Algo más grande, de Francesc-Marc Álvaro en La Vanguardia
Ann F. Lewis, que trabajó como directora de comunicaciones de la Casa Blanca durante el mandato del presidente Clinton entre 1997 y el 2000, ha escrito que “la gente quiere formar parte de un proyecto más grande que sus propias vidas, quiere creer en el logro de lo mejor para su país, quiere ver en sus líderes optimismo y visión de futuro”. Hace pocos días, me encontré con un político de la vieja guardia, curtido en mil batallas y uno de los más finos analistas del país, y su diagnóstico iba en la misma dirección: “Nadie es capaz de generar entusiasmo, nadie comunica un sueño, nadie transmite algo nuevo”. Para completar el cuadro, diré que, nunca tanto como ahora, doy con amigos, conocidos y saludados que me confiesan su desinterés por la liza electoral y que están tentados de abstenerse o de votar en blanco. No hay ilusión.
De los que ya tienen decidido el voto para el próximo 9 de marzo, no conozco a muchos que estén ilusionados con su opción. Predomina el voto por descarte, el voto para frenar al otro, el voto como mal menor, el voto paliativo, el voto con guantes y el voto con pinza en la nariz. Salvo el militante con fe de carbonero, salvo el empleado del aparato de partido y salvo el artista-florero que apoya al líder de turno, el personal se mueve en las mil tonalidades del gris, entre lo inevitable y lo razonable, entre el pragmatismo cívico y la tentación del gesto reactivo. Estamos entre “es lo que hay” y “se van a enterar”.
Seamos sinceros: las campañas electorales reclaman épica y lírica, pero los gobiernos democráticos funcionan igual de bien o de mal tanto si responden a un sueño como si no. Entonces, ¿dónde está la diferencia? En las expectativas. Tomemos el ascenso de Felipe González en 1982 como paradigma de una ilusión que se transforma en acción política de largo alcance. Ni el referéndum de la OTAN, tras el sonado cambio de opinión del PSOE, rompió la magia fundacional de aquella etapa, aunque generó muchas crisis de fe. Luego, ni los escándalos de corrupción, ni la guerra sucia contra el terrorismo, ni el cansancio del líder socialista desmovilizaron a la parroquia, a tenor de la dulce derrota de 1996. Las expectativas eran tan altas en 1982 que la inercia de aquella ilusión duró más que la solidez del proyecto y la autoconfianza de quienes lo desplegaron.
Hoy, ni PSOE ni PP transmiten ilusión, se limitan a proponerse como frenos contra el adversario. En Catalunya, tampoco CiU ni ERC están en la mejor disposición para ofrecer grandes horizontes. Zapatero y Rajoy son líderes cuyo optimismo descongelado es una mera tautología hueca y cuya visión de futuro caduca más pronto que un yogur. No se trata de creer en algo, para eso ya existen las religiones y los clubs de fútbol. La política va de otra cosa: de la capacidad real de dirigir nuestras vidas hacia metas que nos hagan más libres y justos, más capaces de responder, con grandeza y eficacia, a los problemas.