La debacle se veía venir, de Macrino Suárez en La Nueva España
No hacia falta ser un guru ni haber esperado a que con el ritmo de un cuenta gotas se haya pasado de afirmar que aquí no ocurría nada (mes de enero) a que el Banco de España anunciase (27 de febrero) que hay “indicios de una desaceleración mas pronunciada de lo que se preveía” para comprobar que estamos ante una crisis económica clara.
Basta una formación correcta de economista para detectar que esos indicios empezaron a aflorar a partir de la crisis financiera desencadenada el pasado mes de agosto en EE.UU. Eso si, exige una total independencia respecto a intereses partidistas ya sea políticos o financieros. Era también evidente que la economía europea iba a ser de las más perjudicadas y que entre los países de la U.E, el Reino Unido, Irlanda y España serian los más afectados. En estas mismas paginas (LNE del 31 de enero) y mas recientemente (el 23 de febrero) en conferencia dictada en la sede de los Amigos del Paisaje de Salas, creo haber expuesto y razonado el porque de esta afirmación.
Parece también claro que el proceso de crecimiento imperante en España desde hace unos diez años, basado fundamentalmente en tres pilares: la construcción residencial, el consumo y el turismo, esta completamente agotado. Y que, por lo tanto carece de capacidad de respuesta para responder positivamente a la crisis. Tanto mas cuanto que la economía española sufre de un déficit exterior que, en términos relativos es el más importante del mundo y en cifras absolutas solo es superado por EE.UU.
En fin, y no por ello lo menos importante, la economía española arrastra de forma estructural una inflación que no acaba de erradicar, que la debilita y perjudica a su competitividad.
Por lo tanto no tiene que extrañar que los síntomas, púdicamente considerados, como una simple ralentización, acabasen, al no tomar las medidas necesarias, por impactar seriamente a la economía real y desvelasen que la pretendida fortaleza que la iba a proteger contra un previsible choque, se parecía cada vez más a un castillo de arena.
Así, desde diciembre, el sector inmobiliario vio su ritmo de crecimiento disminuir, y el INE anunciaba que la crisis en este sector ya era innegable… Y como aquí, a diferencia de los otros países de la zona euro (excepto Irlanda) si hay burbuja inmobiliaria, esta inversión de la tendencia tiene repercusiones negativas sobre la economía real. Hay que tener presente que este sector representa el 12 % del PIB y 10 % del empleo. Ahora bien, las empresas inmobiliarias y de construcción residencial están endeudadas en unos 280.000 millones de euros. Se sabe, y unas declaraciones del director del ICO lo confirma, que el grupo que reúne a las 14 mayores empresas del sector se han dirigido al gobierno para solicitar ayuda pública. Esto les permitiría cumplir con sus compromisos bancarios y además retrasar el reajuste a la baja de sus activos.
En cuanto al consumo familiar (57 % del PIB) creció en el ultimo trimestre de 2007 el 2,7 % que es el mas bajo 2003. Y eso que en diciembre se suele consumir más. El indicador de confianza del consumidor registra un máximo histórico en el indicador de desconfianza, que además se esta extendiendo al resto de los actores económicos.
En enero, el paro alcanzo la cifra de 130.000 personas, 27 % mas que en enero de 2007. Sin duda seguirá creciendo como consecuencia del menor crecimiento del PIB y del ajuste del sector inmobiliario que es indispensable si se quiere atajar la crisis y establecer bases sólidas para un repunte.
La inflación se ha disparado, alcanzando en enero un 4,4 % de interanual, lo que supone un diferencial con los países de la zona euro de 1,2 puntos. Y se esta ninguneando a los consumidores y a los detentores de rentas fijas (asalariados y pensionistas) al seguir sosteniendo que se debe solo a factores externos (subida del precio del petróleo y de los productos básicos de alimentación. Razonamiento que se cae por su propio peso cuando en los países de nuestro entorno, donde tienen el mismo problema, el IPC ha subido mucho menos que aquí (2,7 en Francia y 3,1 en Alemania). Sin duda existen problemas de intermediación e incluso de ententes entre distribuidores. Eso explicaría que las bajas de los precios a la producción registrados en enero en productos de primera necesidad (pan, huevos, leche) no se han repercutido en el precio al consumo. Otro factor inflacionista es la actitud de ciertos servicios no expuestos a la competencia que aprovechan la tendencia para subir, injustificadamente, sus precios. Además hay que tener en cuenta que el turismo también contribuye a la presión al alza de los precios. Atajar la inflación que disminuye la competitividad de nuestros productos, ahonda el déficit comercial, arruina a los españoles menos favorecidos al disminuir su poder adquisitivo y obstaculiza el desarrollo económico debería ser uno de los objetivos prioritario
Otro efecto de la crisis internacional es la aparición de problemas financieros que a su vez se repercuten sobre la economía real: a) A nivel de los hogares cuyo endeudamiento alcanza ya los 876.000 millones de euros, o sea el 87,6 % del PIB. De ellos, 646.121 corresponden a la deuda hipotecaria y 278.000 a los otros tipos de préstamos. B) A nivel de las empresas, cuya demanda de préstamos ha pasado del 28,5 % al 17,5 %. C) Al nivel exterior: el déficit de la balanza comercial, para los 11 primeros meses de 2007 (89.117 millones de euros), refleja la falta de competitividad de nuestros productos. La balanza corriente que resulta de añadir al saldo comercial los de las de servicios, rentas y transferencias, registro un déficit en los últimos doce meses (octubre 2006-octubre 2008) de 98.853 millones de euros, o sea un aumento del 18,9 %. En el desglose de este déficit cabe destacar el peso del saldo negativo de las rentas -28.328 (+ 30,6 %) y el de las transferencias -8.457 millones de euros (+ 92%). Su compensación por los flujos financieros con una disminución de las inversiones en cartera (- 3,5 %) y de las inversiones directas (-47.397 millones), muestra que los inversores extranjeros están mostrando cierta desconfianza en nuestro país. D) A nivel de las instituciones financieras (bancos y cajas). A pesar de la solidez y solvencia que se deduce de sus cuentas de resultados ha prendido en el exterior una cierta convicción de que algunos bancos y ciertas cajas tendrán serios problemas cuando estalle la burbuja inmobiliaria por haber concedido créditos multimillonarios a empresas de este sector, que ahora tienen grandes dificultades para rembolsarlos.
Por otra parte, en lo que se refiere a las hipotecas basura, ante la falta de transparencia, siguen las conjeturas sobre la posible implicación de algunos de los bancos principales. Esta exposición al alto riesgo ha sido negada rotundamente por las instituciones financieras españolas. Pero su comportamiento: racionamiento y encarecimiento de los créditos, acompañado de su creciente recurso a la BCE para obtener liquidez, que muestra sus dificultades para captar financiación en los mercados internacionales alimenta las sospechas. Máxime cuando el Banco de España en su comunicado del 27 del corriente mes dice que”ratifica el alto grado de solvencia de las instituciones financieras españolas y que su exposición al riesgo generado por la crisis de las hipotecas basura es mínima”. Urge pues que se clarifique y cuantifique esta situación.
Ante las perspectivas que se avecinan, -las previsiones del FMI, la OCDE, y de la U.E. oscilan entre un crecimiento del PIB de 2,1 y un 2,7 %, y es probable que sea inferior al 2 % durante los catorce próximos meses- cada vez es mas urgente llevar a cabo las reformas pendientes.
Encontrar un nuevo motor para el despegue, erradicar la inflación y definir una política social coherente parecen ser los objetivos más urgentes. Esto exigiría restringir los gastos presupuestarios no productivos y tomar conciencia de que estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades.
Llama pues la atención que hasta este momento ninguno de los dos partidos que predominan haya presentado ningún proyecto concreto para el futuro ni ninguna reforma económica esencial para alcanzarlo. En el fondo es que los dos coinciden en su conservadurismo refractario a las reformas económico-sociales de gran calado. Eso explicaría su ausencia del debate electoral, cuyo objetivo parece centrarse únicamente sobre que persona va a poder seguir haciendo lo mismo sin tocar los intereses creados.
Los ‘think tanks’, miseria de ideas / 2, de José Vidal-Beneyto en El País
Sólo hay la retórica habitual, el mercadeo publicitario y una patética miseria de ideas
El Project for the New American Century es el instrumento privilegiado por Cheney y Wolfowitz para condicionar la acción exterior de EE UU, aunque más de 1.500 organizaciones distribuidas entre conservadoras, centristas y progresistas le acompañen en ese intento. Entre las primeras, identificadas con los neocons, las más influyentes son la American Enterprise Institute que con el Hudson Institute, el Center por Security Policy, la Heritage Foundation, con sus portavoces políticos, Newt Gingrich, antiguo representante republicano del Congreso, y Don Quayle, ex vicepresidente de Reagan, y el Leadership Institute constituyen un frente belicista, ligado a la industria del armamento, que se proponen reforzar el arsenal nuclear y quieren programar su utilización.
La radicalidad de este integrismo se atenúa en parte en la doctrina y la acción de la Brookings Institution, creada en 1927 y dotada con 40 millones de dólares, lo que la sitúa en cabeza de los think tanks de EE UU, a la que se han incorporado bastantes colaboradores de Clinton. Forman bloque con ella el Carnegie Endowment for International Peace, que desde principios del siglo pasado se ha centrado en el estudio y promoción de la política exterior norteamericana, así como el Center for Strategic and International Studies, en el que colaboran grandes personalidades de todas las opciones como Kissinger, Schlesinger, Brzezinski, etcétera, y también el Institute for International Economics.
Todas ellas se sitúan en la frontera de la contrarrevolución conservadora sin abrazar sus principios y políticas, pero sin oponerse frontalmente a ella. Algo más escorados hacia el centro-izquierda, en términos políticos norteamericanos, nos encontramos, como señala Andrew Rich, Think tanks, public politics and the politics of expertise, Cambridge Univ. Press, 2004, con el Center for American Progress que John Podesta, secretario general de la Casa Blanca en tiempos de Clinton, promueve en 2003 con Robert Boorstin y preside desde entonces. La incorporación de George Soros permite que, a pesar de sus modestos orígenes -sólo ocho personas y apenas un millón de dólares-, en menos de dos años se conviertan en una pieza importante para proponer un nuevo planteamiento de la guerra de Irak.
Asociado con el Progresive Policy Institute, al que vienen a sumarse el Institute for Policy Studies y el Council of Foreign Relations, quieren superar todos los radicalismos y poner fin a lo que consideran el obsoleto antagonismo entre los viejos conservadurismos y la socialdemocracia clásica. El lanzamiento de la Tercera Vía en la conferencia sobre La gobernanza en el siglo XXI, que reúne a Bill Clinton, Tony Blair, Massimo d’Alema, Gerhard Schröder y Wim Kok, a finales de 1999, responde a ese planteamiento. Sus dos grandes referentes, Democracia y Mercado, pronto se funden en el sintagma Democracia de mercado, que confirma ese consenso blando que sólo impugnan los integristas Robert Kagan, en su libro El poder y la debilidad, y William Kristol, quien fustiga a los que siguen los resultados de los sondeos. “No se trata de obedecer a la opinión pública sino de crearla”. La combatividad de la derecha dura, antecedente de los neocons, que aparece a finales de los 60 en lo que se llamó la guerra cultural, como reacción frente a la revuelta estudiantil y a la ola de reivindicaciones sociales, tanto laborales como de vida cotidiana, se tradujo en el amortiguamiento de la voluntad de cambio que existía en todos los países, anticipó la renuncia de la izquierda real y propició el entreguismo en que acabaría desembocando.
En el Reino Unido, ni el Institute of Economic Affairs y el Adam Smith Institute en el bando conservador, ni el Policy Network, Demos, el Foreign Policy Center o el Institute for Public Policy Research en el laborista, lograron suscitar una confrontación al mismo tiempo rigurosa y radical de sus antagónicas opciones y de las propuestas que de ellas podían derivarse. En Francia, tampoco las iniciativas más ambiciosas, como el Institut Français des Relations Internationales, el Institut de Développement Durable, el Institut Montaigne, l’Institut des Relations Internationales et Stratégiques, la Fondation pour l’Innovation Politique, Notre Europe, La République des Idées, al igual que las fundaciones vinculadas a partidos políticos -Jean Jaurès al socialista, Gabriel Péri al comunista, Robert Schuman a los centristas, Copernic a la izquierda radical-, han conseguido crear un espacio, exigente de reflexión y debate político.
Lo más desconsolador de este censo de organizaciones y de sus operaciones es que ni siquiera cabe hablar de guerra de ideas. Pues, con excepción de los exabruptos y anatemas de la derecha ultrarreaccionaria, no hay guerra; y, en cualquier caso, no hay ideas. Sólo hay la retórica habitual, el carrerismo, el mercadeo publicitario y una patética miseria de ideas. Las elecciones en todas partes, nos lo están confirmando.
Idealizando las primarias de EE UU, de Vicenç Navarro en El País de Cataluña
Como persona que ha vivido en EE UU durante más de 35 años, me sorprende y me preocupa leer muchos artículos en los medios de información españoles (incluidos varios en EL PAÍS) que presentan las primarias en aquel país como una muestra de su madurez democrática, contrastándola con la pobreza y baja calidad de nuestro sistema electoral reflejada -según tales artículos- en las presentes elecciones a las Cortes Españolas.
Pero antes de mostrar mi desacuerdo con tales tesis, siento la necesidad de hacer una declaración personal. Durante mi larga estancia en aquel país, participé activamente en su vida académica y política. Fui asesor de Jesse Jackson en las primarias del Partido Demócrata del 1984 y 1988. Fui miembro (a propuesta de los sindicatos estadounidenses y del movimiento de derechos civiles Rainbow Coalition) del grupo de trabajo liderado por Hillary Clinton en la Casa Blanca responsable de proponer la reforma sanitaria que garantizara el derecho de la ciudadanía estadounidense a acceder a los servicios sanitarios (derecho inexistente en EE UU). Y antes, el Departamento de Bienestar y Asuntos Sociales del Gobierno federal (equivalente al Ministerio de Sanidad de nuestro país) me había citado como “uno de los científicos que han contribuido más al bienestar social del pueblo estadounidense”. Me veo en la necesidad de aclarar estas notas biográficas para cubrirme de la burda acusación de “antiamericano” que los autores liberales conservadores atribuyen a cualquier voz crítica de aquella sociedad.
Veamos ahora los datos que cuestionan aquella visión idílica del sistema electoral estadounidense. Éste es el único del mundo desarrollado que está privatizado; es decir, la financiación de las campañas electorales es privada. La mayoría de tales fondos vienen de grupos económicos, financieros y empresariales que compran acceso a los candidatos y capacidad de influir en sus políticas públicas. La revista de negocios Fortune publicaba recientemente las cantidades (la banca Goldman Sachs 360.000 dólares a Clinton, 360.328 dólares a Obama) que grandes empresas han invertido (término utilizado por Fortune) en los candidatos. Tales fondos proceden también de aportaciones individuales, que según la Comisión Federal Electoral pueden alcanzar 2.300 dólares por donación y que proceden predominantemente del 30% de la población de renta superior del país. Cada candidato puede gastarse tanto como pueda conseguir. No hay límites. Y tal dinero se gasta predominantemente para comprar acceso a los medios de información y persuasión (televisión y radio), todos ellos privados y que se venden al mejor postor, sin ningún control o regulación. Tal sistema de financiación privada discriminó a los candidatos de izquierda, como Kucinich y Edwards, que, debido a sus propuestas programáticas, se granjearon el antagonismo de importantes grupos de presión y no pudieron conseguir los fondos que les hubieran permitido acceder a los medios (véase Cómo entender la situación política de EE UU en www.vnavarro.org). Según el centro de estudios electorales Common Cause, nada menos que el 94% de los candidatos al Congreso de EE UU en 2006 mejor financiados ganaron las elecciones. De ahí que el 68% de la población estadounidense no considera al Congreso estadounidense representante suyo, sino de los lobbies económicos, financieros y profesionales que financian las campañas electorales a los políticos. En realidad, sólo el 52% de la población participa en las elecciones al Congreso el año que eligen al presidente. En los otros años sólo participa el 30%.
La animosidad frente a la dirección de los partidos políticos por parte de sus bases explica una movilización anticlase política (que incluye la dirección del Partido Demócrata) percibida como excesivamente dependiente del mundo empresarial y financiero y que explica el fenómeno Obama. No es éste el que ha creado tal movilización como erróneamente se escribe. Antes al contrario, ha sido la movilización de protesta la que ha facilitado la aparición de Obama. Éste, que ha sido uno de los receptores de más fondos del capital financiero (Wall Street), ha intentado capitalizar la ola anti-Washington, beneficiándose del hecho de que no se le percibe como parte del establishment de Washington (ha sido Senador sólo durante dos años) y que se opuso a la invasión de Irak. Y aunque sus propuestas programáticas son muy moderadas (en España estaría en el centro derecha), su mensaje anti-Washington es radical y movilizador entre las bases del Partido Demócrata.
No hay duda de que en España tenemos déficit democráticos en nuestro sistema electoral. Pero su financiación pública y la regulación en la exposición mediática del proceso electoral permiten una diversidad ideológica y capacidad de elección mucho mayor que en EE UU. Nuestra calidad democrática es mucho mayor que la de EE UU. En realidad, es paradójico que ahora, en un momento en que el Partido Demócrata está tan desacreditado (el Congreso controlado por tal partido es el más impopular de los que han existido en los últimos 50 años), se convierta en un modelo para sectores españoles disconformes con los partidos actuales.
Vicenç Navarro es catedrático de Políticas Públicas de la UPF.
Demoscopia enloquecida, de Víctor de la Serna en El Mundo
LA POLEMICA NACIONAL: ENCUESTAS SOBRE LA CAMPAÑA ELECTORAL
En Estados Unidos se lamentaban de la inexactitud de los sondeos anteriores a las primarias de New Hampshire… Aquí, a fuerza de discrepar, alguno acabará teniendo razón.
Hace mes y medio los técnicos en encuestas norteamericanos se dieron un gran batacazo en New Hampshire, prediciendo una clara victoria de Barack Obama en las elecciones primarias del Partido Demócrata y contemplando luego una victoria bastante nítida de Hillary Clinton. El oprobio demoscópico duró tan poco como el triunfalismo de la senadora, porque en subsiguientes votaciones se ha demostrado que las previsiones sí que se cumplían, y Obama sigue, por ahora, arrasando. Se olvidan, pues, del otro lado del Atlántico, las críticas a las técnicas demoscópicas: bueno, sólo era un pequeño estado, sin excesiva importancia… Pero ahora, en España, se repiten y se multiplican aquellas preguntas: ¿hasta qué punto la gente miente más hoy que antaño a los encuestadores? ¿Cómo se cocinan los sondeos? ¿Qué dimensiones y qué características tiene el voto oculto? ¿Debe concederse alguna credibilidad a las encuestas espontáneas entre la audiencia de los distintos sitios en internet?
A mediados de esta semana, EL MUNDO revelaba: «El primer cara a cara televisado entre José Luis Rodríguez Zapatero y Mariano Rajoy sí ha servido para remover la conciencia de un buen puñado de votantes, sobre todo socialistas. Un 7,7% de quienes optaron por el PSOE en las elecciones de 2004 admiten hoy, tras el debate entre los dos líderes, que cambiarán el sentido de su voto el próximo 9 de marzo». Así, serían 850.000 los chaqueteros del PSOE frente a los 150.000 del PP. Era una encuesta de Sigma Dos sobre 800 entrevistas telefónicas hechas la misma noche del debate.
Pero al mismo tiempo, la cadena de televisión Telecinco hacía pública otra encuesta, ésta de Demométrica, según la cual el PSOE podría obtener el 44,2% de los votos mientras que el PP recibiría el 38,6%; en escaños, se traduciría entre 170 y 177 para los socialistas y entre 148 y 152 para los populares. «De plantearse esta situación, los socialistas rozarían la mayoría absoluta», se agregaba. En este caso eran muchas más entrevistas, 8.000, pero realizadas a lo largo de una semana (19-26 de marzo), es decir, esencialmente antes del debate Zapatero-Rajoy.
Finalmente, el jueves nos sorprendían la revista Epoca y la emisora especializada en economía de su mismo grupo, Intereconomía, con su propio sondeo: «Con una participación del 72%, el PP obtiene el 40,5% frente al 37,6 % del PSOE. Rajoy consigue 9.876.046 de votos y Zapatero se queda en 9.168.872. El PP rompe el empate técnico y Rajoy gana las elecciones más reñidas en muchos años, con una ventaja de más de 700.000 votos sobre Zapatero». En la emisora agregaban que si la participación fuese algo inferior, del 70%, «el PP rozaría la mayoría absoluta». En este caso, la encuesta estaba «dirigida por Ricardo Montoro, catedrático de Sociología y ex presidente del CIS».
¿Quieren más? En El Periódico: «La encuesta que hoy publicamos (…) confeccionada el martes tras el cara a cara (…), eleva a 5,5 puntos la ventaja del candidato del PSOE, dos enteros más que la pasada semana. Nada está decidido aún, pues no acaba de disiparse la incógnita de la abstención, pero el horizonte se empieza a despejar». Firma el sondeo el Gabinet d’Estudis Socials i Opinió Pública (Gesop).
Conclusión: aquí la gente responde de una forma u otra según sople el viento del encuestador, y esto está muy apretado.
© Mundinteractivos, S.A.
El 9 de marzo rozará el récord de participación, de Casimiro García-Abadillo en El Mundo
ELECCIONES 9M: XV ASALTOS
Gabriel Elorriaga, ayer en Financial Times: «Nuestra estrategia se basa en hacer dudar a los votantes socialistas. Sabemos que nunca votarán por nosotros, pero si sembramos incertidumbre sobre la economía, la inmigración y los nacionalismos, entonces quizás se queden en casa».
La declaración del responsable de comunicación del PP coincide con el lanzamiento de un vídeo en el que una joven confiesa su decepción con Zapatero: «Le he pillado mintiéndome». La cuestión es si se puede jugar a enfriar a los votantes del PSOE y calentar al mismo tiempo a los del PP.
Ya en 2004, la estrategia de los populares fue la misma, con el argumento entonces de que una baja participación les garantizaba la mayoría absoluta. Aunque el 11-M desbarató todas las previsiones, lo que sí quedó claro es que, durante la campaña, el PSOE logró recortar distancias significativamente.
De todas formas, pensar a estas alturas que se puede convencer a los votantes socialistas de que se queden en casa parece ilusorio. Los altos indices de audiencia del primer debate Zapatero/Rajoy muestran una movilización sin precedentes. Incluso, hay expertos en sondeos que apuestan por una participación cercana al 80%. Es decir, muy parecida a la que se produjo en tres elecciones clave: las de 1977 (78,83%), las de 1982 (79,97%) y las de 1996 (77,38%). En las primeras, ganó UCD; en las segundas, el PSOE, y en las últimas, el PP.
No es cierto, como se piensa, que la alta participación beneficia sólo al PSOE. Es verdad que en 1996 Aznar ganó por un estrecho margen de 300.000 votos. Pero ese también es uno de los escenarios posibles de cara al 9 de marzo.
Elorriaga también confiesa en su entrevista con el diario económico más influyente de Europa: «El PP tiene una imagen de derecha dura en este momento. Incluso nuestros propios votantes piensan que son más centristas que el PP».
Estoy de acuerdo con Elorriaga en eso. Y ésa es precisamente la clave para ganar. En lugar de convencer a los votantes del PSOE de que se queden en casa, el PP debería intentar atraerse a los que están desencantados con la política de Zapatero.
Rajoy tendría que utilizar los días que le quedan hasta los comicios para acentuar el perfil de centro del PP, con mensajes que refuercen la idea de que no habrá ningún recorte de derechos si gana. El próximo lunes tiene una magnífica oportunidad para hacerlo en su debate con el presidente.
[Elorriaga sólo desmintió sus declaraciones a Financial Times a las 22.40 horas, cuando Zapatero las había utilizado en un mitin].
casimiro.g.abadillo@el-mundo.
© Mundinteractivos, S.A.
La dictadura de los partidos, de Xavier Sala i Martín en La Vanguardia
ELECCIONES
El hecho de que la campaña electoral española ocurra al mismo tiempo que las primarias de Estados Unidos hace que podamos observar las diferencias entre ambos procesos. Aquí van algunas de las más obvias: En España los candidatos son elegidos a través de oscuros mecanismos de partido; en EE. UU. los escoge la ciudadanía mediante primarias. En España no existe la libertad de votar sólo a un determinado diputado (las listas son cerradas, por lo que se vota a todos los candidatos de un partido o a ninguno); en EE. UU. se vota a cada candidato individualmente. En España el gobierno obliga a los medios públicos a destinar una determinada cantidad de minutos a cada partido, violando así la libertad de prensa y expresión y manipulando a los medios públicos que no son suyos sino de la ciudadanía; en EE. UU. existe libertad para informar. Y lo que más ha llamado la atención de todo el mundo durante estos últimos días: en España se acaba de celebrar el primer debate en quince años; en EE. UU. ya se han celebrado 43 debates televisados (20 los demócratas y 23 los republicanos), ¡y eso que todavía están en las primarias, escogiendo a los candidatos!
El tema de los debates televisados es uno de los aspectos que mejor refleja algunas de las carencias del sistema político español. Primero: que en España haya pocos debates no se debe a que no haya demanda social. Se debe a que los políticos no los quieren. Y no los quieren porque tienen miedo. Tienen miedo a debatir ideas. Tienen miedo a contrastar la potencia intelectual, la rapidez mental y los conocimientos de sus candidatos. Tienen miedo a que se descubra que, para llegar a la cúpula del partido, no han tenido que trabajar fuera de la burbuja política, ni han tenido que ver mundo, ni han tenido que pensar y tener ideas nuevas. Simplemente han tenido que ser fieles al partido y, sobre todo, han tenido que ponerse en la fila sin ir a Sevilla para no perder la silla (además de dar alguna que otra puñalada a otros fieles de la fila que les hacían la competencia).
Segundo, cuando aceptan, imponen tantas condiciones que acaban realizando un debate sin debate. Una de las cosas que más me impresionó el lunes es que el moderador no hizo ni una sola pregunta. Y no la hizo porque los partidos se lo prohibieron, ya que odian las preguntas fuera de guión. El mismo día que se hacía el debate en España, Obama y Clinton se enfrentaban por vigésima vez. Uno de los moderadores le preguntó a Clinton si los 5 millones que había puesto de su bolsillo para financiar su campaña los había conseguido su marido con negocios internacionales más o menos oscuros y la instó a que hiciera pública su declaración de la renta. Si alguien se atreviera a preguntar eso en España, les aseguro que el candidato se levantaría y, tras insultar al entrevistador, se iría irritado de la sala (lo sé de buena tinta).
Tercero, cuando finalmente realizan el debate, son incapaces de entender lo que dice el adversario y discutirlo, aunque sean las bobadas más extravagantes. El lunes el presidente Zapatero, enseñando un gráfico que supuestamente mostraba el precio de la vivienda, dijo: “Esta es la evolución del precio de la vivienda con el PP, que llegó al máximo histórico, y la evolución con el PSOE, que ha ido decreciendo”. Cualquier persona que haya vivido en el planeta Tierra sabe que los precios de la vivienda en España han subido en los últimos cuatro años, aunque en los últimos meses hayan empezado a bajar. ¿Cómo podía Zapatero decir lo contrario? Pues bien, utilizó el viejo truco de enseñar el gráfico de las tasas de crecimiento del precio que, efectivamente, eran más altas en época del PP. Pero el hecho de que las tasas de crecimiento en época del PSOE fueran más bajas no quiere decir que fueran negativas. De hecho, eran positivas y eso quiere decir que el precio de la vivienda durante el mandato de Zapatero ha subido hasta alcanzar los niveles más altos desde la última glaciación. A pesar de ello, ahí teníamos al presidente Zapatero ante las cámaras diciendo que bajaban y mintiendo impunemente sin que el moderador dijera nada. Claro que lo más gordo (y lo más curioso) es que Rajoy no se enteraba de lo que estaba pasando. Seguramente, él tampoco entendía el gráfico.
Lo que nos lleva al cuarto punto. Cuando los candidatos no tienen ni la preparación suficiente para entender lo que dice el contrincante ni la rapidez mental para responder, y cuando el moderador no tiene derecho a intervenir ni a preguntar, el debate se convierte en una aburrida serie de monólogos repleto de medias verdades, falsedades y puras mentiras. Lamentablemente, eso es lo que pasó el lunes.
Y cuando yo ya pensaba que la farsa y los farsantes iban a quedar sin castigo, despertó la prensa y nos dio la grata sorpresa de la campaña: ¡hizo su trabajo! Es decir, contrastó los números y las afirmaciones, desenmascaró las mentiras y las publicó. A los periódicos que hicieron su trabajo: ¡Chapeau! Chapeau…y gracias por recordarnos que, cuando los periodistas investigan, analizan, comprueban y no se dedican a hacer seguidismo político, existe una gran diferencia entre la democracia y la dictadura de los partidos.
Política emocional, de Manuel Castells en La Vanguardia
OBSERVATORIO GLOBAL
Una corriente creciente de investigaciones científicas provenientes de la neurociencia, de la psicología, de la ciencia cognitiva, de la lingüística y de la teoría de comunicación, están transformando la forma en como pensamos y entendemos la política. Utilizando como base común los descubrimientos del neurocientífico Antonio Damasio, trabajos como los de George Lakoff, Drew Westen, Robert Entman o, en España, los del equipo de “el cervell recuperat” de la Universitat Autònoma de Barcelona, han puesto en cuestión la visión racionalista de la política. Ya en el 2002 la concesión del premio Nobel de Economía al científico cognitivo Kahneman puso de relieve el papel central de la emoción en el proceso de decisión económica.
Pero no es que la emoción se oponga a la razón. Al contrario, la fundamenta. Usamos nuestros mecanismos mentales de anticipación para conseguir lo que la emoción nos sugiere y que percibimos mediante los sentimientos. Es racional hacer lo que me gusta. O sea, lo que mi cerebro y cuerpo (una misma entidad) deciden hacer en función de su interacción con el entorno y a partir de los mapas mentales biológicamente inscritos en mis redes neuronales a partir de mi experiencia y de la de mis antepasados.
Hoy sabemos que los ciudadanos actúan o votan a partir de lo que sienten y de lo que piensan en función de ese sentimiento, más que en función de una racionalidad abstracta. No es simplemente un problema de percepción. Es más profundo. Porque pensamos en metáforas, que no están en el lenguaje, sino en el cerebro, aunque se acceda a ellas mediante el lenguaje, mediante imágenes. Las metáforas son asociaciones neuronales que se activan en redes por haber sido conectadas en la práctica del cerebro a partir de un entorno cultural determinado. Como la asociación entre la palabra terror y el sentimiento de miedo que llama al deseo de protección. Las metáforas enmarcan la forma en que la gente recibe los mensajes. Hay metáforas para todo y todos tenemos metáforas de diversa índole. Cómo y de qué manera los políticos activan unas metáforas y otras es lo que gana las elecciones.
Claro que en los mecanismos de percepción está también la historia de lo que yo y mi entorno votamos antes y lo que pasó después. La teoría del actor racional según la cual votamos en función de nuestros intereses medibles y calculables, es científicamente errónea. Nadie compara modelos estadísticos de política económica para decidirse. La gente registra mensajes y los compara con su experiencia y se cree más o menos a los políticos en función de esa experiencia y de la imagen proyectada. Aún más en un contexto de escepticismo sobre los políticos, aunque no de la política. Como la gente no se cree lo que dicen los políticos en general, la credibilidad se mide por lo que transmiten los líderes en momentos de decisión. Y las percepciones negativas son cinco veces más influyentes que las positivas.
Por eso la estrategia es deslegitimar al adversario, asociándolo a escándalos, traición, o intenciones ocultas. En último término se trata de activar metáforas amables para lo que yo propongo y negativas para la oposición.
Si hablan de terror, yo hablo de paz. Si hablan de unidad de la patria, yo hablo de la patria de todos. Si hablan de inmigrantes ilegales (delincuentes), yo hablo de trabajadores inmigrados (necesarios).
Y todo esto en imágenes, en música, en tranquilidad frente a la crispación. No es manipulación, sino crear las condiciones de comunicación para que la gente elija entre mensajes que resuenan mejor con sus emociones. Porque si yo digo paz y diálogo y hay quien quiere pena de muerte para los terroristas, mi mensaje no va a desactivar su conexión entre terror, miedo y castigo. Pero puedo conectar con quien anhele la paz. Si el país es autoritario, hay poco que hacer. Pero si, como ocurre, la gente es ambivalente, reforzaré su empatía con mis valores (por ejemplo, la paz, la España plural, la integración de los inmigrantes). En general, la derecha usa mejor la política emocional porque la izquierda sigue pensando en que si se explican las cosas, la gente entiende que ese es su interés. Si así fuera, en términos económicos, los trabajadores no hubieran votado casi siempre por el capitalismo. Pero es que además del capital hay muchas otras cosas en la vida. Por eso la izquierda gana hablando de solidaridad y de justicia social, no de lucha de clases que da mucho miedo aunque exista. Proyecto positivo.
Asimismo, el nacionalismo incluyente y dialogante gana frente a la proclama separatista (separarse es siempre traumático). El uso consciente de los instrumentos científicos de la comunicación es muy incipiente en España, porque se confunde con la publicidad. Pero sin saber comunicar no se pueden ganar batallas políticas, aunque se tenga razón en los contenidos.
Por eso los debates políticos son importantes. Aunque lo más importante es no hacer errores (activar circuitos negativos) y emocionar, más que explicar demasiadas cosas. Hay que entusiasmar más que convencer. No sabemos qué pasó en el primer debate porque aunque Zapatero ganó según los sondeos, esa no es la manera de medir el efecto de un debate. Hay que saber cómo iba a votar la gente y cómo vota después de ver el debate y esa encuesta no se ha publicado. Para el próximo debate puedo darles un consejo a cada uno de los contrincantes. Al presidente del Gobierno que abandone cartones primitivos de estadísticas incomprensibles. Podría presentar un power point con animación en color. O usar su capacidad pedagógica verbal. Al líder de la oposición, que no lea su discurso. Le quita espontaneidad y credibilidad a su presunta indignación con los desafueros socialistas. Hable tranquilo y de memoria, utilizando su natural afable para que no pensemos que lee lo que le dicta Aznar. O sea, hablen de corazón a corazón sobre qué quieren hacer. Para el resto ya tenemos economistas y ordenadores.
Viaje tardío a las dos Sicilias (1), de Gregorio Morán en La Vanguardia
SABATINAS INTEMPESTIVAS
Este sí que es un país para viejos. Sicilia. Son viejas las tierras, las gentes, las costumbres, las muertes, las escrituras. También los monumentos, y hasta los niños. Lo más nuevo y luminoso en Sicilia es lo que queda por nacer. Y lo que está ahí desde hace mucho tiempo. Por eso recomiendo ir muy joven. Cuanto más joven se viaje a Sicilia, mejor. Los países buenos para viejos deben contemplarse con otra mirada. La gente mayor tiene una tendencia biológica a la complicidad y el acomodamiento; basta que les faciliten los transportes y que los camareros los llamen por su nombre de pila.
¿Por qué creen ustedes que Goethe dijo que aquí había empezado todo? Porque tenía 37 años cuando llegó a Palermo el lunes 2 de abril de 1787, y a esa gozosa edad uno puede hablarle de tú al pasado. No es imprescindible ser Goethe, pero conviene ser joven.
Cuando descubrí que Sicilia era otra asignatura pendiente, ya habían cerrado el plazo de matrículas por razones de edad. Se me permitía, eso sí, asistir a los cursos, como oyente, una fórmula antigua que no sé yo si aún se mantiene oficialmente y si tiene algún valor. Las enseñanzas viejas exigen oídos jóvenes. Fíjense sino en la gran literatura siciliana. Un festival.
Es imposible encontrar otro lugar donde haya tanto en tan poco espacio. Pero todo es espléndidamente viejo. ¿Qué es El Gatopardo de Lampedusa sino una demoledora visión derrotista de la vida? ¿De la siciliana? ¿Acaso hay otras?, preguntaría el príncipe de Salina. Mucha gente cree haber leído esa novela, triste como una balada para derrotados, simplemente por el hecho de haber visto la película de Visconti. Fuera del argumento, no hay nada entre ambas. Visconti era un aristócrata tronado que se preparaba para seguir siéndolo en la nueva clase emergente del proletariado ilustrado por el Partido Comunista Italiano. Bastaría leer su breve intercambio de cartas con Palmiro Togliatti, el legendario líder del PCI, para captar la complicidad entre ambos comentando algo tan aparentemente banal como la duración del baile palaciego y el vals entre Burt Lancaster y Claudia Cardinale. La novela de Lampedusa no deja resquicio al optimismo, ni siquiera el autor tiene la posibilidad de seducir a Alain Delon, como hizo inútilmente el viejo maricón que era Visconti. Giuseppe de Lampedusa era impotente, sin más, y había logrado un matrimonio blanco con una hermosa dama, algo fondona, pero exótica y culta, y con algún numerario para sumar a las menguadas rentas familiares. ¡Qué viejo es el príncipe de Salina lampedusiano!
No es extraño que los editores de los años cincuenta rechazaran el manuscrito sobre la vieja Sicilia de Lampedusa. Sólo un raro como Giorgio Bassani, boloñés, formado en la cálida y vieja burguesía de Ferrara, podía apreciar la esplendidez de ese texto que rezuma moho palermitano. Se le reprocha a otro grande de la literatura italiana, siciliano militante, Elio Vittorini, que su neorrealismo no le permitiera apoyar la edición de El Gatopardo. Una frivolidad. En Vittorini está parte de la mejor literatura italiana de posguerra, más brillante, en mi opinión, que Pavese y con mejor sentido de la narración; una prosa rica, por más pegada al terreno que estuviera. El problema es otro, no apto para diletantes, porque en el tema se iba la vida. La Sicilia de El Gatopardo, que nos emociona, nos conmueve, nos hace pensar, nos envejece, era un disparo por la espalda a las gentes como Vittorini, primero, y Sciascia y Bufalino luego, y hasta para el creador del chulo aburrido de El bello Antonio, de Brancati, profesor de instituto en Catalnissetta, el culo del mundo de no ser porque tenía de alumno a Leonardo Sciascia. Un magistral disparo por la espalda, irrepetible en su diana perfecta. Y lo sabía, vaya si lo sabía el amable y distante Lampedusa. Lo dijo sin decirlo, a la manera siciliana, ese modo que describía el gran Verga, un siciliano forzado, que los sufría en cada línea. Se desesperaba Verga, el gran autor de Los Malavoglia, que tradujo en España por Los Malasangre Cipriano Rivas Cherif, cuñado de Manuel Azaña. Contaba Verga que las clases aristocráticas sicilianas, las de Catania que eran las que mejor conocía, constituían una tortura para un escritor: “Nunca dicen lo que quieren decir, y si lo dicen es de una manera diferente; si están arruinados, afirmarán que les duele la cabeza. Pero ellos no podrán decir que les duele la cabeza, sino que tienen migrañas”. ¡Migrañas! La larga evolución del retorcimiento semántico desde la ruina económica a la jaqueca.
Bien, pues eso lo resumía sin apenas darse cuenta Lampedusa ante una novela trascendental de la literatura siciliana, Los Virreyes, de Federico De Roberto -hay traducción española de este monumento gracias a Mario Muchnick; quizá esté hoy descatalogado, como casi todo-, la crónica de los Uzeda, señores de Sicilia, desde los Borbones a la monarquía parlamentaria, pasando por Garibaldi. ¿Saben cómo la resumió ese canallita de palabra afilada, que parecía no matar una mosca, en Sicilia, donde las moscas debe ser el único animal protegido? “Es la crónica de unos señores, contada por el criado”. Entiendan entonces que se dieran por aludidos todos aquellos sicilianos que sentían en su cogote el aliento fétido de esa alta burguesía palermitana, de raíz española, que fotografió con la precisión de un buril Letizia Battaglia, la fotógrafa de la mafia aristocrática del sarao y del crimen.
Las dos Sicilias. No aquellas que decían los reyes y nobles españoles para referirse al reino, que sumaba también Nápoles, y definían con grandilocuente pereza De las Dos Sicilias, sino las dos Sicilias reales, vivas, contrarias, volcánicas. No creo que haya otro lugar del planeta donde haya tal cantidad de magníficos escritores -si fuera sólo de escritores, sin adjetivar, yo propondría Catalunya- que cubren toda la gama, distintos e imposibles de amalgamar. Aquí, que somos tan dados a la taxonomía generacional, los catedráticos de universidad tendrían que trabajar mucho, porque lo gregario alivia y lo individual excita. Cada siciliano es una isla, escribió Sciascia. La Sicilia creadora y la Sicilia atávica, la del talento y la del asesinato. La de la belleza y la de la sangre. Todos los reclutas de la identidad están obligados a visitar Sicilia, la única literatura que conozco que tiene el secreto del prodigio, la mezcla alquimística de escribir desde lo suyo hacia todo lo demás; con dos premios Nobel tan dispares y sicilianos como Pirandello y Salvatore Quasimodo. Dos Sicilias que viven encontradas, desgarradas también. Por eso he decidido empezar por la literatura, porque todo está en la literatura y lo que no está es quizá porque no merezca la pena.
Dos Sicilias. Me reconozco apasionado de Pirandello. Su lectura enladrilló mi adolescencia hasta el punto de que hay personajes que aún pienso si los leí en él o eran de la familia buscando aún al autor. Entre los sueños de mi vida estuvo preparar una versión de los Seis personajes… que probablemente no tendré oportunidad de hacer nunca y que quedará ahí como otra invención pirandelliana. Pero voy a otra cosa. Fue ahora, preparando y asimilando este viaje tardío a las dos Sicilias, cuando gracias a Andrea Camilleri, otro siciliano, me enteré de que el maestro Pirandello se había casado en 1894 con una mujer a la que apenas conocía -”en mes y medio me han dejado ver a la prometida dos veces”-. Un matrimonio pactado, por dinero, entre don Stefano Pirandello y don Calogero Portolano, padres de los cónyuges. En él, el más internacional de los dramaturgos, estaban las dos Sicilias, la de la creación y la atávica.
Gesualdo Bufalino, un tipo raro que llegó tarde a todo, incluida la literatura, en la que alcanzó el magisterio casi póstumo, dejó escrito: “Es cierto que la Sicilia son muchas y que nunca acabaré de contarlas todas”. Murió sin terminar de numerarlas, en un accidente de automóvil. Como conductor también era tardío.
Réquiem por Rajoy o por Zapatero, de Juan Carlos Escudier en El Confidencial
Han dicho Rajoy y Zapatero, en lo que ha sido su único punto de coincidencia en la campaña, que si pierden las elecciones no piensan tomar de las de Villadiego y que, salvo debacle, en el caso del primero, o petición expresa del partido, en palabras del segundo, no habrá quien les apee del burro ni a empujones. Se trata, sin duda, de una refinadísima broma, conocido es el carácter chancero de ambos candidatos y su afición por las cuchufletas. ¿O no?
En el PP el chiste se empezó a contar antes de que se iniciara oficialmente la cuenta atrás hacia el 9 de marzo y de que el propio Rajoy en persona nos matara de risa. Tal y como se explicaba en el círculo de confianza del líder del PP una derrota no tendría por qué implicar su dimisión, sobre todo si se mejoraban los resultados obtenidos en 2004. En definitiva, que si el PP conseguía, pongamos por caso, 147 escaños, uno más de los que tenía hasta ahora, el resultado debía ser considerado un éxito de crítica y público, un avance incontestable y, en consecuencia, ni gatopardo ni leches, nada tendría que cambiar para que todo continuará exactamente igual.
El último argumento de peso miraba directamente al carismático predecesor. ¿Acaso Aznar no había necesitado concurrir a tres elecciones antes de poder cambiar las cortinas de Moncloa? Irrefutable. Y si el mejor presidente que vieron los siglos había necesitado tanto tiempo, ¿iba a exigírsele a Rajoy que batiera un récord?
Con estas coordenadas se entenderían mejor algunas de las decisiones tomadas previamente, como la exclusión de Gallardón de las listas, porque, al fin y al cabo, para qué iba Rajoy a allanar el camino a sus posibles sucesores si el relevo sólo estaba en algunas mentes calenturientas como la de Esperanza Aguirre. Eliminados los presuntos competidores y descartada la rebelión interna, que ya se sabe que el PP es una piña indisoluble y de las grietas ya se ocupa Acebes con la silicona, Rajoy se dispondría a llevar al partido a la victoria, allá por el 2012, que está a la vuelta de la esquina. Fin del chiste.
Bromas aparte, y salvo que una demencia colectiva se haya adueñado de la derecha, una nueva derrota ha de conducir inexorablemente a la renovación tantas veces pospuesta. En este caso, puede ocurrir lo peor: que el partido se muestre incapaz de decidir lo más adecuado a sus intereses, e implore a su gran timonel con bigote que asuma de nuevo el mando –si es que alguna vez dejó de hacerlo- o designe por segunda vez al elegido a su manera, esto es, a dedo. O lo mejor: que funcione la democracia interna –algo excepcional, por otra parte - y sea la organización quien conceda la corona de laureles.
Privadamente, algún dirigente atrevido ha llegado a afirmar que el PP necesitará encontrar su propio Zapatero, es decir, alguien joven, que sea diputado para poder ejercer plenamente la tarea de oposición, no contaminado por el pasado y capaz de marcar distancias de los dinosaurios del partido. Apunten un nombre: Esteban González Pons, 43 años, abogado, candidato al Congreso por Valencia, y antes de eso senador, diputado autonómico y conseller.
Por lo que respecta al PSOE, la derrota se ve lejana y, quizás por eso, nadie ha prestado mucha atención a la gracia presidencial. ¿Pedirán los socialistas a Zapatero que haga las maletas si después de cuatro años de crecimiento económico sostenido e importantes avances sociales perdiera las elecciones por sus deslices en la negociación con ETA o por las tensiones territoriales, es decir, por su propia estulticia? Apuesten.
En política uno puede morir varias veces, pero dejando transcurrir un tiempo, de manera que es inconcebible aspirar a la resurrección desde el mismo puesto en el que se pasó a mejor vida. Ya fuera porque el que estaba muerto o en la UVI era el propio partido cuando llegó a la secretaría general, el de Valladolid puede presumir de haber sido el líder con menos contestación interna de la historia. Empujado otra vez a la oposición nada sería lo mismo. Si alguien conduce el barco al centro de la tempestad no debe extrañarse de que las olas le barran sin piedad de la cubierta.
“Haré lo que José Luis me diga”. Es la frase que Bono emplea en la distancia corta para referirse a su papel en un hipotético descalabro. Quiere explicar con ello que por su cabeza no pasa mover la silla a Zapatero si las cosas se tuercen y que, sólo en el supuesto de que se lo pidiera, daría un paso al frente. ¿Se lo creen? Apuesten de nuevo.
Las dos España, de Javier Ortiz en Público
No va este comentario en la línea del celebérrimo El mañana efímero de Machado (de cuyos tan mentados versos los que siempre me han parecido más certeros son los que predijeron ya en 1913: “Hay un mañana estomagante escrito / en la tarde pragmática y dulzona”), sino por la innovadora versión que la España de nuestro tiempo nos está ofreciendo de una de las presuntas leyes de la dialéctica hegeliana: “Uno se divide en dos”.
¿Es el español un Estado excesivamente centralista o su sistema de organización territorial es altamente autonomista? Pues ahí está la gracia: es las dos cosas. Los responsables de la Transición se encontraron con dos poderosas corrientes sociales y políticas opuestas entre sí. De un lado estaban los franquistas, algo, poco o nada reconvertidos, con la milicia como ariete. Éstos querían garantías de que España iba a seguir siendo centrípeta y monolítica, para lo cual reclamaban la persistencia de un sólido aparato central vigilante y coercitivo. Del otro se hallaba la oposición democrática, recién salida de la clandestinidad, que cuando no hablaba de autodeterminación se ponía federalista, aunque no pocos lo hicieran sólo de cara a la galería.
¿Qué elegir? Nada: optaron por santificarlo todo a la vez. Montaron dos estructuras de organización territorial, que se han pasado tres décadas rivalizando entre sí, duplicando organismos, solapando sus actuaciones… y despilfarrando un pastón.
Ahora nos estamos topando con otro desdoblamiento de ese género. ¿Es el Estado español una monarquía parlamentaria o es un régimen presidencialista? En teoría, lo primero. En la práctica, las dos cosas. La segunda, cada vez más obvia. Zapatero y Rajoy se presentan en sociedad, con gran aplauso mediático, como si su pugna fuera del género de la que dirimieron Sarkozy y Royale el año pasado en Francia, o de la que resolverán en EEUU dentro de unos meses. ¿Que Francia y EEUU son repúblicas? Bah, un detalle sin mayor importancia.
Se acabó la vieja disputa. Nada de elegir entre Monarquía y República. ¡Monarquía y República! Y todos –todos ellos– tan contentos. Pierden en coherencia, pero ganan en capacidad para engatusar.
¿Adónde va España?, de Ignacio Ramonet en Le Monde diplomatique (Marzo 2008. Numero 149)
Hace apenas seis meses, las elecciones generales del 9 de marzo en España debían constituir, para el gobernante Partido Socialista Obrero Español (PSOE), una simple formalidad. El balance de la legislatura aparecía en efecto globalmente positivo (léase nuestro dossier sobre las elecciones españolas, páginas 12 a 15). ¿No había tomado acaso el presidente del Gobierno, José Luís Rodríguez Zapatero, con la aprobación de la mayoría de los ciudadanos, algunas decisiones audaces y de modernización de las costumbres? Entre otras, la retirada de las tropas españolas de Irak, la regularización masiva de los inmigrantes sin papeles, la legalización de los matrimonios homosexuales y las leyes para acelerar el divorcio, facilitar el aborto y contra la violencia de género.
Tales medidas venían adicionalmente a demostrar que, a pesar de los imperativos de la globalización neoliberal, un dirigente aún podía hacer prueba de voluntad política y cumplir sus promesas electorales. Devenido inaudito, ese coraje convirtió en aquel momento a Zapatero en un icono de la izquierda internacional (1).
Asimismo, y cumpliendo también lo prometido, el gobierno socialista procedió a la necesaria revisión del Estatuto de Autonomía de Cataluña cuyo nuevo texto fue aprobado en julio de 2006. Combatida en el seno mismo del PSOE y criticada de modo poco responsable hasta en los medios de comunicación no hostiles a los socialistas (diario El País , radios de la Cadena SER, canales de televisión Cuatro y CNN+ de la empresa Sogecable), esta decisión ya fue menos aceptada por una opinión pública incitada de modo abierto a la catalanofobia.
Mientras tanto, anonadada en un primer tiempo por la inesperada derrota en las elecciones del 14 de marzo de 2004 y desconcertada por las incesantes iniciativas del gobierno socialista, la derecha recomenzaba a movilizarse. Y el gran vencido del 14 de marzo, Mariano Rajoy, presidente del Partido Popular (PP), asumía la dirección de la contraofensiva conservadora.
Ésta se inició en un terreno estrambótico: en torno a la autoría de los odiosos atentados del 11 de marzo en Madrid (191 muertos, más de 1.700 heridos). Contra toda evidencia (2), con un insólito desparpajo y apoyados por la artillería pesada de los medios de comunicación derechistas -diarios La Razón , El Mundo y, en menor grado, ABC (3), emisoras de radio de la Cadena de Ondas Populares de España (COPE) (4), y canal de televisión autonómico Telemadrid-, los principales líderes conservadores corearon durante casi tres años que la organización armada Euskadi Ta Askatasuna (País Vasco y libertad, ETA) estaba implicada en los atentados en complicidad con los islamistas yihadistas.
Una mentira tan enorme como aquella que se inventó la Administración de Bush en Estados Unidos, la de las armas de destrucción masiva supuestamente poseídas por Sadam Husein, y que dio pretexto a la invasión de Irak en marzo de 2003. Una mentira compulsivamente repetida por algunos de los medios de comunicación más importantes de España. A sabiendas. Con la frenética obsesión de los fanáticos de las teorías del complot. Lo cual da idea del enfermizo nivel que ha alcanzado en este país el enfrentamiento ideológico. Y del siniestro lodazal en el que han caído algunos órganos de (des)información. Para éstos, todo vale aunque en la infame querella perezcan la ética periodística y la razón democrática.
De poco le han servido al Gobierno de José Luís Rodríguez Zapatero los buenos resultados macroeconómicos: 2,88 millones de empleos creados y un Producto Interior Bruto creciendo en cuatro años por encima del 3,5% anual (a costa, hay que decirlo, de una fuerza laboral sometida a un escandaloso empleo precario).
Con el comienzo de la crisis financiera internacional, el parón inmobiliario y la desaceleracion de la economía (pero el Fondo Monetario Internacional prevé que el crecimiento en 2008 aún sera en España de entre 2,5% y 2,7%, cuando el de Francia, por ejemplo, sólo será de entre 1,3% y 2,2%), la derecha ha considerado que por fin disponía del gran argumento para imponerse.
Abastecido de municiones ideológicas por la Fundación para el Análisis y los Estudios Sociales (FAES ) (5), el tanque de pensamiento neoconservador fundado por José María Aznar, y en alianza con el Episcopado español y el Vaticano del Papa Ratzinger, Mariano Rajoy y los halcones del PP han endurecido aún más su discurso (contra las autonomías, contra los inmigrantes, contra la laicidad, contra los homosexuales), y proseguido su estrategia de acoso y derribo.
¿Conseguirán su propósito ? ¿Lo permitirán los ciudadanos?
Notas:
(1) Recordemos, por ejemplo, el documental italiano de protesta realizado por Sabina Guzzanti y titulado Viva Zapatero! (2005), panfleto feroz contra Silvio Berlusconi en el que el Presidente del Gobierno español aparece como la perfecta antítesis del entonces Presidente del Consejo de Italia.
(2) Como ha quedado demostrado en el juicio a los autores de los atentados y en la sentencia del 31 de octubre de 2007. La justicia española atribuye la autoría de la matanza a “miembros de células o grupos de tipo yihadista”, y descarta que detrás de los ataques estuviera la organización vasca ETA.
(3) Órgano tradicional de la derecha española, el diario ABC ha cultivado estos últimos años, contrariamente a su competidor ultraderechista La Razón, una línea distante respecto a las posiciones más duras del PP, en particular precisamente en asuntos como las patrañas sobre los atentados del 11-M. Considerando que esta línea prudente es la causa del descenso de la difusión, el grupo Vocento, propietario de ABC , ha decidido, a principios de febrero pasado, fichar a José Alejandro Vara, director de La Razón , y a otros tres altos cargos de ese diario (José Antonio Navas, Pablo Planas y Francisco Marhuenda), para dar un giro radical a ABC y alinearlo con el sector más extremista del PP.
(4) Los accionistas de la Cope son: la Conferencia Episcopal Española (50%), las diócesis (20%) y órdenes religiosas como los Jesuitas y los Dominicos. Desde que, a partir de 2004, asumió un rol de oposición frontal contra el gobierno socialista, la Cope ha visto aumentar su audiencia (una media de tres millones de personas la escuchan cada día), y se ha convertido en la segunda radio generalista de España. Difunde en particular el polémico programa La Mañana, que dirige Federico Jiménez Losantos, antisocialista.
(5) Unas siglas que, subliminalmente, intentan recordar a la FAlange ESpañola, organización fascista en la que se apoyó la dictadura franquista.