Escenas bárbaras, de Antoni Puigverd en La Vanguardia
En el Parlament de Catalunya, un día antes de empezar la campaña, se produjeron unas escenas difíciles de adjetivar. ¿Sombrías, depresivas, miserables? Ya usamos estos adjetivos para describir la aciaga tarde del 3%, en la que la institución tocó fondo (un fondo del que ya nunca ha salido, y menos en la hipócrita o cándida jornada de la aprobación de un Estatut que todos sabían imposible y todos esperaban negociar en Madrid por la cuenta que les traía).Si la escandalosa jornada del 3% provocó una gran conmoción, lo que sucedió en el Parlament la semana pasada apenas ha causado estupor. ¿Quizás porque no se habló de comisiones o de túneles hundidos (cosas tangibles, de enorme repercusión social, que irritan a la gente y atraen a la desencantada opinión pública)? Quizás. Pero lo cierto es que los intestinos de la política catalana se exhibieron obscenamente: ambición, holgazanería, fantasía y crueldad.
Sucede que los intestinos de la política ya sólo interesan como pretexto de sátira. Suscitan atención sólo después de que los humoristas del Polònia hayan cocinado los episodios más risibles. Y lo que se deduce de las escenas del otro día es muy serio. Observándolas, este cronista tuvo la sensación de contemplar una agonía. Un país sin autoridad moral, con sus grupos dirigentes morbosamente enfrentados. Un país que regresa al siglo XVII, disgregándose en fracciones y bandos.
Escena primera. CiU y ERC, salvando sus diferencias, han consensuado una moción a favor de la independencia de Kosovo. Llega la hora de empezar el pleno y faltan once diputados de CiU y uno de ERC. Aprovechando tales ausencias, el resto de los grupos se niegan a aceptar la discusión. La escena contiene dos de los principales defectos del catalanismo actual: la huida hacia la nada retórica y la falta de profesionalidad (que ya la visita estival de Manuel Pizarro puso en evidencia: ¡ni un solo portavoz había estudiado los números!). Si atendemos a la hora en que debían los fallones estar en sus puestos, es obvio deducir que no consiguieron despegarse de las sábanas.
La pereza o la falta de tensión profesional se sumaron, pues, a la falta de talento político. Y eso que, días antes, el nacionalismo español se había retratado en solitario, por una vez sin la tonta complicidad antagónica del catalán. En efecto, los partidos y los medios de comunicación madrileños se habían retratado en pose serbia ante el pleito de Kosovo, mientras que medios y políticos barceloneses manifestaban inicialmente un prudente sentido de la distancia. ¿Por qué CiU decidió de nuevo adorar al fetiche de la Quimera y, saltando por encima del principal charco de sangre que se ha producido en Europa desde la Segunda Guerra Mundial, intentó que el Parlament expresara la solidaridad y el reconocimiento de un Estado que va a fundarse sobre leyes prerromanas de tipo mafioso y sobre el contrabando de armas y drogas? ¿Por qué? ¿Para competir de nuevo con ERC por la posesión del córner nacional, alejándose en plenas elecciones del amplísimo centro que labró Pujol y que Duran Lleida pugna por seguir cultivando?
Tal como han ido las cosas en los Balcanes, la independencia de Kosovo era inevitable, pero sólo desde el desprecio de la realidad puede presentarse en el hemiciclo catalán como digno de celebración. Cuando la falta de inteligencia se mezcla con el fiasco de las sábanas pegadas, el resultado es un monumento a la farsa.
Escena segunda. A causa de las declaraciones de Pere Macias (CDC), que aprovechó la enfermedad de Duran para exhibir sus limitaciones, Artur Mas se ve obligado a hacerse el harakiri en el Parlament. Le ataca primero Joan Ridao (ERC), que exhibe estampa de buena y razonable persona, pero que, perdiendo los papeles o mostrando su verdadero rostro, actúa como un vulgar jabalí. Ridao rompe las cartas parlamentarias y, en lugar de preguntar al president Montilla (como en esta sesión corresponde), ataca al opositor, el cual se muestra como un líder, no ya vencido, sino descompuesto. La escena es de circo romano. Los tres partidos gubernamentales exhiben una obscena crueldad al usar su mayoría para destrozar, como fieras salvajes, al jefe opositor (atacado por sorpresa en una sesión para la que no cuenta con mecanismos parlamentarios de defensa). En lugar de negarse a responder al improcedente ataque, Artur Mas opta por crucificarse. Para acallar las críticas de sus adversarios, promete solemne y patéticamente que nunca usará los mecanismos que el reglamento le concede para intentar un cambio de Govern.
Qué escena más bárbara. Un hombre atrapado en su propio laberinto depresivo y unas fieras regodeándose en su debilidad. Y despiadada: Ridao llega a acosar físicamente al hundido Mas. Seguidamente, aprovechando que la sesión de control le concede la última palabra, Montilla lo remata.
Qué escena más descarnada: por si quedaba una sola duda, está claro que el pleito entre las dos ramas del nacionalismo es cainita. No hay espacio para dos en la finca nacionalista. Se reía levemente, el severo Montilla. Sus ojos brillaban con el fulgor del que sabe que la silenciosa táctica empieza a dar sus frutos. Divide et impera:los nacionalistas se pelearán hasta desangrarse. Y el miedo a los excesos del PP hará el resto.