Derrota interiorizada, de Miguel Ángel Aguilar en La Vanguardia
En una convocatoria electoral nada puede hacerse para alterar el resultado cuando uno de los contendientes tiene interiorizada la derrota. Esa es la situación en que se ha colocado de manera cada vez más acusada el equipo del Partido Popular, que capitanea sobre el papel Mariano Rajoy. En realidad estamos ante el continuismo de los cuatro años de legislatura en los que se ha optado de manera obsesiva por la siembra del catastrofismo y por el destrozo institucional, siguiendo las pautas ensayadas a partir de 1989 y sobre todo de 1993, cuando los aznaristas proclamaron el “vale todo” para echar del gobierno a los socialistas de González. Quien desee más detalles tiene a su disposición el compendio magistral que de esa actitud hace Carles Castro en su libro Relato electoral de España (1977-2007) editado por el Institut de Ciències Polítiques i Socials, adscrito a la Universitat Autònoma de Barcelona.
Primero fueron las listas electorales, compuestas a base de más de lo mismo, sin un solo guiño que proporcionara nuevos atractivos, que traspasara el corralito de los arrastrados por el viento de la historia a la playa de la derrota del 2004. Pronto vuelve la burra al trigo. Se prefiere a los guardias de corps enlistados bajo la disciplina de la fundación FAES, de estricta obediencia aznarista. Ahí están en posiciones relevantes los Acebes y Zaplanas con añadidos del calibre de Mercedes de la Merced o de Manuel Pizarro, ayuno de toda experiencia política. Se diría que Rajoy tiene problemas con el vestuario, como Rijkaard en el Barcelona, y se ve obligado a dejar en el banquillo a elementos decisivos, por ejemplo a Ruiz-Gallardón, para dar falsas pruebas de autoridad y evitar que cunda el alboroto.
Cuando el reto era abrirse hacia el futuro, nuestro Rajoy compareció en León con Aznar, quien dijo que aunque no entusiasme el actual líder hay que votarle. Los síntomas de que el PP ha puesto en marcha una maquinaria infernal para perder las elecciones se multiplican con declaraciones como las de Gabriel Elorriaga a favor del desistimiento y la abstención como recurso ganador. Rajoy se ajusta al papel de sembrador de catastrofismo sin poder salirse porque le vigilan la FAES y Federico en la Cope.