exceso).
No hablo ahora de las reivindicaciones vascas o catalanas, ni de la peculiar “idea de España” que alientan nuestros más rancios españolistas, sino de un fenómeno más extenso y multiforme. Lo que está corroyendo el fundamento ideológico de los viejos nacionalismos estatales es el hecho de que, salvo para el fútbol y otras representaciones tribales esporádicas, las viejas grandes identidades nacionales tienen una función social cada vez menos operativa.
Da lo mismo lo mucho que se igualen las apariencias trasnacionales. Cada vez es más la gente que se siente de la nación que forman quienes comparten sus mismas angustias. Su misma deslocalización.
¡¡¡Es la economía, estúpido!!! Guía para votar el 9-M, de S. McCoy en El Confidencial
A 48 horas del día E, de elecciones generales en España, resuena, en mi escaso y mal aprovechado cerebro, el slogan que James Carville acuñó para la victoriosa campaña de Bill Clinton contra George Bush padre en los comicios presidenciales estadounidenses de 1992: “it´s the economy, stupid”. Se trata de la economía; ahí está el quid de la cuestión. Lo que nació como uno de los ejes vertebradores de la campaña del que fuera Gobernador de Arkansas, de uso puramente interno, cobró fuerza, conforme transcurrían los meses, hasta convertirse en el ariete que permitió derribar de su pedestal al republicano que, apenas un año antes, contaba con cerca del 90% de aprobados a su gestión, efecto primera Guerra de Irak. En la mente de los ciudadanos de aquél país se encontraba la mini recesión de los años 90-91 y votaron por aquél candidato que más se acercó a sus inquietudes económicas y, sobre todo, que creían que podía ofrecer mejores soluciones a las mismas. Fue el factor decisivo en aquella campaña. Y debería ser el argumento principal en la del próximo domingo en nuestro país.Es la economía. Es la capacidad de diagnóstio sobre los males que le acechan. Es la facultad de potenciar las bondades que atesora. Es tener una meta, que para el barco que no sabe donde va cualquier viento es el correcto. Es la habilidad para alcanzar el equilibrio interregional y una distribución eficiente de la riqueza. Es la valentía del que mete mano a la financiación autonómica y local de una vez por todas. Es la decisión de quien es capaz de cambiar el modelo económico español. Es la inteligencia para establecer un marco fiscal que incentive el ahorro y atraiga capital extranjero. Es el fomento de la educación y de la especialización como bases para la innovación y la competitividad. Es la implantación generalizada de las nuevas tecnologías y los idiomas como presente porque la realidad social ya es tecnológica y multicultural. Es el impulso a las exportaciones. Es la audacia para resolver la dependencia energética nacional. Es el arte de atraer talento.
Es la apertura de los mercados y la incentivación de los mecanismos de competencia. Es la persecución de los oligopolios en todos los ámbitos de la economía. Es el establecimiento de mecanismos transparentes en la formación de los precios. Es el uso racional y no arbitrario del gasto público. Es la mejora continuada de las infraestructuras como forma de vertebrar España. Es la pulcritud en las decisiones que afectan a la política empresarial de este país. Es la ausencia de intereses electorales en las políticas sociales. Es la modernización para su supervivencia del régimen de prestaciones públicas. Es la adecuación del estado del bienestar a la realidad demográfica actual. Es el fomento del ahorro privado y la inversión. Es la paridad en base a los méritos reales y en el marco de la conciliación laboral y familiar. Es la mayor flexibilidad del mercado laboral. Es alimentar la formación profesional como alternativa. Es apostar por la inmigración que suma y se integra, matemáticas de la estabilidad.
Es la solvencia para gestionar las dificultades. Es la anticipación para establecer medidas preventivas. Es el robustecimiento de los mecanismos de supervisión bancaria y financiera. Es legislar para todos desde la igualdad. Es la instauración de medidas de protección a los consumidores e inversores. Es la capacidad de reacción sin quebrar las reglas establecidas. Es la imaginación para fijar soluciones que no alienten el riesgo moral. Es la prudencia en los anuncios. Es la ausencia de manipulación informativa. Es la falta de interferencias interesadas. Es la extirpación de los lobbies. Es no regalar riqueza coyuntural, a fondo perdido, a cambio de votos. Es cuidar la imagen de España. Es, en definitiva, construir un futuro fuerte a partir de la debilidad del presente que ya está aquí.
En las elecciones de 1992 en Estados Unidos, frente a las rebajas de impuestos y gasto público propuestas por Bush, Clinton habló de una nueva política fiscal que castigara a las rentas más altas así como de una mejora en aquellos aspectos de la sociedad que, a su juicio, hacían grande a su país (educación, sanidad,…). Al menos había alguna diferencia. Por el contrario, los programas económicos de PP y PSOE se aproximan bastante el uno al otro, bajadas de tipos o supresiones tributarias (como el Impuesto de Patrimonio, toma diversidad ideológica), aumento de la inversión estatal y poca reforma estructural. Adiós, superávit, adiós. A partir de ahí, pongan en una lista las cuarenta cuestiones que hoy, vísperas de reflexión, les pongo sobre el tapete. Seguro que alguna se ha quedado por el camino, no sean malos. Recuerden los pecados de los gobiernos de Aznar y las veleidades del gabinete de ZP; disciernan cuál de las alternativas ofrece, a su juicio, mayores garantías para sortear un panorama económico complicado que ha venido par quedarse una temporadita; y, entonces, decidan. Hoy, más que nunca, es momento de votar con el bolsillo. Espero que la niña de Rajoy tenga el futuro que se merece. De ustedes y de mi depende. Buen fin de semana… y buena suerte.
El burro de Zapatero, de Daniel Martín en Estrella Digital
El burro de Buridán murió de hambre por no saber elegir entre dos fardos de paja idénticos. De manera análoga, los españoles, frente al próximo domingo 9 de marzo, parecemos fardos de paja que no saben elegir entre el burro socialista o el asno popular. Dos pollinos de idéntica ralea, nula capacidad política y dudosa inteligencia se enfrentan en una batalla electoral donde lo único que va a quedar en claro es cuál de los dos contrincantes es menos débil. La última palabra, trágicamente, quedará en los escaños de grupos nacionalistas que, esencialmente, quieren dejar de ser españoles.
El debate del pasado lunes entre José Luis Rodríguez Zapatero, aunque parezca mentira presidente del Gobierno, y Mariano Rajoy, de igual manera jefe de la oposición, se asemejó a un combate de boxeo entre dos superpesados dopados con dinero público y la pegada de un peso mosca anémico. No dijeron nada, confirmaron su indudable vacuidad ideológica y mostraron una bajeza moral propia del patio de Monipodio. Pero, aun así, son respaldados por sus propios partidos y amplios grupos mediáticos, corresponsables de lo que se le viene encima a España, al final la gran perdedora.
Cualquier persona en sus cabales pensaría que, después de cuatro años en los que un presidente del Gobierno no ha parado de mentir y cometer errores de bulto, el Parlamento ha aprobado leyes sin poner medios para tener fuerza y los tribunales han ahondado más la división nacional en dos grupos de poder, el líder de la oposición debería barrer en las elecciones. Pero no va a ser así. Quizás el burro de Zapatero sea más artero, fiel y poderoso —¡alabado sea el grupo Prisa!—, o quizás el asno de Rajoy se parezca demasiado al de hace cuatro años, aquel que se quedó cojo entre bombas y mentiras.
Los medios de comunicación, en lugar de advertir e informar de la desesperada situación política en la que nos encontramos, ayudan a fomentar el despropósito y a cimentar la situación contando muchas bravatas, ocultando numerosos escándalos y, casi siempre, perdiéndose en los cerros de Úbeda. El último escándalo, oculto casi por completo por los periódicos, ha tenido lugar cuando, después de que el Gobierno anunciase que había detenido a los dos etarras más buscados, se ha descubierto que ni siquiera había cursada orden de busca y captura contra ellos. Eran dos simples ciudadanos. Nada más. Pero el Gobierno no se ha disculpado y la oposición se ha callado. Sea cual sea la continuación de este nuevo episodio de la tragicomedia nacional, el caso es para desterrar a casi todos. Pero aquí nunca pasa nada.
Por eso, los dos candidatos a la presidencia del Gobierno han continuado con una campaña cuyos eslóganes son tan profundos como “Vota con todas tus fuerzas” —cuidado con los que el domingo tengan algún virus estomacal— y “Las ideas claras” —¿cabría la posibilidad contraria?—. Mientras, aunque el españolito de a pie no sepa a dónde mirar, algunas lealtades a prueba de bombas y muchos odios al otro, que no debe ganar de ningún modo, van a mover el motor electoral aunque ninguno de los dos sea, ni por asomo, una posibilidad de solución a los problemas nacionales.
En cualquier caso, el próximo domingo será elegido un parlamento orgánico que se dividirá en grupos compactos que obedecerán las órdenes de los partidos aunque eso contravenga los intereses de sus electores. Aquí el Parlamento es escasamente representativo, muy poco deliberativo y absolutamente nada democrático. La oligarquía española —con los “hidalgos” independentistas con la llave de la mayoría absoluta— está cómoda con esta situación de demagogia absoluta y una sociedad conformista.
Por otro lado, después del domingo España continuará teniendo los tres poderes unidos en uno. Del Congreso saldrá elegido un presidente del Gobierno que, a partir de ahí, controlará Ejecutivo y Legislativo. Y el TC, el Supremo y el CGPJ continuarán dependiendo de los porcentajes electorales de los partidos.
Pase lo que pase el día 9, el sistema autonómico constituido en 1978 seguirá adelante con su labor de desgaste continuo y catastrófico del Estado español. Nuestro país hace aguas gracias a la instauración de unos reinos de taifas corruptos y localistas donde el cacique de turno hace y deshace a su antojo. Hasta tal punto que el burro andaluz, Manuel Chaves, va a ganar otra vez aunque Andalucía ande a la cola de Europa.
Por fin, el resultado del domingo no cambiará el modelo educativo español, ese que crea súbditos analfabetos en lugar de ciudadanos con espíritu crítico. Ésa es la única manera de entender por qué nadie sale a la calle para protestar por un cambio de los burros de los que aspiran a ser presidente: un bobo de solemnidad y un vago sin aparato… partidista. Bien pensado, quizás seamos nosotros los burros que no saben siquiera dar el primer bocado.
Todo sea dicho, claro está, con el mayor respeto hacia los burros.