Pájaro en mano, de Javier Ortiz en Público
Se tiene en general por prueba de sensatez atenerse a los dictados del refranero popular, considerado como el destilado de muchos siglos de observación realista y a ras de suelo de los vaivenes de la vida. Abunda la gente que cree que basta con que una afirmación se presente respaldada por un refrán para que quede revestida con todos los atributos de la sabiduría popular.
Pero de eso, nada. Primero, porque es de lo más frecuente que haya refranes para cada cosa y su contrario. “A quien madruga, Dios le ayuda”, sí, pero “no por mucho madrugar amanece más temprano”. Así es imposible equivocarse. En segundo lugar porque, si el pueblo se hubiera hecho tan sabio con el lento devenir de la Historia, habría aprendido a no dejarse tomar el pelo con tanta contumacia (y no sólo cada cuatro años en las urnas, sino de manera mucho más permanente y multiforme). En fin, porque hay refranes que sirven con frecuencia para respaldar posiciones tan estúpidas como detestables (a modo de acabado ejemplo: “De Aragón, ni hembra ni varón”).
Me produce gran desconfianza, pensando en los grandes desastres que amenazan o aquejan ya a nuestro mundo de hoy, el muy popular refrán castellano que sostiene que “más vale pájaro en mano que ciento volando”. No porque el refrán nos aconseje mal –que también, porque viene a ridiculizar cualquier planteamiento utópico–, sino porque ofrece una coartada a la ambición de beneficio inmediato con que los hombres se tratan entre sí y tratan a la Naturaleza. Explotan a sus congéneres hasta allí donde la ley de la oferta y la demanda se lo permite, aunque para ello deban violar la ley; practican la pesca sin tasa, arrasando los mares; talan e incendian los bosques, pulmones del planeta y favorecedores de lluvias; producen más y más industrias y artilugios basados en el consumo de combustibles fósiles… El “pájaro en mano” es la rentabilidad instantánea. ¿Y mañana? Mañana Dios dirá.
No tener la cabeza llena de pájaros no significa que lo mejor sea sustituir el cerebro por una escopeta de caza. Al final, el ciento de pájaros volando se lanzará en picado contra el depredador de la escopeta para tomarse venganza.