El partido está muy abierto, de Cayetano González en El Mundo
ELECCIONES 9M
Mariano Rajoy se jugaba mucho más que Zapatero en el primer debate televisivo del pasado lunes. Si lo hubiese perdido, a estas horas el candidato del PP estaría desahuciado de cara a la cita electoral de dentro de 11 días. Y no parece que ése sea el estado de la cuestión. Si hacemos caso del dicho de que la cara es el espejo del alma, la que exhibieron los dos candidatos al final del debate, o la que tenían sus más estrechos colaboradores, reflejaba perfectamente quién pensaba que había ganado y quién había perdido el primer asalto. Un Rajoy exultante y sonriente ante la prensa, hablando por el móvil con un simpatizante del PP de Pontevedra, contrastaba con un Zapatero circunspecto, con gesto serio y que utilizaba la brocha gorda para hacer balance del debate: «Hemos visto un proyecto y la nada».
Cada uno de los 13 millones de espectadores que siguieron el debate por televisión habrá podido formarse un juicio más certero sobre la fiabilidad, credibilidad, solvencia y preparación de cada uno de los candidatos para dirigir el Gobierno de España en los próximos cuatro años. Pero lo que resulta incuestionable es que el candidato popular sale del debate más fortalecido interna y externamente, ya que ha consolidado la imagen de ser una alternativa real al actual estado de cosas.
El principal acierto de Rajoy en el debate fue que se atrevió a decir la verdad; a señalar y describir sin medias tintas la gravedad de los problemas que tiene en estos momentos la sociedad española como consecuencia de las erráticas políticas de Zapatero. En cuestiones como la inmigración, la crisis económica que afecta ya -y de qué manera- a los bolsillos de los ciudadanos, la negociación con ETA, la educación o la falta de una idea clara sobre España del actual presidente, las intervenciones de Rajoy resultaron demoledoras y no fueron contestadas por su oponente.
Ante esto, Zapatero optó por una posición de remisión continua al pasado, con alusiones frecuentes a la Guerra de Irak, al 11-M o a otras actuaciones de los gobiernos de Aznar de los que su contrincante formó parte en cuatro carteras diferentes. Cuando un presidente del Gobierno es acusado de forma reiterada de mentir -cosa que el lunes hizo Rajoy en 12 ocasiones- y no quiere o no puede defenderse, la imagen que transmite a la opinión pública es de debilidad y como mínimo permite que se extienda la sospecha de que esa grave acusación pueda ser verdad. Eso le pasó a Zapatero, de forma clara y evidente, cuando su oponente le pegó un auténtico revolcón en todo lo que fue su proceso de negociación política con ETA. Que la única defensa de Zapatero fuera recordar que Aznar, en un evidente y rechazable error, llamó Movimiento de Liberación Nacional Vasco a ETA es, realmente, una muy débil defensa.
El segundo cara a cara del próximo lunes será, no sólo igual de interesante que el primero, sino decisivo para las aspiraciones de ambos contendientes. Aunque Rajoy seguirá jugándose más, Zapatero no se puede permitir volver a perder o empatar el debate. Hay partido por jugar, está muy abierto y eso, después de sólo cuatro años en el poder, es una muy mala noticia para Zapatero y el PSOE y un motivo de esperanza para Rajoy y el PP.
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