Operación Triunfo, de Antoni Puigverd en La Vanguardia
Nada mejor que un apretado sprint electoral para esta política que se ofrece en el mercado de las emociones en competencia con el fútbol y los reality show.Sin duda, el ir y venir de las encuestas entre el empate técnico y el despegue de José Luis Rodríguez Zapatero añade suspense y dramatismo a la próxima convocatoria electoral del 9 de marzo.
El suspense es un enérgico abono para los sentimientos. Y el dramatismo, la principal fábrica de emociones. Según sugiere la encuesta del Instituto Noxa para La Vanguardia,la alarma y el temor estarían ya dando sus frutos entre los votantes de Rodríguez Zapatero más apáticos o indolentes. Y entre los decepcionados por su inconsistencia ideológica. Y entre los engañados por su mirada azul y circunfleja. Indolentes y críticos, perezosos, puristas y desencantados habrían visto las orejas al lobo y estarían ya movilizándose.
Aunque nada está muy claro. El suspense en el tramo final también refuerza los ánimos de la parroquia del líder del PP, Mariano Rajoy. Como sucede con el ciclista que ha estado resistiendo el ritmo del líder durante toda la escalada, pegado a su rueda y aguantando todos sus cambios de ritmo, ahora el votante del PP se cree con fuerzas para intentar, con agonístico golpe de pedal, el asalto a la cima. Incluso aquellos que consideran a Mariano Rajoy un pálido reflejo del cesarista José María Aznar, están viendo recompensada su pétrea fidelidad: llegan al sprint volando sobre un viejo refrán: “Querer es poder”. Viendo como el Partido Popular pisa los talones del PSOE, el votante de izquierdas se pregunta, asustado: “¿Ganará la derecha?”. Y la única respuesta que está en condiciones de articular es muy vieja, pero también muy emotiva: “No, no pasarán”.
De la misma manera que incluso el telespectador más escéptico puede ser atrapado por la expectación que suscita un concurso televisivo del que todo el mundo habla; y de la misma manera que puede llegar a sentirse concernido por la emoción de una final copera incluso aquel tipo que no sabe que Ronaldo y Ronaldinho son dos jugadores distintos; de la misma manera, el apretado sprint de la campaña contribuye a convertir la política – generalmente irritante- en un poderoso cebo de audiencias, en un magnífico sucedáneo de Operación Triunfo. En eso se ha convertido la política. En una especie de Liga, Tour o show televisivo que suscita interés y atrae al público, no en virtud de lo que representa o propone, sino gracias a las expectativas y a los procesos de identificación que suscita el competitivo juego electoral. Un juego que atrae audiencias, no ciudadanos. Que suscita pasiones instintivas, no reflexivos votos civiles. El suspense electoral fomenta un interés por la política que la ideología y los programas nunca despertarán.
Los caminos de la adhesión a un club de fútbol son racionalmente inescrutables. Sentir una pasión ilimitada por una camiseta que defienden futbolistas vendidos al mejor postor es raro. Es raro que, cuando pierde tu equipo, te sientas deprimido o de un humor de perros. Es raro, pero es humanísimo: responde a sentimientos de carácter tribal, originados en la infancia y cultivados en situaciones de desbordada emoción colectiva que facilitan la desconexión mental y la liberación de los instintos. Pues bien, la identidad política tiende a confundirse con el sentimiento instintivo y tribal del fútbol. De la misma manera que los celestiales regates de la estrella contraria producen rabia o resentimiento, pero nunca la tentación de cambiar de equipo, el votante incluso cuando está profundamente irritado con el juego de su equipo, se mantiene sordo a los argumentos del político rival.
La lucha política está llena de rarezas que aceptamos instintivamente, pues, si las analizáramos desde un punto de vista racional, llevarían a risa o a llanto. Votar, por ejemplo, consiste en desear el triunfo democrático de unos partidos que funcionan antidemocráticamente. Apropiándose de unas siglas mediante el control de los aparatos, unos pocos personajes deciden, no solamente sobre listas y programas, sino sobre la tendencia. Lo de la tendencia es fundamental para entender la irracionalidad del proceso.
A causa del extremismo de los dirigentes políticos (o de su ligereza, tremendismo, incompetencia o frivolidad), muchos ciudadanos se sienten muy molestos o engañados. Sienten que les han ensuciado algo propio e íntimo: su ideología, aquella a la que tienden por familiaridad, tradición, origen social o nacional. Y, sin embargo, en el momento de la verdad, en lugar de castigar a los dirigentes que han ofendido su sensibilidad ideológica, los premian. Y tragan todos los sapos que no les gustaban. Y votan al líder que tanto les ha desagradado, irritado u ofendido.
Algo parecido consiguen los futbolistas más cantamañanas. Cuando está en juego el título, el forofo deja todas sus ofensas en el bolsillo y apoya a rabiar a los jugadores que más le han desagradado durante toda la temporada. ¿Cómo consiguen los políticos tal milagro? Cultivando la ambición negativa. Demonizando al rival. El otro día citábamos a Churchill. Volvamos a su irónica retranca: “El éxito – decía- es ir de derrota en derrota sin perder el ánimo”. Sin perder el ánimo de destrozar al contrario, hay que añadir hoy.